Un regalo a la posteridad
En la pasada Feria del Libro de Bogotá, la Universidad Nacional hizo algo que merece más atención de la que recibió: puso a disposición gratuita, en formato digital, las obras completas de León de Greiff en diez volúmenes. No hubo lanzamiento propiamente dicho, ni cóctel, ni discursos. Simplemente, las obras quedaron disponibles para cualquiera que quisiera descargarlas. El gesto —silencioso, casi discreto— es el preludio de las celebraciones que en julio marcarán el cincuentenario de la muerte del poeta, y también el paso previo para que la familia De Greiff, anticipándose a lo que la ley establece, declare la obra de su ilustre pariente como de dominio público.
Desde Gaceta queremos aprovechar la ocasión para hacer una sugerencia cordial, respetuosa y, esperamos, bienvenida, a todos los herederos de escritores colombianos cuyo apellido no sea García Márquez: sigan ese ejemplo.
La razón es sencilla. Las dinámicas actuales de la vida editorial no son piadosas con los autores de fama mediana o incluso considerable. Un libro agotado cuyos derechos están en manos de herederos que no tienen ni los recursos ni el interés de relanzarlo es, en la práctica, un libro que no existe. La insistencia en mantener vivos los derechos patrimoniales de un autor —con la esperanza de una reedición que nunca llega, o de regalías que nunca superan el costo de administrarlos— equivale, en muchos casos, a borrarlo del panorama literario con más eficacia que el olvido. El dominio público, por el contrario, es una invitación abierta: cualquier editorial, universidad, biblioteca o lector puede reproducir, difundir y celebrar la obra sin pedir permiso ni pagar un peso.
Sabemos, por supuesto, que los familiares tienen todo el derecho de hacer con la herencia lo que consideren conveniente. No pretendemos darles lecciones. Pero si alguno de ellos está considerando seguir el camino de la familia De Greiff, conviene saber que el proceso, aunque riguroso, es perfectamente manejable.
Lo primero que se necesita es un documento firmado por todos los herederos —todos, sin excepción— en el que se declara la voluntad de liberar la obra. Ese documento debe ser preciso: hay que identificar cada obra por su título, su género y el año de su primera publicación, y consignar el nombre completo del autor, incluyendo seudónimos. Los firmantes deben declarar bajo juramento que son los únicos titulares legítimos de los derechos, porque si falta una sola firma o hay un heredero en desacuerdo, el documento pierde validez jurídica.
El corazón del trámite es la renuncia patrimonial, y conviene entender bien lo que implica: es definitiva e irrevocable. Una vez firmado el documento, no hay marcha atrás. Los herederos renuncian al derecho de cobrar por la reproducción de la obra —en libros impresos o digitales—, por su distribución, por su uso en eventos públicos o plataformas en línea, y por cualquier adaptación o traducción que alguien quiera hacer a partir de ella.
Hay, sin embargo, una buena noticia: los derechos morales no se pierden. Por más que la obra pase al dominio público, nadie podrá atribuirse su autoría ni alterarla de manera que afecte la integridad o el honor del escritor. La ley colombiana garantiza de manera perpetua e irrenunciable el derecho a que siempre se diga de quién es la obra y a que el texto sea respetado. La familia puede quedarse tranquila en ese sentido.
El paso final es el más formal: el documento firmado debe autenticarse ante una notaría pública y luego inscribirse en la Dirección Nacional de Derecho de Autor. Con eso, la renuncia tiene plena validez jurídica frente a cualquiera.
Es un trámite que requiere acuerdo, paciencia y algo de papeleo. Pero el resultado es que la obra de un escritor deja de ser un asunto de familia para convertirse, de nuevo, en un bien de todos. Que es, si se piensa bien, lo que siempre quiso ser.
El lector curioso puede descargar las obras completas del poeta antioqueño aquí.
Una misteriosa fiebre

Antes de las orquídeas estuvieron los tulipanes. En la Holanda del siglo XVII, un solo bulbo de la variedad Semper Augustus podía valer lo mismo que una casa en el canal de Ámsterdam. La tulipomanía —como la llamaría más tarde el periodista escocés Charles Mackay, que la convirtió en el ejemplo canónico de la irracionalidad de los mercados—duró apenas unos años, entre 1634 y 1637, y terminó como terminan estas cosas: con un colapso abrupto y una resaca de arrepentimiento colectivo. Pero dejó instalada en la imaginación occidental la idea de que una flor podía ser, al mismo tiempo, objeto de deseo, instrumento de especulación y símbolo de una civilización que ha perdido el norte.
Dos siglos después, el mundo repitió la operación con las orquídeas, y la repitió con una intensidad que hacía parecer la tulipomanía un capricho pasajero. El orquidelirio —el término es del botánico británico John Lindley, aunque el fenómeno lo desbordó ampliamente— se extendió por Europa desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el XX, alimentado por una confluencia de factores que raramente se dan juntos: el auge del invernadero moderno, que permitió cultivar especies tropicales en latitudes imposibles; el trabajo de Darwin sobre la coevolución de insectos y flores, que convirtió a las orquídeas en objeto de fascinación científica además de estética; y una cultura victoriana obsesionada con lo exótico, lo raro y lo lejano. Una sola orquídea podía alcanzar el equivalente a veinticinco mil dólares actuales. Las casas de subastas de Londres organizaban remates que concitaban la misma expectación que hoy despiertan las obras de arte.
Colombia fue, en ese contexto, algo parecido a una mina de oro: el territorio más rico en especies orquidáceas del planeta, con más de cuatro mil variedades catalogadas, muchas de ellas endémicas. Los Andes colombianos —y en particular las vertientes húmedas que descienden hacia los valles interandinos—concentraban una biodiversidad que los cazadores de orquídeas europeos contemplaban con la misma mezcla de codicia y asombro con que los conquistadores habían mirado el oro de El Dorado. No es una analogía arbitraria: el saqueo fue comparable. Colectores enviados por grandes casas comerciales británicas, alemanas y belgas recorrieron el país talando árboles enteros para arrancar los ejemplares que crecían en sus ramas. Albert Millican, uno de los más activos, reconoció haber derribado más de cuatro mil árboles para capturar una sola especie, la Cattleya mendelii, y lo consignó en sus memorias sin el menor remordimiento. Los barcos salían de Barranquilla y Buenaventura cargados de miles de bulbos; menos del uno por ciento sobrevivía el viaje.
La Cattleya fue la estrella de ese comercio. El género debe su nombre al comerciante inglés William Cattley, quien encontró sus raíces mezcladas con el material de embalaje de un envío llegado de Brasil, las cultivó casi sin saber lo que hacía y produjo una floración que dejó sin palabras a los botánicos de la época. Durante décadas se perdió el rastro de su lugar de origen exacto, lo que disparó expediciones de búsqueda y convirtió a ciertas especies en objetos de una cacería casi mítica. La Cattleya labiata, la Cattleya trianae —hoy flor nacional de Colombia, llamada también «la flor de Navidad»—, la Cattleya mendelii: cada descubrimiento de una nueva localización generaba una carrera en la que los colectores competían con métodos que incluían el engaño, el sabotaje y, en algún caso, el crimen.
La orquidiócesis de Tegualda

Todo esto se lo cuenta Guillermo Angulo a quienes lo visitan en su casa finca a cuarenta kilómetros de Bogotá, mientras sirve generosos vasos de vino y va explicando, con una calma no exenta de malicia, que el orquidelirio revela algo que las locuras por las plantas tienen en común desde los ya lejanos tiempos en que Rembrandt pintaba sus misteriosos claroscuros en su taller de la calle Jodenbreestraat: la capacidad de la belleza para suspender el juicio y perder a los hombres en la búsqueda de un intangible que los espíritus menos indulgentes llamarían una quimera.
Angulo nació en Anorí, Antioquia, el 9 de abril de 1928. Ha sido fotógrafo de prensa, crítico de cine, diplomático, cónsul general en Barcelona y en Nueva York, escritor cuando le ha dado la gana y memorioso profesional. Pero si hoy alguien le pregunta a qué se dedica, la respuesta es invariable: jardinero.
La historia de su amor tardío por las plantas empieza en los años ochenta, cuando se enamoró a primera vista de una finca en Choachí, Cundinamarca. La propiedad tenía su propia historia: la casa original, de madera, había pertenecido al presidente conservador
Miguel Abadía Méndez, quien la mandó reemplazar por una construcción de cemento y ladrillo —tipo inglés, resistente a los pirómanos— después de que un grupo rival de su mismo partido le incendiara la anterior. Angulo llegó a un lugar que apenas tenía vegetación. Lo que hizo después merece un nombre propio, y él se lo dio: la Orquidiócesis de Tegualda.
Porque lo que sembró en esa tierra no fueron simplemente plantas, sino una obsesión. El jardín que fue creciendo allí es, según sus propias palabras, «muy cuidado para ser un bosque, y muy descuidado para ser un jardín»: un lugar donde la naturaleza y el fotógrafo llevan décadas negociando en silencio los términos de su convivencia. Las orquídeas fueron el eje de esa negociación, y Angulo las fotografió —y las sigue fotografiando— con el mismo ojo que había posado antes sobre García Márquez, Manuel Mejía Vallejo y tantos otros personajes de la Colombia cultural de medio siglo.
Su obra fotográfica —18.000 archivos analógicos y más de 21.000 digitales— ingresó a los fondos de la Biblioteca Nacional de Colombia a finales de 2023, para custodiarse y convertirse en patrimonio de todos los colombianos. Fue esa misma institución la que acaba de publicar El jardín de Thanatos (2026): un libro de fotografías y textos suyos sobre ese vergel de Choachí que hoy lleva un nombre más sombrío, porque su autor ha decidido llamar las cosas por su nombre. «Es la historia de mi jardín que, como yo, se está muriendo», dice sin ningún dramatismo. «Ya no celebro años sino que hago cuenta regresiva. La mayoría de esas flores ya murieron. Solo viven, como nuestros abuelos, gracias a la fotografía».
Antes que un archivo, el libro es el testimonio de un hombre que, cerca de los sesenta años, se dejó hechizar por las orquídeas y convirtió un potrero pelado en uno de los jardines más singulares del país. Lo publicó a sus noventa y ocho años; los días previos a su cumpleaños los pasó fotografiando flores como la Brownea ariza, el Hibiscus schizopetalus y la Aechmea fulgens. Si volviera a nacer, dice, no hubiera perdido tanto tiempo en oficios dispersos y se hubiera entregado más temprano a la que ha sido la pasión dominante de su vida. Los lectores, por el contrario, agradecemos que en su época no fuera tan popular la Ritalina y él pudiera dedicarse sin culpa a tan variados menesteres. Sus espléndidas fotos, sus divertidísimos textos y su jardín en permanente renacimiento son la mejor prueba de que hay vidas que necesitan desparramarse por todos los rincones posibles antes de encontrar, al final y casi de casualidad, el único lugar en el que de verdad querían estar.
Un papiro en la memoria

A finales de 2025, un grupo de arqueólogos de la Universidad de Barcelona hacía excavaciones en Egipto. Su área de trabajo era la necrópolis de Al Bahnasa, la antigua ciudad de Oxirrinco, a unos 190 kilómetros al sur de El Cairo. Después de varias semanas de remover tierra aquí y allá, dieron con una infraestructura funeraria compuesta por tres cámaras de piedra caliza. Dentro de ellas, y a pesar de que a través del tiempo los saqueadores han hecho de las suyas, encontraron cosas muy singulares: restos humanos calcinados, huesos de bebés, láminas de oro con forma de lengua, estatuillas en terracota y en bronce, el cráneo de un gato envuelto en tela y sarcófagos de madera decorados. En el interior de los sarcófagos — cómo no— había momias. Y sobre el abdomen de una de ellas, algo en verdad sorprendente: un papiro. Pero no era un papiro como los que suelen hallar los arqueólogos en compañía de las momias, esos que resguardan hechizos cuyo fin es proteger al alma del difunto en su viaje al más allá.
Este papiro, en cambio, contenía un fragmento de la Ilíada. Más precisamente, una parte del famoso catálogo de las naves: ese conjunto de doscientos sesenta y seis versos en el que Homero, con una paciencia que raya en la crueldad, enumera todas las flotas y ejércitos griegos que partieron hacia Troya. Es un pasaje que los filólogos estudian con fervor y que los lectores comunes atraviesan como quien cruza un desierto. Que alguien haya sido enterrado con él es una ironía que el propio Homero hubiera apreciado: la Ilíada tiene pasajes de una belleza y una intensidad que cortan el aliento; el catálogo no es uno de ellos. (Hay incluso algún experto anónimo que ha asegurado que al embalsamado lo que lo mató fue el aburrimiento).
Dicho esto, el hallazgo, que se reveló el pasado mes de abril, no carece de interés. Oxirrinco es una de las grandes cunas de papiros literarios griegos —de allí procede, entre otros tesoros, la mayor parte del corpus de Safo que la humanidad conserva—, pero la importancia de este hallazgo no reside en el lugar sino en lo que permitirá hacer: comparar el texto con los manuscritos medievales que constituyen la base de las ediciones modernas del poema. Si hay variantes de lectura, omisiones o adiciones, los lingüistas tendrán trabajo. Y si las divergencias son mínimas, eso también dirá algo: que la tradición textual homérica es más estable de lo que a veces se supone. Lo que no cabe esperar es una revolución: para que este papiro sacudiera los fundamentos de la filología clásica, tendría que ser mucho más antiguo de lo que es.
En todo caso, la noticia invita a recordar que Homero ha inspirado gestas menos conocidas pero igualmente admirables. Una de ellas ocurrió en Pasto, Colombia, a comienzos del siglo xx, y la protagonizó un hombre prácticamente desconocido fuera de Nariño. Leopoldo López Álvarez (1891-1940) fue un abogado y profesor que se hizo célebre por traducir al español directamente del griego la Ilíada, la Odisea, los Himnos homéricos y las Siete tragedias de Esquilo. Para poder publicar ediciones bilingües de sus traducciones, importó desde Europa una imprenta de tipos griegos, empresa que llevó a cabo en la soledad de su estudio con un empeño que sus contemporáneos calificaron de quijotesco. La imprenta, los manuscritos en griego y latín que empleó para sus traducciones y una colección extraordinaria de objetos formaban parte del museo que funcionó en su casa hasta 1975, cuando todo fue repartido entre sus parientes. Hoy, una parte de aquella imprenta reposa en el Museo Taminango de Pasto, como reliquia de un humanismo periférico que nadie premió con titulares.
«Clásico» es lo que no pierde vigencia y siempre se presenta bajo una luz nueva. Una momia en una necrópolis egipcia y un abogado en una ciudad del sur colombiano lo confirman, cada uno a su manera: los poemas del aeda ciego llevan más de dos mil años encontrando lectores en los lugares más improbables, y a juzgar por lo que sigue apareciendo, todavía no han terminado de sorprendernos.
A propósito de un verbo multiusos
El verbo «honrar» desciende del latín honorare, derivado a su vez de honos (después honor), una palabra que en Roma designaba el premio o cargo político que se otorgaba a quien se consideraba justo e íntegro. Honrar, en su sentido más antiguo, no era un gesto retórico sino un acto institucional: conferir a alguien un reconocimiento público —con frecuencia un cargo— en virtud de un mérito verificable. En el español medieval naciente, además, la palabra tenía un origen culto: «honor» pertenecía al lenguaje poético, mientras que en la prosa se prefería «honra», y el plural «honras» llegó a significar exequias, con el sentido implícito de demostración de aprecio. Es decir: incluso cuando el verbo se popularizó, conservó un aire de solemnidad, de ocasión excepcional.
Esa genealogía explica por qué la actual epidemia de «honrar» resulta tan empobrecidora. Cuando una entidad dice que «honra» la memoria de alguien, o que cierto evento «honra» a la ciudad, o que tal funcionario «honra» su cargo con su presencia, está invocando —casi siempre sin saberlo— la maquinaria simbólica de la Roma republicana: el premio público al mérito comprobado. Pero el uso actual ha vaciado esa maquinaria de su contenido específico. Ya no se honra para distinguir un mérito particular, sino para llenar el silencio de cualquier discurso institucional que necesite sonar solemne sin comprometerse con nada. El verbo se ha vuelto, paradójicamente, lo contrario de lo que originalmente significaba: en vez de un acto excepcional reservado a méritos excepcionales, es ahora la fórmula por defecto para cualquier ocasión que requiera un mínimo de gravedad ceremonial.
Hay además una segunda capa, más sutil, en esta inflación verbal. Honrar también significaba, y sigue significando, cumplir con fidelidad una promesa, un deber o un compromiso —de ahí que en inglés se «honre» un contrato o una letra de cambio—. Es decir, el verbo siempre tuvo dos caras: una pública y ceremonial (honrar a alguien con un reconocimiento) y otra privada y ética (honrar la palabra dada). Lo que el uso colombiano contemporáneo ha hecho, casi sin darse cuenta, es quedarse solo con la cáscara ceremonial y desechar el núcleo ético. Se «honra» la memoria de las víctimas, se «honra» el legado de un maestro, se «honra» el compromiso con la comunidad, se «honra» la amistad con una persona o se «honra» a la mamá en el Día de la Madre en tuits o posts que rara vez incluyen el cumplimiento efectivo de nada. El verbo, despojado de su exigencia, queda reducido a un gesto verbal de cortesía institucional: la versión lingüística de un minuto de silencio que nadie respeta.
Quizás el síntoma más revelador de esta erosión sea precisamente su omnipresencia. Las palabras que conservan su fuerza semántica tienden a ser ahorradas; uno no dice que «honra» el café de la mañana ni que «honra» la puntualidad de un avión de pasajeros. El verbo se reserva, por instinto, para los contextos que merecen su peso etimológico. Que hoy se use indiscriminadamente —para alcaldes, para festivales gastronómicos, para aniversarios corporativos— no es un signo de que el país se haya vuelto más reverente, sino exactamente lo contrario: una palabra que se usa para todo ha dejado, en la práctica, de significar nada en particular. Es el destino habitual de las palabras nobles cuando se convierten en comodines: no desaparecen, pero se quedan vacías, como esas medallas que se reparten tan generosamente que terminan sin distinguir a nadie.