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Lancelot del Zarzo

17 de julio de 2026 - 12:50 am
La muerte de Elkin Obregón (1940-2021) dio lugar a numerosos homenajes que celebraron sus méritos como cronista, caricaturista y traductor. Cinco años después, uno de los parroquianos más fieles del cuchiclub que animó en su casa del barrio Prado, en Medellín, prefiere evocarlo de otra manera: con muchas más carcajadas que elegías.

Lancelot del Zarzo

17 de julio de 2026
La muerte de Elkin Obregón (1940-2021) dio lugar a numerosos homenajes que celebraron sus méritos como cronista, caricaturista y traductor. Cinco años después, uno de los parroquianos más fieles del cuchiclub que animó en su casa del barrio Prado, en Medellín, prefiere evocarlo de otra manera: con muchas más carcajadas que elegías.

A los veinte años, la edad de la insolencia, pocas veces se reconoce que hay un maestro al lado. Y aún así, desde que lo conocimos, en 1986, Elkin Obregón fue el nuestro. A un grupo de amigos nos prestó una casita en el barrio Villa Hermosa para fundar Frivolidad, la revista de humor. Solo puso una condición: que le diéramos una vieja edición, sin leer aún, de Pombo, libro donde Gómez de la Serna relata las veladas del célebre café madrileño, y que tuve que donar en usufructo.

Una de esas noches, Obregón cayó a la mesa de redacción de la revista, en su estado natural de mediacaña. Nos dijo, entre otras cosas, que si alguno quería saber algo de humor gráfico tendría que viajar al Brasil. De muestra nos dejó en un closet una pila de periódicos de O Pasquim, un diario satírico de San Pablo, del que recortamos artículos y caricaturas.

No lo volví a ver hasta que apareció la traducción de los cuentos de Machado de Assis, en la edición de Cara y Cruz, cuando ya los amigos comunes veían a Obregón como la versión paisa del sabio catalán Ramón Vinyes, pero en portugués, pues era quien nos presentaba a los novelistas, poetas y cronistas que moraban desde el río Tajo hasta el Amazonas.

Con el tiempo tuve la suerte de ranear con él en esas noches de bureo, en el zarzo de la calle Echeverri. A las tertulias que él llamaba, de modo tan castizo, «las tenidas», asistieron desde Miriam de Paoli hasta Martín Caparrós, de modo ocasional; pero, de manera habitual, una cofradía numerosa, como la ilustre Menina, a la que en algún tiempo se le creyó su María Kodama. Tan albacea suya sería que hasta osó escribir y publicar un obituario anticipado.

La lista de aficiones del maestro era larga, desde su devoción por las historietas clásicas, como El príncipe valiente, de Harold Foster, hasta el amor por el ajedrez, la tauromaquia, el bambuco, la novela negra y el cine. De allí a los versos de Manuel Bandeira o Drummond de Andrade no habría más que un guaro.

A veces nos preguntábamos si era una especie de espíritu glorioso, alguien que había renunciado a la obligación terrenal de almorzar, aunque luego disertara con autoridad sobre viandas. Tengo la impresión de que hablaba más de comida de lo que realmente comía. O quizá ya había comido suficiente para toda una vida.

Elkin Obregón durante el rodaje de <i>Magdalena</i> (1983), cortometraje de Nora Arango. HERNÁN BRAVO
Elkin Obregón durante el rodaje de Magdalena (1983), cortometraje de Nora Arango. HERNÁN BRAVO

Recuerdo una larga discusión sobre la feijoada. La controversia terminó en tablas. Nadie logró establecer si era un plato nacido entre los esclavos brasileños, preparado con las sobras de los amos, o una sofisticada creación llegada de la corte de Lisboa. Elkin defendía una versión; otros, la contraria; y la noche acabó en tablas. Nunca vimos cocineras ni empleadas domésticas en su casa, tal vez porque nuestras reuniones ocurrían siempre a altas horas de la noche. Sin embargo, contaba que solo contrataba a quienes fueran capaces de preparar su manjar predilecto: la torta de sesos. También se preciaba de haber pedido domicilios a la lonchería Maracaibo, una charcutería que despachaba cualquier antojo, santo o non sancto, a cualquier hora, para el bohemio puro de Medellín.

En sus épocas de juventud, Obregón frecuentó bares clásicos en compañía de su amigo Luis Alberto Arango, el Maraquero. Con él fundó un sello discográfico de rarezas populares, Discos Aburrá. También en esos antros, cuando les faltaba plata para saldar la cuenta, Obregón dejaba su reloj en prenda de garantía hasta el otro día. Volvía en actitud devota con el pretexto de recuperarlo.

Años más tarde, como si viviera en una casa tomada, quizás porque allí había bebido medio mundo, Elkin rara vez se veía en otro sitio que no fuera su zarzo. Allí se ardía de guaro y de conversa, allí se destrozaban libros recién leídos, se estrenaban cortos y operas primas, se cometían sonetos, tramas maestras y bambucos cojitrancos. Al zarzo se podía ir sin cita previa, aunque era mejor llamar si no se quería tener sorpresas ingratas. Como Obregón recibía a tanta gente, era posible que alguien coincidiera con otro al que detestara. Por eso, la gente cautelosa marcaba su número antes de asomar las narices. Contestaba: «Estoy aquí con fulanito o zutanita», y eso bastaba para que, del otro lado, la voz dijera: «Ah, bueno, maestro… entonces más bien otro día lo visito».

Como Obregón sólo libaba aguardiente, el que tomara ron en las rocas tenía que ir a buscar su hielo al fondo del caserón. Sergio Valencia y yo hicimos esa expedición varias veces. Teníamos que bajar las escaleras del zarzo y cruzar en tinieblas esa estancia gótica del barrio Prado, pasar por el comedor con alacena, hasta llegar a la cocina y abrir la nevera, una especie de sarcófago que albergaba materias harto exquisitas pero indescifrables para el paladar silvestre. Entre el vapor polar había envoltorios raros, desde trufas añejadas y queso manchego hasta pruebas judiciales, como una mano extraída de algún cuento policíaco de Bioy Casares. En esa travesía digna de los Usher, uno pensaba en ese Medellín de antaño, cuando él era niño y leía romances de ciego en las Ediciones de la Calleja. En alguna de sus crónicas sobre los oficios domésticos, reveló que jamás se atrevía a cruzar hacia ese lado de la casa, a «esos lugares adonde no vamos nunca los humanos».

Sabíamos que había hecho lo que cualquier joven con ambiciones literarias soñaría hacer: abandonar los estudios para entregarse a la lectura, al cine y a trabajos ocasionales más gratificantes que rentables, como la traducción. Gracias a él muchos lectores descubrieron a Rubem Fonseca, Machado de Assis y Nélida Piñón. Su traducción de La ilustre casa de Ramírez le valió premios y elogios, aunque también alguna travesura. Mucho después confesó que, en uno de los pasajes de la novela, había cambiado el nombre de una calle y la había bautizado Calle Claudia, en homenaje a su novia de entonces, la traductora y editora Claudia Cadena.

Parece, a juzgar por el libro El señor de la tienda, de Iván Hernández, que Claudia fue una novia seria. Él iba a Bogotá a visitarla y ella venía, ídem. El romance era tan oficial que la madre, postrada de muerte, le confesó que estaba feliz de verlo tan organizado, y que ahora al fin se podía ir tranquila. La madre murió y acaso también el amor: y aunque el amor huyó y aunque el amor se fue, siempre quedaban los amigos. Volvió a estar solo pero contento con su manera de entender la boa vita, como un aristócrata pobre.

Por esos días le vi mucho en la tienda del frente de su casa, en la calle Echeverri. El local se llamaba Su desayuno, pero hacía las veces de bar de la esquina. Allí se reunía con otros habituales, cinéfilos caricaturistas, además de la corte numerosa de vestales que conformaban una especie de voluntariado, o logia, cuya misión era resolverle la vida práctica al maestro: conseguirle un remedio para el lumbago, traerle una tinta china o remendarle la ropa. Mientras tanto, él trasegaba sobre lo divino y lo inhumano, como esa película filmada con monstruos humanos, de verdad, Freaks, de Tod Browning. El ritual se repetía durante muchas tardes, hasta que un altercado lo alejó de ese sitio. Tenía la costumbre de pedirles a los meseros que le apuntaran la deuda. Pero alguna noche el barman cometió la imprudencia de recordarle una cuenta de hace días. El maestro, iracundo, fue a su casa, trajo el dinero, pagó el saldo y nunca volvió por allí. Brilló por su ausencia en ese, su santuario, donde se dijo que había creado una novísima corriente literaria: el desayunismo.

En su soledad, Elkin tenía sus propias mañas para escribir, dibujar y traducir. Solía decir que no sabía una palabra de portugués y que, durante sus episodios de delirium tremens, se le aparecía un ángel bilingüe encargado de ayudarlo. «Es bueno traduciendo —nos dijo alguna vez—, pero torpe para corregir». Quienes frecuentaban su cuadrilla sabían que jamás apagaba esa luz, ni siquiera para dormir. El zarzo era a la vez espacio público y refugio privado, la covacha para disertar y rajar de todo. En muchas noches de insomnio compartió aquel lugar con una gata famélica llamada Rita. Nunca supe si la bautizó así por Rita Moreno, actriz y amante de Marlon Brando, o por doña Rita, el personaje del viejo programa de humor radiofónico.

Sus caricaturas son tan certeras como sus frases. Con trazos elegantes, más el gracioso poder de observación, resuelve la sicología de un personaje. No solo pintaba gente famosa sino también a sus amigas. Me impresionó el parecido que encontró entre un ave criolla y una dama de El Retiro a la que llamaba La Pisca. Varias veces se declaró heredero de Longas y de Rendón. Pero creo que detrás de sus dibujos está la enciclopedia visual del maestro, las cintas que había visto, la mirada persistente sobre ciertos asuntos y su espíritu de contradicción que tal vez aprendió de Fernando González. A lo anterior sumaría el gusto por la palabra, hablada, escrita o filmada. Y por el filosofismo sobre las cosas sencillas, eso tan de la herencia española de Juan de Mairena o de Valle Inclán, al que, a propósito, se le parecía mucho.

De vez en cuando publicaba de su cuenta unos libros delgaditos como hostias para sus fieles. Les ponía títulos simpáticos: Memorias enanas, Poemas de amor y de los otros, Papeles seniles. Los domingos oficiaba su misa en el zarzo. A esta cinegoga, llamada el cuchiclub, solo acudía gente mayor, ávida de ver cintas viejas y de calificarlas con breves comentarios, en cuadernos juiciosos, como hacía Melitón Rodríguez cuando sacaba sus fotos. En cine parece que lo había visto todo. Le gustaba hacer el mapa de los teatros perdidos; mencionar cada filme, dónde lo había visto y con quién. Su memoria era como la de Funes, funesta, pues casi todos los que mencionaba ya estaban tras el telón.

Dice Jairo Pinilla, el director de cine gore, que morir es simplemente pasar de un plano a otro. Esto lo entienden sus discípulos cinéfilos. A propósito, ruedo estos versos suyos, como los créditos finales. Los encontré entre sus Papeles seniles. Allí declara, como veréis, su deseo de ser un personaje de ficción:

Adiós, soledad mía, Adiós, vanas pantallas.
¿Veré todavía aquel cielo con estrellas?
¿Y la mano que tomé y me tomó, y las risas, los himnos, el olor de las vacas?
Adiós, amigos que fueron o no fueron. Nadie tuvo por qué haberme amado, dice don Lancelote,
no sabe ya si está
de este o del otro lado.

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