El crítico estaba conmocionado. Eran pasadas las ocho de la noche del viernes 17 de abril en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena y salíamos del estreno mundial de El hogar fue sepultado en esa tierra que nunca pudimos encontrar*, un documental dirigido por un muy joven realizador y sonidista, Deimer Quintero Vertel, descendiente de una familia que sufrió el desplazamiento forzado en Córdoba y Urabá. La película, que a la postre ganó cuatro premios, incluidos los de mejor largometraje colombiano y el premio del público, evoca el hogar perdido y en ese ejercicio de rememoración lo vuelve a encontrar, al menos simbólicamente. Ser testigos de ese acto de belleza y de justicia fue, sin duda, extraordinario.
Ese solo evento, con su potencia política, sería suficiente para agradecer la persistencia del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias-FICCI, que este año llegó a su edición 65. Sigue siendo el festival con mayor número de ediciones en toda Latinoamérica y el Caribe. Lo damos por sentado, pero en nuestro presente todo puede desaparecer en una noche. Este FICCI fue el tercero bajo la dirección artística del alemán Ansgar Vogt, un curador cuya carrera se había desarrollado en el Festival de Cine de Berlín, y quien recogió el legado problemático de Felipe Aljure en la dirección artística anterior (de 2019 a 2023), desde donde se hicieron todo tipo de cambios, como la eliminación de las competencias (que volvieron este año) y una ampliación de las secciones, algunas de las cuales todavía subsisten como las muestras indígena, afro y De Indias. Hay que reconocer que, pese a sus errores y arbitrariedades, Aljure entendió que el festival tenía que abrirse a una multiplicidad de diálogos. El festival ha perdido centro, pero ofrece muchas experiencias posibles cuya profundidad es muy difícil de evaluar desde afuera, o solo con cifras.
Lo que sospecho es que hoy cada espectador va tras un festival particular, según sus gustos e intereses, lo que genera un sinfín de eventos y proyecciones cada una sostenida por su propio nicho. Este artículo es, pues, un registro escrito de mi propio festival, pero también un esfuerzo por capturar ecos y susurros de los festivales de otros.
La contradicción
En la noche del miércoles 16, el patio central de la sede cartagenera de la Agencia de Cooperación Española se llenó con las imágenes de dos documentales, Palestina, otro Vietnam y Riochiquito, sobre las resistencias armadas en Medio Oriente y Colombia en la década de 1960. La doble proyección hizo parte del programa «Costas: archivos de la diáspora», curado por Laura Alhach. Esta curaduría, por su mirada transnacional, su interés por recuperar películas de épocas distintas y sintonizarlas en diálogos a primera vista improbables, es tal vez la mejor sección del festival, pero una de las menos visibles dentro del maremágnum de eventos que se ofrecen. A pesar de esa asimetría, el público ocupó las sillas del patio de AECID y bajo la luna cartagenera atravesó unas imágenes precarias y opacas en las que se conserva la huella de grupos humanos que en las montañas del sur de Colombia y en los desiertos del Medio Oriente lucharon contra poderosas maquinarias militares y políticas.
A pocas cuadras, ocurría esa misma noche la fiesta de Netflix. La compañía, que se prepara para lanzar la segunda temporada de Cien años de soledad, invitó a una Noche de Industria y escogió como sede del encuentro el Claustro de La Merced, el mismo lugar donde, por solicitud de la familia de Gabriel García Márquez, reposan las cenizas del Nobel colombiano, quien durante varias décadas fue un especie de canciller del FICCI y responsable de la dirección que tomó el festival desde los años setenta: ser un encuentro para los cines iberoamericanos y del Caribe. ¿Alguien, en Netflix, habrá pensado en el incómodo simbolismo de esa coincidencia? ¿Fue una coincidencia o un acto de deliberada banalidad?
Lo incómodo
El FICCI 65 se llenó de homenajes y tributos. Los hubo a Víctor Gaviria, Carlos Palau, Natalia Reyes, Salvo Basile, Consuelo Luzardo y Ben Rivers. Espero que no se me escape ninguno. El segundo día del festival se ensombreció con la noticia de la muerte del crítico y profesor Augusto Bernal Jiménez, fundador de la Escuela de Cine Black María y creador de la emblemática revista Arcadia va al cine. Mientras todos lamentamos su muerte, pensé en la paradoja de sus últimos años: la escuela de cine cerrada, su vida en una finca, los pocos homenajes o reconocimientos, y el relativo olvido de su nombre que solo la realidad de la muerte logró reivindicar. Y, sobre todo, pensé en la memoria que se muere con cada persona de este talante que desaparece.
El tributo central dentro de la programación del FICCI fue otorgado al cineasta británico Ben Rivers, un artista y cineasta con una obra deslumbrante y nómada, que en todo sentido rompe fronteras: entre países, entre el documental y la ficción, entre lo sensible y lo intelectual. La película que se presentó en la noche del jueves 17 en el TAM, Mare’s Nest, sigue a una joven protagonista, Moon, en un viaje de iniciación por distintos mundos. Una película inspiradora que es mucho más que una especulación apocalíptica; es una invitación a seguir pensando en el futuro.
Pese a la incuestionable belleza de la película, el tributo fue un acto tremendamente incómodo y que dejó al desnudo las contradicciones internas de un festival que busca encontrar un lugar propio entre los eventos cinéfilos de América Latina y el Caribe. Muchas personas comentaron, sotto voce, la poca pertinencia de que un festival ponga sus luces sobre un cineasta del Norte global. No estuve de acuerdo. Pienso que la de Rivers es una obra atípica que, contrariando su origen, cuestiona en varios sentidos la imaginación colonial. Él mismo realizará pronto en Colombia una película sobre el rodaje de esa discutida obra de culto que es Holocausto caníbal. Sin embargo, un festival que se hace en el Sur debería proponer una lectura propia, y situada, de la obra de Rivers. No ocurrió así.
El tributo, después de un inexplicable retraso (sí, el británico se hizo esperar), empezó con un extenuante discurso de Ansgar Vogt, escrito en segunda persona y leído en inglés, y que redujo varias veces la obra de Rivers a sus texturas y materialidades, sin mencionar, por ejemplo, su envergadura como mito y ritual. Esa interpretación despolitiza su cine. Más allá de su lectura reduccionista de la obra de Rivers, resultó muy evidente la desconexión de Vogt con el público local y nacional. Fue una liturgia privada entre un alemán y un británico, frente a un auditorio al que le tocó tragarse, además de la espera, una ceremonia en la que parecía sobrar.
Ansgar Vogt ha recuperado un norte artístico para el festival, aunque muchos puedan no estar de acuerdo con sus ejes curatoriales, por la dispersión de sus muchas secciones o por ser demasiado subsidiarios del gusto festivalero europeo y del Norte global. Aunque se ha sabido rodear de un equipo joven lleno de criterio, entusiasmo y talento, dentro de la estructura del equipo de programación siguen existiendo absurdos como unas curadoras senior, todas extranjeras: Loreta Gandolfi, Anke Leweke y Dorothee Wenner. ¿Qué hacen exactamente estas curadoras y por qué un equipo colombiano tan competente como el que trabaja en la programación del festival necesita esa tutela y su rastro colonial? En un festival como el FICCI, con un foco importante en el cine iberoamericano y del Caribe, parece que aún se requiere que las películas, en su esfuerzo por ser vistas, sean aprobadas por las miradas anglo-eurocéntricas. Más temprano que tarde, la contradicción de un director artístico tan poco conectado culturalmente con Colombia (a pesar de su esfuerzo por expresarse en un español que no habla bien) creará una fractura de sentido.
Una de las curadoras senior, Dorothee Wenner, protagonizó un episodio también sintomático e incómodo. En la presentación y Q&A de la película brasileña Se Eu Fosse Vivo… Vivia, dirigida por André Novais Oliveira (al que la curadora de marras llamó Manuel) se hizo un foro al final donde ella habló en inglés, el director en portugués y había un traductor que le traducía a la curadora. Y nadie tradujo en español. El festival ha hecho grandes esfuerzos, históricamente, para que el público de la ciudad vaya a las salas, y se supere una exclusión que, además de las condiciones materiales, se asienta en una asimilación de la idea de que el cine es de las élites; a las élites pertenecían los Nieto, fundadores del FICCI y la mayor parte de los miembros de la junta directiva del festival, aunque eso progresivamente ha cambiado. Este año, muchos espectadores habituales me hicieron ver que la estrategia de la directora general del festival, Margarita Díaz, para llevar más cartageneros a las salas mostraba señales halagüeñas. Así que estos descuidos, en apariencia menores, no pueden pasar.
Otro momento incómodo fue protagonizado por una invitada austriaca, la documentalista Ruth Beckermann, de cuya obra el FICCI presentó una pequeña muestra, promocionada equívocamente como una retrospectiva. Ocurrió en la presentación de una de sus obras, Waldheims Walzer. Transcribo la reseña del propio festival sobre este documental: «Es la realidad de Waldheim la que resulta sensacional: un antiguo soldado del aparato militar nazi que luego representó a Austria como diplomático, fue secretario general de las Naciones Unidas y, finalmente, elegido presidente en 1986. El documental suscita preguntas sobre este caso y resuena con patrones históricos que parecen repetirse, casi palabra por palabra, a escala global». Al ver la película, con su minucioso trabajo de archivo, era inevitable preguntarse por la cuestión judía hoy, y por las vueltas y revueltas del fascismo.
Waldehiem, lo señala el documental, habría participado en la deportación de judíos de Tesalónica y otros crímenes de guerra. La película también ofrece una perspectiva histórica sobre la forma muy distinta cómo se asumió la culpa histórica por la Shoah en Alemania, que actuó, después de la guerra, su papel como victimario, obligada a ello por los procesos de desnazificación; y en Austria, que se siguió considerando víctima por haber sido anexada por Hitler. El documental de Beckermann habla del colaboracionismo de muchos austriacos. En fin, era obvio que un foro sobre la película, la pregunta sobre las actuales guerras de agresión, defendidas como defensivas, de Estados Unidos, Israel y sus aliados, iba a aparecer. Y apareció. Beckermann se limitó a señalar la dificultad de la pregunta y a terminar con un displicente «no comments». ¿El efecto Wim Wenders en Cartagena? ¿Pueden un arte político y una artista que se ha posicionado desde una clara militancia eludir una toma de posición frente al horror de nuestro tiempo?
Poéticas del duelo
«El llanto de todos se volvió uno solo», le escuchamos decir a la narradora de Puntos de fuga, una película dirigida por Lina Rodríguez, cineasta colombiana con residencia en Canadá. La narradora habla de una muerte que reúne a toda una familia en un ritual de lágrimas colectivas. A veces pienso que el cine es un lugar para no llorar solos. Muchas películas del FICCI 65 fueron sobre el duelo, entre ellas varias colombianas. Puntos de fuga, exhibida como parte de la Competencia Colombia-Largometraje, es una película de un rigor y una vibración formal y narrativa sorprendentes. Aunque al principio parece una película de autorrepresentación y memorias familiares, pronto se revela como mucho más que eso. Es una filigrana de imágenes en Hi8, Súper 8 y digital, que se van enlazando por su recurrencia o repetición: la ruina, el monumento, las casas, los muertos, los sonidos fantasma. Lo que se insinúa como un documental sobre la memoria de la madre de la directora, se vuelve una investigación en la memoria colectiva, por un lado, y en cómo miramos. ¿Cómo nos relacionamos con lo ausente o lo perdido y, en últimas, con los muertos? Con todos los muertos, y no solo con los del árbol familiar.
También son sobre el duelo y el trauma películas como el ya mencionado documental El hogar fue sepultado en esa tierra que nunca pudimos encontrar, Lolita en Honda de Daniel Torres, Las almas ni los ojos de Canela Reyes y César Jaimes y Manual para invocar fantasmas de Juliana Zuluaga Montoya, todas de la competencia colombiana de largos, además de los cortos nacionales Las formas de la magia de María Paula Lorgia, Decaer de Juan Camilo González, Ya se ven los tigres en la lluvia de Oscar Ruiz Navia o Consagración de Vannesa Monti. El conjunto de propuestas es amplio en técnicas, narrativas y poéticas, pero la coincidencia en el duelo debe ser analizada no solo como el síntoma de una psique colectiva averiada, sino de la deriva terapéutica del cine. Cada una de estas películas, con mayor o menor fortuna, encuentran un modo de expresión, con una tendencia a la hibridación de elementos documentales y ficcionales. Muchas de ellas son buen cine, además de experiencia catártica. En un presente donde se busca tanto la justicia, no hay que olvidar que la belleza también cura.
Películas como Lolita en Honda, El hogar fue sepultado en esa tierra que nunca pudimos encontrar, Manual para invocar fantasmas y Puntos de fuga coinciden en un núcleo que es señalado por Paula Rodríguez, una de las curadoras del FICCI, en un texto sobre el film de Daniel Torres: «El desdoblamiento del personaje de Lolita, encarnado en distintas voces, expande la figura individual hacia una dimensión colectiva. Así, la película convierte la historia íntima en una reflexión más amplia sobre la transmisión generacional del trauma y la persistencia de la memoria en los cuerpos». Algo muy parecido se podría decir de las otras tres películas que menciono. Por ese encuentro con la memoria colectiva es que estas películas habilitan un espacio para llorar juntos e imaginarnos como un nosotros. No tengo duda de la efectividad simbólica de estas experiencias y de la necesidad de protegerlas en un mundo donde el cine es ya una experiencia residual y marginal. Las películas, cada una a su modo, indagan sobre lo que puede ser mostrado en la imagen (y en el plano) y cómo evocar aquello que no.
En contraste con esa vibración de un cuerpo colectivo, vi una virtuosa película con la que no pude tener ninguna conexión. Piedras preciosas, de Simón Vélez, venía precedida de un estreno en la Berlinale, y de una llamativa obra previa de su director en trabajos de corto metraje. En su debut en el largometraje, premiado como mejor opera prima y con el Gran Premio del Jurado en la competencia colombiana del FICCI, el director desarrolla una narrativa que tiene un pie en el relato clásico, pero que al mismo tiempo lo enrarece y lo cuestiona. El protagonista es un migrante colombiano en Francia que es contratado para robar una piedra preciosa en una iglesia de Manrique, en Medellín. Pero la película no está en ese plot sencillísimo sino en su estilo. Cada plano es un ejercicio de composición y de mirada, y el montaje es una coreografía de momentos cincelados con gran precisión. Los personajes, por su parte, están vaciados. Nada en ellos importa, son paisaje. En principio, podría haber funcionado, si todo en la película estuviera en la misma sintonía de absurdo y distanciamiento. Pero creo que los actores van por un lado, el humor es desigual, el relato es irrelevante y el estilo se impone sobre todo lo demás, y contra la película. Hay que celebrar el atrevimiento de hacer una película de gangsters sin grandes picos dramáticos y bajo presupuesto. Pero el cine, que también es estilo, es más que eso. ¿Y la sangre, el sudor y las lágrimas? La densidad cultural y simbólica de un plano —que es tan importante como su virtuosismo— podría aparecer cuando se atraviesan los cuerpos y los espacios filmados, con toda la historia que los constituye. A no ser que se le tema, precisamente, a esa memoria, y el virtuosismo opere como un desvío para no hacerse cargo de ella.
«Hablo de ternura, compañero»**
La primera película que vi en esta edición fue Wind, Talk to Me, del director serbio Stefan Djordjevic, exhibida en una sección de estrenos internacionales que tiene el nombre de «(S)paces of time». En el camino de regreso a su hogar en duelo, Stefan atropella a un perro. La relación del protagonista con ese animal vulnerable y herido va a ser fundamental para puntuar el tono afectivo de este largometraje en el que un hijo, a través de un proyecto documental, busca enfrentar el duelo por la muerte de su madre y recrear el mundo perdido. Es el cine en lucha contra el olvido y la muerte. El accidente del perro intensifica el dolor de Stefan, y nos entrega imágenes de gran ternura entre el hombre y el perro.
No me interesan esas imágenes como islas flotantes en una película serbia sino como catalizadoras de un ethos del cine de nuestro tiempo, que reacciona a la arrogancia avasalladora de la máquina militar e ideológica de los poderosos con estampas de la fragilidad humana y de todos los seres vivos que compartimos el planeta. Se escuchó hablar de ternura en el festival, se reclamó el cuidado. El último día del FICCI fue sacudido por otras muertes: las de las personas que participaban en una filmación muy «profesional» en el sector de Los Laches en Bogotá y que fueron asesinadas en un episodio absurdo pero no aislado. «Que hacer cine nos dé la vida y no nos la quite», escribió el premiado director Deimer Quintero Vertel en sus redes sociales. En su celebración, también hubo un momento para el duelo.
Tanto la película de Deimer, como muchas otras, reivindican la ternura. También en El hogar fue sepultado hay un perro, Invierno, que aparece una y otra vez en el coro de voces que buscan el hogar perdido. Quiero cerrar este recorrido personal por el FICCI con una película, Futuros luminosos, de Ismael García Ramírez, que fue premiada como Mejor Cortometraje en la competencia colombiana. Una adolescente ensaya con sus amigos las palabras preestablecidas que tendría que repetir si llegase a trabajar en un call center. Poco a poco, sus palabras, primero preparadas y mecánicas, se van llenando de su singularidad y su deseo. La visibilidad del blanco y negro se va obstruyendo hasta que entramos a un mundo raro, un paisaje industrial en el que las voces y los cuerpos son portadores de gestos obstinados de humanidad y de ternura. El futuro de la película no es exactamente luminoso porque nos ofrezca un espectáculo de visibilidad, sino por todo lo contrario, porque nos entrega unas pocas zonas de luz en las cuales descansar, suficientes para tener coraje. Esa visibilidad obstruida y opaca, presente también en El hogar fue sepultado, es el gesto político y estético de un cine que no quiere traducir o explicar.
La ternura es, claro, una anomalía en un festival donde los encuentros son fugaces, las películas se amontonan o traslapan, y la mitad más uno de los participantes vive en el mood del networking. La ternura es, ante todo, cuidado y atención. ¿Qué más hacer cuando todo amenaza naufragar?
*Con El hogar fue sepultado en esa tierra que nunca pudimos encontrar ocurrió lo mismo que el año pasado con Forenses. No se presentaron en los teatros de Cine Colombia en Cartagena, a pesar de que las películas colombianas de la selección central del festival siempre tienen al menos una función en esos cines. Es llamativa una coincidencia: ambas películas hablan sobre la desaparición forzada en Colombia.
**Palabras tomadas del manifiesto «Hablo por mi diferencia» del artista y escritor chileno Pedro Lemebel