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Una asamblea de mundos posibles

3 de noviembre de 2025 - 12:22 pm
El 47 Salón Nacional de Artistas se desmarca del espectáculo cultural que lo caracterizó por décadas: desde la oralidad polifónica, con el arte como territorio de disputa por la dignidad, Kauka levanta una alternativa para imaginar nuestro país.
Arrullo por las calles. Foto cortesía del 47 SNA Kauka.
Arrullo por las calles. Foto cortesía del 47 SNA Kauka.

Una asamblea de mundos posibles

3 de noviembre de 2025
El 47 Salón Nacional de Artistas se desmarca del espectáculo cultural que lo caracterizó por décadas: desde la oralidad polifónica, con el arte como territorio de disputa por la dignidad, Kauka levanta una alternativa para imaginar nuestro país.

Kauka, el 47 Salón Nacional de Artistas, tuvo su apertura pública en la tulpa de la UAIIN, la Universidad Autónoma Indígena Intercultural, donde se juntaron mayores y mayoras para abrir la tercera asamblea de mundos posibles y compartir alimento en una olla comunitaria. Mientras eso ocurría, en el centro de Popayán estallaba una reyerta entre estudiantes de la Universidad del Cauca —que organizaron una pintatón para rehacer un mural pro Palestina que había sido cubierto el día anterior por la Sociedad de Mejoras Públicas con ese blanco patojo tan propio de la gente de bien— y unas señoras de linaje certificado que, paradas frente al muro, buscaban «defender la dignidad» de la pared recién blanqueada. Como era de esperarse, no hubo conciliación: las señoras impedían la realización del mural y los estudiantes, frustrados, decidieron bañar a sus oponentes con pintura de colores. En la esquina, lejos de las cámaras de implicados y transeúntes, los escoltas de las «defensoras del patrimonio» arremetían a patadas contra los estudiantes. Aunque estos hechos fueron del todo ajenos al Salón, permiten ver con claridad las disputas por el espacio y la autorrepresentación que se dan en un departamento al que las élites locales preferirían partir en dos antes que renunciar a sus privilegios. 

A lo largo del día, un trabajo intenso de los funcionarios del Ministerio de las Culturas buscó evitar que se suspendiera el concierto de inauguración del Salón, a cargo de Edson Velandia y Adriana Lizcano. Según supe, a lo largo del día circularon por WhatsApp conversaciones de funcionarios locales y miembros prestantes de la sociedad payanesa llamando a la cancelación del concierto, pues preveían que «vándalos» intentarían tomarse el escenario con «consignas incendiarias» en favor del pueblo palestino. Eso, efectivamente, ocurrió en la noche, justo antes de que los músicos se subieran a la tarima. Sin embargo, más que incendiar, el llamado de un joven que ondeaba la bandera blanca, roja, verde y negra solo avivó los corazones de los presentes con su llamado a la solidaridad con la causa palestina y el rechazo al genocidio en Gaza.

El concierto de Velandia y Lizcano tuvo una asistencia modesta, como todos los eventos inaugurales del Salón, pero la intensidad emocional de las canciones llenó de fuerza y alegría al público, que saltó de principio a fin, porque «el que no salte, es el infiltrado».

En la tarde del sábado abrieron las salas que alojaban las obras y el acervo material de los procesos comunitarios que constituyen la base de este Salón, cuyo lema es «Asamblea de mundos posibles». De entrada se podía percibir la ruptura que esta propuesta curatorial constituye en el relato histórico de un evento que, desde 1940, ha definido buena parte de los temas, tendencias y figuras del arte en el país: Muy pocas piezas de artistas consagrados por el mercado y las narrativas curatoriales hegemónicas; muchos espacios ocupados por artistas regionales y por procesos surgidos de la defensa territorial y la resistencia colectiva; una marcada ausencia de artistas, curadores y otros profesionales históricamente vinculados al círculo de prestigio de las artes en Colombia; el desinterés estratégico de los grandes medios, asustados, quizás, de cubrir un evento cultural que no representa los valores y aspiraciones de la clase dirigente, y una museografía austera que se rehusa a inflar las obras a partir de dispositivos de montaje, permitiendo a los espectadores entender las condiciones materiales y los recursos simbólicos en que se inscriben las prácticas de representación y documentación de los procesos colectivos en esos márgenes que hacen del país una nación viva y no una repúbliqueta culifruncida con aspiraciones palaciegas. 

En los distintos espacios, sonaba la música de flautas y tambores junto a las poderosas voces de cantadoras del Pacífico; en lugar de las tradicionales mesas con tote bags, libreticas y merchandising institucional, se sahumaba el espacio para armonizarlo. Aquí y allá se disponían altares, ofrendas y memoriales, pero también nutridos registros audiovisuales de la resistencia indígena derribando estatuas, y mapas, listas y documentos surgidos de la organización comunitaria, de las luchas y de las víctimas de la represión estatal durante el estallido social. En un video, se podía observar una acción de reparación simbólica en la que, a orillas de un río, el busto de Guillermo Leon Valencia, derribado durante el estallido social y secuestrado por la comunidad, es juzgado, fueteado, ortigado y expuesto a la acción del agua con el fin de conseguir su armonización; en otro espacio, se exponían distintos diagramas del deterioro causado por las prácticas extractivas en el río Cauca; en un plegable, encontramos una juiciosa cartografía de los museos comunitarios campesinos del Cauca y el Valle del Cauca; en la casa de un artista que espera serenamente la inminente llegada de la muerte, se le rinde homenaje a su vida y su trabajo, largamente silenciados por la crítica, la academia y las instituciones culturales. 

En algunas salas, se incluyen trabajos de artistas más articulados con las prácticas habituales de eso que, tras recorrer los mundos posibles de este Salón, resulta un tanto ridículo definir como «arte contemporáneo»: una bella videoinstalación sobre los elementos de la naturaleza, el cuerpo y la altura de las montañas; un video sobre las posibilidades de mundos que resisten la acción del «cis-tema»; un mural/documento fotográfico que presenta el paisaje idílico y siniestro de una antigua mina de azufre en la ladera de un volcán, y otro que entreteje, a partir de formas de vida híbridas, las relaciones, recorridos, infraestructuras y espectros que le dan vida y forma a este Salón. Un conjunto de piezas instalativas, escultóricas, pictóricas y performativas coexisten aquí en relación simbiótica con geografías, fuerzas y saberes que cobijan la gran región, casi mitológica, que se despliega en Kauka. Junto a las imágenes, proliferan las  mingas, convites, corrinches, arrejuntes, balsadas y otros espacios de re-existencia que se tomarán distintos territorios andinos y del litoral Pacífico colombiano hasta mediados de diciembre. Cosas que en la mente pacata de la intelligentsia con ínfulas metropolitanas son miradas de soslayo porque no revisten interés al ser propias «de indios, negros, marikas y desposeídos». Pero estos indios, negros, marikas y desposeídos se han puesto en pie de lucha y va a resultar difícil que sigan siendo instrumentalizados por reputados agentes del arte cosmopolita que, desde hace un par de años, inundan las salas de museos y galerías en el mundo blanco con exhibiciones que convierten las prácticas ancestrales, las epistemologías salvajes y las identidades no binarias en espacios estériles de condescendencia y nostalgia de un mundo que piensan haber domesticado. 

Kauka asume a fondo y con una dignidad enorme el ejercicio de desbaratar las lógicas del espectáculo cultural que han atravesado al Salón desde sus inicios. En lugar de ruedas de prensa, largos palabreos en torno a un fuego; en vez de expertos, se congregan mayores y mayoras, líderes y lideresas; a cambio de universitarios citadinos, pueblo, calle, aleteo. Y es que ahí, al calor de lo popular, en la reconstitución permanente de territorios que se resisten a ser estabilizados por poderes ajenos al de la autodeterminación de sus gentes, se cuece lo más sabroso de este espacio vivo.  

El departamento del Cauca siempre ha sido, y sigue siendo, escenario de brutal despojo a los pueblos indígenas, negros y campesinos, conseguido gracias al exterminio y el intento de sometimiento a quienes resisten a la ocupación escriturada de tierras que pertenecen, por derecho ancestral, a los pueblos originarios de la región. Al caminar por las calles del centro histórico de Popayán se percibe esa tensión en cada una de las blanquísimas fachadas que se han ido llenando de pintadas y carteles que desestabilizan la pulcritud de los propietarios. Parecería que, de repente, el césped bien podado del falso cerro de Tulcán se va a desprender para revelar la pirámide que ha estado allí, oculta desde que se escribió la historia blanqueada de estas tierras, esperando el momento de hacer saber al mundo que, en contra del poder, han despertado las potencias telúricas que avivan el suelo y confieren dignidad a su obediente mandato.

El trabajo concertado del grupo de artes visuales del Ministerio de las Culturas ha venido tejiendo de un modo consistente distintos procesos en diferentes regiones del país que reclaman su vocería para poner en evidencia que no son «tierra de nadie» sino geografías vivas en las que las comunidades ocurren en lugar de ser fijadas de antemano. Este proceso del ocurrir comunitario se ha ido haciendo visible a partir de los enfoques de la Escuela Itinerante de Saberes y de la redefinición de los Salones Regionales que, en cierta medida, señalaron el camino para que este Salón Nacional fuera posible. El equipo curatorial de Kauka (Carolina Chacón, Laura Campaz, Catalina Vargas, Phuyu Uma, Eblin Grueso y Eyder Calambas) ha sabido articular esos antecedentes con sus propios intereses, sus acervos personales y las relaciones de origen y parentescos que han cultivado en el transcurso de sus vidas, dándole densidad a este espacio polifónico definido por lo asambleario. 

Pensar en las posibilidades de la asamblea como vehículo para la transformación social excede el terreno de lo puramente artístico y se arraiga en el suelo fértil de las reivindicaciones ciudadanas, en la dignificación de la vida y en la construcción de un poder popular que resulta fundamental en un momento en que el país empieza a movilizarse en favor de una asamblea nacional constituyente. Diseñar estrategias que permitan una redistribución de lo sensible y la proliferación de nuevos relatos que nos ayuden a abrazar la emergencia de mundos vivos es la clave para no sucumbir ante el colapso de éste, donde cada cada imagen que recibimos no es más que un instrumento para el ejercicio de una tiranía de paredes y mentes blanqueadas en contra de nuestra voluntad.

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