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De Siapana a Machique

28 de enero de 2025 - 1:49 am
Para el pueblo Wayuu la frontera entre Colombia y Venezuela no existe. Desde tiempos inmemoriales han estado abiertos al comercio y la trashumancia, desde donde ponen a prueba su creatividad para sobrevivir. Colombia y Venezuela lucharon y movieron los límites de su frontera hasta que por fin fueron definidos en 1941. Mientras esto sucedía, la región vio a sus hijos compartir linaje y costumbres sin tener en cuenta las disputas. Un país no divide un pueblo.
Una mujer ejecuta la Yonna, danza ancestral del pueblo Wayuu en el norte de La Guajira, Colombia. Este baile, cargado de simbolismo, celebra la espiritualidad y el legado de una cultura milenaria. Con cada paso, la Yonna honra el poder femenino y su vínculo con la madre naturaleza, siendo protagonista en celebraciones, pagamentos y momentos significativos de la vida wayuu. Foto de María Andrea Parra.
Una mujer ejecuta la Yonna, danza ancestral del pueblo Wayuu en el norte de La Guajira, Colombia. Este baile, cargado de simbolismo, celebra la espiritualidad y el legado de una cultura milenaria. Con cada paso, la Yonna honra el poder femenino y su vínculo con la madre naturaleza, siendo protagonista en celebraciones, pagamentos y momentos significativos de la vida wayuu. Foto de María Andrea Parra.

De Siapana a Machique

28 de enero de 2025
Para el pueblo Wayuu la frontera entre Colombia y Venezuela no existe. Desde tiempos inmemoriales han estado abiertos al comercio y la trashumancia, desde donde ponen a prueba su creatividad para sobrevivir. Colombia y Venezuela lucharon y movieron los límites de su frontera hasta que por fin fueron definidos en 1941. Mientras esto sucedía, la región vio a sus hijos compartir linaje y costumbres sin tener en cuenta las disputas. Un país no divide un pueblo.

En un tiempo inmemorial, los wayuus salieron de la Amazonía, viajaron por el Orinoco siguiendo la vega de los ríos, sustentándose de la caza de venados, osos, patos, pescando tortugas, caimanes y recogiendo frutas silvestres. En su avance alcanzaron la desértica península de La Guajira y, sin poder regresarse, se regaron por ella. Cuando en 1830 Venezuela se separó de la Gran Colombia, la línea limítrofe de la nueva república quedó en la mitad del territorio wayuu.

Ajenos a esta decisión de los blancos, los indígenas se desplazaban de un lado a otro buscando alimentos, agua para sus familias y pastos para sus animales, porque la trashumancia está en su sangre como mecanismo de subsistencia.

Con la explotación del petróleo en el golfo de Coquivacoa en 1914, el estado Zulia floreció como importante centro económico que ofrecía fuentes de empleo, poder adquisitivo y prebendas a los indígenas.

Los wayuus del norte, invisibilizados por el Estado colombiano, visitaban a sus familiares en Venezuela, trabajaban en comercio informal y volvían llenos de bolívares, una moneda fuerte entonces. Un bolívar llegó a costar dieciséis pesos colombianos.

A mediados del siglo xx, en la Alta Guajira todas las transacciones se realizaban en bolívares, se escuchaba la radio de Coro y Punto Fijo y la única señal televisiva era la de Venevisión, inundada de telenovelas románticas.

Un bus escalera con el cupo lleno y atiborrado de chivos en pie, carne seca y hasta vacas salía cada semana desde Nazareth, en el extremo norte, pasaba por Siapana, tomaba la ruta del mar y salía a Cojoro, donde se ubica el primer batallón de la Fuerza Armada Venezolana. Pagaba un peaje y nadie molestaba a los pasajeros.

Ángela Ipuana llevaba chinchorros y mochilas multicolores y los vendía en una esquina del centro de Maracaibo; con sus ganancias compró una casa en Ziruma, el populoso barrio wayuu, y un camión 350 de placas venezolanas, como las de todos los vehículos en la Alta Guajira. Se estableció en Venezuela, educó a sus hijos y, anciana hoy, volvió a su casa en Ichipa, municipio de Uribia. «Marracaya ahora es una ciudad pobre», dice refiriéndose a Maracaibo.

Para los wayuus, Mma, la tierra, es la madre de todos los vivientes, y Woumainpa’a es la gran nación donde todos tienen un mismo origen y destino. Aunque el territorio abarca dos países, los sitios sagrados wayuus están en la parte colombiana: piedra de Aalasü, donde el dios Mareiwa les entregó los clanes y marcas a los indígenas; la piedra de Wolunka, donde la mujer primigenia perdió los dientes de su vagina, y Jepirra, el lugar a donde van las almas de los muertos, son algunos sitios emblemáticos de la etnia a los que por derecho ancestral los wayuus tienen acceso y pueden conocer su grandiosa historia.

De Siapana a Machique

El clan materno de Elion Ipuana es de Machique, un poblado encajado en las estribaciones de la Serranía de Perijá, en Venezuela, pero su mamá se casó con un hombre de Siapana, localizada en el lado colombiano, donde él nació. Dos veces al año visitaban a su abuela en su pequeña finca de Machique, rodeada de yucales y platanales.

Días antes de viajar a Venezuela avisaban a sus vecinos y quienes estaban interesados apartaban un cupo en el camión 350 de su tía. Ponían dos tablones para sentarse dejando espacio a los chivos que llevaban los pasajeros.

Salían en la madrugada por toda la orilla del mar, pasaban por Castillete, La Flor de La Guajira, Cushi, Neima y descansaban en Cojoro, el primer poblado venezolano. Allí estiraban las piernas, orinaban y comían las viandas que llevaban para el recorrido. Seguían hasta Santa Cruz de Mara donde pernoctaban; las personas se iban quedando en el camino, donde tuvieran parientes. El periplo de Elion terminaba en Machique, a seis horas de Maracaibo.

Actualmente Emiro González, una vez a la semana, sale en su camión desde Siapana llevando pasajeros, ovejos y sacos de encomiendas que envían para los familiares que viven en Venezuela; él llega hasta el improvisado terminal de Shawantama’ana, al norte de Maracaibo.

La misión de los Hermanos Menores Capuchinos, venidos de Valencia, España, abrió un orfelinato para indígenas en 1911 en Nazareth. Los padres internaban a sus hijos y se iban a Venezuela a trabajar durante la época escolar y regresaban en las vacaciones a recoger a sus pequeños. Mientras trabajaban en el servicio doméstico, en el pequeño comercio, en el transporte y en las fincas —que abundaban, porque la fértil tierra zuliana está bañada por el poderoso río Limón—, marchaban tranquilos porque los estudiantes tenían dormida, alimentación y cuidado seguro con los sacerdotes católicos.

En 1972 se terminó la carretera Troncal del Caribe que va desde Paraguachón, en la frontera con Venezuela, hasta Santa Marta. Ambos países abrieron oficinas de migración. Venezuela exigía visa a los colombianos; Colombia, por su parte, permitía el paso libre a los venezolanos. Los wayuus seguían cruzando la frontera por las trochas que son caminos polvorientos en verano y lodazales en invierno.

Laura Uriana nació en Santa Ana, una ranchería localizada entre Nazareth y Puerto Estrella, y se casó con un wayuu de Pancho con quien tuvo tres hijos. Asaltada por la pobreza, escuchó de las oportunidades laborales en Venezuela y se fue adonde unos parientes que tenían casa en Maracaibo.

Comenzó vendiendo toallitas de cara, calzones y medias que exponía en un sardinel del centro de Maracaibo, cerca de la catedral La Chinita. Su capital cabía en un bolso, lo poco que ganaba era mejor que nada. Por todo el sector llamado Las Pulgas fluían más de cien vendedores ambulantes wayuus, a quienes la guardia policial de Venezuela a veces hostigaba. Laura estuvo detenida dos veces por veinticuatro horas por el delito de invasión del espacio público.

Un día volvió a su ranchería en Colombia, vendió sus últimos cuarenta chivos, se fue a Maicao, ciudad a doce kilómetros de la frontera, donde los almacenes eran propiedad de migrantes libaneses, e invirtió el dinero en sábanas, jeans y camisetas. Se montó en un camión y cruzó la frontera por la trocha junto a doce mujeres más.

En una jornada preelectoral de cedulación en el campo, Laura obtuvo nacionalidad venezolana junto a sus tres hijos: en el documento se estampó el apellido de la persona que los presentó ante los funcionarios de la Registraduría.

Por esos días se alzó como líder natural de los comerciantes del centro Isabella Real, una wayuu de Siapana, quien se involucró en la política local. Durante el gobierno de Rafael Caldera, Isabella logró que se construyera el Mercado Guajiro, una zona exclusiva con mesas de metal de dos metros de largo con depósito bajo las patas para los wayuus que deambulaban por el centro con sus mercancías.

Por supuesto, Isabella fue la primera administradora del mercado. Con local propio, sin temor a una redada policial, Laura dejó a sus hijos al frente de su negocio, mientras ella viajaba cada dos días a Maicao. Las camellas, como les decían a las comerciantes, se envolvían la ropa en el cuerpo bajo las anchas mantas wayuus.

La guardia perseguía las camionetas para pedirles coima y si las encontraba y estas no se detenían, les disparaba sin contemplaciones. A Laura una vez los tiros le perforaron las sábanas y los jeans. Cada día era una odisea.

Era tan productiva la actividad que Laura compró una casa de cemento en el barrio Cojoincito, una camioneta 150 y dio estudios a sus hijos en colegio privado.

Una noche decembrina, en la alcabala del río Limón, los guardias no quisieron recibir el soborno: «Ustedes son colombianos», dijo el comandante. Los camiones se fueron acumulando hasta ser más de ciento cincuenta las personas esperando vía libre. Las mujeres caminaron en fila hasta la guardia y Olga Peñalver, una wayuu valiente, habló en voz alta: «Esta tierra es de nosotros desde hace siglos, aquí los extraños son ustedes, déjennos pasar a nuestras casas». La reclamación sorprendió a los militares y las mujeres cruzaron airosas, a pie por el puente.

Laura dejó de viajar porque una vez en la carretera apareció de improviso una guardia móvil que le ordenó detenerse; más de veinte camiones, en caravana, rodaban a alta velocidad y no pudieron frenar: la guardia lo interpretó como un desacato y llamó un helicóptero que indiscriminadamente disparó al convoy. Una jovencita que iba junto a Laura murió atravesada por las balas.

Ella tenía sus ahorros en el Banco Unión y pensó que podía vivir de la renta. Su hijo Guillermo poseía un local grande de víveres en el sector La Playita, pero el presidente Hugo Chávez expropió el Banco Unión y los locales comerciales y Laura y sus hijos quedaron sin el fruto de su trabajo. Ahora tiene ochenta y cinco años, viene dos veces al año a Colombia, viaja sola, recoge entre sus familiares medicinas, jabones, leche en polvo, azúcar, zapatos, todo para su uso personal. No quiere venirse de Venezuela porque allá le nacieron nietos y bisnietos, aunque sus descendientes se han ido a Ecuador, Chile y Perú porque el socialismo arruinó sus vidas.

Comercio, no contrabando

En siglos pasados, los wayuus intercambiaban perlas por armas con los corsarios del mar; carne de ovejo, cueros, madera, por harinas y mantequillas con las islas del Caribe; a las etnias de la Sierra Nevada de Santa Marta les cambiaban sal y conchas por la piedra preciosa tüumma. El mercantilismo está en los genes del wayuu, el trueque era la moneda prehispánica y viajar libremente era el signo visible de que estaban en paz.

En la actualidad, los hidrocarburos venezolanos son la única opción para los vehículos de la Alta Guajira. Allá no hay estaciones de gasolina y el combustible se necesita para los camiones, las motos, las lanchas de pesca y los generadores de electricidad para las comunidades. La gasolina se transporta en tanques plásticos y se vende en pimpinas que son recipientes de cinco galones. El bajo costo del combustible reduce los fletes del transporte y eso abarataba el costo de vida en La Guajira, donde nada se produce y todo se adquiere en otros lugares.

La venta de gasolina fue sostén de muchas familias wayuus en ambos lados de la frontera. Las autoridades colombianas iniciaron la persecución a los gasolineros cuando empezaron a sacarla de la Zona Especial Aduanera, constituida por los municipios de Uribia, Maicao y Manaure.

Con la entrada del socialismo en Venezuela las fábricas y empresas cerraron, las fincas se expropiaron y el trabajo se esfumó, entonces, los mercaderes wayuus llevaban desde Colombia harinas, aceites, detergente, café, y la guardia de las alcabalas ya no pedía dinero, que no vale nada por la hiperinflación, sino que decomisaban parte de los alimentos que reservaban para sostener a su propia familia.

Hay más de doscientos caminos para llegar a Venezuela, son doscientos cuarenta y nueve kilómetros compartidos entre Zulia y La Guajira. El comercio es una practica ancestral que sostiene la vida, ya de por sí muy difícil en un desierto sin fuentes de agua.

Los retornados

Los wayuus llegados a La Guajira no quieren ser llamados migrantes ni refugiados, ellos se definen retornados. Volvieron a sus familias, donde están sus cementerios, el origen de su clan. Algunas rancherías crecieron hasta un 300 % en su población en los últimos tiempos.

Los retornados sienten la realidad de la frontera impuesta por los blancos. Sin cédula de ciudadanía colombiana no pueden acceder a la salud, la educación, la vivienda, el empleo. Entran por las trochas sin diligenciar el Registro Único de Migrantes Venezolanos (RUMV) o el Permiso de Protección Temporal (PPT), la mayoría de ellos no saben ni que existe. Sin servicios ni derechos, su condición en Colombia es deplorable.

Las trochas que bordean Paraguachón están llenas de ladrones, violadores de mujeres, guerrilleros y gentes que cobran peaje por pasar por sus territorios.

El sueño siempre ha sido tener una cédula binacional, pero los gobiernos no se deciden, pese a que en la Constitución Nacional de ambos países se establece el derecho a la doble nacionalidad. Según el censo de 2011, en el estado Zulia los wayuus suman 413.437 individuos, y en La Guajira suman 380.460, según el Censo Nacional de Población y Vivienda del dane de 2018.

Aunque pueden pasar de un lugar a otro por sus fronteras de arena, se ha erigido una barrera de hierro llamada Estado Nacional, que desconoce la historia, la geografía y la economía social del pueblo wayuu.

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