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El archivo inabarcable: los papeles de Gabriel García Márquez

24 de junio de 2025 - 1:29 pm
La biblioteca del Nobel, los últimos hallazgos en sus documentos y la quimera de un repositorio definitivo. Este ensayo hace parte de Todo se sabe: el cuento de la creación de Gabo, expuesta en la Biblioteca Nacional hasta el 2 de agosto.
Todo se sabe. Exposición de la Biblioteca Nacional sobre Gabriel García Márquez.

El archivo inabarcable: los papeles de Gabriel García Márquez

24 de junio de 2025
La biblioteca del Nobel, los últimos hallazgos en sus documentos y la quimera de un repositorio definitivo. Este ensayo hace parte de Todo se sabe: el cuento de la creación de Gabo, expuesta en la Biblioteca Nacional hasta el 2 de agosto.

Poco después de la muerte de Gabriel García Márquez, en abril de 2014, me escribieron de la Biblioteca Nacional de Colombia para invitarme a ser parte del equipo que manejaría los libros y documentos de y sobre el escritor colombiano que reposaban en sus colecciones. Yo había terminado hacía poco la maestría en Literatura y mi tesis de grado sobre la historia de Colombia en la obra de García Márquez se había convertido en un artículo para la revista El Malpensante, que terminó ganando el Premio de Periodismo Simón Bolívar ese año. Alguien de la Biblioteca leyó el texto, buscó mi contacto y me propusieron integrarme. Casi de la noche a la mañana, de agobiado tesista pasé a ser «gabólogo» premiado e investigador de una de las instituciones culturales más importantes del país.

El propósito de la Biblioteca, en ese momento bajo la dirección de Consuelo Gaitán, era reorganizar y presentar a la ciudadanía todos los materiales de y sobre Gabriel García Márquez que había en sus fondos del modo más atractivo posible. Allí se podían encontrar miles de registros hemerográficos, cientos de libros sobre los aspectos más variados de la obra del colombiano, así como traducciones a más de cuarenta idiomas, incontables ediciones colombianas e hispanoamericanas de todas sus obras (hasta las más raras), piezas gráficas, mecanuscritos y manuscritos, entre muchos otros papeles. Este acervo crecería aún más en los siguientes años gracias a las donaciones hechas por Mercedes Barcha, viuda del escritor; el periodista Daniel Samper Pizano, y el librero Álvaro Castillo Granada.

Yo entré a este universo como una hormiga a un ingenio azucarero, seguro de que con los materiales existentes en la Biblioteca se podría conocer todo lo que quisiera saber sobre nuestro escritor más importante. Durante dos años me sumergí en este heterogéneo conjunto de libros y documentos tratando de ordenarlo por temas, géneros, épocas, idiomas y países para que fuera más fácil de navegar. En este proceso descubrimos una que otra edición facsimilar que se había hecho pasar por edición príncipe, encontramos algún mensaje de puño y letra del escritor que se había perdido entre las páginas de libros que nadie había abierto en décadas y desciframos con el equipo de catalogación los enrevesados caracteres de alfabetos como el cirílico, el hebreo y el indio, para entender qué era lo que decían tantos libros provenientes de idiomas tan ajenos que habían ido llegando a la Biblioteca Nacional desde los tiempos del presidente Belisario Betancur. La cantidad y variedad de traducciones de la obra de García Márquez que están en la Biblioteca Nacional me dio una visión nueva del alcance planetario que habían tenido sus historias y personajes. No era un escritor del Caribe, era un escritor del mundo. Al final, resultó que la Biblioteca Nacional tenía un fuerte componente internacional, pues en ella está la colección más grande traducciones de García Márquez que yo haya visto.

Con todo este trabajo, y bajo la coordinación de María Alejandra Pautassi y Paola Caballero, creamos La Gaboteca, una sala virtual de referencia de obras de y sobre Gabriel García Márquez, vinculada a la página principal de la Biblioteca, que alguna vez uno de sus visitantes más entusiastas llamó «una especie de expedición botánica de la Gabología». El sitio web lleva más de una década de funcionamiento y recientemente fue ampliado durante la dirección de Adriana Martínez-Villalba. Pero queríamos más. En las reuniones con el equipo de la Biblioteca, a veces soñábamos en voz alta con la posibilidad de convertirnos en el archivo más importante del mundo en materiales sobre Gabriel García Márquez o, de no ser esto posible, intentar un acercamiento diferente y dedicar una enorme sala a recopilar todos los libros que el escritor colombiano hubiera leído, para que el público colombiano no solo lo leyera a él, sino que se formara con los textos con los que él se formó. Con las mismas ambiciones totalizantes de sus novelas, alguna vez creímos que era posible reunir todo el universo bibliográfico garciamarquiano en la biblioteca más antigua del país. Un poco se había avanzado en estos proyectos cuando, a finales de 2014, nos llegó una noticia que nos cayó encima como una estantería de libros: el Harry Ransom Center, de la Universidad de Texas, había comprado los archivos personales de Gabriel García Márquez por 2,2 millones de dólares y estos reposarían ahora en Austin. Correspondencia privada, borradores de sus obras, informes de su agencia literaria sobre contratos y negociaciones, libros de su biblioteca personal y una novela que había dejado casi terminada y sin publicar, entre muchas otras cosas, estarían ahora en Estados Unidos, un país que durante mucho tiempo había dificultado la entrada del escritor a su territorio y que ahora recibía sin problemas sus documentos póstumos. El más grande autor de Colombia tendría su más grande archivo lejos de Colombia.

El alejamiento definitivo de este patrimonio documental fue recibido con tristeza y hasta furia por muchos fanáticos nacionales que no parecían aceptar que esta había sido la voluntad de la familia García Barcha desde antes de la muerte del escritor. Si García Márquez había nacido en Colombia y sobre ella trataba la mayor parte de su literatura, decían, era justo que sus archivos reposaran aquí. Sin embargo, el propio García Márquez había sido un trotamundos que no dejó continente sin visitar y que al final de su vida tenía casas en una docena de ciudades del mundo. Además, lectores de todos los idiomas y todas las latitudes lo sentían como propio. Entonces, ¿dónde debía estar su archivo principal? No hubo mucho tiempo para preguntárselo porque al poco tiempo llegaron sus más de ochenta cajas con documentos a la capital de Texas, como si se tratara del mar que los gringos se llevaron en cartones en El otoño del patriarca. Por fortuna, poco después, también empezaron a aparecer señales de que el archivo de Austin no sería tan inalcanzable como pensábamos: más de la mitad de sus folios fueron digitalizados y puestos a disposición del mundo en la página web del Harry Ransom Center y a la Feria del Libro de Bogotá vinieron en 2015 José Montelongo y Gabriela Polit, profesores de la Universidad de Texas, a contar todo el cuento de cómo habían logrado obtener los papeles de Gabo y a explicar lo que había que hacer para conseguir una de las becas de investigación que cada año da esa universidad para estudiar los archivos en sus instalaciones. Con un proyecto escrito con mi inglés de guía turístico y cartas de apoyo de la Biblioteca Nacional y la Fundación Gabo, conseguí una de esas becas y partí en 2018 a conocer, por fin, el archivo completo de Gabriel García Márquez.

Después de estar tres meses por siete horas diarias en las amables salas de lectura del Centro, me di cuenta de que ese no era el archivo completo ni definitivo sobre Gabriel García Márquez (aunque sea uno de los más ricos). También me di cuenta de que no lo hubiera podido conocer por completo, aun si me quedara cien años leyéndolo. Alcancé a conocer, eso sí, investigadores de todo el mundo que estaban tan interesados como yo en la vida y obra del autor colombiano, y entendí que no era gratuito que sus historias hubieran llegado a tantos idiomas. García Márquez era un patrimonio del mundo y en cada uno de los países donde ha sido leído hay un pedazo de su memoria. Si había sido un escritor global, era normal que sus papeles terminaran en el país más internacional de la globalización.

Después de esta desbordante experiencia, se intensificó mi interés por seguir conociendo los archivos de Gabriel García Márquez, donde sea que estuvieran. Pero rápidamente entendí que la labor era imposible. A los papeles de Austin habría que sumarles los cientos de cartas de García Márquez a sus colegas del Boom que reposan en universidades de Estados Unidos (muchas de las cuales se publicaron después en Las cartas del Boom), los miles de discos que Gabo escuchaba todos los días y que todavía están en manos de su familia, las interminables horas de entrevistas y documentales sobre él, así como las innumerables fotografías, dedicatorias y misivas del escritor que se pueden encontrar en colecciones privadas de México, España o Cuba, o en los anticuarios y las casas de subastas de todo el mundo. Todo esto sin contar uno de los archivos más enormes y desconocidos de la literatura hispanoamericana: el de la Agencia Literaria Carmen Balcells, que fue vendido en 2015 al Gobierno español y que todavía está en proceso de catalogación y no ha podido ser presentado por completo al público en Alcalá de Henares (el pueblo de Miguel de Cervantes). Además de todo esto, todavía quedarían pendientes por explorar los millones de anécdotas, historias, recuerdos, impresiones y fantasías que el paso por la tierra de Gabo dejó en personas de los cuatro rincones del mundo y que, de alguna manera, también constituyen su archivo.

Al final, la idea de un repositorio definitivo resultó una quimera inalcanzable. Esto no quiere decir que no queden todavía muchos pergaminos desconocidos del mago de Aracataca por encontrar, guardar y estudiar. Por supuesto, un archivo tan grande solo lo podemos construir entre todos. Y en esas seguimos. En 2017, la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República adquirió más de sesenta folios de los primeros textos del joven García Márquez, escritos entre 1948 y 1953 que dormían el sueño de los extraviados en los archivos del investigador Jorge García Usta, y recientemente la Fundación Gabo de Cartagena dio con ejemplares de la revista Juventud del Colegio San José de Barranquilla, donde el niño Gabito publicó sus primeras crónicas y poemas. Como estos, es seguro que en el futuro haya nuevos hallazgos que sigan enriqueciendo el archivo inagotable de Gabriel García Márquez, un rizoma que cada vez se parece más al infinito como se lo imaginó Blaise Pascal: una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia, en ninguna. Para nosotros, pobres mortales, si queremos conocer a fondo este archivo inabarcable, no queda otra opción que volver al lugar del que nunca debimos salir: las páginas de sus novelas, que son la verdadera bola de cristal que refleja en una superficie posible para nuestros ojos los confines más distantes y variados del universo que él vivió.

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