21 de abril: La paliza retórica, o cómo arruinar el inicio de una fiesta
Hubo un momento, entrada la hora y media de discursos en el acto de inauguración de la Feria del Libro de Bogotá, en que uno miraba a su alrededor y veía lo que ningún organizador de un evento cultural querría ver: gente con los ojos levemente vidriosos, sonrisas sostenidas por pura cortesía, y esa forma particular de aplaudir —mecánica, breve, casi involuntaria— que no celebra nada sino que simplemente rellena el silencio entre un orador y el siguiente. Fueron nueve discursos. ¡Nueve! En un evento que, en teoría, debería haber sido la chispa que enciende dos semanas de amor por los libros.
La pregunta no es retórica ni menor: ¿qué concepción de la cultura produce un formato semejante? La respuesta, me temo, es vieja y triste. Es la concepción que confunde solemnidad con importancia, que cree que entre más personas suban a un podio a hablar sobre la lectura, más se honra a la lectura. Es la herencia de una cultura institucional que trata los eventos públicos como ceremonias de legitimación —de los patrocinadores, de las autoridades, de las entidades— antes que como experiencias para el público. El libro, en esa lógica, es el pretexto. El protocolo, el verdadero protagonista.
Lo más revelador no fue la cantidad de discursos, sino su contenido. En casi todos ellos se repitieron los mismos lugares comunes de siempre: que leer transforma vidas, que los libros son puentes entre culturas, que la Feria es un patrimonio de la ciudad. Todo verdad, desde luego. Y todo absolutamente inerte como manera de inaugurar una fiesta literaria. Los lugares comunes no emocionan ni invitan ni abren el apetito. Son el equivalente retórico de un menú sin cocina.
Para colmo, terminado el acto principal, el público fue convocado al pabellón de la India, el país invitado de este año. Una oportunidad perfecta para mostrar la riqueza de una de las civilizaciones más antiguas y complejas del planeta. Y allí se repitió la tanda. Más discursos. Más frases bien intencionadas sobre el diálogo entre culturas. Lo que debió ser una puerta de entrada a algo estimulante se convirtió en otra sala de espera.
Hay que decirlo con toda la claridad posible, porque la Feria del Libro de Bogotá es uno de los eventos culturales más importantes de América Latina y merece lo mejor: un acto de inauguración no es una asamblea de rendir cuentas. Es, o debería ser, un acto de seducción. Su función no es informar ni agradecer ni legitimar; es encender algo en quien asiste. Debería salir uno de ahí con ganas de correr a los pabellones, con una frase en la cabeza, con una imagen que no se olvida. Para eso bastan, a lo sumo, dos o tres voces bien escogidas que digan algo verdadero y propio, no genérico y prestado.
Hay modelos. Hay ferias que abren con un escritor leyendo un fragmento que deja la sala en silencio. Hay inauguraciones que incluyen música, performance, algo inesperado que rompe el molde de lo que un «evento oficial» se supone que debe ser. No es difícil imaginar alternativas; es difícil, al parecer, convencer a las instituciones de que las asuman.
También resulta inverosímil que, ¡a estas alturas de la vida!, la mesa principal del acto de inauguración estuviera compuesta por doce hombres y una sola mujer. No es un dato menor: es un síntoma. En 2026 —y en una Feria que se precia de ser «espejo de la cultura contemporánea»—, ese tipo de composición es, sencillamente, inaceptable. No por una cuestión de cuotas o de corrección política, sino porque distorsiona la realidad: en Colombia y en buena parte del mundo, las mujeres son las principales lectoras, las mayores compradoras de libros y protagonistas, a menudo silenciosas, del ecosistema editorial. Que en el acto que lo inaugura simbólicamente estén representadas por una sola voz entre trece revela, con elocuencia involuntaria, cuánto camino queda por recorrer.
La Feria apenas empieza. Hay tiempo para todo lo bueno que está por venir —y vendrá, siempre viene. Pero si estas páginas sirven para algo, que sirvan también para insistir en que una fiesta de los libros merece un comienzo a la altura de lo que celebra.
—Mario Jursich
22 de abril: Ponerles cara a los lectores
Mucho se ha escrito sobre la necesidad de que las publicaciones imaginemos a nuestros lectores. Escribimos, editamos, corregimos, peleamos por una coma, discutimos una portada, y al final ese trabajo sale hacia esa abstracción. Recibimos sus mensajes, leemos sus comentarios en redes; un lector escribe preguntando dónde conseguir un número atrasado, otro reclama que en su ciudad no circula. Pero siguen sin tener cara.
La Feria del Libro lo corrige. De pronto los lectores aparecen. Llegan al estand. Tienen cara, voz, manías, opiniones, humor.
Ayer me propuse fijarme en ellos.
Era miércoles, un día que uno supondría más leve en la Feria, y, sin embargo, la estantería de GACETA tuvo un movimiento constante. Iban llegando, uno tras otro, preguntando por la revista con una familiaridad que tenía algo doméstico, como quien entra a saludar una casa que ya conoce.
Los más conmovedores son quizá los coleccionistas.
No hojean la revista como quienes están empezando a conocerla. Miran los lomos por colores. Se preguntan en voz alta: «¿Cuál me falta?». Sacan ejemplares, revisan índices, reconstruyen lo leído como quien hace inventario de la memoria.
Varios me hablaron de números de la primera época. Uno recordó el papel —«como de periódico», dijo con cariño— y el peso físico de aquellas ediciones tempranas. Otro me contó que allí leyó, siendo niño, al poeta que sería para siempre su favorito: Álvaro Mutis, «el maestro».
En esos momentos uno reafirma que las revistas tienen una vida que ocurre muy lejos de sus editores.
A uno le mencioné el lanzamiento de nuestra próxima edición. Para anotar las coordenadas, empezó a dictarle al celular. De pronto se interrumpió, soltó una carcajada y dijo: «No hay nada peor que el dictado del celular, nos ha vuelto perezosos».
Luego añadió, con tono de chanza, que ya casi se le olvidaba escribir a mano, y que por favor le dijera al equipo de GACETA que esa herramienta debía estar prohibida para nosotros. «Eso no les puede pasar a ustedes».
Hay lectores que, además de leer, sienten que tienen deberes con la revista.
Otro hombre, agradecido simplemente por recibirla, terminó regalándome un libro suyo, autopublicado. No me dejó rechazarlo. Sacó una pluma, me escribió una dedicatoria —«para que no olvide un feliz encuentro» — y me lo puso en las manos.
El libro está ahora en mi biblioteca, esperando que termine la velocidad de estos días para poder leerlo.
Pensé después que ese gesto tenía algo muy propio de una feria del libro: aquí la conversación fácilmente se convierte en intercambio, y el intercambio en regalo.
También están las caras conocidas.
Personas que alguna vez aparecieron por la oficina, en el Ministerio, buscando números atrasados. A varios les dijimos hace semanas: estaremos en la Feria. Y han llegado, cumpliendo con la cita.
Es emocionante descubrir que una publicación que uno vive desde adentro también pertenece a esas otras personas. Los lectores siempre son menos abstractos y más extravagantes de lo que imaginamos. Y quizá una revista existe, en último término, para ese encuentro improbable.
En medio del ruido de la FILBo, de sus carreras, sus lanzamientos, sus conversaciones y sus multitudes, ayer me pareció que no puedo olvidarme nunca de que la Feria no es solo el lugar donde circulan libros; es el lugar donde aparecen los lectores.
—Sara Abisambra Borrero
23 de abril: Un día de celebración
El día empezó sin nubes y con un sol alegre. Parecía un buen presagio en la casi siempre fría Bogotá. A las diez de la mañana del 23 de abril de 2026, las instalaciones de Corferias estaban abarrotadas de jóvenes. Vestidos de uniforme, con sus acostumbradas expresiones de curiosidad y dinamismo, propias de los estudiantes de colegio, iban de aquí para allá y de allá para acá acompañados de sus profesores. A ellos se sumaba la presencia habitual de escritores, autores, editores, libreros, distribuidores, traductores, correctores de estilo, gestores culturales, bibliotecarios, promotores de lectura, funcionarios y auxiliares encargados de la feria, periodistas y, por supuesto, el público general. El ajetreo era grande, y no era para menos: era ¡el Día del Idioma! La celebración anual que en la FILBo, con la asistencia de un público tan diverso como activo, evoca esa herencia recibida hace más de quinientos años, el tal vez más grande —y único— tesoro que la España imperial haya traído al continente americano: el lenguaje castellano. Como dijo Neruda, «qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos». Esos que «se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras».
Fue un día muy especial para celebrar las palabras, un día en el que se llevaron a cabo diferentes eventos dedicados a hacer un diagnóstico de la salud del libro en español. Entre ellos se destacaron los encuentros internacionales de libreros y de bibliotecarios, y el V Foro de Traducción Editorial y Literaria. Además, en el pabellón del país invitado de honor, la India, se realizó la exposición La edición en el siglo XXI: mercados, acceso y conexiones globales, en el que se analizó la realidad actual del ecosistema editorial. Por otro lado, entre el maremágnum de eventos de la FILBo, especialmente bellos resultaron el lanzamiento del poemario Siniestra, de Violeta Villalba, una variedad de relatos y antologías vinculados a la memoria y a la resistencia territorial, así como un número importante de talleres infantiles y juveniles —«Diversión con imágenes» y «Espacios libres de odio» fueron dos de ellos— que articularon la literatura, la oralidad y la educación ciudadana. La importancia de estos últimos no se puede reducir, pues serán ellos, los niños y los jóvenes, los futuros guardianes de nuestra lengua. Para que por muchos años más podamos celebrar cada 23 de abril, sin falta, el día de nuestro idioma.
—Leonardo Sánchez
24 de abril: Los soportes materiales
Hay una imagen idealizada del trabajo cultural: personas conversando sobre libros, autores que firman ejemplares, ideas flotando con elegancia.
Sin embargo, ayer pasé buena parte del día entre cajas.
Cajas de revistas, cajas de libros, cajas que salen de la bodega, cajas que vuelven porque ya no caben, cajas que se rompen y toca reorganizar. No me quedan dudas de que una parte considerable de la gestión cultural depende de gente trasladando cartón de un lado a otro.
Llegué enferma, malgeniada. Para ser viernes, el estand estaba menos lleno de lo que imaginaba, pero tenía otro síntoma de feria avanzada: las publicaciones empezaban a acabarse. Eso, que debería ser una alegría, se vive primero como un reto logístico.
Ordenar, reponer, contar e inventariar.
Luego de comer lo único que me provocaba de toda la Feria, pollo broaster, y de una fila de quince minutos para lavarme las manos, ya eran las cuatro de la tarde. Aquí el tiempo tiene una cualidad extraña. Uno llega al mediodía, parpadea, y son las seis.
Entre carreras, ruido y cajas, hubo, sin embargo, escenas que salvaron el día.
Un encuentro inesperado con unas amigas chocoanas que conocimos en la Fiesta de la Lectura y la Escritura del Chocó, de esas personas que cuando aparecen producen una alegría física, casi infantil, nos hizo literalmente saltar de la emoción.
Después vino el evento con Ángel Perea Escobar, un club de escucha del podcast El club negro de Colombia, de Gaceta Sonora, inspirado en el libro homónimo escrito por la filósofa y poeta Rosa Chamorro.
Me gustó pensar que, después de una tarde de movimientos, uno podía sentarse a oír hablar de Natanael Díaz, Delia Zapata Olivella y Manuel Zapata Olivella, de etnónimos, de raza y clase.
El trabajo en el sector cultural tiene estos momentos felices.
Una mujer preguntó si ciertas distinciones entre poblaciones negras no repiten una mirada heredada de la blanquitud. Hubo un momento en que se discutió qué cambia cuando alguien se nombra negro, afrocolombiano o afrodescendiente.
Y yo dejé atrás el trabajo de la bodega.
Tendemos a imaginar la vida intelectual desligada de sus soportes materiales, como si las ideas circularan solas. Pero no. Las ideas llegan en cajas. Se descargan, se apilan, se agotan.
Sobreviven al lado de un pollo broaster.
Salí molida, como sale uno de la Feria cuando el cuerpo resiente que este es un oficio menos sedentario de lo que parece.
Una buena parte del trabajo en la Feria del Libro consiste en resolver cosas muy pedestres para que, de vez en cuando, ocurra una conversación extraordinaria.
No es una mala definición del oficio.
—Sara Abisambra Borrero
25 de abril: Nada memorable ocurre en una cueva
Durante días busqué al reportero salvadoreño Óscar Martínez por las vías habituales de este tiempo: correos electrónicos, mensajes de WhatsApp, llamadas. Él había dicho que sí estaba interesado en la entrevista, pero no concretaba la hora ni el lugar. Sabía que su visita a la FILBo sería exprés y que pronto volvería a su país, luego viajaría a Estados Unidos y después a España. Me impacientaba la posibilidad de no poder charlar con un periodista que he leído y respeto: el hombre que hizo inmersión con algunas de las pandillas más violentas del mundo y que reveló los pactos que Nayib Bukele hizo bajo cuerda con grupos criminales. A veces una entrevista se pierde por exceso de pasividad.
Después de un breve intercambio de mensajes, Óscar Martínez desapareció. Ni una señal. El viernes entendí que, si quería tener esa conversación, no podía seguir esperando desde la casa. Había que ir. La presencia dice algo que ningún mensaje puede decir: estoy dispuesto a fracasar aquí, frente a usted, porque esta conversación me importa. Le escribí desde un taxi: «Voy en camino a la FILBo. Ojalá podamos conversar. Sabré aprovechar el tiempo. No quisiera regresar a casa sin recibir una respuesta». Minutos después contestó: «Seguro podremos conversar. Nos vemos a las 6 p.m.».
Una entrevista no empieza con la primera pregunta, sino con la entrega que uno pone antes de hacerla. Frente a frente, cuerpo a cuerpo, uno puede olfatear cosas que la pantalla aplana: cuándo alguien esquiva un tema, cuándo un gesto abre una puerta, cuándo una pausa pide callarse y cuándo un énfasis en la voz exige una pregunta adicional. La pantalla transmite palabras; el cuerpo irradia un clima. Esto no tiene que ver con romanticismos del oficio. Tiene que ver con rigor y precisión. Con saber que una buena conversación ocurre cuando el otro quiere quedarse.
Después de charlar con Óscar Martínez, pensé que las mejores preguntas rara vez están escritas de antemano: nacen de mirar al otro mientras piensa, duda y divaga. En ese clima de confianza, el reportero me habló de cómo su combate diario había deformado su espíritu, de su nueva vida en el exilio, de su hija y de los lugares donde todavía encuentra sosiego y alegría. Para hacer buen periodismo se necesitan algunas cosas: salir de la cueva de la redacción, aprender a perder vínculos, desafiar la servidumbre de la productividad exprés y crear las condiciones para que la revelación llegue. Hay que meterse en el pantano para decir que algo está podrido. Hay que mirar a alguien a los ojos para que la máscara caiga.
—William Martínez
26 de abril: Este deseo inagotable
«Un deseo no es otra cosa que una necesidad irracional», dice la escritora Jhumpa Lahiri en La lengua es un lugar, libro de la editorial mexicana Gris Tormenta. Subrayo la frase y me quedo pensando en esa idea. Continúo la lectura y me encuentro palabras como «encaprichamiento», «obsesión» y «devoción».
Paso de las páginas del libro en la mañana a los pabellones de Corferias en la tarde. Quiero dedicar un par de horas a recorrer el pabellón de las editoriales independientes, al que siempre voy con interés y curiosidad por ver el diseño de sus estands, las novedades en sus mesas, y por saludar a las editoras y editores que quiero. Hago la ruta de siempre: La Diligencia, Caín Press, Saga, Colectivo Huracán, Rey Naranjo, Edición Rocca, Babel. Compro un par de libros y, sin falta, la más reciente edición de la revista Matera —de la que empiezo a considerarme coleccionista—. Hago preguntas, doy abrazos, suceden las conversaciones.
Mientras recorro el pabellón y me detengo en un estand y en otro, pienso en la edición, en el oficio tan riguroso como creativo de hacer publicaciones, en lo que implica cotidianamente dedicarnos a esto: insistir en una idea, reunir voluntades, conocer personas, resolver problemas, defender las formas, armar presupuestos, nunca dejar de leer. Pienso en lo exigente, incierto, riesgoso, a veces abrumador, pero sobre todo vital, que es el oficio editorial.
¿Qué es lo que nos convoca, una y otra vez, a lanzarnos a esta aventura? Porque no son pocos los obstáculos: el contexto mundial de precarización laboral y, en particular, el del trabajo cultural y creativo; la dictadura del algoritmo; la incertidumbre que se nos impone con la inteligencia artificial; la idea manida, que algunas personas todavía sostienen sin vergüenza, de que el proceso creativo no es un trabajo; y la eterna pregunta sobre quién lee, por qué la lectura y para qué los libros.
Mientras veo las publicaciones que ya conozco y aguzo la mirada para identificar las que no, leo la consigna de este año del Colectivo Huracán: «Creer, crear, leer». Lo repito como un mantra: Creer, crear, leer. En ese momento me escucho decir en voz alta, hablando para mí misma, pero queriendo decírselo a quienes están ahí, año tras año, en el pabellón de las independientes, como a manera de confesión: «Me asombra esta voluntad, este deseo inagotable».
De nuevo, el deseo. Recuerdo la cita que subrayé en la mañana. Y sí, me digo. Tal vez este ímpetu de dedicarnos a hacer libros no sea otra cosa que eso: una necesidad irracional, un fervor que nos conmueve, una especie de fe.
— María Lucía Ovalle
27 de abril: El triunfo del arco
El Arco del Triunfo de París. El Arco del Triunfo de Barcelona. El Arco del Triunfo de Pionyang. El Arco de Constantino de Roma. El Arco de Wellington de Londres. El Arco del Cincuentenario de Bruselas. El Arco de Corferias de Bogotá.
Debo confesar que siempre he sentido una suerte de vergüenza ajena causada por el arco de la entrada del centro de convenciones Corferias. Tantos arcos tan imponentes, majestuosos, en el mundo y nosotros aquí, en Bogotá, con esa suerte de herradura mal hecha… No hay derecho.
Hoy, al llegar al mediodía a Corferias, ese desprecio no hizo sino aumentar. Como siempre en abril, llovía a cántaros. Ya iba de mal humor porque mis medias estaban empapadas dentro de mis zapatos debido a los ladrillos traicioneros que parecen bien puestecitos en su sitio pero que, al ser pisados aunque sea ligeramente, escupen agua como un dragón escupe fuego (pocas cosas les dan más rabia a los bogotanos que esos condenados ladrillos).
El mal tiempo significaba que en la Feria del Libro había pocos visitantes. Al estand del Ministerio de las Culturas, en el segundo piso del Pabellón Colombia, no se acercaban más de tres gatos. No había a quién hablarle de nuestras publicaciones, a quién decirle que tomara un libro y una revista, ni a quién invitar a nuestros eventos. Los promotores de lectura —esos seres humanos de energía prodigiosa acostumbrados a hablar con quien se les cruce por delante— bostezaban.
Luego, poco a poco, el caprichoso clima bogotano nos dio una tregua: el cielo se despejó, salió el sol solecito caliéntame un poquito y empezaron a llegar los curiosos. Ahí sí la cosa se puso movida: lleve cajas de la bodega al estand, explíquele a este y a aquella de qué trata el libro de la portada bonita, verifique que todos llenen las planillas con sus daticos al llevarse una revista, hable un momento con ese escritor loco que aparece en toda feria, que visita todos los estands y a todos les deja su tarjeta, repártales libros y revistas a los niños de colegio que no pueden creer que sean gratuitas, estire las piernas que ya duelen un poco de estar de pie, vuelva a explicar de qué trata este libro y el de allá. Entre esto y lo otro, se pasaron las horas y se acercó la noche. Era el momento de regresar a casa, con el corazón contento por la forma en que la gente se emociona con las nuevas lecturas que llevan en sus manos.
Al salir de Corferias, ¡bella sorpresa!, un clásico atardecer bogotano (pocas ciudades en el mundo tienen mejores atardeceres que esta). Como en una película cursi, muy cursi, el sol, justo en ese momento, caía exactamente por el medio del arco. Recordé que alguien me había dicho hace poco que en Brasil las personas aplauden cuando llega el atardecer. No tengo idea de si sea cierto; en todo caso, me pareció un poco tonto. Pero, al mirar este atardecer, lo confieso con cierta vergüenza, me dieron ganas de aplaudir.
— Simón Uprimny Añez
28 de abril: Delia, perdón por dejarte encerrada
Querida Delia:
Solo a mí podía pasarme algo tan absurdo como dejarte encerrada en mi carro. Hablo de los ejemplares del último número de Gaceta, dedicados a tu vida y obra, que quedaron atrapados mientras, en nuestro estand de la FILBo, los lectores preguntaban ansiosos por la revista que ya se había agotado.
Durante la primera semana de feria, esta edición ha sido el centro de atención del estand. La piden, la hojean con curiosidad, la llevan con alegría. Algunos se sorprenden al descubrir que no fuiste solo una maestra del folclor nacional, sino una intelectual, una profesora, una escritora, una viajera: una mujer de la que muchos apenas sabíamos el nombre. Por eso siento culpa por lo que pasó.
El cuento es este: en medio del ajetreo de los eventos y de la distribución de nuestras publicaciones, salí hacia la bodega donde reposaban los ejemplares para surtir de nuevo tu revista. Atravesé trancones, desvíos, estrés, cansancio. Ese tráfico de feria que parece hecho para probar la paciencia. Llegué al recinto en la noche, con el carro lleno de cajas y una sola misión: devolverte a la FILBo.
Entré al evento que teníamos sobre El Club Negro de Colombia, del cual formaste parte, y pensé que, al salir, todavía habría tiempo para llevar las cajas hasta su lugar. La feria, por supuesto, tenía otros planes. Cuando terminó el evento, ya eran cerca de las ocho de la noche. La logística no permitió el ingreso de los ejemplares y, para completar la escena, tampoco teníamos la tarjeta para sacar el carro del parqueadero. Entonces ocurrió lo que no quería: no pudiste entrar. Tú, que habías cruzado trochas, montañas y ríos, quedaste detenida por una restricción logística. Tuviste que pasar la noche encerrada en un parqueadero.
Yo tuve que dejar el carro cargado de revistas y regresar a mi casa en TransMilenio, con una mezcla de culpa, fastidio y risa nerviosa. Pensaba en los lectores que te estaban esperando. Pensaba en el trabajo periodístico, editorial y logístico detrás de esa edición. Pensaba en el equipo que ha corrido durante meses para que tu memoria no sea solo una conmemoración, sino una presencia que resuene en el presente.
Por eso te pido disculpas. Perdón por haberte dejado encerrada durante una noche. Perdón por no lograr, ese día, que llegaras a tiempo a las manos que te estaban buscando. Perdón por el drama. Pero quiero decirte que esa culpa tiene sentido: he entendido en estos días que una publicación carga el coraje y el esfuerzo de muchos.
Al día siguiente me levanté con un solo objetivo: sacarte de ahí. Corrí otra vez. Volví al carro. Abrí las cajas. Y sentí que, de alguna manera, no estaba solo transportando publicaciones: estaba devolviéndote tu lugar en el estand, en la feria, frente a lectores que, en muchos casos, apenas empiezan a descubrir tu grandeza.
—Marcela Camacho
29 de abril: Armemos otra cosa
Tengo un rato para sentarme. Aprovecho que hace sol y busco una silla que esté libre en la terraza del pabellón Colombia. Estoy con el tema en la cabeza y me resulta inevitable hacer el recuento.
2017. Año Colombia-Francia. Diez escritores son invitados al evento de la Bibliothèque de l‘Arsenal de París organizado por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional. Un grupo de cuarenta escritoras firma un manifiesto titulado Colombia tiene escritoras en el que cuestiona a las instituciones públicas sus criterios de selección y exige una democratización del acceso a las convocatorias de recursos públicos.
2018. En la Feria Internacional del Libro de Barranquilla, un grupo de mujeres vestidas de blanco se manifiestan con el performance Es el tiempo de las amazonas para rechazar que dos hombres, Plinio Apuleyo Mendoza y Mauricio Vargas, fueran los invitados a conversar sobre el legado de la escritora Marvel Moreno; hombres que consideraron más interesante repasar anécdotas de la vida de Moreno que el valor literario de su obra.
2018. La Red Colombiana de Mujeres Filósofas reúne 2.500 firmas y expresa su indignación con la afirmación Sin mujeres no hay filosofía ante los resultados del concurso docente de la Universidad Nacional en el que el Departamento de Filosofía, conformado entonces por diecisiete profesores hombres y una sola profesora, anunciaba a un hombre como ganador del concurso.
2026. Un grupo de 231 mujeres del sector editorial firma un comunicado titulado Armemos la espantosa: Colombia tiene escritoras, en el que exigen criterios de paridad, transparencia y participación en los procesos de la Cámara Colombiana del Libro a propósito de la mesa inaugural de la FILBo 2026, conformada por doce hombres y una mujer: la ministra de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia.
Es un recuento breve y aleatorio del tiempo presente. Porque la insistencia en el reconocimiento ha sido el leitmotif de las mujeres que participan en la vida intelectual, política y cultural desde hace un siglo. Hemos hablado de invisibilización, de inequidad, de autonomía. Hemos hecho revistas, programas de radio, editoriales, investigaciones, colecciones de escritoras colombianas. Hemos ganado derechos. Hemos ocupado nuevos espacios. Cien años, digamos, en esta tarea. Fructífera, sin duda.
Con todo este recorrido, yo sinceramente me pregunto, amigas, compañeras, trabajadoras de la palabra: ¿de verdad lo que queremos a estas alturas del partido —o del proceso— es «armar la espantosa»? Creo que las mujeres del ecosistema editorial estamos para mucho más que insistir en un eslogan falto de acierto y firmar otro comunicado que no va a tener el impacto real que esperamos que tenga en el sector cultural.
Imaginemos, convoquémonos, veámonos, escuchémonos. Pensemos y trabajemos juntas sobre estas exigencias que acordamos. Salgamos de esta feria, que tanto trabajo nos requiere, y juntémonos para que, de una buena vez, nos organicemos y armemos otra cosa.
— María Lucía Ovalle
30 de abril: Quizás la escritura no es tan solitaria
Bajo un sol picante que deshizo la necesidad de capas, sombrillas y chaquetas con las que salimos de nuestras casas esta mañana, observo los ríos de gente que atravesaban la Feria del Libro. Son las cuatro de la tarde y yo almuerzo un sánduche de atún que traje de mi casa. Los niños y niñas de los colegios corren, se empujan, se rien; incluso, cuando los profesores no miran, se coquetean, aprovechando el cambio de rutina, tan lejos de los salones. Hay gente que sabe a dónde va y avanza con prisa decidida; algunos, más perezosos, caminan sin rumbo disfrutando de un helado. Periodistas e influencers se hacen espacio entre la masa para grabar sus reportajes y notas. Bajo algunos espacios de sombra, otros observan, como yo, la plaza central de Corferias.
Falta una hora para la presentación de mi nuevo libro. Mis papás, mis tíos, mi novia y mis amigos vienen en camino. Y mientras le doy los últimos mordiscos a mi sánduche, satisfecho por haber escapado a las filas interminables de la zona de comidas, me pregunto cuántos de los cientos que tengo al frente —los que se van, los que llegan— vinieron a la presentación de un libro de alguien que quieren. Aunque no la conozcamos al detalle, sabemos que cada día en la FILBo significa una lista inagotable de eventos y presentaciones, en grandes auditorios y en pequeños espacios improvisados en los que se cuelan los murmullos de otros espacios improvisados vecinos, de autores consagrados con una bibliografía de dobles dígitos o de escritores primerizos, de novelas, reportajes o poemarios, de trabajos periodísticos o de divulgación científica. Pienso en que cada una de esas presentaciones puede ser, también, un encuentro para las personas que han acompañado, impulsado, sostenido el trabajo solitario de cada autor: una hora en la que se materializaban todas las horas de los días, las semanas, los meses y los años de teclear y teclear. Una hora en la que se materializa el resultado de tantas veces que le preguntaron al autor cómo iba con su libro.
Entre todos los roles que se pueden cumplir en la FILBo, empiezo a buscar en medio de la multitud a esas familias y amistades orgullosas. Quizás no es la primera ni será la última presentación de cada libro, pero que sea en la Feria tiene algo especial. Entonces me alegro por todos ellos. Por los autores, primero. Pero, sobre todo, por todas las personas que en cada presentación hacen de la alegría de los autores la suya propia, y de cada libro, entre otras cosas, una suma de afectos. Y siento que, después de todo, la escritura no es tan solitaria.
—Santiago Cembrano
1 de mayo: La ilusión del país invitado
¿Para qué sirve exactamente tener un país invitado en una feria del libro? Hace unos meses, el editor Nicolás Morales planteó esta pregunta en Facebook, pero su invitación no cosechó más que elocuentes silencios. El mutismo, en este caso, es significativo: sugiere que nadie tiene una respuesta del todo satisfactoria, o que quienes podrían tenerla prefieren no formularla en voz alta.
Si atendemos a la teoría, la figura tiene dos propósitos paralelos, aunque no necesariamente vinculados entre sí: que la embajada del país invitado financie el viaje y la estancia de algunos autores, y que el pabellón correspondiente funcione como una ventana genuina hacia su cultura. Algo muy distinto de una vitrina de turismo o de gastronomía: un espacio donde la literatura, el pensamiento y la historia del país invitado puedan dialogar con los del país anfitrión, y donde ese diálogo produzca algo que el público desconocía. Son objetivos modestos y razonables. El problema es que, en la práctica, rara vez se cumplen.
Lo que hemos visto en estos días en el Pabellón de la India en la FILBo 2026 ilustra con nitidez los problemas de larga data que aquejan a este modelo. El comité organizador no solo fue incapaz de convocar a alguna figura realmente relevante del mundo literario indio —Kiran Desai apenas lo es, incluso siendo en extremo generosos—, sino que redujo una cultura milenaria y enormemente compleja a unos lugares comunes y a unas carteleras tan penosas que harían avergonzar incluso a un escolar de primaria.
Este caso dista de ser una anomalía: es un patrón que se repite con desconcertante regularidad. En la FILBo de 2024, dedicada a Brasil, hubo un sinnúmero de eventos sobre capoeira. En la Feria de Cali de ese mismo año, con Japón como invitado, la programación se concentró en talleres de arreglo floral, preparación de sushi y catas de té. Y en la Fiesta del Libro de Medellín, donde Francia ocupó el pabellón de honor, la nota dominante fueron las clases de francés y los talleres de robótica. Vale la pena preguntarse por qué ocurre esto con tanta insistencia, y si no será hora de replantear el modelo desde sus cimientos.
Las ferias del libro son espacios híbridos que deben cumplir, simultáneamente, con exigencias contradictorias: ser exitosas desde el punto de vista comercial y funcionar como escenarios de reflexión cultural. Divididos entre ambos objetivos, los organizadores enfrentan la presión de atraer grandes audiencias —imperativo que, en la mayoría de los casos, proviene de sus socios comerciales o institucionales— al tiempo que intentan satisfacer las expectativas de públicos con intereses más específicos. En ese contexto, las celebridades, la gastronomía y lo que en inglés llaman wellness se han convertido en los recursos predilectos para captar la atención de un público que, en general, muestra poco interés por comprar libros y menos aún por leerlos.
El problema no es que esas actividades existan: en un evento que también debe funcionar como fiesta popular, tienen su lugar legítimo. Lo que resulta inadmisible es que hayan ido ocupando —y en más de una ocasión reemplazando— el espacio que debería estar reservado para los libros. Y dado que siempre será más fácil atraer público con las delicias del pan chapati o con las asanas del yoga que con una charla sobre, digamos, las traducciones de Eduardo Carranza de los poemas de Rabindranath Tagore, los organizadores de ferias carecen de incentivos para diseñar programaciones que pongan la cultura escrita en el centro y se aparten de las lógicas de la celebridad y el presentismo.
El resultado, inevitablemente, es la pereza intelectual. Y la pereza intelectual tiene un daño colateral que casi siempre pasa inadvertido: convierte al país invitado en un estereotipo o, peor aún, en una caricatura. El pabellón de Japón en Cali podría haber incluido —sin sacrificar el origami ni el ikebana— una charla sobre Nicolás Tanco Armero, el primer colombiano que viajó a Japón y lo contó en su libro Recuerdos de mis viajes (1888). El de Francia podría haber ilustrado al público sobre cómo José María Torres Caicedo acuñó el corónimo «América Latina» en París, hacia 1856. El de Brasil podría haberle dedicado un espacio a Elkin Obregón —cuya labor como traductor de cerca de cuarenta títulos de la literatura brasileña parece no considerarse culturalmente relevante—. Y el de la India podría haber reconstruido las circunstancias por las que Daniel Samper Ortega escribió, en 1934, su muy sorprendente artículo «Colombia en la India inglesa». Ese es el tipo de hallazgos que una feria del libro está en posición privilegiada de producir, y que casi ningún otro espacio cultural tiene ni los recursos ni la convocatoria para hacer circular.
Pero producirlos exige algo que escasea: voluntad de salirse de las rutinas mentales, disposición para entender que la literatura no se reduce al mercado literario, y una relación distinta —menos extractiva, menos dependiente— con las embajadas de los países invitados.
El modelo del país invitado tiene remedio, pero hay que rehacerlo de arriba abajo. Reformarlo implica, en primer lugar, reconocer que tal como funciona hoy produce, con demasiada frecuencia, programaciones mediocres que perjudican tanto al país homenajeado como al público que asiste. E implica, en segundo lugar, recuperar algo que las ferias tienden a olvidar en su carrera por los grandes números: que su función más valiosa es producir sorpresa, descubrimiento y conocimiento genuino, antes que confirmar lo que el mundo ya sabe. Para eso, paradójicamente, hacen falta menos celebridades y más erudición. Menos espectáculo y más rigor. Y, sobre todo, más valentía para apostar por lo desconocido.
2 de mayo: Jugar a ser policía
El viernes 1 de mayo, llegando al auditorio donde se presentó el nuevo número de Gaceta, pasé por el estand de la Policía Nacional de Colombia. Como toda la Feria del Libro, estaba repleto. Decidí volver al día siguiente para entender cuáles eran los libros que presentaba la Policía, qué abarcaba su línea editorial y, sobre todo, cuál era el atractivo que convocaba a tanta gente.
Al interior de la Feria del Libro hay múltiples ferias. La que descubre cada lector según sus intereses, claro, pero hay también una feria gastronómica, que incluye fritos varios, lechona, sopas instantáneas y una oferta abundante de postres; una social, para reencuentros que tienen lugar una vez al año; una musical, que sucede en puestos como el del departamento del Chocó, que ese sábado, hacia la una de la tarde, se encendió en una gran chirimía; y una laboral, para quienes buscan nuevas oportunidades o a la persona indicada para contratar. Este es, de hecho, uno de los fines principales del estand de la Policía en el Pabellón Colombia: fomentar la incorporación a sus filas.
Así me lo explicó el agente encargado de presentar un sofisticado dispositivo industrial que resultó ser una turbina de un helicóptero Black Hawk. Los visitantes del estand podían incluso sentarse en un simulador del Black Hawk, con una silla de gamer y tres grandes pantallas. El estand de la Policía —que, al igual que el día anterior, estaba a reventar— me recordó a Divercity, el parque temático del centro comercial Santa Fe donde los niños jugaban a ser periodistas, mineros o embotelladores de Coca-Cola, entre muchas otras profesiones. Junto a la turbina del helicóptero, un hombre en bata procesaba muestras en un pequeño laboratorio, como en Alerta Aeropuerto, para identificar cuáles eran drogas y cuáles no. Lo rodeaba una veintena de curiosos; sobre la mesa había bolsitas plásticas marcadas con etiquetas como «té matcha», «jabón» y «café».
Entendí que el estand apuntaba a mostrar algunos de los aspectos más emocionantes del trabajo policial: volar helicópteros, incautar drogas, luchar contra la extorsión (esta experiencia incluía ponerse un chaleco antibalas). De todas formas, me hacían falta los libros. Seguro que en un estand de la Feria del Libro tenía que haber libros, ¿no? Los encontré en la parte de atrás, una pequeña estantería con publicaciones como Documento de orientación para el control de cannabis, Guardianes de la transformación social: símbolos y narrativas desde un enfoque diferencial y el nuevo número de la revista ECSAN —la revista de la Escuela de Cadetes de Policía General Francisco de Paula Santander—, que busca impulsar la educación y el liderazgo policial.
Sin embargo, los libros de la Policía no lograban atrapar el interés de los visitantes, que preferían acercarse a un uniforme acorazado, negro, de más de un metro ochenta de altura, como los del Esmad, ubicado al lado de la estantería; probablemente era la única oportunidad que tendrían para examinarlo de cerca con tranquilidad. Casi todos repetían el mismo gesto: golpearlo con los nudillos como quien se anuncia en una casa. «Claro, se nota que es antibalas», dijo una señora. «Mira, tienen protección especial para que no les peguen en los testículos», le dijo un padre a su hijo, de unos cinco años, que miraba asombrado el uniforme. Si el parque temático cumplió con su cometido, quizás ese niño recordará el 2 de mayo de 2026 como el día en que, en la Feria del Libro de Bogotá, descubrió que quería ser policía.
—Santiago Cembrano
3 de mayo: Tres desconocidos intervinieron mi biblioteca
Eran las cuatro de la tarde, hacía un sol de puta madre y yo era una mancha leve en medio de una procesión que no avanzaba. Iba en camino al pabellón de Penguin Random House para buscar los libros de Patrick Radden Keefe, el meticuloso periodista investigativo de The New Yorker, por recomendación del director de Gaceta, Mario Jursich. A esa hora, la FILBo no era una celebración de los libros ni una celebración de nada: era una prueba de aguante físico y mental. Una romería cultural con insolación y deshidratación incluidas. Al llegar al pabellón, leí las contratapas de Radden Keefe. Quedé alucinado por lo que parecían dos investigaciones monumentales sobre la crisis de los opioides en Estados Unidos y la trata de inmigrantes chinos hacia Nueva York, pero decidí irme. Algo —quizás un grito sofocado, tal vez un llamado a la cordura— me llevó a salir del hervidero y tirarme sobre un andén.
Mi cabeza, sin misiones por delante, empezó a divagar. Llevo quince años yendo a la FILBo y saliendo con libros de periodismo bajo el brazo, como si anualmente necesitara renovar la fe en el oficio. Este año quebré la tradición. Escribo esto para descubrir por qué.
Empezaré diciendo que muchas veces vamos a la FILBo a reafirmar la identidad del personaje público que inventamos. Vamos a llenar los huecos de la biblioteca de ese personaje. A comprar el libro que confirma una obsesión, una formación, una pertenencia. A veces compramos libros como evidencias. Pruebas de que la vocación sigue fortalecida y, en mi caso, de que sigo siendo más periodista que nunca, no vaya a ser que me confunda y me crea otra cosa. Esta vez, tal vez harto de mí mismo, hice algo distinto: decidí no robustecer mi biblioteca. Dejé que otros la intervinieran.
Elegí el pabellón 17, me concentré en tres editoriales independientes —Laguna, Mirabilia y Raya— y permití que tres libreros desconocidos guiaran un nuevo rumbo. Lo mejor que me pasó durante esta feria fue hablar con ellos: Paula, Angélica, Santiago, Daniel y varios más. No buscaba en ellos una escena para una historia ni una frase para entrecomillar. Hablamos. Les pregunté qué era lo más inquietante que habían leído en el último tiempo o qué libro los hacía sentir orgullosos, y dejé que las respuestas hicieran su trabajo.
Dejé que se explayaran. Que vertieran su euforia sobre mí. Que tomaran los desvíos que creyeran necesarios. Era su momento. Después de meses de trasnocho, cajas cargadas, facturas preocupantes, probables ganas de mandar todo a la mierda y dudas razonables sobre la viabilidad de seguir haciendo libros, la Feria es también la revancha de estos obreros culturales: el instante en que toda esa lucha recibe una compensación económica y simbólica que no ocurre en ningún otro momento del año. Creo que una buena conversación puede reparar, al menos un poco, lo que la precariedad ha fisurado dentro de cada uno de nosotros.
El resultado fue una biblioteca que no estaba buscando. Compré Galápagos, de Fátima Vélez, una novela impúdica sobre cómo la enfermedad nos desintegra; Tres cuentos espirituales, de Pablo Katchadjian, relatos de gente que viaja para hacerle muecas a la angustia; La exposición de atrocidades, de J. G. Ballard, ciencia ficción sobre los delirios políticos, sexuales y existenciales del siglo XX; los fotolibros El pez muere por la boca, de Santiago Escobar-Jaramillo, y El precio de la tierra, de Alessandro Cinque, sobre comunidades anfibias, narcotráfico y minería ilegal.
Durante unos días no declaré quién era. Dejé descansar a mi personaje. No ornamenté mi autobiografía intelectual. Renuncié a la vanidad de comprar solo lo que me confirma. Me sentí aliviado. Hay días en que uno no necesita encontrarse: necesita perderse en el pabellón de las independientes con buenos guías.
Pienso en la célebre frase de Arthur Rimbaud: «Yo es otro». El poeta aplaca su ego para convertirse en un receptáculo donde confluyen voces, impulsos y voluntades que no le pertenecen. Quizá un lector, algo que también soy, puede aspirar a eso. No a ser una identidad cerrada que elige libros para declarar lo que es, sino un lugar de paso: una zona de interferencia, un cuerpo contaminado y embellecido por gustos ajenos. Leer fue, esta vez, permitir que otros modificaran mi deseo. Crearé una nueva sección en mi biblioteca. Se llamará: Libreros desconocidos. Allí guardaré todo lo que me ayude a desviarme de mí.
— William Martínez
4 de mayo: Libros raros
Llegué a la FILBo con un propósito claro: encontrar el libro más raro que pudiera encontrar en el pabellón de las editoriales independientes colombianas. Vi muchas rarezas. Desde libros que se extendían como códices, hasta libros de artistas que parecían complejas performances encapsuladas en páginas, pasando por libros minúsculos y otros de formato gigante.
En medio de la misión, di con un estand particularmente raro: el de Ediciones Vestigio. Se trata de una editorial que publica, según podía leerse en uno de sus pendones, «libros bizarros» y «literatura weird». Me acerqué y le pregunté a la encargada, una mujer joven, a qué se referían con esas etiquetas y cuál era el libro más raro que tenían. Me respondió que estaba de suerte porque tenían muchos libros raros, pero que uno de los más raros había sido escrito por un autor que justo en ese momento también se encontraba en el estand. Él, un par de metros a su derecha, conversaba con otro curioso. Al terminar de atenderlo, se acercó a hablar conmigo durante unos minutos.
Su atuendo era ya singular. Llevaba un saco azul, una corbata de dinosaurios multicolores atada directamente a su cuello, gafas gruesas y redondas y un gorro ruso de invierno (a pesar del bochorno intenso del pabellón abarrotado de público). Me dijo amablemente que su nombre era Camilo Ortega y que firmaba sus libros con su pseudónimo: Hank T. Cohen.
Le pregunté qué era la literatura weird. Me explicó que es aquella que aborda temas oscuros, relacionados con el horror y la ciencia ficción, en la que a menudo se mezclan elementos fantásticos con otros científicos para crear atmósferas inquietantes. Me dijo que es un género bastante popular en Estados Unidos y que en los últimos años ha tomado fuerza en Latinoamérica, con elementos propios de nuestras tierras. También me contó que, en su caso particular, hacía literatura pornogore y sobrenatural, y que sus textos se caracterizan por descripciones minuciosas de hechos físicos violentos que a muchos lectores pueden resultarles repulsivos —como, por ejemplo, mutilaciones— y que frecuentemente se mezclan con actos sexuales para nada convencionales.
Sobre la mesa del estand estaba el libro al que se refería la chica, que parecía corresponder perfectamente a la exposición de Hank. Se titulaba El pornógrafo. La portada, recargadísima, era ciertamente extraña: una amalgama de formas y colores difíciles de discernir en la que figuras humanas se mezclaban con elementos tan insólitos como hongos, postes de electricidad y unas garras de algo que parecía ser una máquina. No tengo idea de qué era el resto de cosas.
Le di la vuelta al libro; en su contraportada, se leía el siguiente texto: «El genocidio del último hombre del planeta. El primer acto de terrorismo pornográfico en la historia. El amor prohibido entre un hombre y su tostadora. Un ritual arcano para cultivar los últimos dientes en una abandonada nave espacial. En El pornógrafo, el escritor colombiano Hank T. Cohen explora los límites del horror corporal, la fantasía y la ciencia ficción en una primaveral pesadilla de terror extremo: el equivalente literario de una película de John Carpenter llena de humor, un homenaje a los slasher films que conforma la primera muestra de bizarro y splatterpunk colombiano».
Los slasher films —lo busqué después— son películas en las que un asesino o un grupo de asesinos vigilan un lugar con personas adentro y luego cometen varios asesinatos, usualmente por medio de una cuchilla o alguna herramienta afilada. En cuanto al splatterpunk, es un subgénero de la ficción de terror surgido en los años ochenta que se caracteriza por una representación explícita de la violencia extrema y del sexo grotesco.
Alguien escribió hace un par de días en una red social que esta Feria del Libro le había parecido una repetidera de la repetidera, pues no había encontrado verdaderas novedades en los pabellones de las grandes editoriales. Otro internauta, más lúcido, le contestó que si únicamente se dedicaba a visitar los pabellones de las grandes editoriales, no iba a descubrir jamás las novedades de las editoriales independientes, que pueden tener muchos menos recursos, pero que, por eso mismo, parecen tener menos ataduras y más libertad para experimentar.
Nunca había escuchado de Ediciones Vestigio ni de Hank T. Cohen. Lo más probable es que nunca lea uno de sus libros (no sé si quiero descubrir de qué va el amor prohibido entre un hombre y su tostadora). Aunque sospecho que debe haber cosas interesantes en ellos, no es el tipo de literatura al que quiero dedicarle mi tiempo. Sin embargo, me parece innegable que es valioso que casas editoriales y autores prueben cosas nuevas y osadas. Los lectores, por su parte, deben jugar el juego y arriesgarse a conocerlas.
—Simón Uprimny Añez
5 de mayo: Reflexión final
En el útimo día de la FILBo, estudiantes de colegios y universidades aún visitaban nuestro estand en busca de nuestras publicaciones. En el aire quedaba un clima de profunda gratitud, como la que deja en nuestras almas una conversación transformadora. Fue un encuentro con quienes nos leen y nos visitan, con quienes creen en la palabra como escenario de cambio, incluso después de las cinco de la tarde, cuando nuestro inventario se extinguía. Cada saludo, cada gesto de inquietud frente a nuestras publicaciones, sus publicaciones, confirmó que la edición pública no es un acto desapercibido por los colombianos.
En estas dos semanas descubrimos senderos de sentido, extendimos puentes entre voces y audiencias, convocamos a una ciudadanía activa y ávida de conocer su país, de hacer parte de nuestra Casa Común. Al final del día, nos despedimos con la satisfacción de compartir nuestras publicaciones, atravesadas por saberes, emociones, corazones y territorios tan diversos como Colombia. Esto va más de un compromiso cumplido: la FILBo fue un encuentro que implicó planificación, política, pedagogía y responsabilidad social y comunitaria, que dejó como eco la emoción de una comunidad en busca de publicaciones que potencien sus reflexiones sobre el devenir cultural de nuestro país.
—Leonardo Sánchez