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Cien años del San Juan de Dios en La Hortúa

28 de julio de 2026 - 2:01 pm
Un terremoto, la pandemia de gripe de 1918, un antiguo manicomio y un hospital que buscaba un nuevo hogar confluyen en la historia del San Juan de Dios. Cien años después de la inauguración de la sede de La Hortúa, reconstruimos una historia marcada por crisis sanitarias, debates sobre la beneficencia y el esfuerzo de toda una ciudad.
Detalle de la fachada principal edificio administrativo del San Juan de Dios. Fotografía de Manuel Vega Vargas, 2024.
Detalle de la fachada principal edificio administrativo del San Juan de Dios. Fotografía de Manuel Vega Vargas, 2024.

Cien años del San Juan de Dios en La Hortúa

28 de julio de 2026
Un terremoto, la pandemia de gripe de 1918, un antiguo manicomio y un hospital que buscaba un nuevo hogar confluyen en la historia del San Juan de Dios. Cien años después de la inauguración de la sede de La Hortúa, reconstruimos una historia marcada por crisis sanitarias, debates sobre la beneficencia y el esfuerzo de toda una ciudad.

En la entrada del pabellón de la administración del hospital San Juan de Dios, en la localidad de Antonio Nariño de Bogotá, hay dos placas conmemorativas que recuerdan parte de la historia inicial de este predio. A mano izquierda hay una de 1914 con los nombres del gobernador de Cundinamarca Rafael Ucrós, el secretario de Hacienda J. Joaquín Caicedo, el ingeniero Ramón Cardona, el inspector Ignacio Santamaría y el tesorero Daniel Merizalde. En el lado derecho de la entrada permanece una placa del 7 de febrero de 1926 que detalla la organización de la Junta General de Beneficencia, en una fecha que marca un punto de quiebre en la historia del Hospital: la inauguración de esta sede, su tercera, en lo que antes era el antiguo Molino de La Hortúa.

Ese domingo 7 de febrero de 1926, más de mil personas se reunieron para conocer la nueva sede del hospital. La programación de ese día contó con una misa, un almuerzo, recorridos y discursos oficiales. Se destacaron la magnitud y modernidad del conjunto y el agradecimiento de la sociedad bogotana por las mejoras del principal hospital de la ciudad. En uno de los discursos se hizo una rápida referencia al traslado desde el antiguo claustro del San Juan de Dios a estos nuevos edificios, cuya construcción había empezado en 1913 y, más de una década después, seguían sin ser inaugurados:

«…la pretensión de la junta era sustituir ventajosamente el antiguo local santafereño y aprovechar los edificios solitarios, abandonados y medrosos que, asolados por las rachas, envueltos en el imponente silencio de las ruinas, interrumpido tan solo por el graznar de los búhos, el silencio de los vientos y el crujir del apolillado maderamen, sólo servían para escondrijo de las aves nocturnas y de las golondrinas errantes; y su propio juicio, dispensándole la parcialidad del amor propio exaltado, le dice que la oferta está cumplida, y en vez de un hospital con patios esmaltados de césped florido os presenta un parque con un hospital: a vosotros toca decidir».

Un parque con un hospital. Así presentó la Junta General de Beneficencia la nueva sede del Hospital San Juan de Dios, y con esa premisa inauguró no sólo doce pabellones, sino una forma diferente de entender la asistencia y la beneficencia en la ciudad bajo los preceptos de una medicina colombiana que, aunque aún bebía de las nutritivas tradiciones de la medicina ecléctica francesa y del higienismo europeo, ya comenzaba a prestar atención a los novedosos desarrollos de Estados Unidos.

Página novena, El Tiempo, 7 de febrero de 1926.
Página novena, El Tiempo, 7 de febrero de 1926.

Un manicomio departamental

El antiguo Molino de la Hortúa funcionó desde el siglo XVI gracias a la corriente del río Fucha chiquito. El gobierno nacional había adquirido estos predios en 1906, bajo el mandato de Rafael Reyes, y en 1911 se protocolizó la cesión al Gobierno de Cundinamarca, con la condición de que la Junta General de Beneficencia del Departamento los destinara al funcionamiento del Manicomio y Asilo de Indigentes. En el informe de la junta de 1910 ya se había definido aceptar el ofrecimiento; con el producto de la venta de los edificios de San Diego se construirían en La Hortúa unos pabellones modernos, entre jardines y parques, que dieran cuenta de la modernización de la Beneficencia y de la asistencia pública. Las nociones de moderno y modernización que aparecían explícitas en los informes de la junta expresan el espíritu de aquellos años en los que Bogotá era la punta de lanza de un Estado en construcción que intentaba abrirse paso en medio de las terribles secuelas económicas, sociales y morales que había dejado la Guerra de los Mil Días.

En 1912, Rafael Ucrós, gobernador de Cundinamarca, advirtió que la Beneficencia, cuyas responsabilidades habían aumentado en la primera década del siglo, estaba a punto de perder el predio de La Hortúa por no haber iniciado las obras. Por fin, el 18 de julio de 1913 tuvo lugar la ceremonia de la primera piedra para iniciar la construcción de tres edificios diseñados por el ingeniero Ramón Cardona. Pero a finales de 1915 la construcción quedó suspendida por falta de fondos. A comienzos del siglo XX, instituciones de caridad como la Beneficencia buscaban transformarse en instituciones modernas, seculares, sostenidas por la ciencia, la estadística y los recursos públicos. Parte de este debate tenía que ver con su financiación. 

En 1917, el Gobierno desembolsó el primero de tres pagos por la venta del predio de San Diego: 500.000 pesos en total, destinados a la construcción del Manicomio de Cundinamarca en La Hortúa. Sin embargo, el segundo pago no llegó, lo que volvió a retrasar las obras. 

Vista de los pabellones del Manicomio de Cundinamarca en construcción, c.a 1915. En: <i>Informe que el presidente de la Junta General de Beneficencia de Cundinamarca presenta a la Asamblea del Departamento en sus sesiones de 1916</i> (Bogotá: Imprenta de San Bernardo, 1916).
Vista de los pabellones del Manicomio de Cundinamarca en construcción, c.a 1915. En: Informe que el presidente de la Junta General de Beneficencia de Cundinamarca presenta a la Asamblea del Departamento en sus sesiones de 1916 (Bogotá: Imprenta de San Bernardo, 1916).

Mientras la Beneficencia buscaba consolidar el proyecto del Manicomio departamental, la situación del Hospital San Juan de Dios, en el claustro donde funcionaba desde 1739, era cada vez más difícil debido al sobrecupo y a las falencias de infraestructura. Se debatían ideas sobre un posible traslado de todo el hospital y en 1910 se propuso el apoyo financiero a la construcción del Hospital San José y un posible traslado parcial de algunos servicios del San Juan de Dios a esa institución.

También se hicieron arreglos para mejorar sus servicios, como la inauguración, en 1911, de un consultorio externo para curaciones, entrega de recetas y hospitalizaciones, que logró descongestionar el servicio del hospital. Además, se realizaron algunas mejoras en los locales de los bajos del hospital para aumentar los rubros de arrendamiento. En 1917 se adquirió un predio vecino, ubicado en la calle 11 con carrera 10, para construir espacios de atención especializados, como el servicio de maternidad o los de enfermedades contagiosas.

 

Un temblor y una pandemia

Portada El Nuevo Tiempo, 1 de septiembre de 1917.
Portada El Nuevo Tiempo, 1 de septiembre de 1917.
Notas gráficas de los temblores, <i>El Gráfico</i>, 1 de septiembre de 1917, año VIII N° 365-366.
Notas gráficas de los temblores, El Gráfico, 1 de septiembre de 1917, año VIII N° 365-366.

A las 6:35 del 31 de agosto de 1917, Bogotá fue sorprendida por un fuerte temblor —un estimado de 6.9 en la escala de Richter— que provocó veintidós personas fallecidas, treinta y cinco heridos y destrucción en toda la ciudad, sobre todo en los barrios extremos: Chapinero y las regiones de San Agustín y Las Cruces. 

El claustro donde operaba el hospital no se libró de esta tragedia. Según reportó El Tiempo el 1 de septiembre de 1917, el edificio quedó cerca de la ruina. Las salas que más sufrieron fueron las de Santa Isabel, casi destruida; la farmacia de San Rafael; y la sala de Cristo. La mayoría de los pacientes tuvo que ser evacuada. A los enfermos recién operados los sacaron al patio, y los que podían salieron a la calle. Entre «gritos, rezos y lamentos», reportó El Tiempo, empleados del aseo, policías y particulares emprendieron un «lúgubre trasteo de los enfermos, unos en sus camas, otros en carros, en mantas, como se podía». A los hombres los llevaron al molino de La Hortúa y las mujeres fueron instaladas en el Hospital de San José, donde las atendieron las Hermanas de la Caridad gracias al llamado del Arzobispo de Bogotá. El presidente José Vicente Concha no pudo sino lamentar la situación cuando visitó el claustro y vio todos los daños. Brevemente, el San Juan pasó a operar desde el Asilo de la Hortúa, todavía en construcción. 

Unos meses después, en marzo de 1918, se identificaron los primeros casos de una epidemia de gripa en campamentos militares de Estados Unidos. Para abril, esta enfermedad ya se había extendido en Europa. Y para septiembre, esta cepa mortífera había llegado a todo el mundo. En Colombia se decretó la pandemia a mediados de octubre, y el 24 de ese mes la Alcaldía de Bogotá creó la Junta de Socorros como la principal medida de emergencia para enfrentar este desafío sanitario. La junta se instaló en el edificio del Asilo de la Hortúa y el doctor Eduardo Carvajal fue el encargado de crear varios hospitales provisionales; entre ellos estuvo el de la Hortúa. 

Varias investigaciones históricas sobre la pandemia han asumido que en 1918 el Hospital San Juan de Dios era el mismo que el de la Hortúa, y por ello usan los nombres sin distinción. Este anacronismo se explica porque, luego de que en 1920 se acordara el traslado del San Juan a la Hortúa, la ciudadanía comenzó a nombrar el centro asistencial de las dos maneras, y muchas fuentes posteriores atribuyeron esa doble denominación al origen del predio: Molinos de la Hortúa. En realidad, durante la pandemia de 1918 eran dos instituciones distintas: el hospital de la Hortúa fue provisional, junto con otros que se crearon para enfrentar la gripe; mientras tanto, el San Juan de Dios, aguijoneado por el terremoto del año anterior, siguió atendiendo como pudo. 

La pandemia crecía y los hospitales no daban abasto. El 29 de octubre, una nota de prensa del periódico El Tiempo divulgó la alta mortalidad del día anterior; también verificó que la Hortúa era en ese momento un hospital distinto al San Juan de Dios:

«…la mortalidad ayer en la ciudad fue tan crecida casi como la del sábado. Hasta las cinco de la tarde nos informaron en la Oficina de Higiene y Salubridad que se registraban noventa y tres defunciones; en el Hospital San Juan de Dios fallecieron veintitrés personas, once en el Hospital de La Hortúa, tres en el Hospital de la calle 26 y trece personas murieron en las calles según noticia que de ello tuvieron las autoridades municipales».

Mientras los provisionales estaban dedicados a la pandemia, el San Juan seguía atendiendo otras patologías. Hacia el final de la pandemia, entre diciembre de 1918 y enero de 1919, al disminuir el número de los pacientes enfermos de gripa, el San Juan pudo hacerse cargo de ellos bajo cierta normalidad. El Hospital de la Hortúa, entonces, fue desmontado. 

Los daños ocasionados por el terremoto de 1917 y el traslado provisional de pacientes, tanto por este hecho como por la pandemia de 1918, al edificio de la Hortúa volvieron a hacer evidentes los problemas asistenciales del San Juan y su importancia para Bogotá. Estos eventos, que curiosamente no aparecen referenciados en los informes rendidos por la Junta de Beneficencia en sus sesiones de 1918 y 1920, jugaron un papel importante en la manera de nombrar la institución y en las decisiones que se tomarían empezando la segunda década del siglo XX sobre el rumbo del predio en la Hortúa. 

Lo interesante es que el nombre de La Hortúa vendría a sumarse a otras denominaciones que acompañaron al San Juan en su historia. Así se introdujo un elemento adicional a los grandes debates sobre los nombres del hospital: San Pedro en el siglo XVI, Jesús María y José en el XVIII, Hospital de Caridad en el XIX y Hospital San Juan de Dios en el XX.

 

De manicomio a hospital

En 1919, la Junta General de Beneficencia le propuso al Congreso cambiar el destino del predio de La Hortúa, para trasladar ahí el Hospital San Juan de Dios. En 1920 la iniciativa fue aprobada. 

Las condiciones fueron que el hospital terminara la construcción de los tres edificios ya iniciados y empezara la construcción de más pabellones. Adicionalmente, el Hospital se comprometió a pagar $94.054.80 al Asilo de Indigentes por los gastos de la construcción de los edificios. Se diseñó un plan financiero a la par que se continuaban algunas obras, como la terminación de la cubierta del Pabellón de Administración, así como algunos detalles interiores en escaleras y ventanería. Arrancaron también los diseños de cuatro nuevos pabellones a cargo de Arturo Jaramillo y Alberto Manrique Martín, destinados a enfermos, cocinas y dependencias. Y, gracias a las lecciones del terremoto y la pandemia, se empezaron obras de renovación en los pabellones ya construidos, según las sugerencias del ingeniero Ramón Cardona. 

El 21 de junio de 1921 se renovó la Junta General de Beneficencia. Los nuevos miembros fueron los encargados de afrontar la crisis financiera de  finales de ese año. Las obras de la Hortúa fueron suspendidas nuevamente por falta de recursos: los auxilios estatales se retrasaron debido a la crisis fiscal nacional; ya eran tres años sin que el Hospital recibiera los intereses de la Renta Nominal privilegiada a través del Tesoro Nacional. Ante este escenario, la Junta, mientras buscaba soluciones financieras, abrió un concurso cerrado de arquitectura para el conjunto. La propuesta ganadora fue la del arquitecto Pablo de la Cruz, que tomó como punto de partida los cuatro pabellones ya finalizados y los tres en construcción, y propuso dieciocho más, que incluían servicios de lavanderías, cocinas y laboratorios. El informe detallado que presentó la Junta en el año de 1922 tenía como propósito mostrar el proceso de selección del proyecto ganador para buscar nuevos recursos del gobierno nacional y de privados. 

Proyecto de Pablo de la Cruz que detalla los pabellones proyectados y los construidos. En: <i>Informe que rinde la Junta General de Beneficencia de Cundinamarca a la Asamblea Departamental en sus sesiones de 1922</i> (Bogotá: Imprenta de La Luz).
Proyecto de Pablo de la Cruz que detalla los pabellones proyectados y los construidos. En: Informe que rinde la Junta General de Beneficencia de Cundinamarca a la Asamblea Departamental en sus sesiones de 1922 (Bogotá: Imprenta de La Luz).

Las donaciones y eventos benéficos fueron fundamentales, aunque estaban vinculados a una noción de caridad de la cual la institución quería desprenderse. Rufino José Cuervo, quien murió en 1911, había destinado grandes sumas y bienes a la Beneficencia en nombre propio y de su hermano Ángel Cuervo. La donación de Gabriela Madrid de Samper  financió el alumbrado eléctrico de toda la sede de La Hortúa y permitió la construcción del Laboratorio Samper, contemplado en el plan de Pablo de la Cruz. De igual manera, la herencia de Eugenio Sánchez Zerda, en memoria de su esposa Paulina Ponce de León de Sánchez, permitió la construcción de uno de los tres pabellones diseñados por Manrique Martín y Jaramillo Concha. Las donaciones y recaudos más modestos también aportaron. En el Informe de la Junta de 1914 se hace referencia a que «el señor don Joaquín Camacho Roldán dejó al Hospital de San Juan de Dios la cantidad de $8,000, que fue invertida en el pago de drogas».

Las obras se adelantaron sin suspensiones entre 1922 y 1926, gracias, en parte, a que entre 1923 y 1925 se recibieron sin tantos percances los flujos de impuestos, la Lotería y los auxilios decretados por ley. Este impulso económico y administrativo contribuyó a la rápida finalización de los edificios de las dos etapas iniciales (1913 y 1921), además de empezar la construcción de dos de los dieciocho pabellones diseñados por Pablo de la Cruz. El 10 marzo de 1924, como cierre del proceso legal del cambio de uso del predio, se escrituró la propiedad del terreno de la Hortúa a la persona jurídica Hospital de San Juan de Dios de Bogotá.

Estado de las construcciones en el año 1924. Fachada oriental del Pabellón de Maternidad, Pabellón Ángel Cuervo, Pabellón de lavandería mecánica y ropería y Pabellón para el laboratorio de bacteriología y reunión del cuerpo médico. En: <i>Informe que rinde la junta General de Beneficencia de Cundinamarca a la asamblea departamental en sus sesiones de 1925</i>(Bogotá: Imprenta de La Luz, 1925.
Estado de las construcciones en el año 1924. Fachada oriental del Pabellón de Maternidad, Pabellón Ángel Cuervo, Pabellón de lavandería mecánica y ropería y Pabellón para el laboratorio de bacteriología y reunión del cuerpo médico. En: Informe que rinde la junta General de Beneficencia de Cundinamarca a la asamblea departamental en sus sesiones de 1925(Bogotá: Imprenta de La Luz, 1925.

Cuando ya estaban construidos los doce edificios de La Hortúa y faltaban solo cuatro meses para su inauguración, el hospital fue utilizado para albergar La Gran Excursión Escolar, un evento sin precedentes en la ciudad que trajo a Bogotá a casi diez mil estudiantes varones, provenientes de escuelas de todo el departamento de Cundinamarca. Durante tres días, los pabellones de Maternidad y algunos de los de enfermos fueron ocupados por los niños y sus maestros para dormir y alimentarse mientras conocían diariamente los lugares más emblemáticos de la ciudad.

Desde 1835, el hospital había sido administrado por el entonces Estado Soberano de Cundinamarca. Cumpliendo una función para todos los habitantes del departamento. La elección de usar los edificios como sede anfitriona de los estudiantes demostró la importancia regional del San Juan, que quedó en el recuerdo de estudiantes, familiares y conocidos en muchos de los municipios de Cundinamarca. 

Postales de la visita de La gran excursión escolar de 1925 frente al pabellón Rufino Cuervo y el Pabellón de Maternidad.
Postales de la visita de La gran excursión escolar de 1925 frente al pabellón Rufino Cuervo y el Pabellón de Maternidad.

Un hospital a muchas manos

El 7 de febrero de 1926 se inauguró la nueva sede del Hospital San Juan de Dios, gracias a los esfuerzos de la Junta General de Beneficencia, los auxilios del Gobierno Nacional y Distrital, los apoyos financieros de ciudadanos y la importancia social del Hospital, reforzada por su papel protagónico en los episodios de 1917 y 1918. 

Los esfuerzos que se sumaron para lograr esta hazaña no fueron solo económicos. En el recorrido inaugural del 7 de febrero, el doctor José Vicente Huertas mostraba con orgullo a los periodistas de El Tiempo las rejas del cerramiento del hospital: 

«Mire usted —nos dijo señalando con el dedo— esas rejas. Las hemos obtenido regaladas. Eran las que bordeaban el parque Santander. Naturalmente, como no alcanzaron para rodear todo esto, se han edificado a trechos esos muros de ladrillo, a trechos la reja». Esa recursividad, que logró construir el gran proyecto de La Hortúa, marcó también la historia del hospital. La tercera sede del hospital no habría sido posible sin la suma de esfuerzos individuales y colectivos.

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