Este libro es una canoa. Podría haber sido una lancha rápida que levanta el agua con ímpetu mientras, a su paso, los árboles se juntan en una sola mancha verde. Pero la prisa, dicen los viejos del agua, es contagiosa y tiene mala memoria.
Este libro quiso ser otra cosa. Una canoa que boga por La Mojana, el país de las aguas. Aguas que corren, se abren en ríos y con ríos se juntan. Una gran batea donde se aquietan y reparten los caudales del Cauca, el Magdalena y el San Jorge. Más de un millón de hectáreas para los seres pata de agua, humanos y más que humanos, anfibios todos. Seres que aprendieron a nadar antes que a caminar y hacen su vida entre los tiempos de inundaciones y sequías. A ese compás se mueven el paisaje, las casas, los trabajos, la escuela y los ánimos.
Una canoa, entonces, para sentir la presencia del agua. Hoy agua cercada, contaminada y controlada por la violencia. Tierra de aguas disputada entre quienes sueñan con secarla para abrirles paso al ganado y a otras economías acaparadoras, y quienes insisten en decir que nacieron entre aguas y esperan morir entre ellas.
Esta canoa no promete tierra firme, pero en ella nadie viaja solo. Todavía queda espacio.
Zarpemos.