Delia Zapata Olivella, instantes antes de salir a escena en la primera presentación de su Conjunto de Danzas Folclóricas en el Teatro Colón (1954).

Delia Zapata Olivella, instantes antes de salir a escena en la primera presentación de su Conjunto de Danzas Folclóricas en el Teatro Colón (1954).

¡Yo vi solo una mendiga!

Autor: Timón (seudónimo de Silvio Villegas)

El Tiempo, 22 de octubre de 1950.

 

En el Salón de los jóvenes de cuarto año de la Escuela de Bellas Artes —que no me atrevo a llamar de artistas, y que consta de más de treinta pinturas con algunos marcos de madera muy atractivos— hay dos figuras esculpidas en yeso por Delia Zapata Olivella.

Debo decir que lo único que vi en todo el amplio Salón de las Galerías Generales de Arte del municipio, sótano de la Avenida, fue una de esas dos figuras de la escultora negra, Delia Zapata. Esa figura que, así como está, puede colocarse entre la obra clásica colombiana, representa una mendiga de aquellas que vemos tan a menudo en Bogotá y en tantos sitios del país. Es una figura nacional: la mendiga con el hijo. Sus trenzas fuertes; un pecho tendido sobre la boca del recién nacido; su pañolón entreabierto; su mano tendida. Es una mujer del pueblo, sin recursos, sin hombre que la proteja —por el contrario: hombre que la empujó a la miseria—, sin aliciente, sin horizontes. Con una mano tendida.

Delia Zapata Olivella es una artista de verdad. No es la primera vez que estas cosas se afirman. Aunque le falte todavía mucha escuela, como es obvio, la impresión que nos deja esa obra, en medio de una mediocridad desconcertante de trabajos pictóricos que los jóvenes de cuarto año expusieron casi para ofensa del público, es sobresaliente. En esa exposición, no vi sino a una mendiga.

Y es que vale la pena rastrillar sin miedo las espuelas a nuestro rocinante artístico, sobre el cual nos están montando desde hace días unos pretendidos «académicos». Me tienen sin cuidado quienes crean que debemos detenernos, en críticas o comentarios, a una profunda y rigurosa disertación sobre los valores, las capacidades, los colores, las formas. Las escuelas, además.

En este caso omitimos todas esas recetas. Los jóvenes de cuarto año de nuestra Academia Colombiana de Bellas Artes comienzan por no tener noción del cuerpo humano. ¡Cómo se nota que les ha dado trabajo hacer desnudos! Existe, quizá, una precaria posibilidad de que los artistas —si lo son— vean las cosas del mundo como son. En toda la exposición solo se advierten dos cuadros que permiten juzgar con cierta benevolencia la labor previa de los pintores, en ese camino que es, ante todo —cuando se trata de Academias—, el de la comprensión de la persona humana.

Como en tantas otras manifestaciones de nuestra patria, se advierte en la exposición de jóvenes aficionados al pincel colorante —que no pintores— una estructura de alfandoque. En colores, en formas, en plasticidad, en concepción, en realización; en todo. Es una diáfana y ejemplar manifestación del estado de cosas, del ambiente espiritual en que vivimos. Del ambiente alfandoque cuya consistencia se aparenta mientras no se le dé una juagada con agua hirviendo. Porque entonces el tal alfandoque se convierte en melaza.

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