Fotografías de Hermi Friedmann.
Mi contacto inicial con Delia fue indirecto: hacía años me cautivaba una fotografía que tomó mi tía, la fotógrafa Hermi Friedmann, donde Delia, de veintisiete años, bailaba con su grupo en el Teatro Colón. Para mí, aquella figura elegante, con una expresión a la vez fiera y tranquila, transmitía una energía desconocida. Esa representación danzaria, en efecto, marcó un acontecimiento histórico en un escenario que hasta entonces había sido el templo de lo clásico en el teatro, la música y la danza del país.
Por otro lado, mi interés como investigadora siempre ha sido comprender cómo la historia —en particular en el campo de la música— se ha enriquecido con lo exótico o lo no legitimado por el canon. Así, mi tesis de maestría en musicología se centró en el canario, una danza española del Renacimiento. En ella analicé la presencia de esta danza en referencias literarias, musicales y en manuales donde resaltaba su fortuna en las cortes europeas barrocas, pero también su curiosa ubicación en la frontera entre lo culto y lo popular, entre las tradiciones eruditas y las orales.
Cuando regresé a Colombia, uno de mis primeros contactos fortuitos fue con Joaquín Piñeros Corpas, director del Patronato Colombiano de Artes y Ciencias. A partir de mi tesis, se interesó por mi enfoque transcultural e histórico y me invitó a sumergirme en el repertorio musical colombiano, tanto del pasado como del presente. Gracias a ello pude acceder a un manuscrito del Archivo de la Catedral de Bogotá que vinculaba mi investigación con referencias tempranas a músicas «exóticas», en este caso denominadas «negras». Allí había manuscritos inéditos de varios villancicos «negros», entre ellos uno titulado «Villancico al nacimiento negro o a tres voces», que incluía un canario como estribillo. Ese puente tendido por Piñeros me permitió examinar y transcribir el villancico para su publicación, complementando mi tesis europea con un brote de nuestra historia musical y cultural.
A partir de esta primera epifanía transcultural conocí a Delia. Tenía una estrecha relación con Joaquín Piñeros, quien siempre la animaba a difundir su conocimiento sobre la danza del Caribe. Así comenzó una amistad entrañable: yo desarrollaba distintas investigaciones sobre tradición oral colombiana mientras ella avanzaba en su Manual de danzas de la Costa Pacífica de Colombia, publicado finalmente en 1998.
Con Delia tuve largas conversaciones tanto sobre su desarrollo como investigadora teórico-práctica como sobre su vida personal. Me contó cómo había querido estudiar medicina, pero, por ser mujer, su familia se opuso, y terminó matriculándose en escultura en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. Sin embargo, su interés por las tradiciones afrocolombianas la llevó a dos figuras que le ofrecieron nuevas herramientas para emprender, por su cuenta, el camino de la antropología. La antropóloga y bailarina afrodescendiente Katherine Dunham, quien visitó Colombia en los años cuarenta y se presentó en el Teatro Colón en 1951 —donde, con seguridad, ambas se conocieron—, le transmitió un enfoque integral que abarcaba la técnica de la danza moderna y el análisis antropológico de la danza. Tras fundar la primera escuela de danza afroamericana, la Escuela de Danza de Harlem en Nueva York, Dunham facilitó que a Delia se le otorgara una beca para estudiar allí una temporada, experiencia que influyó decisivamente en su manera de abordar la identidad afrocolombiana en la danza.
Otra figura fundamental en su formación fue el etnomusicólogo Georg List. Beneficiario de una beca Fulbright para estudiar la música y la poesía en el Caribe en la misma época que Dunham, en los años sesenta investigó la música y la poesía del pueblo Evitar, en el departamento de Bolívar, con la colaboración de los hermanos Zapata Olivella. Su interés por la poesía vernácula, el romancero hispano y su musicalización tuvo repercusiones visibles en el trabajo coreográfico de Delia.
Hubo también otro escenario en el que compartimos. En la Universidad Nacional, Delia impartió clases de danza y con sus estudiantes formó un grupo de danzas afrocolombianas. Junto con Raúl Mojica y Guillermo Abadía —ambos profesores de tiempo completo del Conservatorio—, impulsaban la legitimación de las tradiciones populares, un tema entonces sin mayor apoyo institucional. Solo recuerdo una ocasión, en los años setenta, en que el grupo de danzas folclóricas se presentó en el Auditorio León de Greiff mientras Delia estaba vinculada al Departamento de Música. Sobra decir que, más tarde, con Rosario Montaña, se aprobó la Licenciatura en Danzas y Teatro en la Universidad Antonio Nariño.
Mi camino volvió a cruzarse con el de Delia cuando, a comienzos de los años ochenta, emprendí mis estudios de doctorado. Una vez más, nuestros temas coincidieron. Partiendo de una investigación que había desarrollado en el Instituto Caro y Cuervo sobre el romancero hispano en la tradición oral colombiana, elaboré un análisis comparativo entre el repertorio actual del Pacífco y las grabaciones que se conservaban del trabajo anterior, centrándome en la población de Barbacoas, Nariño. Además del apoyo incondicional de mi Facultad y de la Rectoría de la Universidad en aquel entonces, nadie me acompañó más —en mis tribulaciones académicas y personales— que Delia. Viajar sola con frecuencia a un lugar tan remoto de Nariño era un desafío, pero Delia, con su experiencia, tenía todas las herramientas para convencerme de que no era una meta imposible. Me mostró la importancia de resaltar tradiciones que solo sobrevivían en esos territorios y de difundirlas antes que dejarlas sucumbir al olvido. Nunca me acompañó en mis viajes, pero siempre esperaba que compartiera mis experiencias, tanto de campo como académicas, para comentarlas juntas y ponerlas en perspectiva.
No solo me regaló varias grabaciones de sus viajes, sino que, en una ocasión, confeccionó para mí una hermosa blusa de manga larga —que aún atesoro— con motivo del nacimiento de mi hijo Mario. La invité a almorzar con una gran amiga y colega de la Nacional, Rosalía Cortés, cuya pasión por difundir la vida y obra del poeta martiniqueño Aimé Césaire fue constante. Rosalía era conferencista fija en un curso de contexto que yo dictaba, titulado Arte e ideas en el siglo XX, y en todas las evaluaciones la clase que más apreciaban los estudiantes era la suya. Una vez más comprobé lo vital que es esa red construida a partir de intereses comunes, y cómo esas intersecciones casi imperceptibles entre cultura y arte son gérmenes indispensables para asumir el presente y el futuro.
SUSANA FRIEDMANN
(Bogotá, 1945) fue profesora de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional hasta su jubilación. Ha publicado, entre otros libros, Las fiestas de junio en el Nuevo Reino y Blas Emilio Atehortúa: tallando una vida de timbres, acentos y resonancias.