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Emoción por Quintín Lame

27 de julio de 2026 - 12:05 am
El 29 de enero de 1915, el gobernador del Cauca ordenó arrestar a Manuel Quintín Lame junto a su hermano Nacianceno y otros cinco indígenas para sofocar el levantamiento que encabezaba en defensa de su pueblo. Lame escapó, pero el 8 de junio de 1916 fue capturado de nuevo y recluido en la cárcel de San Isidro, la misma hacienda donde había nacido terrajero. Jaime Paredes, hijo de aquel gobernador, lo vio pasar con una soga al cuello por las calles de Popayán. Años después escribió, en las páginas de la revista Pan, un encendido retrato del hombre que se rebeló contra un mundo que también era suyo.
Fotografía del Archivo General de la Nación.

Emoción por Quintín Lame

27 de julio de 2026
El 29 de enero de 1915, el gobernador del Cauca ordenó arrestar a Manuel Quintín Lame junto a su hermano Nacianceno y otros cinco indígenas para sofocar el levantamiento que encabezaba en defensa de su pueblo. Lame escapó, pero el 8 de junio de 1916 fue capturado de nuevo y recluido en la cárcel de San Isidro, la misma hacienda donde había nacido terrajero. Jaime Paredes, hijo de aquel gobernador, lo vio pasar con una soga al cuello por las calles de Popayán. Años después escribió, en las páginas de la revista Pan, un encendido retrato del hombre que se rebeló contra un mundo que también era suyo.

I

Una raza es una pasión. Es llevar quemando en la sangre la tierra en donde se nació. Es sentirse de esa tierra, clavado y alto como un árbol. Patria, en último término, es sangre. Y sangre, ánimo de dominio. Quien la tenga en grado espléndido y atormentador como este Quintín Lame, vivirá en pasión, así triunfando o siendo aniquilado, pero siempre arriesgándose con destino grande. ¿Qué importa caer en el olvido? Cuando se rompa el propio corazón, ¿qué quedará del universo? Darse entero al corazón, y el corazón a la tierra y sus gentes: eso entiendo por héroe.

¿Quintín Lame está vivo o muerto? ¿A quién le interesa saberlo? Hasta los suyos se olvidaron de su voz y de su brazo de lancero iracundo. ¿Qué dejó en concreto? De su raza recibió un recóndito llamado de liberación, y él lo gritó entre los suyos, fervientemente, como si batiera un pendón de guerra y victoria. Realmente nada extraordinario ocurrió y, sin embargo, cuanto él anunciaba, arriba, en sus montañas, todo está por llegar. Está llegando. Pasarán muchos días, pasarán muchas noches antes de que florezca sobre el mundo el alba que extasiaba sus ojos de profeta y campesino. Entonces lo buscarán para aclamarlo, y él será ya miseria de huesos y sombra.

 

II 

San Isidro es una vieja hacienda del Cauca, en las cercanías de Popayán, por los lados del volcán Puracé. Tierras escarpadas, empinadas frente al pacífico valle payanés; tierras de cielos claros, del trigo y del viento. Duras para la uña del arado y fértiles para el grano. Montes espesos, casi tenebrosos, y limpia y como menuda el agua que los riega. La hierba tiene un vivo color amarillo, pero, a lo lejos, una llanura o el pico de una montaña se divisan profundamente grises. Los campos de labranza amanecen florecidos de finísima escarcha; por las tardes el sol brilla ocre y muy distante; el paisaje allí es inmenso y múltiple. Cada sendero de aquellas colinas tiene a su fondo todos los colores imaginables: desde el plomo compacto de los peñascos hasta el amarillo festivo de las hierbas. Si es cierto que el hombre es el paisaje que lo rodea, las gentes que allí nacen tendrán un fondo humano con toda esa complejidad de matices; serán desconcertantes, como Quintín Lame, nacido allí, en un rancho miserable, sobre una colina brusca. Quintín tenía un alma con todos estos tintes encontrados: dulce y terrible, cruel y lleno de un suave amor para sus gentes, alma cruzada de fulgores como una claraboya.

La hacienda de San Isidro ha pertenecido a diferentes familias ricas de Popayán. La dedican especialmente para la cría de ganados. Como se acostumbra en el Cauca, la hacienda está formada por una casa grande, la casa de los patrones, y, distribuidas por todos los puntos, las chozas o ranchos de los «terrajeros». Pagar terraje significa dar trabajo a cambio del derecho de habitar en un lote de la hacienda, cultivando la tierra. Se puede vivir cien años y cien años labrar ese mismo sembrado, sin que jamás el terrajero llegue a ganar la propiedad del lote. Un día llega a la hacienda y alza casa y plantío, y otro día cualquiera debe irse; y allí, a la sombra del yarumo más vasto, puede tener sepultados los huesos de sus antepasados y los ombligos de todos sus hijos, que con todo esa tierra no será suya. Cierto que él recoge sus frutos, cierto que en la casa grande le regalan las ropas viejas, cierto que le permiten oír la misa en la capilla de la hacienda, cierto que está allí por su propia suerte, desde luego que nadie tiene derecho sobre su vida y su destino. Pero cierto, con tremenda y escondida verdad, que su condición es de siervo, de miserable siervo del patrón y de la tierra. ¡También alguna vez fui patrón en el Cauca, y tuve quince terrajeros; y yo también creía en mi cristiana caridad de amo que permite a quince hombres y sus familias vivir en mis tierras y cosecharlas! Ni siquiera les reconocía el derecho a la tierra por los huesos y las lágrimas que en ella enterraron. ¡Y también odié a Quintín Lame, creyendo que un día me quitaría esta tierra mía, que es de ellos, por profundo derecho de lágrimas y huesos!

Tierra desgarrada y fecundada todos los amaneceres y las tardes todas, y tierra que jamás se les entrega totalmente: ¿los campesinos caucanos amarán la tierra? Yo les he visto pegados a esos surcos calientes y morenos, rindiéndole la fatiga de sus muslos, como rencorosos, como avergonzados, así de entregársele siempre y nunca tenerla suya.

San Isidro fue poblada y labrada por una raza de indios puros del Cauca. En las serranías de la cordillera Central, al oriente de Popayán, quedan todavía muchas tribus de legítimos aborígenes. Tierradentro es un valle hondo en una abrupta vuelta de la cordillera Central. Desde siglos viven allí con sus costumbres rudimentarias y su melancolía de sojuzgados.

Manuel Quintín Lame fotografiado en el Alto de Ortega, Tolima, en julio de 1943. © FOTO INTERVENIDA POR ANDRÉS ORJUELA.

III

Nadie ni nada ha podido penetrarlos. Pasan callados y ariscos, como deslizándose furtivamente, socarronamente, por el torrente de la historia colombiana. A pocas leguas están los pueblos blancos y su civilización dinámica y estruendosa. Ellos no la han visto, no la quieren ver. Hay una distancia sideral de raza a raza; hay algo que los aborígenes todavía no han podido cobrar a los blancos. Cobran su tierra y su civilización arrasada, y se cobran en sí mismos no haber sido capaces de venganza. Por eso viven con rencor y con despecho; así se les ve andar en pequeños grupos, como a hurtadillas, en un brincado y menudo trotecito de fiera maliciosa que siempre se está yendo y quedando. Ni Cristo ni Bolívar han podido penetrarlos. Nada ni nadie. Al lado de un blanco pueden andar años enteros sin jamás desobedecerlo o contrariarlo, pero, también, sin que nunca lo estimen en el corazón como a su semejante, como a otro hombre de carne y pasiones. Son leales, pero siempre están como acechando, esperando algo que ha de venir irremediablemente. En este sentido, una raza puede ser una espera, un perpetuo estar esperando.

Si vivir es tener una actitud frente a la vida y el futuro, la actitud del aborigen colombiano sería la de un cazador eterno de su propio destino; de un destino que siempre está presente y escapándose siempre.

La flauta o quena, único instrumento que tocan y así como ellos lo tocan, expresa maravillosamente esa tendencia esencial de su psicología. Con profunda, casi mística unción, pegan el hosco labio a la caña sonora y, entonces, en el cielo de la tarde se expande una melodía desgarradoramente triste, una plegaria de humillaciones y de porfiada espera. Tocan la flauta en la tarde, nada más que en la tarde, pero la melodía que expande es música de quien está esperando el alba. Flauta de la tarde y música de amaneceres: el indio se confiesa en su quena; tal vez es la única confidencia que hace del dolor de su raza. Propiamente, la flauta aborigen evoca lo que no se ha podido ser, la vida usurpada, arrebatada, lo mismo que su tierra.

Y no son la imagen de lo feroz. No se visten con pieles de animales salvajes, ni llevan colmillos de hiena atados al cuello, ni se embadurnan con carmines grotescos. Por el contrario, son la imagen de lo apacible, de lo humilde. Entre todos los colores, para sus vestidos, prefieren el blanco y el azul celeste. Un sombrero de paja impresionantemente leve. Al cuello se ponen collares de cuentecillas y las llevan con pudorosa modestia de virgen. Y es raza de gentes vigorosas y recias. En anchura de pecho y robustez de muslos no hay otra que pueda comparársele en Colombia. Y son del color de la canela. Negro el pelo y negros los ojos. Los hombres andan con pesada pausa de púgiles, de jóvenes machos en celo; y las mujeres, rimadamente, a un mismo ceñido paso, como si siempre llevaran un cántaro en la cabeza. No obstante, cuando andan en grupos, tienen un paso asustadizo y pronto, de animales sorprendidos en la noche.

 

IV

Quintín Lame nació terrajero, en la hacienda de San Isidro. Sus padres, indios puros. Debió nacer en uno de aquellos valientes partos de campesina caucana: su madre suspendió por algunas horas el corte de la leña o «la molienda de maíz». Nació extraordinariamente robusto, tanto que después llegó a ser el hombre más corpulento de su raza. Creció mascando coca con mambi. El mambi es la cal viva, quemante y tonificante. Desde muy mozo se hizo a la soledad; solo recogía el agua de las cascadas, solo arriaba los ganados, solo cazaba los pájaros salvajes. Así que su estampa se caracterizaba por los hábitos y maneras que imprime la soledad: un silencio arisco, una mirada seca y de soslayo, un ancho pecho de estar aspirando el saludable vaho de las montañas, seguramente apacibles el paso y el gesto, y con una rebelde cabeza echada hacia atrás, como de cazador que va atisbando palomas escapadas al fondo del horizonte.

A los siete años ya concurría a la escuela pública de Puracé. Antes lo habían bautizado cristiano. Y fue en la escuela en donde por primera vez oyó el llamado de su raza. Por lo menos allí debió comenzar a entender que lo suyo realmente no era de él; por lo menos allí debió ser el primer choque entre lo que él tenía como naturalmente cierto y aquello que el maestro, también, le enseñaba como cierto. En la escuela de los blancos, de los pequeños hombres libres y felices, vislumbró, con profunda certeza de corazonada, que él y los de su raza no eran ni felices ni libres. Rústica escuelita de Puracé, despejado camino de Quintín Lame.

A los veinte años inicia el pregón de sus verdades. ¿Cuándo, en qué horas de las serenas y solitarias noches recibió de su raza el mandato de agitarla por su libertad? Ni él mismo lo sabría decir. Pero aquella idea que lo arrebató durante su mocedad no debió brotar de un solo relámpago; iba cuajándose en su corazón con el moroso y exacto proceso de una perla en su concha. Iba naciendo a todas horas, cuando sus pies desnudos pisaban el sembrado que nunca era suyo; a todas horas, como si la misma tierra se la fuese calando por los poros y todos los sentidos. Nacía sencillamente porque él vivía y todo le era revelado en la presencia misma de las cosas. En estados como el suyo, basta el deseo de querer vivir para que surja la certidumbre absoluta de que realmente no se está viviendo. En Quintín Lame no hay que buscar la cartilla de ideas que guía a los falsos apóstoles: él es lo intuitivo, lo instintivo, lo que está más allá de las cartillas y de los cartilleros. En este sentido, Quintín Lame es la fuerza y la tragedia de su raza con acción y con palabra.

Y era un corpulento e iracundo anunciador. Sus pregones los gritó en las curvas profundas de los caminos, al pie de los más bravos peñascos. ¡Cómo retumbaba de limpia y terrible su voz de profeta impulsivo! Apenas unos veinte indios siguen al bárbaro anunciador y lo miran espantados, como se mira a una fiera amarrada a su alarido. Y en el corazón de veinte aborígenes asustados, el sembrador había enterrado la semilla: ya le pertenecían, como a la raíz la poma y la rama. Y toda palabra suya tendría el extraordinario don de clavarse vertical en el corazón como una raíz. Y a su lado estaría siempre Pedro Yajimbo, señor de Vitoncó: cetrino, ágil, cruel y esbelto como una pantera. Y Pío Collo y los Cuetiaz, y hasta las indias viejas dejaban la puchicanga (huso, rueca) de manos resignadas para empuñar la astilla de chonta que batían y clavaban como una lanza.

Miradlo ahora, capitán de su pequeña tropa. Se ha dejado crecer una melena de bárbaro y lleva en la mano un machete que pica chorros de luz y de sangre en los costados de los blancos. Asalto de Belalcázar, asalto de Inzá, asalto de Pitayó: Quintín Lame se ha vuelto el terror de la encrucijada y la guerrilla. Lo tienen acosado y él huye y nuevamente se levanta. Salta y se apaga y nuevamente aparece, como las corrientes de agua en la maraña de la selva. Te están cazando, Quintín, en la selva enmarañada, y te les vas de las manos como el agua en la maraña. Pero te prenderán. Casi que te tienen prendido. ¿Acaso es poco rebelarse contra un orden de cosas, justas o injustas? Pero, en todo caso, un viejo orden de cosas. El mundo no es ni redondo, ni basto, ni siquiera pesado: es cada día un orden de cosas.

Ya te tienen prendido. Realmente que no te prendió este ni aquel; te prendió un orden de cosas, el mundo de ese día.

Ismael Gómez Álvarez, Ignacio Torres Giraldo, Juan de Dios Romero, Erasmo Valencia, Manuel Quintín Lame y Luis A. Bolívar. Fotografía del Archivo General de la Nación.

V

Con una soga al cuello lo llevaron a Popayán. Recuerdo haberlo visto pasar; para los chiquillos, para las mujeres y para los avaros de su tierra, tal como si llevasen atado un monstruo que se pudiese soltar. ¡Qué terror cundió en la heroica ciudad durante todos aquellos días de Quintín Lame! Se decían las cosas más horrendas: que incendiaba y asesinaba, que devoraba niños y violentaba doncellas. Se vivía como si a las puertas de la ciudad estuviesen golpeando la peste y el pavor. Cuántos miedos ridículos podría yo relatar aquí; pero es mejor olvidarse de que hay hombres que realmente no son hombres; y yo los veía en mi casa, cuando mi padre era gobernador del Cauca, acosándolo, persiguiéndolo, suplicándole, traicionándolo… todo porque no quería pasearles y entregarles la cabeza degollada de Quintín. Qué sencillo hubiera sido fulminarlo oficialmente y de soslayo, en cualquier recodo de un camino. Después se habría dicho en un mensaje compungido: «… Quintín Lame atacó a los gendarmes del Gobierno y estos, en defensa de las instituciones y en legítima defensa, se vieron obligados a disparar…». Ah, nombres de hombres que yo me callo; nombres sin hombre, nada más.

Con una soga al cuello lo llevaron al tribunal. Asonada, sedición, incendio, asesinato, asalto, robo: por todos los delitos del Código lo llamaron a responder. Y él se defendió. ¡Qué extraordinario hombre es el Quintín Lame ante los tribunales! Miradlo cómo usa sus mismas armas y cómo los reduce, cómo se les escapa de las manos y cómo los fustiga. Altos los puños y airada y revuelta la salvaje melena, a veces solloza como un niño tierno y a veces tiene gestos y alaridos de fiera arponeada. Los ha confundido. La candela que inflamaba en tempestad su pecho de guerrero y precursor, ese día, ante los jurados, se hizo lucidez: palabra transparente y afilada como la punta de un diamante. Sin duda, este fue el Quintín más grande: el hombre iluminado por Dios y por su raza.

¿Qué perseguía? ¿Qué lo mantenía en ese temblor y en ese alto vuelo de flecha disparada? Quintín Lame quería lo que es suyo: su tierra, la de todos aquellos que siempre la han labrado y nunca la han ganado; así suya, por el derecho que da el vivir y morir en ella, el brazo perpetuamente agarrado al azadón que la punza y la hace jadear, y la quiere y la cuida y la espera, así como se hace jadear y se fecunda y profundamente se quiere el vientre de una amada.

Más de quince años que los collados caucanos no oyen ninguna de tus palabras impulsivas, guerrillero y vencido Quintín Lame. Levantamiento de Tierradentro, asonadas de Belalcázar y Malvazá, pregones de Inzá y Calibío, jurados de Popayán, arengas en el mismo Parlamento de Colombia… sobre tu vida cayó un silencio de sombras, como si jamás hubieses aparecido con solitario ímpetu de centella. Los cuchillos y los indios se escondieron en las montañas; quedaste, apenas, en un nombre descomunal para dormir a los niños.

Tu travesía en la historia colombiana, sobre las tierras del Cauca, fue movida y reluciente como una baraja y como una baraja se desplomó. Fue nada y fue todo, porque te habías clavado vertical como una raíz. Cuando no estabas afuera, agitándote en el tallo de tus esbeltas palabras, estabas perforando, yéndote, como a una tierra buena, al caliente corazón nacional.

Y ahora significas anchamente, definitivamente, lo que entonces te prendió: el orden de cosas de este nuestro tiempo.

Y sigues solitario y desgarrado, allá en un pueblo oscuro del Huila; y tus pregones en las colinas del Cauca, sobre tu tierra y tu raza, rasgaron los ámbitos como una campana y, como una campana, siguen despertando y anunciando.  

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