21 de abril de 2026: La paliza retórica, o cómo arruinar el inicio de una fiesta
Hubo un momento, entrada la hora y media de discursos en el acto de inauguración de la Feria del Libro de Bogotá, en que uno miraba a su alrededor y veía lo que ningún organizador de un evento cultural querría ver: gente con los ojos levemente vidriosos, sonrisas sostenidas por pura cortesía, y esa forma particular de aplaudir —mecánica, breve, casi involuntaria— que no celebra nada sino que simplemente rellena el silencio entre un orador y el siguiente. Fueron nueve discursos. ¡Nueve! En un evento que, en teoría, debería haber sido la chispa que enciende dos semanas de amor por los libros.
La pregunta no es retórica ni menor: ¿qué concepción de la cultura produce un formato semejante? La respuesta, me temo, es vieja y triste. Es la concepción que confunde solemnidad con importancia, que cree que entre más personas suban a un podio a hablar sobre la lectura, más se honra a la lectura. Es la herencia de una cultura institucional que trata los eventos públicos como ceremonias de legitimación —de los patrocinadores, de las autoridades, de las entidades— antes que como experiencias para el público. El libro, en esa lógica, es el pretexto. El protocolo, el verdadero protagonista.
Lo más revelador no fue la cantidad de discursos, sino su contenido. En casi todos ellos se repitieron los mismos lugares comunes de siempre: que leer transforma vidas, que los libros son puentes entre culturas, que la Feria es un patrimonio de la ciudad. Todo verdad, desde luego. Y todo absolutamente inerte como manera de inaugurar una fiesta literaria. Los lugares comunes no emocionan ni invitan ni abren el apetito. Son el equivalente retórico de un menú sin cocina.
Para colmo, terminado el acto principal, el público fue convocado al pabellón de la India, el país invitado de este año. Una oportunidad perfecta para mostrar la riqueza de una de las civilizaciones más antiguas y complejas del planeta. Y allí se repitió la tanda. Más discursos. Más frases bien intencionadas sobre el diálogo entre culturas. Lo que debió ser una puerta de entrada a algo estimulante se convirtió en otra sala de espera.
Hay que decirlo con toda la claridad posible, porque la Feria del Libro de Bogotá es uno de los eventos culturales más importantes de América Latina y merece lo mejor: un acto de inauguración no es una asamblea de rendir cuentas. Es, o debería ser, un acto de seducción. Su función no es informar ni agradecer ni legitimar; es encender algo en quien asiste. Debería salir uno de ahí con ganas de correr a los pabellones, con una frase en la cabeza, con una imagen que no se olvida. Para eso bastan, a lo sumo, dos o tres voces bien escogidas que digan algo verdadero y propio, no genérico y prestado.
Hay modelos. Hay ferias que abren con un escritor leyendo un fragmento que deja la sala en silencio. Hay inauguraciones que incluyen música, performance, algo inesperado que rompe el molde de lo que un «evento oficial» se supone que debe ser. No es difícil imaginar alternativas; es difícil, al parecer, convencer a las instituciones de que las asuman.
También resulta inverosímil que, ¡a estas alturas de la vida!, la mesa principal del acto de inauguración estuviera compuesta por doce hombres y una sola mujer. No es un dato menor: es un síntoma. En 2026 —y en una Feria que se precia de ser «espejo de la cultura contemporánea»—, ese tipo de composición es, sencillamente, inaceptable. No por una cuestión de cuotas o de corrección política, sino porque distorsiona la realidad: en Colombia y en buena parte del mundo, las mujeres son las principales lectoras, las mayores compradoras de libros y protagonistas, a menudo silenciosas, del ecosistema editorial. Que en el acto que lo inaugura simbólicamente estén representadas por una sola voz entre trece revela, con elocuencia involuntaria, cuánto camino queda por recorrer.
La Feria apenas empieza. Hay tiempo para todo lo bueno que está por venir —y vendrá, siempre viene. Pero si estas páginas sirven para algo, que sirvan también para insistir en que una fiesta de los libros merece un comienzo a la altura de lo que celebra.
—Mario Jursich