Ilustraciones de Ana Sophia Ocampo.

En el templo de Rosalía

Autor: Jorge Carrión

Rosalía lleva tres discos construyendo una teología propia: la muerte, el amor tóxico, la iluminación. Pero en el más reciente de sus trabajos algo cambió de escala. Jorge Carrión asistió al Lux Tour y volvió con una pregunta que el espectáculo no responde pero sí suscita: ¿cuándo, exactamente, un concierto deja de ser un concierto y se convierte en algo que no sabemos cómo llamar?

El Palau Sant Jordi de Barcelona parece una catedral esta noche. Lo llenan 17.000 personas —entradas agotadas—, entre las que destacan un diez por ciento que viste de blanco. Sobre todo mujeres, aunque también haya algunos hombres muy jóvenes. Vestidos, faldas, blusas y pantalones blancos; velos, tocas, cofias blancas. Es un ritual cosplay, puro fandom: se visten como su ídola porque creen en ella.

El fenómeno es habitual en esta misma montaña de Montjuic, donde se celebran cada año el Salón del Cómic y el Salón del Manga. El superpoder de Rosalía es la identificación, el espejo. Millones se sintieron motomamis; millones son ahora devotas.

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Cuando Rosalía lanzó su cuarto álbum de estudio, Lux, el 7 de noviembre de 2025, habían pasado tres años desde Motomami (2022), que se publicó cuatro años después de El mal querer (2018). Entre este —que a mi juicio sigue siendo su obra maestra, su trabajo de graduación en la Escuela Superior de Música de esta ciudad— y su debut, Los Ángeles (2017), en cambio, solo transcurrió un año. La explosión de Rosalía, por tanto, se produjo cuando tenía veinticinco años. Destacó como una artista superlativa y mundial a la edad en que Gertrudis Magna tuvo su primera visión mística en el siglo XVIII; y santa Margarita María Alacoque, en el siglo XVII, vio a Jesucristo; y murió, en los primeros años del siglo pasado, santa Gemma Galgani, tras una vida de enfermedad y estigmas.

Rosalía lo logró con dos proyectos oscuros. Los Ángeles habla sobre la muerte. El mal querer, sobre el amor tóxico. Por eso no es de extrañar que Lux, pese a tratar el camino de la iluminación en la línea de la polímata medieval santa Hildegarda de Bingen y la filósofa francesa del siglo XX Simone Weil, ponga en escena durante el show la pasión, la muerte, la resurrección. Que juegue constantemente con la ascensión, con el descenso, con las escaleras, planos diversos de la existencia. Y que termine con Rosalía cayendo de espaldas en el vacío.

Sin drama real, por supuesto. Después de la caída viene la resurrección gracias al bis, el bonus track, el epílogo (que es lo que viene después del logos, del conocimiento). Lux Tour teatraliza con virtuosismo los temas de una investigación sobre la vigencia en el siglo XXI de dilemas antiguos: ¿Qué es más importante: la vida interior o la social? ¿Lo espiritual o lo material? ¿La trascendencia o los placeres inmediatos? No da respuestas, pero nos inquieta con el interrogatorio.

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«Buscar a Dios y aprender de otros seres humanos», le dice Rosalía a la escritora argentina Mariana Enríquez cuando, respondiendo al Cuestionario Proust, surge la pregunta por la ocupación favorita. Durante su conversación en el pódcast Spotify Presenta queda claro, como en el concierto —donde no solo canta, también baila, actúa, conceptualiza y dirige—, que la artista catalana es la mejor alumna de la clase, que su curiosidad es voraz, y que en los últimos años la fe que heredó de su abuela se ha vuelto un reto intelectual, espiritual y creativo.

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En la portada de Lux, Rosalía aparece ataviada de monja, de novia, de loca. Porque la cofia blanca es de novicia, es decir, de novia de Dios; pero en el torso lleva una camiseta también blanca, que en su transparencia muestra los brazos atrapados, como en una camisa de fuerza.

La iconografía se despliega mediante un póster, al interior del vinilo de Lux, en forma de cruz cristiana que por un lado muestra las letras de las canciones y, por el otro, un mosaico de fotografías de la artista en el transcurso de performances artísticas. Las imágenes de la portada se prolongan en el brazo derecho de la viga transversal, junto con una simbología vegetal. Pero en el resto de la cruz la novicia se metamorfosea en bailarina, Venus de Milo, bella durmiente, desnudez tatuada. Como anticipó en «Saoko» —mariposa, sex siren, lluvia de estrellas—: ella se transforma.

En su paleta de colores, que va del blanco al verde pasando por tonos de gris y azul pálidos, y en su simbología, Lux regresa a la propuesta visual de El mal querer, que nos mostraba en portada a una santa con luz estelar en el pubis, sobrevolada por una paloma blanca. La cruz también está, literalmente, en la portada de la versión deluxe de Motomami, pero subvertida para convertirse en el signo de sumar, pintado de blanco en un casco negro de motorista, sobre fondo rojo. Plus. De nuevo está desnuda. El póster del interior reproduce la misma imagen en gran tamaño con la palabra «Moto»; y, en el reverso, muestra a Rosalía imitando la postura de una cierva y con unos cuernos dibujados (propios de los ciervos machos), con la palabra «Mami».

Hay en la imaginación de la trilogía una idea de paréntesis rojo entre dos discos blanquiazules. El cuerpo cardiaco y el alma translúcida están en tensión. No es extraño que, de todas las formas de vivir la religión, Lux se haya decidido por la mística, que es la más extrema y la más sexual (la «gracia del dardo» de santa Teresa de Jesús). Tampoco que ella siga mostrándose desnuda; canta en «Sexo, violencia y llantas»: «Quién pudiera / Vivir entre los dos / Primero amaré el mundo / Y luego amaré a Dios».

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El póster del vinilo de Lux es más que una publicación, es un plano, una maqueta en dos dimensiones del eje central de la representación: en cada concierto, entre el escenario y la orquesta se despliega la cruz basilical que ordena el espacio (y nuestras miradas y los sentidos en que apuntan las cámaras de nuestros móviles). Pero el póster tiene también seis casillas o cuadrados y nos recuerda, por tanto, la estructura de la rayuela. En la esfera lúdica del juego infantil, como señaló Julio Cortázar, late el mandala, el viaje sobrenatural, la ascensión desde la tierra hacia el cielo. Y eso es precisamente lo que se propone y logra el show.

Lo hace con un ritmo que va constantemente de lo sagrado a lo profano; de lo serio a lo irónico; del cuerpo a la pantalla; de lo actual o lo eterno. Cada vez que Rosalía posa como la Gioconda o como la Virgen, cada vez que nos emociona con la potencia de su voz, compensa el gesto o el temblor con una sonrisa irónica, con una dosis de simpatía, controlando la elevación y recordándonos que, finalmente, estamos en el ámbito del juego y del arte, no de la experiencia religiosa (aunque, por momentos, se confunda y eso sea lo profundamente interesante).

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Si la escenografía de El mal querer era todavía rudimentaria y las pantallas mostraban el lenguaje híbrido de WhatsApp y las redes sociales; y la de Motomami era minimalista, con el énfasis puesto en las bailarinas y un camarógrafo ataviado de un sofisticado equipo que filmaba constantemente a la estrella en su movimiento por el escenario; en Lux encontramos —en cambio— la ambición maximalista propia de la ópera. Una ópera en la que hasta la orquesta —y su directora—, en vez de estar en un foso, se elevan en un escenario y son protagonistas.

El estadio, la catedral, una ópera camaleónica que se transforma: porque el espectáculo comienza con el aspecto del almacén de un museo y Rosalía aparece desde el interior de una caja de madera en que se lee «Fragile». Y son periódicas las referencias museísticas: la Venus de Milo, la Mona Lisa, los turistas, los marcos dorados. Pero también están muy presentes el teatro, con atrezzo y rupturas bien dosificadas de la cuarta pared; y la danza contemporánea, con coreografías inolvidables. De fondo, por tanto, late la ambición wagneriana de la ópera como obra de arte total, que bajo el liderazgo de la música integra la danza, la poesía, la pintura, la escultura, la arquitectura y ahora las pantallas.

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En el siglo XXI la ópera transmedia debe dialogar necesariamente con la viralidad. Por eso el espectáculo incluye la participación de ciertos espectadores VIP, que pueden acceder al escenario y hacerse selfis con Rosalía en su rol de Marilyn Monroe o la Gioconda; o de otros, escogidos al azar por la cámara como en un partido de la NBA, que son aplaudidos si entienden el juego e imitan la pose de los personajes de cuadros famosos.

Y también cuenta con un influencer invitado, distinto cada vez, que entra en un confesionario y comparte una confidencia relacionada con el tema «La perla», es decir, con su mala gestión de las relaciones sentimentales. Tanto la canción como la performance remiten a uno de los grandes temas de Rosalía: el amor contaminante. La canción es una disonancia dentro de Lux, una venganza probablemente dirigida contra Rauw Alejandro, pero que también podría remitir a una pareja mucho anterior, C. Tangana. Con ambos compuso canciones de éxito que siguen generando beneficios. El amor es capital económico además de sentimental. Pero Rosalía ha ido mucho más lejos que Shakira o Karol G —quienes han trabajado también recientemente el subgénero de la canción despechada y vengativa, tras sus rupturas respectivas con Gerard Piqué y Feid—, pues ha convertido la experiencia y su traducción musical en un dispositivo escénico coherente con la ingeniería religiosa de la narrativa del show. Ese inesperado y anacrónico y no obstante tan lógico confesionario. Así, se ha asegurado que cada una de las actuaciones sea novedosa, a veces incluso con una exclusiva: doblemente noticia.

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En los casi diez años que separan sus dos primeros trabajos de Lux, Rosalía ha seguido un camino de perfección que ha sido tanto intelectual como físico. Ha transformado su cuerpo: lo ha adelgazado, trabajado, esculpido, domesticado, dominado.

En la función a la que asisto se encuentra entre el público Tatiana Yerakhavets, su profesora de ballet de origen bielorruso, a quien agradeció su formación en esa «disciplina» (fue la palabra que usó), después de demostrarnos sus habilidades en «Porcelana» («Mi piel es fina / De porcelana / Y de ella emana / Luz que ilumina / O ruina divina»). En un momento del concierto, Rosalía cae al suelo abriendo ciento ochenta grados sus piernas con tacones, una figura clave tanto de la gimnasia como de la danza contemporánea. Sus coreografías, junto con una veintena de bailarines, son dirigidas por (LA)HORDE (el colectivo francés, formado por Marine Brutti, Jonathan Debrouwer y Arthur Harel, que dirige el Ballet Nacional de Marsella). Por si fuera poco, en la tercera temporada de la serie Euphoria, Rosalía demuestra que también es capaz de bailar con una barra de pole dance.

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La artista de Sant Esteve Sesrovires (municipio del Bajo Llobregat, a cuarenta kilómetros de Barcelona) se dirige al público en catalán. Y, mientras interpreta «Divinize», lo alterna con el inglés. También cambia con naturalidad al español, el francés o el italiano (en el álbum suma trece idiomas). Tras Los Ángeles y El mal querer, discos de imaginario local, Motomami tuvo estructura de vuelta al mundo y Lux es un proyecto sintomático de la globalización. Satisface a oyentes japoneses e israelíes, estadounidenses y mexicanos, y sin duda europeos. Y supera el debate de la apropiación cultural, porque se apropia absolutamente de todo.

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En las transiciones entre idiomas, canciones, episodios del espectáculo, consigue lo que muy pocos: comunicar al mismo tiempo distancia y cercanía, máscara y autenticidad. Lo hace mediante un vaivén entre eso dos polos que definen cierto espacio del mejor arte catalán, el de Ramon Llull, Antoni Gaudí, Jacint Verdaguer, Salvador Dalí, Angélica Liddell o Ferran Adrià, el del seny y la rauxa. No tiene traducción y sin embargo se encuentra en esta nube de contrarios: sensatez y arrebato, cálculo y espontaneidad, sentido común y delirio, tradición y vanguardia. Federico García Lorca tal vez diría: ángel y duende. En la experiencia del Lux Tour: la música clásica y el rave de «Berghain», sobrevolados por el humo de un tecno-botafumeiro (el símbolo por excelencia de la catedral de Santiago de Compostela, ni más ni menos, al final de la peregrinación).

Pese a tratarse de un espectáculo absolutamente global, tanto en sus referencias como en sus profesionales (con el brillo central de la hiperactiva directora cubana Yudi Gómez Heredia al frente de la Heritage Orchestra), el espectáculo de Lux es una propuesta ciento por ciento Barcelona. Desde el propio nombre: «Ego sum lux mundi», ahora estribillo de «Porcelana», como se lee junto al pantocrátor del ábside de Sant Climent de Taüll, obra maestra del arte románico, que se expone en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, muy cerca de este Palau Sant Jordi. El coreógrafo de algunos de los momentos más memorables del show, el griego Dimitris Papaioannou, ha sido invitado tres veces al Festival Grec, donde nos deslumbró en 2023 con Ink, una obra beckettiana, entre el terror y la poesía, en la que dos bailarines y actores dialogaban entre ellos, con muchos hectolitros de agua y hasta con un pulpo. Actuaron también muy cerca de aquí, en el Teatre Lliure.

En Rosalía. Por ahí por Barcelona (Libros de Vanguardia), la periodista Maricel Chavarría analiza cómo la artista construyó su identidad en un paisaje urbano muy determinado: el del Taller de Músics del barrio del Raval, vecino del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), o el del Festival Sónar de música electrónica avanzada. Un laboratorio en el que el flamenco se mezcla con el jazz, el pop, la experimentación o la música clásica. «Yo, que perdí mis manos en Jerez. / Y mis ojos en Roma. / Crecí, y el descaro, lo aprendí. / Por ahí por Barcelona», canta en «Reliquia». ¿A qué se refiere con descaro? Desvergüenza, atrevimiento, insolencia, dice el diccionario. Ambición, también. Y ese gesto irónico, esa descarga, ese antídoto contra la solemnidad. La rauxa contrapesada por el seny. La humildad, enseguida, después de cada demostración de grandeza.

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El movimiento se repite en Rosalía como la estructura de su proceso creativo. Aunque en el origen siempre haya variaciones musicales, retos rítmicos, reescrituras de géneros, observamos cómo en la concepción de sus proyectos se mueve por lo general desde la lectura hacia la composición. Del papel del libro o de la partitura avanza hacia el cuerpo, el escenario, la performance.

El mal querer se inspiraba en Flamenca, una novela medieval, y se escuchaba como un audiolibro, con poesía y narrativa entretejidas con la música y sus estribillos y sus audacias. Tras su éxito global, su autora se convirtió en una sutil prescriptora literaria a través de sus redes sociales. En las fotos de sus habitaciones de hotel los fans descifraban lo que estaba leyendo y descubrían títulos como Feminismo pasado y presente, de Camille Paglia; Lo más importante es saber atravesar el fuego, de Charles Bukowski; En la tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong; o Aliens y anorexia, de Chris Kraus. Sabemos por las entrevistas que es su hermana Pili, gran lectora y licenciada en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra, quien la asesora en literatura. En su propia cuenta de Instagram publicó el pasado 7 de abril una foto de un pilón de libros: en lo alto, Libro de la vida, de santa Teresa.

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«No es una mística ni lo pretende ser», me dice Victoria Cirlot, que fue profesora de literatura medieval de Pili (y mía, quince años antes), «pero es genial que hable de luz pura en estos tiempos de tinieblas y oscuridad». Y prosigue: «La Ilustración mató a la mística, pero en el siglo XX sí que se convirtió en lectura, la vemos en las bibliotecas y en las obras de pintores como Rothko o Tàpies: san Juan, el Maestro Eckhart; lo nuevo, en el siglo xxM, es la recuperación de las figuras femeninas». El efecto de Lux fue inmediato: pocos días después del lanzamiento del disco, la editorial Siruela llamó a Cirlot para decirle que reimprimían su libro Vida y visiones de Hildegard von Bingen.

Cirlot fue al concierto, le pareció espectacular, pero no identificó en él una liturgia: «Lo que reconozco es la recuperación de elementos tradicionales de nuestra cultura, como algunos del cristianismo, que ella sitúa en un lugar muy digno del pop; cuando yo estudiaba no se podía hablar de Dios ni de la Iglesia, ni como creyente ni como no creyente, el mundo intelectual no aceptaba la espiritualidad. Ahora no solo está presente en él, sino que también ha trascendido a lo popular».

La catedrática barcelonesa es la autora de La visión abierta. Del mito del Grial al surrealismo (Siruela) y de Marginalia (Vaso Roto), donde escribe sobre la «iluminación profana» que conecta la tradición mística con Walter Benjamin y el arte de vanguardia. Una iluminación que «no solo transforma al individuo, sino al mundo» con su insistencia en lo sagrado más allá del dogma, en unión siempre con la materia. «Entiendo la extraordinaria repercusión de la dimensión del discurso de Rosalía que elabora la mística», añade, «un discurso que incide en lo gratuito, en la renuncia, en el rechazo del culto al ego, en el valor de lo interior… Los procesos creativos son siempre pura interioridad».

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En los pasillos del Palau Sant Jordi se anuncia con un póster, cada pocos metros, la existencia de un nuevo perfume, Euphoria, con la imagen de Rosalía. Mientras tanto, HBO emite las escenas en que la artista aparece como estríper con un cuello ortopédico en cuyo centro destaca una flor. El cuerpo y el alma, una vez más, en tensión. Ha trabajado con Calvin Klein tanto en la línea de ropa interior como en la de fragancias, avalando el regreso de Euphoria Elixirs, un perfume clásico. En 2020 colaboró con MAC Cosmetics. Fue la protagonista del desfile masculino de Louis Vuitton de la temporada otoño invierno (2023-2024); en primavera de ese año fue nombrada embajadora de Dior; y al año siguiente de New Balance. Entre otras marcas, ha trabajado con Coca-Cola y con Cupra. El capitalismo y el lujo son temas tan presentes en su obra como la sencillez y la pobreza.

Mientras sobre el escenario canta «Ya no quiero perlas ni caviar / Tu amor será mi capital / Y qué más da si te tengo a ti / No necesito nada más»; mientras interpreta «Sauvignon blanc» encima de un piano de cola, después de haberse bebido una copa de vino, dirige con su madre y con su hermana un pequeño imperio empresarial. Según Business Insider, a través de tres empresas principales: «Motomami SL (holding familiar para su carrera musical), Racinetas Productions SL (para eventos y conciertos), y Tresmamis SL (enfocada en el sector inmobiliario)». Forbes y otros medios afirman que el patrimonio supera los cincuenta millones de euros. La preventa de las entradas de Lux estuvo dirigida a clientes de la tarjeta Mastercard del Banco Santander.

Supongo que el inicio de esas operaciones quedó registrado en la letra de «TKN», que cantó con Travis Scott: «Cosa’ de familia no las tienen que escuchar / Los capo’ con los capo’ y yo soy la mamá / Los secretos solo con quien pueda confiar / Más, más te vale no romper la omertá». El código de honor y silencio de las organizaciones mafiosas. Como Madonna o Taylor Swift, Rosalía está en el centro de su estrategia económica. O como Shakira, quien escribió un verso con voluntad de manifiesto: «Las mujeres ya no lloran / las mujeres facturan».

 

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Renacentista en plena Edad Media, la santa Hildegarda de Bingen no solo fue mística y profetisa, también compuso música, escribió, hizo aportaciones en los campos de la filosofía, la ciencia y la medicina y fue la líder irrefutable de su monasterio.

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El 14 de septiembre del año pasado me suscribí con ilusión a su inesperada newsletter en Substack. La segunda publicación la hizo el día 25, por su cumpleaños: «Este año me tocan 33. El número 3, número divino. El 33, la santísima trinidad dos veces. Cristo murió a los 33». El 13 de octubre publicó las fotografías de la partitura de «Berghain», que provocaron una hermosa ola de apropiación viral entre músicos aficionados de todo el mundo.

Y el 13 de noviembre se acabó el experimento por el momento. Ya no recibí nunca más por email sus textos, muy personales y poéticos. Pero sí me llegan anuncios de sus conciertos. Además de sumar un mailing de sus fans más fieles al capital de sus cerca de doce millones de suscriptores en YouTube y sus treinta millones de suscriptores en Instagram y otros tantos oyentes mensuales en Spotify, Rosalía ensayó en Substack su talento para surfear con éxito en las olas principales del presente (ahora que decae el pódcast y ascienden las newsletters). El fenómeno de El mal querer coincidió con el #MeToo; Motomami se convirtió en una palabra repetida, cuatro años después, en las grandes manifestaciones feministas; y Lux no solo coincide con la reacción a esos años (la explosión internacional de la reivindicación de valores conservadores tradicionales), sino también con la irrupción de la inteligencia artificial y nuestra consecuente necesidad de creer en el cuerpo, el ritual y el arte humanos.

Si la tesis es el feminismo y la antítesis, el cristianismo, la síntesis tal vez esté en la creatividad que se apropia de todo aquello que hace crecer a la artista. Atravesada por la piel y el resto de órganos, por la lectura y el concepto, por las autorías complejas con un diseñador central: la creatividad como nueva fe.

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En El hijo del hombre. Grecia, Roma y el nacimiento del cristianismo, el escritor colombiano Juan Esteban Constaín nos recuerda que el héroe de la mitología griega Orfeo se reencarnó, mil años después, en el héroe judío Jesucristo, capaz de ser tanto un buen pastor como alguien que desafía a la mismísima muerte. El cristianismo romano heleniza el mundo judío. La misa, por tanto, es una actualización de la tragedia griega.

Cuando llegó la modernidad, desplazó el ritual hacia los espacios teatrales y musicales: así, el réquiem, la misa de difuntos, se convirtió en un género operístico. El primer gran concierto en un estadio deportivo lo dieron los Beatles (el 15 de agosto de 1965 en el Shea Stadium de Nueva York), quienes también protagonizaron el primer gran fenómeno fanático, pese a los antecedentes tanto de artistas como de deportistas. La palabra fan es una abreviatura del inglés fanatic: proviene del latín fanaticus, que significa «frenético e inspirado por Dios» y deriva de fanum, templo.

El ángel, según Lorca, «deslumbra, pero vuela sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia, y el hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra o su simpatía o su danza», pero «la verdadera lucha es con el duende». Su llegada, añade, «presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso».

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Rosalía siempre fue una buena alumna. Esta noche ha tenido palabras de agradecimiento para muchos de sus maestros (el cantante flamenco Chiqui de la Línea, la bailaora La Tani, el pianista Carles Cortés). Y ha dicho que nunca quiere dejar de aprender con el público («y de compartir con vosotros este proceso de aprendizaje»). Pero los aplausos finales, de entusiasmo unánime, dejan claro que el espectáculo ha sido una clase magistral. Que ella es ya una maestra. Del arte. Y de todas sus contradicciones, que son también las nuestras. 

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