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Cuando genocidio se queda corto

23 de enero de 2026 - 12:41 pm
En Matarlo todo (Ediciones Libros del Cardo, 2025), la escritora chilena Lina Meruane propone el concepto de «omnicidio» para explicar la crisis palestina. A través de un relato coral, señala que el Estado israelí no solo está matando civiles, sino que está acabando con todo: las instituciones culturales, la memoria y diferentes formas de vida.
Ilustraciones: Raúl Salazar Aguilera
Ilustraciones: Raúl Salazar Aguilera

Cuando genocidio se queda corto

23 de enero de 2026
En Matarlo todo (Ediciones Libros del Cardo, 2025), la escritora chilena Lina Meruane propone el concepto de «omnicidio» para explicar la crisis palestina. A través de un relato coral, señala que el Estado israelí no solo está matando civiles, sino que está acabando con todo: las instituciones culturales, la memoria y diferentes formas de vida.

Nacida en Chile, de raíces palestinas, Lina Meruane se autodefine como «chilestina». Es una escritora y doctora en literatura por la Universidad de Nueva York con una amplia obra de ficción y no ficción sobre la dictadura chilena, feminismos latinoamericanos y la situación palestina. Ha sido galardonada con premios como el Sor Juana Inés de la Cruz y el Anna Seghers. Entre sus libros se destacan Palestina por ejemplo (versión ampliada de su anterior Volverse Palestina), Señales de nosotrosAvidezSangre en el ojoContra los hijos Fruta podrida.  

 

En Matarlo todo recopiló un conjunto de diez textos, entre ensayos, prólogos, columnas, un poema y un cuento en los que reflexiona y se conduele sobre el actual genocidio, respaldada por las palabras de poetas palestinos, varios de los cuales han sido asesinados desde 2023, y las ideas de pensadores como Edward Said, Ilan Pappé, Judith Butler, Rodrigo Karmy y Mohammed El-Kurd. Para Meruane, esta escritura se trata de una sumūd: la traducción más precisa de esa palabra árabe sería resistencia, una resistencia colectiva. 

 

En su escritura propone el concepto de omnicidio matarlo todo—, al que llegó después de concluir que lo que sucede en Palestina no corresponde únicamente al asesinato de ese pueblo y a la toma absoluta de su territorio, sino a la determinación de atacar personajes e instituciones que conservan la cultura, así como de acabar con diferentes formas de vida. Meruane habla de un genocidio que ya no es solo eso: se refiere a las acciones sistemáticas que el mundo ha atestiguado devenir en un omnicidio, en una destrucción total.  

Ilustraciones: <b>Raúl Salazar Aguilera</b>
Ilustraciones: Raúl Salazar Aguilera

 

Su propuesta es cuestionar la narrativa oficial que el Estado de Israel ha replicado en estos dos años: justificar un genocidio basándose en su derecho a defenderse tras el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023. Citando al filósofo Rodrigo Karmy, Meruane afirma que Palestina ha estado «sometida a intereses coloniales de sucesivos ocupantes: solo en el siglo XX, pasó del control Otomano –imperio que empujó a miles de árabes hacia las Américas–, al mandato británico –protectorado que desprotegió al pueblo palestino entregándole sus tierras al pueblo judío–, y, desde hace demasiadas décadas, a la opresión de la ‘máquina colonial sionista’». Ese sometimiento, argumenta en el libro, se ha construido sobre la eliminación orientalista de «la existencia de un pueblo de historia milenaria»; eliminación que construyó un imaginario en Occidente de que «ese pueblo políticamente organizado y asentado» siempre fue «una población bárbara y dispersa» 

 

De acuerdo con el Ministerio de Sanidad de Gaza (controlado por Hamás), la cifra de muertes sobrepasa las 71.000, con una mayoría de mujeres y niños: es un dato que no distingue entre civiles y combatientes, pero que, de acuerdo a los reportes de la Associated Press, es fiable. Sin embargo, el número podría ser mayor. Siguiendo el artículo «Counting the dead in Gaza: difficult but essential» (Contar a los muertos en Gaza: difícil, pero esencial), publicado en la revista científica The Lancet en junio de 2024 y mencionado en el libro de Meruane, las muertes indirectas oscilan entre una tasa de 3 a 15 veces superior al número de muertes directas.  

 

¿Cómo llegó a la idea de omnicidio? 

 

Mientras iba escribiendo los textos que componen Matarlo todo, me quedó claro que ya no se trataba solo de la toma de la tierra y del asesinato de individuos como escritores, poetas, cronistas, periodistas e intelectuales palestinos, ni de familias enteras, ni solo de sus hogares y ciudades, ni de su infraestructura para sobrevivir: también se destruyeron las instituciones que sostienen la cultura y la memoria: las universidades, las escuelas, los museos; así como se han destruido la tierra arable, los invernaderos, los animales, los ríos, el mar, el aire.  

 

<b>Lina Meruane</b>. Foto de <b>Sofía Yanjarí</b>.
Lina Meruane. Foto de Sofía Yanjarí.

 

Comprendí que es un proyecto mucho más extenso que el de matar gente, que es a lo que se refiere el prefijo «geno» en genocidio. Aunque el concepto legal describe algo más amplio que solo matar a un pueblo, me pareció que la palabra era insuficiente para describir de manera integral lo que se está haciendo en Palestina, que es la destrucción total que hace invivible la vida misma: por eso recurrí al término omni (todo) cidio (matar). 

 

Matarlo todo recupera y traduce las palabras de poetas palestinos que desde antes de 2023 escribían sobre guerras que «pasan y no pasan», sobre las ciudades que ya no existen «salvo en los cráteres», esa geografía donde el último rincón seguro es «la tumba».  ¿Por qué optó por una inscripción colectiva en la que, además, tiene lugar el trabajo colectivo, como la colaboración de las traducciones de dichos poetas y de las ilustraciones que hacen referencia al genocidio?  

 

Desde hace ya un tiempo he necesitado ampliar las voces y salir del yo que observa y relata desde un solo punto de vista y solo desde la propia experiencia: ese recorte de la mirada no me permitía abrir y narrar una experiencia tan compleja como la palestina. En mi libro anterior, Palestina en pedazos (2021), que demoré una década en escribir, se ve ese tránsito: en la primera parte, Volverse Palestina, me voy conectando de a poco con los palestinos de la diáspora y me voy identificando con la comunidad en la Palestina ocupada.  

 

Pero ya en la segunda parte, «Volvernos otros», escrita un par de años después, y en la tercera, «Rostros en mi rostro», que es de 2018, aparece el plural y se van sumando interlocutores, se van sumando identidades y rostros diversos. La palestina se ha descrito como una comunidad homogénea, pero en su interior hay comunidades muy heterogéneas con posiciones distintas, a veces complementarias y a veces contradictorias. En esa escritura hay un desplazamiento para incorporar otras voces y, sobre todo en Matarlo todo, se vuelve más coral en su vocación. En algunos de los textos de este libro me fui acompañando de otras voces. Y creo que no me siento autorizada a pensar y contarlo sola: por eso recurro a otras voces que instruyan, contradigan, confirmen, cuestionen y enriquezcan la escritura.  

Ilustraciones: <b>Raúl Salazar Aguilera</b>
Ilustraciones: Raúl Salazar Aguilera

 

En el ensayo ficcional «Sumūd»uno de los personajes, que es un historiador revisionista israelí (Ilán Pappé), denuncia que «se está explotando la lucha contra el antisemitismo como un ardid para imponer mandatos fascistas en las universidades. Es decir, están utilizándonos a nosotros, los judíos, como excusa para arrasar la democracia tal y como la conocíamos»¿Por qué usó la ficción en ese caso? 

 

Escribí ese texto justo después de la detención de Mahmoud Khalil en la Universidad de Columbia (Nueva York) y eso, por supuesto, generó una ola de terror entre académicos, intelectuales y el alumnado universitario, porque estaban siendo detenidos: hubo muchas instancias en que ICE tomó presos a estudiantes y los mandó a centros de detención sin proporcionar ninguna información… Como durante las dictaduras. Fue un momento de mucho miedo. Y yo me veía necesitando hablar de lo que estaba pasando –yo misma aparezco autoficcionada como el personaje más miedoso del texto, porque entre otras cosas yo no tengo ciudadanía estadounidense, tengo un puesto precario en la universidad, soy latinoamericana y propalestina: todas cosas que a una le hacen temer más–. Entonces yo necesitaba hablar de esa circunstancia, pero a la vez no hablar sola, sino acompañarme de otras voces, refugiarme en otras voces: elegí los argumentos que me interesan, poniéndolos en las bocas de quienes han hablado sobre esos temas. Y me sentí más protegida escribiendo desde la ficción.  

 

Además, me propuse comparar el miedo individual de perder privilegios por parte de mi personaje y de los demás pensadores ficcionados, todos occidentales, con la posición más comunitaria de los intelectuales que van apareciendo al final, que son los intelectuales palestinos y que hablan de la resistencia. Y, asimismo, quise hacerle justicia a esa parte de la comunidad judía que no apoya este genocidio. Hay que decir que las víctimas directas del Holocausto, de las que ya van quedando muy pocas, siguen hablando contra el genocidio que ellos vivieron y que ven reproducido en su nombre, y que hay intelectuales como Ilán Pappé o Judith Butler, y organizaciones como Jewish Voice for Peace que exigen que no se use la condición del judaísmo para cometer crímenes de lesa humanidad.  

 

Y como mencionamos antes, además de usar la ficción a ratos en este libro, cité la poesía palestina porque me permitía incluir esas voces poderosas, dolorosas, bellísimas, no «bárbaras» sino muy sofisticadas de personas que escriben bajo amenaza de muerte y que muere en circunstancias de genocidio, y que aun en el momento cercano a su exterminio es capaz de elaborar una poesía impresionante. Me parecía importante integrar la voz humana, la voz doliente y la voz literariamente elaborada de los palestinos. 

 

En Matarlo todo menciona constantemente la incapacidad de la comunidad internacional para hacer cumplir el Derecho Internacional Humanitario, creado justamente para evitar escenarios como el presente genocidio. ¿La falla al proteger los derechos humanos de ciertas poblaciones está vinculada a la jerarquización de la vida propia del paradigma colonial?   

 

Absolutamente. Todas las grandes potencias tienen un pasado colonial, de toma de territorios de comunidades indígenas dentro de y fuera de sus fronteras. La partición del territorio palestino de 1947, en la que se le entrega una proporción de tierra altísima al Estado de Israel, un porcentaje que está muy por encima de su población, a la vez que no se le entrega un Estado a los palestinos, autodeterminación por lo demás prometida y nunca cumplida, es producto de una valoración muy disímil de los derechos de cada comunidad e incluso de las vidas que merecen los mismos derechos y defensas; para occidente claramente las vidas palestinas no cuentan, ni ahora ni antes.  

Ilustraciones: <b>Raúl Salazar Aguilera</b>
Ilustraciones: Raúl Salazar Aguilera

 

Me parece que, justo en el cierre de la Segunda Guerra Mundial, se visibiliza un paradigma colonial antiguo en Europa, paradigma que es también el de los Estados Unidos. Digo se visibiliza porque ya existe antes de la fundación de Israel, antes de la declaración Balfour en 1912, con la formación de la ideología sionista que en busca de una tierra para los judíos configura una noción colonial sobre cuál será su territorio y qué va a hacer para conseguirlo y controlarlo. En ese proceso a los palestinos se les niegan no solo sus derechos territoriales, su derecho a la autodeterminación, su derecho a la defensa, sino que incluso su derecho a ser considerados seres humanos. Sobre esto escribe de manera muy elocuente Mohammed El-Kurd, en cuyo libro Víctimas perfectas va mostrando la manera en que se ha desestimado la humanidad de los palestinos: vidas que parecieran no merecer ser vividas.  

 

En el libro también reitera la relación de ese discurso de Israel (el de la legítima defensa) con el orientalismo histórico del que dio cuenta Edward Said. ¿Hoy cómo se evidencia el orientalismo en la situación de Gaza? 

 

Como sugiere Said, la mirada occidental exotiza y deshumaniza a los no-occidentales, es decir, orientaliza a los árabes en general y a los palestinos en particular. La versión más extrema del orientalismo consiste en describirlos como bárbaros sobre los que se toman dos medidas: la opción «humanista», que consiste en «civilizar» a los supuestos bárbaros, y la otra opción, la opción que consiste en «aniquilar» al bárbaro al que ni siquiera se considera humano. En el caso israelí, el paso de civilizar a aniquilar se ve en la transformación del proyecto colonial que suponía, tras la violenta fundación de esa nación, una cierta convivencia a un colonialismo de limpieza étnica —que hoy es de genocidio— para poder hacerse de toda la tierra y no tener ya quien la reclame. Esto ha ocurrido en diferentes medidas, con diferentes modulaciones a lo largo de esta historia, pero yo veo que en los últimos 20 años el proyecto de aniquilación se convirtió en el único plan para la palestina ocupada. 

 

Y no es solo una cuestión territorial, para poder llevar a cabo la toma total de la tierra es necesario tomar primero el lenguaje: instalar todo un vocabulario que justifique esas acciones. Eso es el discurso de la «legítima defensa» que convierte a los palestinos en «nazis», primero, y en «terroristas», después, para justificar la extinción de todos los miembros de esa comunidad. La idea de la «legítima defensa» propone que la comunidad judía internacional ha sido víctima de violencias dentro de Rusia y en Europa, sobre todo en Alemania con el holocausto nazi: todas descripciones justas porque en efecto fue una comunidad asediada, agredida y asesinada de manera sistemática.  

 

Esa experiencia brutal les permite instalar la idea no solo de que son víctimas, sino que son las «víctimas absolutas y exclusivas» de la violencia mundial, y esto sirve retórica y materialmente para justificar ya no su defensa, sino también sus ataques a otros. Entonces, cuando Israel implementa políticas genocidas contra el pueblo palestino, las implementa en razón de una supuesta defensa propia y de que nadie puede ser la víctima de una víctima. Esto suena muy perverso, pero es lo que estamos viendo: que la víctima se ha vuelto victimaria ya no solo de quienes cometieron la masacre del 7 de octubre, sino de todos los palestinos, hombres y mujeres, mujeres embarazadas y niños. Y algo muy interesante que describe Mohammed El-Kurd, es que los palestinos se han negado a ser la víctima perfecta y pasiva de la violencia que recibe de Israel: se han levantado contra la violencia israelí, han continuado exigiendo sus derechos. Es una situación en la que la víctima absoluta no considera a su víctima como víctima, y donde la víctima se niega a comportarse como una «buena víctima» y dejándose matar, donde la víctima resiste, responde, se rebela y a la vez exige ser considerada ser humano.  

 

 

Israel invitó influencers colombianos para, según opiniones críticas, lavar su imagen, como una suerte de contra-ofensiva a la cantidad de videos que registran el genocidio en redes. ¿Estas estrategias de soft-power han contribuido a esa narrativa de que el ataque de Hamas de octubre de 2023 fue el inicio del conflicto? 

 

Son estrategias algo diferentes que contribuyen a «limpiar» la imagen de Israel frente al mundo y también frente a los gobiernos a los que Israel les vende armas. A diferencia del discurso de la «legítima defensa», esta es una estrategia de publicidad más indirecta del Estado que intenta que influencers y políticos a los que se les paga un viaje y se les da una visita guiada que muestra una imagen democrática (la que Israel practica con los israelíes, pero no con la comunidad palestina dentro de Israel y en los territorios ocupados) para que ellos luego diseminen estas ideas basadas en lo que vieron y escucharon… Esto se hace también a través del llamado purplewashing y del pinkwashing: verdaderas campañas que muestran a Israel como abierta a las demandas feministas y de las comunidades LGBTQ+ para tapar otras formas de discriminación y violencia; y es lo mismo con el greenwashing, en que Israel se presenta como impulsor de políticas ecológicas mientras destruye la tierra, el agua y el aire en los territorios que ocupa. Entonces estas son formas de propaganda progresista ante la comunidad internacional, mientras oculta el genocidio que está llevando a cabo. 

 

En varios países, las derechas repiten el argumento del «derecho a la legítima defensa» de Israel. ¿A qué se debe que no termine de consolidarse una postura realmente empática con Palestina en la región? 

 

Es un imperativo ese posicionamiento, lo exige la ley internacional, pero son muchos los motivos que están influyendo en abstención de la censura a Israel…  

 

Por ejemplo, el hecho de que muchos de nuestros países han cometido sus propios genocidios contra sus poblaciones indígenas, que fueron colonizadas, sofocadas, oprimidas, masacradas, y, al día de hoy, siguen en situaciones de precariedad, resistiendo, en mayor o menor medida, con mayor o menor éxito, exigiendo su reparación y en algunos casos, la autodeterminación territorial. Entonces hay situaciones internas que hacen eco: si no han reparado su propio proceso colonial, acusar a Israel es acusarse a sí mismos.  

 

Y hay que tener en cuenta que muchos de nuestros países son aliados económicos de Israel,  que les vende armas y sofisticada tecnología de vigilancia, entre otros productos. Y aliados de los Estados Unidos y de Europa. Oponerse a Israel es poner en riesgo toda clase de alianzas y apoyos económicos y políticos mientras que el apoyo a Palestina trae menos beneficios. Palestina no es estado, y no tiene voto en las Naciones Unidas; imagino que los gobiernos de Chile y de Colombia tienen que sopesar esto… Que reconocer el Estado palestino y romper relaciones con Israel tiene un costo que, en último término, podría poner en riesgo su seguridad. A mí me desespera que Chile no rompa relaciones, pero entiendo que no es una decisión tan fácil de tomar.  

 

 

Usted enseña en Nueva York, la ciudad con la comunidad más grande de judíos por fuera de Israel, en una universidad privada que tiene, además, una sede en ese país. ¿Se ha sentido amenazada o silenciada?  

 

Yo vengo pensando y escribiendo sobre este tema hace más de una década. Mucho antes de este momento de intensificación del genocidio observé y describí la posición de los gobiernos estadounidenses y de las políticas universitarias de silenciamiento de la voz palestina y de los movimientos activistas pro-palestinos. Lo que cuento en «Sumūd» no es completamente nuevo. Y eso me ha enseñado maneras de continuar mi activismo sin correr riesgos innecesarios que implicaran tener que silenciarme. Es decir, la táctica consiste en sopesar cuánto riesgo vale la pena correr y cuánto protegerse para poder sostener una voz crítica; son cuestiones muy sutiles. He aprendido, creo, a navegar esas aguas difíciles que son las aguas neoyorquinas, tanto a nivel político como a nivel universitario, para mantener una coherencia en el discurso y a la vez confirmar que el poder tiene debilidades, que no lo puede todo. Y si bien he pasado por períodos de preocupación personal, también sé que este no es el momento del miedo: lo que le pasa a los palestinos en Palestina siempre va a ser mucho peor que lo que pueda pasarme a mí.  

Ilustraciones: <b>Raúl Salazar Aguilera</b>
Ilustraciones: Raúl Salazar Aguilera

 

*María Paula Lizarazo estudia un doctorado en literatura en Nueva York. Ha publicado en El Espectador e InfoAmazonia. 

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