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Rabia en la ruta

13 de septiembre de 2025 - 12:25 pm
Termina la Vuelta a España de 2025, que se convirtió en escenario de protesta contra el equipo de Israel y el genocidio en Gaza. Así revive la historia política del ciclismo: abierto y popular, un constante campo de disputa y luchas sociales.
La iniciativa Gernika Palestina se tomó un tramo de la Gran Vía de Bilbao al paso de la Vuelta ciclista por la capital vizcaína en protesta por la participación del equipo Israel Premier Tech y en apoyo a Palestina. Foto de Miguel Toña.
La iniciativa Gernika Palestina se tomó un tramo de la Gran Vía de Bilbao al paso de la Vuelta ciclista por la capital vizcaína en protesta por la participación del equipo Israel Premier Tech y en apoyo a Palestina. Foto de Miguel Toña.

Rabia en la ruta

13 de septiembre de 2025
Termina la Vuelta a España de 2025, que se convirtió en escenario de protesta contra el equipo de Israel y el genocidio en Gaza. Así revive la historia política del ciclismo: abierto y popular, un constante campo de disputa y luchas sociales.

En marzo del 84 varios ciclistas bajaban a toda velocidad el Col de l’Espigoulier, rumbo a Marsella, cuando encontraron la vía bloqueada por decenas de obreros en apuros que protestaban por el cierre de un astillero. Casi todos frenaron para evitar el choque. Menos Bernard Hinault, el campeón tozudo que pretendía ganar la carrera París-Niza. Hinault convirtió el obstáculo en objetivo, dejó avanzar su bicicleta y embistió a los huelguistas para luego bajarse a repartir trompadas. Durante varios segundos atacó como una fiera poseída, y solo se detuvo cuando alguien gritó: «¡Bernard, date cuenta de que aquí estamos pasando hambre!».

William Fotheringham narró el incidente en su biografía del gran ciclista bretón, y le sirvió para delinear uno de sus rasgos distintivos: aunque valoraba la victoria por encima de todo, Hinault no podía ignorar los reclamos de los marginados. Olivier Margot, redactor jefe del diario deportivo L’Équipe, incluso lo reconoció como uno de ellos: «el último representante simbólico de la sufrida clase trabajadora».

Ahora, mientras avanza la Vuelta a España, un conflicto mayor agita de nuevo las noticias: diversos grupos se vuelcan sobre la carretera para condenar el genocidio en Gaza. Con banderas de Palestina cortan las vías y exigen a la organización el retiro del equipo Israel Premier Tech, cuyo dueño, Sylvan Adams, es un empresario y embajador extraoficial muy cercano al primer ministro Benjamín Netanyahu. Entre los corredores prospera la autocensura: salvo algunas excepciones, la mayoría evita hablar de este asunto. Y aunque los directores del equipo han removido de los uniformes el nombre de Israel, la concesión no bastó: los indignados quieren abolir el uso del deporte como la esponja que lava la cara de un Estado criminal.

Las posiciones frente a Gaza revelan un doble estándar. Tras la agresión de Rusia contra Ucrania, el gremio deportivo reaccionó sin dudas ni demoras: el Comité Olímpico Internacional vetó al país invasor en los juegos de 2024, y en muchas disciplinas los atletas rusos enfrentan condiciones estrictas para participar en los distintos torneos. ¿Cuándo actuará la Unión Ciclista Internacional de forma equivalente contra Israel? ¿Por qué el lavado de cara en este caso incluye también las manos?

Las decisiones oficiales de España han avivado la hoguera. Pedro Sánchez, el jefe de gobierno, reconoció al Estado palestino en 2024, y empujó con Irlanda y Noruega para que la Unión Europea siguiera su ejemplo. La presión continuó este año con sanciones y bloqueos que buscan aislar al Estado judío. Por eso dos colectivos, BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) y la Campaña Palestina por el Boicot Académico y Cultural, escogieron este año La Vuelta como escenario de protesta: sienten que España es el país europeo más cercano a su cruzada. 

Y tienen otro argumento: en Gaza, dicen, Israel ocupó un estadio y lo transformó en un centro de detención, tortura e interrogación antes de destruirlo. Los deportistas palestinos, según denuncian, son perseguidos, discriminados y encarcelados. «Israel impide incluso la importación de material deportivo y la creación de instalaciones deportivas», aseguran en su portal. En consecuencia, ellos protestan para que los ciclistas vinculados con ese Estado no corran nunca más una prueba internacional, ni vendan a los medios y al mundo una falsa imagen benigna.  

Las revueltas han provocado cortes abruptos en varias etapas de La Vuelta a España, y en la once, hacia Bilbao, ni siquiera fue posible declarar a algún vencedor. Centenares de policías y agentes de la Guardia Civil ocupan ahora las zonas cercanas a los puntos de meta, listos para reducir a los manifestantes. Pero el mayor desafío lo tendrán mañana en Madrid, en la etapa final, donde el tamaño de la afición convertirá la carrera en una inmensa diana.

Pero así es el ciclismo, accesible, abierto y vulnerable: su cancha es el espacio público, que pertenece a todos y a ninguno. En otros deportes pueden correr el techo de los estadios cuando llueve, o cerrar las puertas y aislarse del mundo exterior. Aquí no: el show rodante atraviesa los pueblos como una caravana que cualquiera puede tocar. Y justamente esa cercanía es la que seduce a millones de seguidores: a orilla del camino se congrega el pueblo para ver pasar a sus héroes más venerados. Por eso, también, la bicicleta sigue siendo el vehículo más popular sobre la tierra; y el más democrático: el medio de transporte casi gratuito y fiel que asiste sobre todo a los más pobres, que consiguen así la libertad para moverse con autonomía. Pretender aislar al ciclismo es contradictorio e irrealizable, como levantarle un portón al mar.

Sin embargo, es necesario admitir que los bloqueos en La Vuelta han puesto en riesgo a los ciclistas y han provocado caídas. Por eso muchos críticos exigen cerrar el circuito, prohibir las manifestaciones y marcar una supuesta frontera que separe política y deporte. Pero es una pretensión ingenua: el deporte, como buen fenómeno gregario de carácter cultural y social, es inevitablemente político. Cualquier actividad que reúna a grandes multitudes, acabará convertida en un foro propicio para la expresión, el disenso y el debate de las ideas. En el pasado muchos líderes autoritarios, Hitler y Mussolini entre ellos, usaron el deporte para difundir y enaltecer su pensamiento unívoco y su anhelo por una sociedad uniforme, pero estas iniciativas duraron poco: la beligerancia ronda siempre a la vuelta de cualquier esquina.

Es cierto que el deporte divide: cada domingo, en los campos de fútbol, asistimos a la pugna cuchillera entre hinchas que en el fondo solo se distinguen por el color de sus camisetas. Pero sobre todo une, porque convoca los anhelos y las pasiones de la mayoría. En el ciclismo abundan los ejemplos: la Vuelta a Colombia en bicicleta distendió los ánimos opuestos en los peores años de La Violencia bipartidista. En Italia, también a mediados del XX, las victorias de Gino Bartali sofocaron una guerra civil que ya crepitaba entre la izquierda y la derecha.

Por eso la discusión en torno a las protestas durante La Vuelta contienen un falso dilema: no tenemos que elegir entre el espectáculo competitivo y el legítimo derecho a la protesta. Ni ahora ni antes: la lista de precedentes es larga como una fila de corredores sobre la ruta. Los Juegos Olímpicos de 1980 en Moscú fueron boicoteados por Estados Unidos para condenar la invasión soviética de Afganistán. En 2018, mientras se corría el Tour de Francia, los agricultores sureños de La Piège atravesaron pacas de heno sobre la vía para llamar la atención de un gobierno sordo. En mayo de este año, durante la final de la Champions League, los seguidores del París Saint-Germain elevaron pancartas por Palestina. Y los mismos ciclistas han protestado también en distintas épocas por motivos diversos: etapas muy frías bajo la lluvia, fallas en la organización o la seguridad, discriminación por género y otras medidas que consideraban injustas.

La exposición del descontento en un espacio deportivo nos recuerda que el ocio no debería conducir a la ignorancia, al egoísmo o a la indolencia. Mejor dicho: no es lo mismo distraerse que cerrar los ojos. Y sin embargo, durante los últimos dos años, muchos los han tenido vendados. Desde que empezó la invasión de Israel en Gaza, en octubre de 2023, los bombardeos, los ataques contra hospitales y otras instalaciones civiles, el asesinato de periodistas, los desplazamientos en masa y el hambre como arma de guerra han ocurrido a la vista de todos. Aún así, la cruda realidad sigue siendo ignorada por millones de espectadores en todo el mundo. Por eso los iracundos han optado por estas acciones llamativas. ¿De qué sirve una protesta potable que no incomoda a nadie? ¿Se puede conseguir un fin sin llamar la atención con muchos decibeles? Si nos ponemos rigurosos, la verdad es que el deporte palidece cuando millones padecen hambre y tienen sus vidas en juego. Frente a este drama, comparada con la urgente necesidad de justicia y paz, se vuelve fútil cualquier partido o competencia. ¿Quiénes somos si no vemos la enorme diferencia?

Más allá de las modas pasajeras, el ciclismo ha sido durante más de un siglo el deporte de los desfavorecidos y los marginados. Su cantera natural es el campo, las zonas populares y las barriadas donde se forja y sobrevive «la sufrida clase trabajadora». Esto nos devuelve al episodio inicial, cuando Bernard Hinault recuperó la cordura, puso sus aspiraciones deportivas en un segundo plano y entendió que la situación límite de los huelguistas hambrientos era un verdadero asunto de vida o muerte. Quizá sintió vergüenza de sí mismo, o al menos un poco de empatía. Ignorar a aquellos hombres y seguir en carrera revelaba el lado más abyecto de su personalidad. Como pasar de largo frente a un genocido y ni siquiera mirar de frente. Por fortuna recapacitó. De lo contrario habría merecido la frase que titula ese capítulo en su biografía: «Sin clemencia».

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