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Entre jurásicos, zombis y excitados

20 de octubre de 2025 - 3:02 pm
«La información es poder», decían. Y poder es definir lo que es real. Por eso, la información ha sido «la propiedad» de los reyes, las religiones, los poderosos. La revolución democrática dijo que la información era de todos, y que con ella los humanoides podíamos tomar mejores decisiones sobre nuestra vida en común. Pero ¿y si la información ya no importa?
Insurrección Ecosistémica de Julián Santana Rodríguez. En el contexto de la exposición «Imágenes de la Resistencia» realizada en la Universidad Nacional, el colectivo Posmonumenta activó el espacio público de la Plaza Che el 10 de junio de 2025 con una acción de videomapping tipográfico. Sobre la fachada de la Torre de Enfermería se proyectaron mensajes de resistencia medioambiental, testimonios y manifiestos de re-existencia ecosistémica y comunitaria, mientras un Círculo de Palabra y Escucha se desarrollaba en simultáneo, tejiendo un diálogo vivo entre la imagen proyectada y las voces presentes.
Insurrección Ecosistémica de Julián Santana Rodríguez. En el contexto de la exposición «Imágenes de la Resistencia» realizada en la Universidad Nacional, el colectivo Posmonumenta activó el espacio público de la Plaza Che el 10 de junio de 2025 con una acción de videomapping tipográfico. Sobre la fachada de la Torre de Enfermería se proyectaron mensajes de resistencia medioambiental, testimonios y manifiestos de re-existencia ecosistémica y comunitaria, mientras un Círculo de Palabra y Escucha se desarrollaba en simultáneo, tejiendo un diálogo vivo entre la imagen proyectada y las voces presentes.

Entre jurásicos, zombis y excitados

20 de octubre de 2025
«La información es poder», decían. Y poder es definir lo que es real. Por eso, la información ha sido «la propiedad» de los reyes, las religiones, los poderosos. La revolución democrática dijo que la información era de todos, y que con ella los humanoides podíamos tomar mejores decisiones sobre nuestra vida en común. Pero ¿y si la información ya no importa?

En el siglo XX, la información se convirtió en propiedad de los periodistas, los medios, los académicos, las universidades, los oenegeros, los ilustrados, los civilizados, los burgueses modernos. Ellos, sobre todo ellos, decidían qué era la información útil, necesaria, buenista, civilizada y la certificaban con sus métodos de bondad, ilustración, verificación, veracidad.

En el siglo XXI, la información se les esfumó como bien que les pertenecía a ellos. Esto pasó por al menos dos situaciones: una, los nuevos gobernantes sostuvieron que información y verdad es lo que nosotros digamos; y dos, las empresas digitales afirmaron nosotros somos la información.

Los gobernantes más populares del siglo XXI en América (digamos Chávez, Uribe, Correa, Evo Morales, Cristina Fernández, Bukele, Milei, Trump, Petro) asumen que la información es lo que dicen ellos porque tienen la verdad. No hay razón alguna para que los periodistas y las élites burguesas digan que «eso» es de ellos. Y desde derechas e izquierdas comenzaron sus batallas culturales por la información y contra los periodistas y las élites académicas y oenegeras. No hay hechos. No hay verdad. No hay realidad. Hay mis hechos, mis verdades, mis realidades.

La aparición de internet, las redes, el algoritmo y la inteligencia artificial demostraron que la información es su producto para hacer capital. Decidieron ser los garantes de la información: eso que, vía algoritmos, «curamos» como lo necesario para vivir divertidamente en el capitalismo. La información devino de lo que dijera Google («toda la información disponible en el mundo»), lo que decidieran las redes, lo que hubiera en internet, que es lo que alimenta a la inteligencia artificial. Los dueños de lo digital construyen una verdad hecha de sí mismos.

Así hemos llegado a que no hay información. O que hay la que cada uno quiera que haya. Cada uno vive en su fake, en su creencia, en sus emociones y percepciones, en sus lugares comunes. Tal vez, lo único punible sean las imágenes de tetas y sexo, aunque lo porno sea la industria más vista y capitalista que tengamos. Se vale todo: clasismo, racismo, machismo, homofobia, xenofobia. Todo vale por «la libertad» de información. Políticos y empresarios tecnológicos dicen que ahora sí «la información es de todos», y la información es el capitalismo, y la felicidad es «capitalismo para todos», o mejor: «yopitalismo»: capitalismo pa’ yo.

Para asegurar su éxito, los políticos y los new money digitales decidieron «eliminar» o destruir a esa capa intelectual moderna que se interponía entre sus verdades y los sentidos comunes de la gente. Y esto se hace por dos caminos: los políticos compran, persiguen, expulsan, expatrian a los que piensen distinto; los new money digitales excluyen a los que tengan ideas que vayan contra el capitalismo y sus éticas de la muerte.

Todo esto significó el fin de los periodistas, los académicos, los ilustrados, los buenistas como garantes de la verdad y la calidad de la información. Esos «porteros y vigilantes» de «la verdadera» información perdieron su autoridad cognitiva, moral y argumentativa.

 

La batalla cultural por la información

La información es un bien que se ha convertido en el trofeo de la batalla cultural: esa lucha emocional por los sentidos que importan en la vida pública y ganan «la conciencia» de la sociedad.

La clave de esta batalla son las mujeres y los derechos, ya que se han convertido en el centro del debate público y son el factor que mueve y desestabiliza todo lo establecido, moviliza los sentidos en la sociedad y al establecimiento político y cultural.

Las derechas y el capitalismo financiero creen que «quienes dominan» son las feministas, los progres, los diversos, los defensores de derechos; entonces la batalla es contra estas nuevas formas de comunismo. Nuevo comunismo porque atentan contra Dios, la familia, la patria, la propiedad, el statu quo. Su propuesta es una sociedad libre de Estado e impuestos.

La información es, entonces, un bien propiedad de las élites, Dios, la patria, la tradición familiar y el capitalismo «libre». Y es un «arma» de lucha contra lo llamado woke y contra ese fantasma feminista del comunismo. La batalla cultural es contra el capitalismo woke (o sea, lo progresista). Contra «esos» que en el estallido social chileno de 2019, Cecilia Morel, esposa del presidente Piñera, llamó los alienígenas: «Estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena […] Por favor, mantengamos nosotros la calma, llamemos a la gente de buena voluntad, aprovechen de racionar las comidas y vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás».

Las izquierdas y los movimientos sociales hacen la batalla cultural contra el neoliberalismo o capitalismo financiero que se expresa en prácticas colonialistas, extractivistas, imperialistas, heteropatriarcales de las aristocracias terratenientes, las élites empresariales, políticas y mediáticas. Denuncian que habitamos tiempos de creciente inequidad, injusticia, racismo y despojo de territorios que encubren discursos de «libertad», «Estado eficiente» y «combate a la corrupción», mientras se persigue a defensores de derechos y luchadores sociales. Una lucha confusa y lejana porque tiene poco que ver con los sentidos comunes de la gente.

La gran batalla cultural es, entonces, entre yopitalismo (libertad total para los negocios y el individuo) y democracia (bienestar social y trabajo por lo colectivo); entre un capitalismo que propone el individualismo, el tener dinero para consumir y exhibir, y una democracia que propone promover derechos para todos. El sentido común de las derechas liberales es luchar contra los derechos, ya que el bienestar social y colectivo atenta contra el éxito individual del yo.

La batalla cultural es por la información. Por eso, ya no habitamos la información sino la desinformación como el modo que define nuestras realidades políticas, que es muy efectiva porque emocionaliza, indigna, fanatiza y contagia. Sabemos que la desinformación la crean políticos, periodistas e influencers promoviendo los odios y los miedos como activadores del comportamiento tribal. Sabemos, también, que la desinformación no es un asunto de contenido, sino una estrategia política y de marketing.

 

La batalla es con y contra los periodistas

La clave de esta batalla cultural por la información son los medios y los periodistas que viven excitados en X. Izquierdas y derechas luchan esa batalla en la misma cancha de los medios y redes digitales y contra los mismos enemigos: los medios, los periodistas y los líderes sociales.

El 29 de marzo de 2011, en la Universidad de La Plata, Chávez dijo: «La dictadura mediática hay que señalarla y luchar contra ella. Las clases dominantes siempre se preocuparon de hacerse de los medios de comunicación para manipular al pueblo». El enemigo son los medios.

En 2023, Petro lo expuso cuando dijo a los periodistas que «el periodista y el político están en un mismo escenario […] El oficio del periodista y del político profesional […] nos va a enfrentar, nos va a encontrar, siempre estaremos juntos, siempre estaremos enfrentados». Políticos y periodistas hacen lo mismo: comunican «su» verdad.

También en 2023, en la otra orilla, Milei dijo: «El problema de muchos periodistas con los que integramos La Libertad Avanza es que no le debemos nada a nadie. No tenemos negocios con nadie. Y no nos vamos a quedar callados frente a las operaciones, la mentira, la calumnia, la injuria o la difamación. Vamos a contestar. Vamos a decir nuestra verdad». La verdad es de quien gobierne.

El genio de la desinformación es Trump. «La verdadera oposición son los medios», sentenció Steve Bannon mientras era jefe de estrategia de la Casa Blanca, en 2018, durante el primer mandato de Trump. «Y la forma de lidiar con ellos es inundar el terreno con mierda». Paul Waldman del Washington Post contó que «Trump comprendió que lo importante no era cuántas personas estaban en Twitter sino quiénes estaban allí: los periodistas […] y es que en Twitter es el lugar donde los periodistas monitorean las noticias del día, promocionan sus historias y conversan entre ellos. Cada vez que Trump tuiteaba algo escandaloso, sabía que los periodistas lo verían y escribirían al respecto, lo que le permitió moldear la agenda noticiosa y lograr que todos hablaran de él. La estrategia fue notablemente efectiva. 65 % de los tuits de Trump durante su presidencia terminó en noticias». Lo mismo hacen Petro, Bukele, Milei.

La batalla cultural, entonces, tiene como público predilecto a los periodistas y se libra en los medios y las redes. Se hace con periodistas y para periodistas. Esto pasa porque se transmite información sin hacer periodismo (sin rigor, fuentes, datos, documentos, contexto, criterio); hacer periodismo hoy parece ser retuitear y republicar lo que los políticos tuitean o las redes digan. Y, además, los periodistas producen la desinformación porque pasaron de mediadores a actores políticos y militantes.

Esta batalla se lucha en X, que es la red mundial de la desinformación. Lo paradójico es que X desinforma basada en un principio democrático: la libertad de expresión. La configuración de X celebra «la libertad de expresión» en nombre de la democracia. Y en nombre de «la libertad de expresión» posibilita la existencia y propagación de discursos de odio, discriminación, miedo. Y, a través de los periodistas que «expanden» en sus medios estos mensajes falsos y de matoneo, X termina configurando principios de realidad, sentidos comunes, afectividades y subjetividades «tóxicas».

 

La información no es la verdad, es la diversidad

Todo se explica mejor si comprendemos que la libertad de información, el periodismo y la política tienen un nuevo campo de juego: el digital (internet, redes y plataformas), que es una experiencia de sentido y de lo sensible, nuevos modos de estar-juntos y una ilusión de yo-soy-el-que-decide. La información, entonces, habita un nuevo escenario, uno que no requiere ni exige autoridad intelectual, ética o cultural, ya que ese mar digital nos promete que podemos crear, enunciar, contar; que somos interactivos y participativos; que programamos nuestros consumos; que somos nuestro propio autocensurador de información y goces.

Cada usuario digital es su propio dios, nos ilusionan. Pero, el verdadero dios es el algoritmo y la IA que son los que guían los sentidos, los relatos, las emociones y nuestras maneras de pasar el tiempo. El capitalismo triunfó y la información la deciden los dueños y reyes de lo digital en el horizonte del videojuego de la bolsa de valores y del cielo capitalista. Otra vez, no importamos los humanos, solo el capital; no importa lo colectivo, lo común, solo el yo que exhibo en el consumo.

La información, entonces, encontró otros modelos de nego$io según donde habitemos en lo digital. Y ahí nos han construido tres canchas en las que jugamos el partido de la información:

Los jurásicos, esos humanoides que tienen muchos años, apenas interactúan en lo digital y fanatizan mucho en sus creencias y opiniones, habitan Fakebook, guasá, sus religiones, sus odios, memes y fakes. Creen que la información la certifican primero sus creencias, luego los amigos, después los familiares y, finalmente, los periodistas. Hablan con la soez de la calle y la valentía del cobarde que no está frente a las personas. El matoneo, la humillación, la discriminación es su forma de retórica. En esta cancha habita la mayor cantidad de gente del mundo, cerca del 70 % vive por ahí. Su tono es la histeria, andan siempre en bronca e indignados, y votan con rabia en todas las elecciones. Los jurásicos consideran que la información es lo que ellos creen y se basa en amar a Dios, a la familia, a la patria y a la moral cristiana. Su moral es la información.

Los zombis son esos humanoides jóvenes cool and pop, llenos de autoestima digital, gozosos habitantes de Instagram, TikTok y YouTube, que les encanta activar en sus causas desde el animalismo al feminismo y ser fans de los yoes que exhiben felices en sus consumos.

Son progres que politizan en sus causas, pero son de derecha porque no cuestionan sus privilegios, ni sus yopitalismos, ni sus consumos, ni la injusticia social. Consumen para crear la identidad del yo, su valor está en lo que consumen y en habitar muy festivamente su gueto. Todo lo hacen para construir su estilo de vida progre irónico que va de la performatividad real de la fiesta y el evento a la performatividad digital de redes donde todo debe ser instagrameable o tiktokeable y generar controversia. Aquí habitan el 60 % de los humanos que politizan desde los feminismos, el medio ambiente, la diversidad sexual, poco votan y viven alejados de los jurásicos, aunque suelen replicar las creencias de ellos.

Estos son los habitantes de la cultura digital. Tienen un nuevo lenguaje que postea, viraliza, ironiza, memifica, escracha, funa, stalkea, rostea, ghostea, cancela, pixelea. Se creen auténticos, aesthetics, iconics. Crearon la civilización de la coolture, eso de producir sentido desde las pantallas, las superficies, la fiesta, el estilo de vida, la conversación. Eso de que más que saber importa la experiencia que se habite.

Zombis porque andan en modo libertario y feliz siguiendo sus celulares y redes creyéndose los reyes del mundo, pero sin alma crítica, parecen cuerpos tomados por lo digital. Los zombis consideran que la información es el centro de sus causas: las tendencias, lo celebrity, el amor, el chisme y los chistes. Esa información es certificada por la viralidad, su grupo de amigos y sus ídolos musicales como Taylor Swift y Karol G.

Los excitados son los que se creen dueños de la información: los políticos, los periodistas y los opinadores. Ellos habitan X con furia. El tuit es su modo de pensar. El insulto, la agresión, la mentira son su manera de argumentar. Este es un mundo pequeñito de menos del 10 %, pero periodistas y políticos creen que abarca todo el mundo. Lo cierto es que es el medio de la desinformación mundial. Aquí la verdad se certifica por quien más grite o tenga más seguidores-practicantes-trolls. Este es el reino de los más berracos y bravos como Trump-Milei-Petro-Bukele. La adrenalina es alta ya que se vive en la euforia del insulto y de la egoverdad.

Los excitados creen que la información es lo que ellos digan. Y, ahí, la información se parece mucho a lo que era en los medios del siglo XX: políticos, fútbol, farándula, inseguridad y algo de economía. No hay discusión, solo afirmación del yo (la exhibición de la baja autoestima), el yornalismo (periodismo del yo), el yopitalismo (capitalismo para yo).

La información es ese bien por el que luchan los jurásicos, los zombis y los excitados guiados por políticos-old power y algoritmos-new money.

 

Y si la información ya no importa

Entonces, el problema del siglo XXI es que no hay una información, que cada ciudadano o grupo humano define la información útil y necesaria de un modo distinto y propio. Eso significa que tendríamos que concluir que no existe la información, sino que habitamos muchas y diversas formas de información y que eso de la información fue un invento ilustrado, moderno y de élite que solo privilegió a los que ostentaban el poder interpretativo de la realidad.

Tal vez debamos dejar de creernos más sabios que los vecinos; tal vez debamos creer que la gente ante tanto fake ya no cree en nada, sigue sus intuiciones y sentires; tal vez debemos ir más allá de X, los medios y los periodistas y no tener redes; tal vez debemos dejar esa práctica periodística de la fuente/contra fuente, esa lógica mediática de polarizar, y pasar a enfatizar en lo que nos junta; tal vez deberíamos mejorar los editores de sentido (amigos, periodistas, familiares); tal vez, hacer laboratorios de producir información que formen en criterios de sentido; tal vez hay que quitarle la solemnidad a la información e intervenirla con humor desde narrativas y formatos irónicos con sabiduría crítica de lo popular; tal vez, los Estados deban crear normas que controlen a las plataformas y promuevan la autorregulación pública.

Lo urgente está en que los periodistas salgan del secuestro en el que han caído por seguir a los desinformadores, quienes, sean políticos, empresarios, estrellas pop y tecnológicas, existen y son famosos porque tienen como audiencia a los periodistas. Si pasamos por alto sus «informaciones» quedan en el limbo de sus egotecas. Si los periodistas hiciéramos autocrítica y pausáramos el deseo de «emitir» los fake tuits de los políticos, la realidad social sería mejor. Tal vez deberíamos reconocer que lo que está en las redes se queda en las redes si no lo «masificamos» vía medios. Debemos pausar nuestro ego arrogante y pretencioso, dejar de creernos actores políticos en lucha contra gobernantes para pasar a hacer periodismo de rigor y criterio y en agendas del sentido común, no las que los políticos proponen en X.

Las élites democráticas, progres, cosmopolitas y los activistas ganamos la batalla del sentido, pusimos en el centro el feminismo, el medioambiente, los derechos, pero perdimos el sentido común. Entonces, debemos hacer autocrítica, salir de nuestra soberbia intelectual, bajarnos de «enseñar» y comenzar a ganar humor, tono coolture y popular para convertir a la democracia y los derechos en asuntos gozosos, alegres y maravillosos. Producir una contracultura informativa festiva, gozosa y popular.

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