Fotografías de Erich Arendt.

Delia y el compás de las aguas

Autor: Rosa Chamorro

Cuando Delia Zapata Olivella emprendió sus primeras investigaciones sobre el folclor de la Costa Atlántica, el viaje no comenzaba en una carretera sino en el cauce del río Magdalena. Era la única vía posible en un país con comunicaciones precarias, y también una especie de escuela en movimiento. La autora de El Club Negro se pregunta si ese vaivén —ese ir y venir que impone el río— no terminó afinando su manera de mirar el baile. Si en el movimiento de las olas no intuyó algo que le recordaba el movimiento de las caderas. Si, en suma, el río no fue también un maestro.

La edad del río

¿Y quién mira la edad del río?

Los ríos parecen antiguos, pero su edad no se mide en años: se mide en trayectos. Cada curva añade un tiempo; cada creciente corrige la memoria de la orilla. Hay pueblos que se levantan en torno a una plaza, como si la piedra fuese garantía de inmortalidad. Otros se arriman a la iglesia, confiando en que la torre señale un centro firme y que la altura discipline el horizonte.

Lorica eligió otra fe.

No se afirmó en la piedra ni buscó la verticalidad de la torre.

Se arrimó al agua.

No al agua quieta de los estanques, sino a la que se desplaza en voz baja. El río Sinú no atraviesa Lorica como adorno geográfico: la funda, la ensaya. Un día es espejo; otro, frontera deshecha. Hoy dibuja una orilla; mañana la borra con la paciencia de quien sabe que todo trazo es provisional.

En la estación de las lluvias, cuando el cielo se rompe, las crecientes borran las demarcaciones humanas: las calles dejan de ser calles; los patios se confunden con la ribera; la población entera parece rendida a una voluntad más antigua que la del trazado urbano.

Allí nació Delia.

 

La memoria de la corriente

Antes de que el nombre de Lorica quedara inscrito en un acta borbónica de 1776, antes de que Antonio de la Torre trazara líneas para disciplinar a los libres de todos los colores, a los hombres del monte y de las rochelas, a los cimarrones huidizos y a los indios que aún preferían la espesura de la geografía a la campana de la iglesia, ya existía un orden distinto: el orden hidráulico de los zenúes.

El río, que después sería frontera, comercio y olvido, era entonces una conversación. Las crecientes no interrumpían la vida: la marcaban. El agua llegaba, se detenía lo suficiente para fecundar la tierra y se retiraba como quien cumple un pacto antiguo. Nada en ese movimiento tenía la violencia que más tarde imaginarían los funcionarios del imperio. Lo que para el escribano sería desorden, para ellos era el ritmo mismo de la abundancia.

Aquel orden no se manifestaba en monumentos ni en trazas visibles, y por eso resultaba inquietante para la mirada colonial. No dejaba piedra que pudiera medirse ni línea que pudiera reproducirse en los mapas. Se inscribía en la variación de los cauces, en el pulso de las lluvias, en la manera en que la tierra recibía y devolvía el agua. Era un orden sin centro ni altura, sin vocación de permanencia; por eso mismo se volvía ilegible para una mirada acostumbrada a fijar el mundo con la pluma.

Quizá el error de la Colonia fue creer que la llanura debía ceñirse a sus designios: inscribir líneas rectas sobre un territorio anfibio, dibujar mapas donde las poblaciones indígenas aparecían sometidas como forma de fe. Pero el agua no entiende de geometrías. Reconoce pendientes y memorias. En ese curso persistía la resistencia de quienes habitaban estas tierras mucho antes de que fueran nombradas.

Porque aquí el orden no nació de la cuadrícula sino del ritmo. Del ir y venir de las lluvias y las sequías, del momento en que la tierra se anegaba o se abría para recibir la siembra. Toda permanencia era provisional, y en ese vaivén del agua se sostenía la vida.

De ese ritmo, indócil como el agua, estabas hecha, Delia. 

Para ti el ritmo no pertenecía únicamente a la música. Era más antiguo. Como si hubiera estado allí antes de los instrumentos, antes incluso de que alguien pensara en llamar música a ciertos sonidos del mundo.

Y tú lo reconocías.

No es extraño, entonces, que en la genealogía de tu vida aparezca una figura que encarna esa antigua inteligencia del agua. Tu abuela materna, Nicolasa, procedente del resguardo de San Sebastián de Urabá, en las cercanías del territorio zenú, traía el barro en las uñas. Era ceramista. Modelaba la arcilla como quien reconoce las maneras de la tierra junto al río.

 

El compás del río

«He recorrido ríos, viejos, oscuros, con la edad del mundo… el corazón se me volvió profundo».

A veces se piensa en la infancia como un lugar. No lo es. Es más bien una forma de moverse en el mundo. En algunos casos, ese movimiento queda inscrito en el cuerpo de tal manera que nunca se abandona del todo. Tal vez por eso, en la cumbia, el cuerpo parece recordar el lento rodeo del agua cuando busca su camino; como si en ese movimiento volviera a aparecer la forma que Nicolasa hacía surgir en el barro.

Para ti, Delia, la danza era una escultura en movimiento. 

Eso es lo que ocurre con quienes nacen junto al agua: llevan en el cuerpo un ritmo que persiste, no como recuerdo, sino como una manera de estar en el mundo.

El compás del río.

Tal vez por eso la cumbia no fue para ti un simple baile. Era el momento en que ese compás se hacía visible. Su expansión misma lo confirma: nacida en las aguas del Caribe, avanzó por los ríos, remontando el Magdalena, recorriendo el Sinú, internándose en las sabanas y las minas, llevada por bogas, bajeros y trabajadores para quienes el desplazamiento era condición de vida.

No en vano lo advertiste: la cumbia avanzó por los ríos «como subienda musical, contra la corriente».

La cumbia no sigue el río: lo remonta.

Surgió en una sociedad que vigilaba con recelo la cercanía entre indios y negros, como si de ese contacto pudiera nacer algo que escapara al orden previsto. De esa vecindad surgió el compás: el tambor africano, la flauta indígena y ese donaire español que da forma al cortejo de la danza.

El hombre avanza, rodea, propone; la mujer, en cambio, administra la distancia. No rehúye el encuentro, pero tampoco lo consuma. Tiene exceso de vida, como su cauce, que cambia sin dejar de ser el mismo.

En el Caribe la cumbia se baila en la cumbiamba, espacio de  esta y desfile donde convive con fandangos. En las sabanas aparecen el porro y la puya, que no la sustituyen sino que la acompañan. En el valle del Magdalena y del Sinú adopta diversas formas sin alterar la unidad rítmica que le da origen; y más allá, cuando el ritmo se interna en las aguas densas del Pacífico, se recoge bajo las frondas húmedas del Atrato.

Te veo, Delia, avanzando en canoas por esos ríos, siguiendo rutas que no se enseñan en los mapas sino en la memoria de quienes las habitan. El Atrato, con su curso oscuro, y el San Juan, abierto a la lluvia y a la espesura, no eran solo caminos, sino archivos vivos donde los abuelos custodian una sabiduría milenaria.

En esas riberas no se aprende de inmediato.

Hay que esperar a que alguien empiece a cantar.

A veces ocurre al caer la tarde, cuando el río baja más lento y la voz se sostiene sin esfuerzo. No se canta para enseñar. Se canta porque sí. Porque el canto está ahí, como el agua.

Tú escuchabas primero.

Luego repetías apenas un gesto, un paso, un giro del cuerpo.

No buscabas apresarlo. Lo dejabas pasar hasta que terminaba por ser propio.

Manuel, a un lado, cuidaba la máquina. En Uré, en el valle del Sinú, la llamaron «bruja». Decían que robaba la voz. Y tal vez no se equivocaban del todo.

 

Las rutas del agua

A los tres meses, dicen, dejaste Lorica. Nadie decide a esa edad. El viaje hacia Cartagena se hizo por el Sinú, y no es lo mismo desplazarse por tierra que por agua. En la tierra el camino es una línea; en el río es una deriva.

Imagino a la niña atravesando el Sinú en una de aquellas champas de fondo plano que hacían posible la vida en las aguas lentas del Caribe. Las orillas sucediéndose unas a otras, pueblos que aparecen, rancherías de pescadores que desaparecen, voces de los remeros con sus cargas de plátano y arroz, sonidos que no se retienen.

Viajar por un río es aceptar que no hay regreso inmediato. Todo lo que se deja atrás sigue existiendo y sigue perteneciendo aunque no esté. Uno también es agua que anda.

Después vendría el Magdalena, más ancho, más lento, como si su corriente llevara consigo historias acumuladas: nombres, restos, voces, el canto del boga.

No sorprende entonces que en tu repertorio figurara una pieza titulada El velorio del boga adolescente. La escena se abre con un lumbalú, canto funerario de San Basilio de Palenque, heredado de una memoria africana que el tiempo no logró borrar. Allí el ritmo no acompaña el duelo: lo sostiene. Tú misma lo habías comprendido al estudiar aquellas danzas: la esclavitud pudo sujetar los brazos, pero no el pulso que viaja por los nervios. El ritmo persistió donde nadie podía confiscarlo, en el paso del boga, en el balanceo del trabajo, en el tambor que aún llama a los ancestros.

Quizá por eso algunos regresan.

No de inmediato. A veces pasan años. A veces toda una vida.

Tu abuela Nicolasa, la misma que te aseguró contra las enfermedades y la muerte temprana, enterró la placenta de tu hermano Manuel en un hoyo de Lorica para asegurar que, sin importar sus viajes, siempre retornara a su tierra placentaria, a su tierra húmeda.

He pensado a menudo en ese hecho. No como metáfora, sino como una lógica distinta donde el territorio no es propiedad ni frontera, sino vínculo. La tierra donde transcurren los afectos. Se entierra la placenta como quien deja en la tierra una semilla invisible del alma.

El Sinú, entretanto, continúa. No espera a nadie. No guarda las huellas de quienes se marchan. Conduce.

Del Sinú al mar.

Del mar a otra orilla.

Se dice: África.

No sé si el río lo sepa. Lo dudo. Los ríos no tienen memoria en el sentido humano. Pero hay recorridos que los cuerpos repiten, recogiendo sus pasos, como dicen los abuelos, como si la historia se escribiera no en palabras sino en trayectos.

En ese sentido el río no es un lugar.

Es una manera de no quedarse.

Pienso en Nicolasa con las manos hundidas en el barro. En tu madre Edelmira amasando el maíz al amanecer junto a la ribera, mientras repetía leyendas de espíritus que habitaban los montes y las ciénagas. En tu abuelo Juan Francisco intentando sostenerse sobre el agua. En Dionisio, el pescador, aguardando en silencio a la orilla de la ciénaga. En Feliciano dejando que el día se ordenara entre palabras lentas y humo de tabaco.

Y pienso en ti, Delia.

Tu madre decía que no hacías sino moverte.

Tal vez el cuerpo había aprendido demasiado pronto la lección del río: que en las tierras anfibias quedarse quieto es perder el paso.

Cartagena tampoco reposaba del todo sobre tierra firme. La ciudad misma parecía sostenida por el agua. Estaba rodeada de esteros, caños y lagunas que abrían su respiración hacia la bahía. Getsemaní, donde creciste, era casi una isla: un fragmento de tierra ceñido por corrientes mansas, unido al resto de la ciudad por estrechos pasos. Pero no era solo un barrio rodeado de agua.

Era también un mundo.

Recuerdas de niña que en esos barrios, adonde casi nadie de la Cartagena blanca quería mirar, se hacían cabildos cada año. Y en esos carnavales, tan impropios para la ciudad oficial, se escogía una reina, se preparaba un baile. Y tú ibas. Ibas con tu madre. Ibas como quien va al centro del mundo, aunque el mundo insistiera en que eso no era el centro. Ibas como quien sabe que allí está su lugar.

Porque lo que se celebraba no era la pobreza ni la exclusión, como creen quienes miran desde afuera, sino la vida. Una vida que desobedecía el orden colonial heredado. Una vida misma que era alegría y risas como la de tus tías Estebana y Mercedes.

Creciste en las mismas calles por donde caminó Manuel Zapata Olivella cuando aún no era el hombre que sería, sino apenas un niño con los ojos abiertos al humo del carbón y al olor salobre de la bahía. En Getsemaní, ese barrio que para ti, como para él, fue un amasijo de sudores, rezos y gritos que subían con el vapor de las cocinas y bajaban con los pregones del amanecer.

Caminabas por la calle San Antonio, aunque ya muchos la llamaran de la «Malditidad», como si el barrio no soportara ya de por sí su realidad. La casa de tu abuela quedaba cerca de la de los Zambrano, con su yunque de campana y sus hijas bailadoras que sacaban chispas del piso. Desde la rendija de la ventana aprendiste que la vida ajena se mete en los ojos como humo de cocina: entra sin permiso, lo impregna todo y no se va.

Como escribió Manuel, por esa calle pasaban las amasadoras de bollo con las manos untadas de harina y sal, los vendedores de cazabe con su pregón de garganta seca, los sastres de aguja  rme, las peinadoras de carey que tejían en las cabezas ajenas su propio mapa de la libertad.

En ese desfile caliente, sudado, cotidiano, tú ibas haciéndote mujer, no como quien florece, sino como quien se templa en el hervor. Porque en Getsemaní no se crece: se fragua. Como el hierro en el yunque. Como el cuero al sol.

Y como el ritmo del agua que entra en el cuerpo sin pedir permiso y se queda a vivir.

Ya en Cartagena, una beca te llevó a Santa Marta para estudiar el magisterio. El viaje todavía seguía las rutas del agua. Desde Cartagena se llegaba primero a Barranquilla; allí comenzaba el verdadero tránsito. En la Intendencia Fluvial se tomaban embarcaciones que cruzaban el Magdalena y se internaban por los caños de la Ciénaga Grande, avanzando entre manglares hasta alcanzar Ciénaga. Desde allí el tren conducía  finalmente a Santa Marta.

Así se viajaba entonces: de río en caño, de caño en ciénaga. El agua unía lo que la tierra parecía separar.

Antes de que alguien intentara nombrarlo, el Caribe ya se mezclaba en ese sistema de corrientes: de pueblos, de músicas, de memorias que avanzaban por las mismas rutas líquidas.

El Caribe nunca ha sido una geografía quieta. Es una región que piensa en movimiento. Los ríos que desembocan en el mar no terminan allí: continúan en otros cuerpos, en otras voces, en otros compases. Cada corriente arrastra algo más que agua: pasos, ritmos, maneras de estar juntos en el mundo.

De vez en cuando alguien vuelve visible esa continuidad. Entonces comprendemos que el territorio no sólo se recorre: también se encarna.

Y que hay ríos cuya desembocadura no está en el mar.

Desembocan en el pulso de quienes aprendieron a llevarlos dentro.

La niña ignoraba quién eras.

No podía saber todavía lo que el tiempo haría contigo.

Apenas miraba tus pies.

El rodeo lento.

El paso que vuelve sobre sí mismo.

Como el río cuando encuentra su curso.

Y entonces, Delia.

¿Quién mira la edad del río?

 

ROSA CHAMORRO

(Corozal, 1985) ha publicado dos libros de poesía —Luna en fuego y La Sierra Negra— y un libro de ensayos: El Club Negro.

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