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«Hoy existen países, pero no naciones»: Luis Fayad

18 de septiembre de 2025 - 1:19 pm
Durante más de cincuenta años, el bogotano ha narrado las transformaciones urbanas entre migraciones, exclusiones y ansiedades. Hablamos con él sobre la escritura como ocupación, el culto al dinero y la relación entre lengua y memoria.
Luis Fayad. Foto tomada de la página de Himpar Editores.
Luis Fayad. Foto tomada de la página de Himpar Editores.

«Hoy existen países, pero no naciones»: Luis Fayad

18 de septiembre de 2025
Durante más de cincuenta años, el bogotano ha narrado las transformaciones urbanas entre migraciones, exclusiones y ansiedades. Hablamos con él sobre la escritura como ocupación, el culto al dinero y la relación entre lengua y memoria.

Hace unos años, un 6 de agosto, cumpleaños de Bogotá, pregunté en Twitter cuáles eran las canciones, películas o libros que mejor representaban nuestra ciudad. Las respuestas fueron variopintas. En el apartado literario, había un nombre que se repetía. 

En los cuentos de Luis Fayad (Bogotá, 1945), la capital de Colombia se transforma en la segunda mitad del siglo XX. Era estudiante de sociología en la Universidad Nacional cuando publicó Los sonidos del fuego (1968), cuentos nostálgicos, casi pesimistas, en un escenario rural inmediatamente anterior a la migración hacia la ciudad. Luego vinieron los de Olor de lluvia (1974): los inmigrantes llegan a Bogotá y, desde los márgenes, luchan por encontrar su lugar en la promesa moderna del desarrollo. Una lección de la vida (1984), en cambio, revela las ansiedades de una clase media insegura y a la vez esperanzada. Esta es la misma clase media que habita novelas como Los parientes de Ester (1978). 

El poeta Federico Díaz-Granados sitúa a Fayad como una de las voces fundamentales de la Generación del Post Boom o del Frente Nacional, que se abrió paso en los setenta, entre revoluciones y movimientos sociales. Desde el 75, Fayad ha escrito desde Europa; primero Barcelona y luego Berlín, donde ha vivido casi cuarenta años. Y aún así, su Bogotá resalta en la sensibilidad cotidiana de su narración: los cafés y el Septimazo, el rebusque y el humor tragicómico, los personajes arquetípicos —reconocibles de inmediato— sin ser acartonados: oficinistas y empleadas domésticas, familias en crisis. Lleva cincuenta años fuera de su país, de su ciudad, pero en cada conversación se reivindica como un escritor colombiano con temas colombianos; rechaza, de hecho, pensarse como un migrante. Eso implicaría, dice, desligarse de Colombia, y no podría desligarse de Colombia, añade, porque caería en el absurdo de ser universal.

Aún así, la migración es una arteria central de la narrativa de Fayad. Y es el corazón de dos libros editados recientemente por Himpar Editores. La caída de los puntos cardinales (del 2000, y republicado por Himpar en 2023) imagina el viaje de sus ancestros desde el Líbano hasta Colombia a comienzos del siglo XX, y la adaptación a una Bogotá en desarrollo, mientras aprenden una lengua nueva e intentan no olvidar el lugar de donde partieron. Por otro lado está Salir de casa (2025), la unión de dos relatos que meditan sobre qué se pierde y qué se gana con la migración en busca de una vida mejor: «La carta del futuro» (1993) y «El regreso de los ecos» (1993). En el primero, una niña deja su casa en el campo para buscar trabajo como empleada doméstica en Bogotá; en el segundo, una niña, desde Barcelona, extraña su Andalucía natal, su acento, su cultura. 

En su apartamento de Teusaquillo, de paso por Bogotá, Fayad me habló sobre estos dos libros. También sobre su interés por las novelas de ciudad, los cambios en la literatura colombiana que desembocaron en la escritura como oficio, las clases medias y sus cambios. 

Luis Fayad. Foto de Natalia Espinosa.
Luis Fayad. Foto de Natalia Espinosa.

Bogotá es uno de los grandes temas de su obra. En su formación como escritor y lector, ¿qué libros o autores le interesaban por su forma de narrar esta u otras ciudades? ¿Y cómo surgió su interés por narrar Bogotá?

Sobre Bogotá existen dos libros clásicos: El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle, escrito en el siglo XVII; y las Reminiscencias de Santafé y Bogotá, de José María Cordovez Moure, del XIX. Recogen toda esa historia vieja de Bogotá, uno vuelve a esos libros. Yo nací y crecí aquí, he ido recogiendo mis fuentes desde niño. Y desde muy joven me interesaron las novelas que transcurrían en grandes ciudades como Nueva York, París, Londres o Berlín. Está Una historia de Nueva York, de Washington Irving, del siglo XIX; soy muy aficionado a los escritores de Estados Unidos de ese siglo. Y decían «Qué cantidad de gente que escribió sobre París», como si no se pudiera escribir más sobre París. O de Londres: los escritores del XIX ya escribían de Londres como una gran ciudad. En Berlín ya se hablaba de la literatura que pasaba a las ciudades; Joseph Roth fue un gran flaneur de Berlín. 

En la literatura colombiana, ¿cuál lugar ocupaba la ciudad a mediados del siglo XX?

Parecía que la obligación era la novela rural. Había muchas, no todas bien logradas. Luego salieron otras en las que se recuperó el tema del campo, pero con otras perspectivas. Ya no era describir el campo, sino vivir en el campo con la personalidad de un hombre de ciudad. Ese fue el cambio que se dio en la literatura colombiana. Y el cambio también fue de actitud de mi generación respecto a la literatura. Antes, los abogados y los notarios se retiraban y escribían novelas, así como las mujeres de determinada edad, retiradas del trabajo de la casa que tanto les cuesta. Para nuestra generación no se trataba de escribir una novela o un libro de cuentos, sino de dedicarse a la literatura. Y ahí vinieron los nombres que se le pone a esto, como «oficio»: el oficio de ser escritor, esa es la que más se usa. A mí me gusta más «ocupación». Pero esa era la actitud de todos nosotros. Y con el paso del tiempo vinieron las editoriales grandes, los contratos, el número de editoriales y de escritores que tienen el propósito de dedicarse a la literatura. También crecieron el ensayo y la crítica, otro gran cambio. 

En sus Cuentos reunidos se puede ver la transformación de Bogotá. En Los sonidos del fuego tenemos escenarios rurales en los que está empezando la migración. Olor de lluvia ya muestra los conflictos que surgen en los márgenes de Bogotá, poblados en parte por esos migrantes que vienen del campo. Y en Una lección de vida quizás se consolida una suerte de clase media. ¿Cuáles eran sus inquietudes o búsquedas al narrar estas transformaciones en Bogotá? 

Mientras crecía en Bogotá, eran muy frecuentes las salidas al campo y a los pueblos cercanos, de tierra caliente, como los llamamos. Salíamos a disfrutar. En un corto trayecto uno cambiaba de invierno a otoño a verano: ese es un gran tesoro que tenemos en Bogotá, tenemos un paraíso alrededor. Entonces, ese contacto frecuente le daba a uno también un conocimiento del campo. Cuando publiqué Los sonidos del fuego alguien escribió: «Sí, transcurren en el campo, pero parecen barrios de Bogotá. Se nota que el espíritu es de alguien de la ciudad». En las novelas y cuentos de ese tiempo ya empezaba a darse la inmigración del campo a la ciudad como tema, porque en Latinoamérica la urbanización fue repentina, enorme y desordenada. Las ciudades se convirtieron en un problema por la cantidad de gente que llegaba, porque no había cómo cubrir los servicios. Y por eso los cuentos van por esos temas. 

Por otra parte, Los parientes de Ester captura bien, también, las ansiedades de esa clase media. 

En ese tiempo las ciudades eran más homogéneas. No había esa diferencia de clases que se ve ahora. La clase media se entendía con la clase que estaba un poquito más alta y con la que estaba un poquito más baja. Los jóvenes iban a las mismas fiestas. No se trataba de tener un televisor mejor que el del vecino: eso crea diferencia de clases. Después de esa época empezó a notarse en toda Latinoamérica ese afán de tener una clase, una posición, por el dinero. Pero antes, como debe ser, se buscaba un sitio en la sociedad, según la profesión; nadie era más que el otro. Si en una familia un tío tenía carro y el otro no, no importaba tanto, todos nos metíamos en el mismo carro; los niños nos acomodábamos en el baúl. Íbamos a los prados, donde quedaba el lago Gaitán, hoy Unilago. Podíamos ser veinte personas diferentes, pero no se trataba de diferencia de clases, quizás un poquito de ingresos económicos. Hoy en día, el que tenga más entradas que el otro ya tiene una posición mayor, y lo hace notar. Uno se encuentra con la gente y de inmediato es a averiguar dónde vive: «Ah, usted vive más al norte, usted es más que yo. Y el otro vive una cuadra más al sur, es menos que yo». A uno le revisan desde los zapatos hasta la chaqueta, e incluso a qué cafeterías va. Todo eso crea una diferencia de clases. Antes las ciudades eran más homogéneas y la clase media vivía con menos problemas financieros, o ninguno. En las ciudades latinoamericanas, la clase media vivía bien y era la mayoría.

No sé. Porque incluso en Los parientes de Ester está la hermana mayor, que siempre quiere aparentar ser de una clase superior. 

Sí, hay uno que más o menos domina a los demás, pero se tratan entre todos. Hay dramas que no siempre se tratan del dinero. Hoy en Latinoamérica prima el dinero, su posesión, cada vez más, prima sobre cualquier otro sentimiento. Esto se ha acentuado, y por eso, aunque hay fronteras y estados, hoy existen países, pero no naciones: porque las sociedades no están unidas. 

Las empleadas domésticas tienen un papel significativo en Salir de casa, en Los parientes de Ester, en La caída de los puntos cardinales. En su obra, estos personajes parecen representar, al mismo tiempo, armonía y conflicto de clases. ¿Por qué le ha interesado incorporarlas a sus libros?

Porque era lo común en todos lados. La empleada doméstica vivía en la casa y, de a pocos, iba siendo parte de la familia. En algunas casas eran maltratadas, llegaban a ser esclavas. Pero en muchas otras no. Venían del campo y se empleaban en las casas, y no solo eran consideradas familia, sino que se hacían cargo de la casa. En un principio, la señora de la casa era la que ordenaba todo, y conforme la doméstica aprendía los oficios, se iba apoderando; terminaba haciéndose cargo de los niños, de sus horarios, de su ropa. Sin que se lo ordenaran, lo iba aprendiendo.  Por eso, ese personaje aparece en cualquier novela mía con naturalidad. No hay que inventarle ni agregarle nada. 

A propósito de La caída de los puntos cardinales, su ascendencia libanesa tuvo algo que ver con su interés por las migraciones, los viajes y el desarraigo como temas recurrentes en su obra?

Esa novela salió porque, desde niño, oí a mis abuelos y tíos abuelos contar los cuentos del Líbano, cómo viajaron en el barco y llegaron a un nuevo continente. El Líbano siempre pesó en ellos. Eso empezó a cambiar con la generación de mis padres, la primera nacida en Colombia. Después vino la nuestra, y ya no teníamos ese arraigo por el Líbano. A mí me empezó a crecer el amor por el Líbano de oír a mis abuelos y de oír a mi padre, que hablaba como si él hubiera vivido en el Líbano. Él no parecía recordar con sus recuerdos, sino con los de su padre. El Líbano se fue quedando en todos los cuentos, argumentos, anécdotas, que no están en el libro: el viaje en barco, el trato con los cocineros, el intercambio de ingredientes. No los recogí, pero me salieron después para escribir la novela.

<i>La caída de los puntos cardinales</i> (2022), de Luis Fayad.

Me gusta de La caída de los puntos cardinales que medita sobre lo que se gana y lo que se pierde con la migración, entre la adaptación y el desarraigo. ¿Cómo lo ha vivido usted como migrante en Europa?

Cuando me hacen esta pregunta, yo pienso: inmigrante inmigrante, no.  Porque sigo teniendo una relación diaria con Colombia. Sigo siendo un escritor colombiano. He vivido y escrito en el exterior, pero no escribo de inmigración, adaptación o desarraigo, porque como no he experimentado ninguno de esos sentimientos, no tengo cómo escribirlos. Los veo en otras personas, sí. Ahora va a salir un nuevo libro de cuentos míos y ahí reconstruyo la historia que le pasó a alguno de mis amigos. En mí no salta el sentimiento para escribir de adaptación o desarraigo, no. En todas partes donde he vivido, vivo igual. Yo no voy a buscar nada especial. Entonces, no tengo nada que decir de esto. 

En «El regreso de los ecos», de Salir de casa, usted explora la relación entre la casa y la lengua. ¿Cómo entiende ese vínculo?

Sí, es algo muy importante en las migraciones. El idioma, los acentos, cómo cambian y cómo terminan entendiéndose. Terminan entendiéndose todos. Además de las costumbres, de la manera de tratarse con la gente, cambia el idioma. Cuando las personas van de un sitio a otro pueden ser rechazadas por cómo hablan. Por eso lo principal cuando alguien va a otro país es aprender el idioma. Y a veces hay choques, algo parece absurdo: «¿Por qué esto se dice así si de esta otra forma sería más lógico?». Y yo siempre digo: lógico o ilógico, los idiomas no se razonan. Los idiomas se hablan, crean algo, son un instinto.

<i>Salir de casa</i> (2025), de Luis Fayad.

Usted ha resaltado que que le gustó mucho como quedó «La carta del futuro». ¿Por qué?

Con cada libro o relato que uno escribe tiene sensaciones y estados de ánimo diferentes. Y el estado de ánimo no siempre influye en lo que uno está escribiendo, sino que lo que uno está escribiendo influye en el estado de ánimo. A mí me pasó con «La carta del futuro» que me iba gustando el relato: el ambiente, la estructura, cómo aparecían los personajes, esas escenas en el campo, el padre hablando con los hijos, ¿no? También me pasó con Los parientes de Ester y, luego, Testamento de un hombre de negocios. Yo sentía cada día que escribirla, en vez de martirizarme, me levantaba el ánimo. Me gustaba que mis personajes aparecieran. Trabajaban solos y yo trabajaba menos. Me gustaba. 

En «El entierro de Mico» usted aborda a los «gamines», que de hecho también se podrían relacionar con la migración urbana. Fue lo primero que leí de usted. ¿Recuerda cómo surgió este cuento?

Cuando yo era joven, la convivencia con los gamines era en cada esquina. Y todo lo que está en el cuento uno lo veía todos los días. Se hablaba de ellos: «No, no vaya por ahí, que hay mucho gamín». A pesar de su posición social, de que vivían al margen, hacían parte de la ciudad. La historia fue que murió un gamín y salió en las noticias que lo subieron, lo enterraron. O de pronto me contaron que siete gamines subieron al monte a enterrar a uno. Yo ya tenía una frase, y con eso reconstruí la historia. A veces decíamos que a los gamines era mejor darles una moneda, para que no se volvieran peligrosos. También eran agradecidos. Cuando recibían una limosna, en vez de molestar a esa persona, la protegían. 

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