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Caja Negra Editora: teoría para la calle

26 de enero de 2026 - 1:59 pm
Libros editados por Caja Negra aparecieron en el estudio de grabación de Rosalía y en las lecturas de vacaciones del futbolista Héctor Bellerín. Detrás de esas imágenes virales hay una editorial argentina que cumple veinte años y construyó una reputación lejos de la academia. ¿Cómo un sello nacido en los sótanos del underground logró infiltrarse en la cultura pop sin negociar su capacidad crítica?
Los editores Ezequiel Fanego, Diego Esteras y Malena Rey lideran hoy un equipo de 12 personas. Conversamos con Fanego para revisar, en retospectiva, los veinte años de caja negra. Foto de Coni Rosman.
Los editores Ezequiel Fanego, Diego Esteras y Malena Rey lideran hoy un equipo de 12 personas. Conversamos con Fanego para revisar, en retospectiva, los veinte años de caja negra. Foto de Coni Rosman.

Caja Negra Editora: teoría para la calle

26 de enero de 2026
Libros editados por Caja Negra aparecieron en el estudio de grabación de Rosalía y en las lecturas de vacaciones del futbolista Héctor Bellerín. Detrás de esas imágenes virales hay una editorial argentina que cumple veinte años y construyó una reputación lejos de la academia. ¿Cómo un sello nacido en los sótanos del underground logró infiltrarse en la cultura pop sin negociar su capacidad crítica?

«Vayan a un lugar lleno de adolescentes y miren las cicatrices que se provocan a sí mismos en los brazos, los antidepresivos que los sedan, la desesperación en sus ojos. No saben qué es lo que les falta. Lo que no tienen es lo que producía el postpunk. Un salida… y una razón para escaparse».

Mark Fisher. El afuera de todo hoy.

 

En sus últimos años como profesor en Goldsmiths, antes de suicidarse el 13 de enero de 2017, Mark Fisher volvía una y otra vez sobre el mismo anhelo. Hablaba de la necesidad de crear comunidades que, al mismo tiempo, juntaran pensamiento y afectos. Le preocupaba que la teoría se hubiera convertido en un ejercicio cerebral solitario, encerrado en trayectorias académicas brillantes, incapaz de producir algo más que diagnósticos. Frente a esta lógica, insistía en la necesidad de convocar gente que pudiera dar un sentido político —y no solo psicológico— al malestar contemporáneo: comunidades dispuestas a salir de la ficción del individuo autosuficiente para intervenir en las contingencias que nos afectan a todos.

Llegué a esa idea relampagueante a través de la editorial argentina Caja Negra, que decidió traducir por primera vez al español Deseo postcapitalista (2024), un libro póstumo de Fisher. Con el tiempo supe que, para los tres editores que fundaron el sello —Ezequiel Fanego, Diego Esteras y Malena Rey—, leer nunca fue un acto solitario. La lectura ocurrió en casas ocupadas, bibliotecas populares y espacios inventados fuera de la universidad. Siempre en colectivo. No se trataba de acumular capital cultural, sino de poner ideas en circulación, de insistir en una pregunta común: ¿qué futuros quedaron truncados con las contraculturas del siglo XX y cómo imaginamos de nuevo formas de vida más placenteras y saludables?

Mientras Fisher elaboraba nociones como el «materialismo gótico» o el «comunismo ácido», Caja Negra parecía encarnar su deseo: una editorial pensada como espacio de encuentro, con un funcionamiento asambleario, capaz de construir comunidad alrededor de la lectura y de interpelar a lectores que no encontraron en la academia un lugar para anudar pensamiento y experiencia vital.

En sus veinte años de existencia, Caja Negra pasó de ser un proyecto autogestionado, sostenido por tres personas sin experiencia previa en la industria editorial, a consolidarse como un ícono del pensamiento crítico contemporáneo en lengua española. Hoy el equipo está compuesto por doce personas —diez en Argentina y dos en España— y su crecimiento es notorio: en los últimos cinco años vendió más libros que durante sus primeros quince. En América Latina, Colombia se ha convertido en su tercer mercado en importancia, después de Argentina y México, con una presencia fuerte en Bogotá y una expansión reciente hacia Medellín y otras ciudades del país.

Con ese horizonte, conversamos con Ezequiel Fanego, uno de los fundadores de Caja Negra, para entender cómo el paso del tiempo ha impactado —y puesto a prueba— el sueño que dio origen a la editorial: sacar la teoría de los claustros y diseminarla en la calle.

Cortesía: <b>Ezequiel Fanego</b>
Cortesía: Ezequiel Fanego

 

Hace dos décadas, cuando todo empezó, ¿quiénes eran ustedes? ¿Cuáles eran sus búsquedas y cómo se posicionaban ideológicamente?

Cuando hablamos de los orígenes de Caja Negra, es inevitable situarlos en la crisis económica y política que vivimos en Argentina en 2001. A finales de ese año terminó de estallar una larga temporada de decadencia neoliberal. Las tres personas que hoy dirigimos Caja Negra —Diego Esteras, Malena Rey y yo— nos conocimos en ese contexto, vinculados a distintas experiencias de activismo y militancia. Yo participaba en una biblioteca anarquista; Esteras en un grupo de autonomismo en la universidad; y Malena en talleres culturales que se hacían en una casa ocupada. La idea de Caja Negra empezó a tomar forma en 2003, aunque recién logramos materializarla en 2005.

Después del estallido, todos sentíamos una especie de orfandad teórica. Estaban ocurriendo cosas muy importantes, pero nos faltaban los conceptos para pensar eso que estaba pasando. En ese momento circulaban algunos textos del autonomismo italiano —Cornelius Castoriadis, Félix Guattari, entre otros— y había una necesidad muy clara de encontrar una teoría más acorde a ese comienzo de siglo. Ese fue el impulso vital de la editorial en sus inicios. No diría que esas banderas se abandonaron; diría, más bien, que fueron mutando con el tiempo.

¿Cómo sintetizaría el espíritu de Caja Negra en sus primeros años?

Buscábamos teorías y formas de pensamiento que estuvieran más vinculadas a la calle que a los claustros. Herramientas para pensar los desafíos de la agenda contemporánea desde un lugar autogestionado, no institucionalizado. Nuestra propia experiencia académica había tenido siempre sus momentos más interesantes en grupos de estudio por fuera de la universidad. Ninguno de nosotros quería hacer una carrera académica.

También veíamos que mucha gente se estaba alejando de la lectura por esa tendencia a producir libros de pensamiento dirigidos casi exclusivamente a especialistas, a académicos encorbatados.  Las personas ligadas a la contracultura y al underground, que expresaban su rechazo al status quo, no encontraban en la lectura un aliado para ese rechazo. Y nos parecía que los problemas que a nosotros nos preocupaban, así como los proyectos estéticos y culturales que nos interesaban, podían convocar a un público mucho más amplio que el que decide seguir una carrera académica.

¿Cuáles fueron las primeras estrategias para conectar con el público?

Por un lado, desde la estética. Las primeras referencias para las tapas de los libros no venían del mundo editorial, sino de los sellos discográficos. Buscábamos que Caja Negra generara un deseo material, un impulso libidinal. Por otro lado, empezamos publicando autores que ya circulaban en los márgenes de la literatura, como Burroughs, Bataille y Artaud. Después nos fuimos infiltrando en el mundo del cine y de la música, hasta llegar a Simon Reynolds, que marcó un antes y un después para la editorial. Publicamos la crítica musical de un autor que nunca había sido traducido al español y que le otorgaba el mismo nivel de importancia a una banda como Joy Division que a una corriente como el dadaísmo.

En sus primeros años, Caja Negra pensó su identidad visual fuera del mundo editorial. El referente fue <b>Peter Saville</b>, el diseñador de Factory Records, responsable de algunas de las portadas mas influyentes del postpunk. La colección Synesthesia, por ejemplo, dialoga con el imaginario gráfico de New Order.
En sus primeros años, Caja Negra pensó su identidad visual fuera del mundo editorial. El referente fue Peter Saville, el diseñador de Factory Records, responsable de algunas de las portadas mas influyentes del postpunk. La colección Synesthesia, por ejemplo, dialoga con el imaginario gráfico de New Order.

Las portadas de Caja Negra, especialmente las de su colección de ensayo contemporáneo Futuros Próximos, han calado en el imaginario de muchos lectores. ¿Cómo concibieron su identidad gráfica?

En las dos primeras colecciones, Numancia y Synesthesia, creo que todavía no habíamos logrado eso que decís. En ese momento tomamos como referente a Peter Saville, el diseñador gráfico de Factory Records, el sello de Joy Division, New Order y otras bandas del postpunk. No queríamos representar el contenido de un libro, sino generar el ambiente visual apropiado para que ese libro fuera leído. Sin embargo, el concepto todavía era difuso.

Con Futuros Próximos alcanzamos un mayor grado de conciencia editorial. Nos tomó alrededor de dos años entender qué tipo de libros queríamos publicar: optamos por teoría no académica, con algún registro pop en la escritura, pensando en que fuera accesible para un público general. Eso en términos de contenido.

En el plano estético, queríamos algo reconocible. Descartamos las imágenes figurativas y elegimos trabajar con formas que tuvieran distintos niveles de abstracción, en sintonía con los propios contenidos. Como la colección abordaba una nueva realidad en la que la vida estaba intervenida por la tecnología y por la imagen digital, nos interesó crear imágenes tridimensionales, con cierto grado de extrañeza, que solo pudieran concebirse a partir de la virtualidad. Buscábamos, de algún modo, construir una geometría del siglo XXI.

Para la colección <i>Futuros Próximos</i>,los editores de Caja Negra descartaron las imágenes figurativas y optaron por formas abstractas y tridimensionales. Una geometría el siglo XXI pensada para libros que reflexionan sobre cómo la cultura digital interviene en la vida cotidiana.
Para la colección Futuros Próximos,los editores de Caja Negra descartaron las imágenes figurativas y optaron por formas abstractas y tridimensionales. Una geometría el siglo XXI pensada para libros que reflexionan sobre cómo la cultura digital interviene en la vida cotidiana.

Algunos libros de pensamiento crítico tienden a ahogarse en el diagnóstico. ¿Cómo gestionaron ese dilema en la editorial? ¿En qué momento empezó a ser importante producir libros que funcionaran como líneas de fuga y rutas de esperanza colectiva?

Claramente nos hicimos esa pregunta. Durante la pandemia sentimos, más que nunca, la necesidad de ofrecer alternativas al capitalismo. La colección Futuros Próximos nació con una fuerte intención de diagnóstico social, quizá ligada a una mirada pesimista del mundo. Con el tiempo llegamos a libros como Deseo postcapitalista, de Mark Fisher, en el que el autor formula con mayor claridad las salidas que imagina frente a la decadencia neoliberal. Hoy, en el catálogo de Caja Negra, está muy presente la idea de disputar ese futuro que algunos presentan como «inevitable».

También publicamos otros libros que, para nosotros, fueron abriendo un horizonte de esperanza: Aceleracionismo (varios autores), Gobernar la utopía, de Martín Arboleda, y Fragmentar el futuro, de Yuk Hui. Diría incluso que Efectos colaterales, nuestra colección de ficción contemporánea, responde a esa misma búsqueda: pensar caminos alternativos cuando el presente parece clausurado.

¿Cómo ha afectado la editorial a su propia vida? ¿Qué acontecimientos vitales ha provocado Caja Negra?

Además de cumplir veinte años la editorial, yo cumplí cuarenta y tres, así que también estoy en un momento de balance personal. Intento explicarlo así: en ese panorama que te conté del 2001, cuando yo tenía veinte años, la sensación dominante era que no había futuro. Había algo muy punk en nuestra forma de vivir y de hacer. Nuestras acciones eran más destructivas que constructivas. Se trataba, sobre todo, de derribar lo existente.

Sin darnos cuenta, lo que fuimos construyendo fue una alternativa de vida. En un mundo que tiende a mostrarse uniforme, existen pliegues, y ahí es donde vive Caja Negra. Aunque es inevitable estar insertos en la lógica del capitalismo y del trabajo, logramos construir una comunidad de amigos que ama lo que hace.

En el aniversario número veinte de la editorial vinieron más de dos mil personas a celebrar con nosotros. En estos días nos han dicho cosas muy hermosas. Entre todas, hay una que recuerdo especialmente: un chico dijo que aquello que antes se buscaba en una tribu urbana, hoy mucha gente lo encuentra en Caja Negra. No es común que una editorial produzca algo así, que existan lectores con ese nivel de afinidad. Me ha pasado viajar a Chile y que me digan que hay «artistas cajanegristas». Es algo muy mágico sentir que no solo creamos para nosotros una forma de vida alternativa.

Quienes se acercan a Caja Negra entienden la lectura como una experiencia psicodélica, en el sentido de abrir caminos hacia regiones de la mente que antes no eran accesibles. Un hackeo de la percepción.

Creo que en algunos espacios underground existe una dinámica algo sectaria: si te vinculas con lo masivo, eres falso; si no llevas cierta indumentaria, te miran con sospecha. ¿Cómo fue para ustedes salir del under y conectarse con una audiencia más variopinta?

Para nosotros, la ruptura con la academia es también una ruptura con cualquier forma de elitismo. Y ese elitismo incluye, por supuesto, ciertos sectarismos del underground. No nos interesa la idea de que determinada información o cierta perspectiva crítica pertenezcan solo a un grupo de iluminados.

Nos interesa, en cambio, la idea de diseminar esa información, de infectar todos los canales masivos posibles. Nos interesa más infiltrar y propagar saberes que apartarnos. Nos infiltramos en estructuras opresivas y encontramos modos de circular ahí adentro.

Hay algo que para mí es clave en todo esto: no subestimar al lector. Pensar que un público general no tiene la capacidad o la necesidad crítica para interesarse por ciertos conceptos es un error. Nosotros partimos de una base simple: muy poca gente no está padeciendo su forma de vida. La inconformidad con el presente es generalizada. Nuestra batalla es contra la privatización del sufrimiento. Los problemas que padecemos individualmente son problemas comunes.

El pasado 3 de enero, día en que el Gobierno de Estados Unidos intervino militarmente en Venezuela, Caja Negra fue una de las pocas editoriales que participó en el debate público desde redes sociales. Mientras algunas optaron por promocionar, de manera oportunista, libros de su catálogo sobre la crisis geopolítica venezolana, ustedes publicaron una ilustración de un Mickey Mouse demacrado, acompañado de un breve fragmento de La segunda venida, de Franco Berardi. ¿Cómo han construido su avatar digital?

Ayer, justamente, estuvimos hablando bastante sobre cómo encontrar un modo de intervenir en una discusión y tomar posición. Sentimos que sería inconsistente con nuestro plan editorial no decir nada frente a algo que nos afecta tan directamente. Pero también es importante no hacerlo de manera apresurada ni con fines promocionales.

En estos tiempos acelerados, frente al bombardeo de acontecimientos que nos confunden y nos angustian, mucha gente sale rápidamente a ofrecer diagnósticos. Nosotros tratamos de evitar una lectura directa del hecho puntual y optamos, en cambio, por poner al servicio algún libro de nuestro catálogo. Rastrear conceptos que puedan ayudar a entender un fenómeno más amplio, del que ese hecho forma parte.

Las épicas suelen tener manchas. ¿Cuáles son las de Caja Negra? ¿En qué prácticas que cuestionan sus libros han caído como editorial?

Te diría que la principal es la autoexplotación de todos los que formamos parte de la editorial. Es algo que nos propusimos empezar a conversar seriamente. Caja Negra se volvió una especie de destino vital para nosotros, y eso termina borrando los límites entre la vida personal y laboral.

Somos ambiciosos, queremos hacer muchas cosas, y eso nos llevó a atravesar varios burnouts. Por eso empezamos a relativizar la idea de crecimiento y a preguntarnos qué tamaño queremos para la editorial. La primera decisión concreta fue replantear la cantidad de novedades que publicamos por año: pasamos de veinte a quince. La pregunta que nos hacemos ahora es cuánto tenemos que hacer para que el trabajo siga siendo disfrutable.

En ese mismo sentido, también moderamos la dimensión de la programación cultural, que no ocurre solo en Argentina y España, sino también en Colombia, México, Chile, Uruguay y otros países. Después del evento de celebración por los veinte años, creemos que es posible pensar encuentros que condensen varias actividades en una sola jornada.

¿Cuál es el siguiente paso de Caja Negra?

En términos editoriales, desde hace un par de años estamos trabajando cada vez más con autores argentinos y latinoamericanos. Sentimos que eso marca una nueva etapa de la editorial, después de un largo período dedicado a traducir y publicar pensadores europeos.

Ahora estamos editando con una atención mucho más cercana a la coyuntura. Nuestro primer libro de este año, Fascismo cosplay, del filósofo argentino Luis García, parte del gobierno de Javier Milei en Argentina para proponer herramientas que ayudan a entender el auge de la ultraderecha a escala global. Mientras el libro se escribía, iban ocurriendo cosas que se incorporaban prácticamente en tiempo real. Algo similar hicimos con Oreja madre, del artista argentino Dani Zelko, un libro escrito a partir del genocidio palestino. En ambos casos, sentimos que trabajar desde esa cercanía con los acontecimientos nos permite intervenir de manera más directa en la discusión pública. Atender ese tipo de coyunturas no es solo una decisión temática, sino una forma de entender la edición.

Tras años traduciendo a teóricos culturales europeos, Caja Negra decidió mirar más de cerca su propia región. El catálogo empezó a abrirse a autores latinoamericanos y a una edición más atenta a la coyuntura global. El giro comenzó con voces argentinas como <b>Lucrecia Martel</b> y <b>Dani Zelko</b>.
Tras años traduciendo a teóricos culturales europeos, Caja Negra decidió mirar más de cerca su propia región. El catálogo empezó a abrirse a autores latinoamericanos y a una edición más atenta a la coyuntura global. El giro comenzó con voces argentinas como Lucrecia Martel y Dani Zelko.

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