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Camilo Torres, homo politicus

27 de abril de 2026 - 12:20 am
Camilo Torres suele quedar atrapado en la etiqueta del «cura guerrillero». Pero detrás de ese rótulo hubo un hombre que pensó el país con una seriedad radical: estudió, organizó, calculó. La autora de El presidente que no fue: La historia silenciada de Gabriel Turbay vuelve sobre su figura para mostrar a un Camilo distinto, uno que entendió que la justicia social no se improvisa: se diseña, se trabaja y se arriesga en el terreno mismo de la realidad.
Camilo Torres. Ilustración de Estudio Valiente.
Camilo Torres. Ilustración de Estudio Valiente.

Camilo Torres, homo politicus

27 de abril de 2026
Camilo Torres suele quedar atrapado en la etiqueta del «cura guerrillero». Pero detrás de ese rótulo hubo un hombre que pensó el país con una seriedad radical: estudió, organizó, calculó. La autora de El presidente que no fue: La historia silenciada de Gabriel Turbay vuelve sobre su figura para mostrar a un Camilo distinto, uno que entendió que la justicia social no se improvisa: se diseña, se trabaja y se arriesga en el terreno mismo de la realidad.

Camilo Torres tuvo siempre un profundo interés por la política, entendida en el sentido noble de la palabra: el βίοc πολιτικόc, la vida política que, para Aristóteles, es la más alta de las disciplinas, la «ciencia soberana entre todas», porque busca establecer el bien común por medio de la justicia; es decir, se ocupa del interés general. No se trata, entonces, de un gusto por la política en el sentido habitual de nuestros días —competir electoralmente por un cargo o intrigar para obtener un beneficio personal—, sino de la voluntad de intervenir en el ámbito de la acción humana y de participar en la esfera pública.

Fue este interés sincero por la política lo que lo llevó a ser un hombre de acción. Camilo Torres no fue un teólogo —no elaboró un pensamiento propio sobre las nociones de Jesús transmitidas, o deformadas, por los teóricos de la Iglesia católica—. Su religiosidad no se orientaba a la meditación ni a la oración. Tampoco lo motivaba ser simplemente un cura de barrio, influyente entre sus feligreses y pagado con las misas.

Camilo Torres fue, por el contrario, un hombre que buscó tener impacto en el mundo que le correspondió vivir, y lo hizo por medio de la política. Toda su trayectoria estuvo marcada por esa búsqueda: como fundador del Círculo de Estudios Sociales en el Seminario Conciliar de Bogotá; como estudiante en Lovaina, con su grupo de estudios Equipo Colombiano de Investigación Socioeconómica (EcrsE); como fundador del Movimiento Universitario de Promoción Comunal (Muniproc); como sociólogo en la Escuela Superior de Administración Pública (EsAP); como guerrillero efímero del Ejército de Liberación Nacional (ELN)…

¿Qué animaba esa búsqueda? De manera central, la convicción de que los mismos derechos debían ser otorgados a individuos distintos; esto es, que esas diferencias no debían considerarse naturales, sino revertirse por medio de la acción humana. Sin necesidad de apelar a fuentes de autoridad, Camilo Torres defendía aquello que Hannah Arendt define como uno de los ejes de la acción política: que todos los individuos puedan ejercer su libertad, empezando por la libertad de deliberar y decidir sobre su destino común.

Camilo Torres buscó la transformación de Colombia y, de manera muy concreta, la ampliación de los derechos y la dignidad de quienes menos cuentan en la sociedad: los pobres, los marginados, los migrantes sin raíces en la gran ciudad, los campesinos sin tierra. La acción política que puso en práctica no fue la mera prolongación de la caridad cristiana. Para él, en cambio, la acción pensada, reflexiva y sustentada científicamente formaba parte de su compromiso: «La caridad es servicio, y el medio más apropiado para servir es la ciencia», escribía en 1956 (1).

Camilo Torres había pasado por la Facultad de Derecho y había estudiado Filosofía y Teología, pero nada de esto le permitía desplegar lo que buscaba: la acción política. Tampoco fueron las clases de la Universidad Católica de Lovaina las que le mostraron el camino. Sus aprendizajes decisivos los tuvo a mediados de los años cincuenta, cuando trabajó con los curas obreros en Bélgica, entró en contacto con los mineros de Lieja y acompañó a los recicladores del Abate Pierre en París.

Después de estas experiencias, decidió estudiar las condiciones de vida de los pobres en Bogotá (1956-58).

¿Por qué escogió este tema? Porque quería transformarlas. En su proceder se advierte con claridad cómo entendía el «amor eficaz»: para abordar el problema de los desposeídos —lo que hoy llamaríamos el «problema social»: la pobreza, el hambre, los bajos salarios…— era necesario estudiar con rigor, elaborar un diagnóstico y apelar al Estado para que interviniera de manera positiva. Su trabajo sobre Bogotá —posteriormente publicado con el título La proletarización de Bogotá— es un documento pionero en Colombia, sólido en su análisis y sustentado en datos y fuentes serias.

Este método acompañó a Camilo Torres durante toda su trayectoria como científico social. Si como cura no le bastaba con decir misa y recibir limosnas, como profesor tampoco le atraía encerrarse en el aula, impartir clases rutinarias y contentarse con su salario. Su intención, como sociólogo, seguía siendo la misma: cambiar el statu quo. Lo hizo desde las diversas posiciones que ocupó: como profesor de la Universidad Nacional, donde ayudó a crear y dar vida a la Facultad de Sociología y donde defendió a estudiantes expulsados injustamente; como fundador de la Acción Comunal, una institución que buscaba fortalecer la capacidad creadora y propositiva de las organizaciones de vecinos, en lugar de limitarse al asistencialismo; como analista y promotor de una reforma agraria en Colombia. Evidentemente, tenía razón al buscar esos cambios.

Desde el punto de vista moral, desde la racionalidad y desde las estructuras sociales, su lucha tenía pleno fundamento. Y su mensaje tuvo eco: fue escuchado. Las generaciones jóvenes comprendieron que este cura no era como los demás. Camilo Torres era sacerdote, pero no tenía reparo en colgar la sotana en el perchero si esta les incomodaba a sus huéspedes, o en descalzarse, fumar su pipa y conversar con comunistas, ateos y protestantes. Era el capellán de la Universidad, pero eso no le impedía mantener una relación cercana con los estudiantes, además de simplificar el rito: celebraba misa en español —y no en latín— desde antes del Concilio que introduciría oficialmente ese cambio. A quien no le agradaba nada esta conducta era al cardenal Concha, que en 1962 lo apartó de la Universidad Nacional y lo envió a la parroquia de la Veracruz. Pero Camilo Torres no estaba dispuesto a quedarse con la sotana puesta y los brazos cruzados.

El medio que fue el suyo y la época que le tocó ejercieron una gran influencia en sus convicciones políticas y en el sentido de su acción. Los revolucionarios cubanos habían triunfado recientemente, Estados Unidos había fracasado en su intento de invadir la isla en Bahía de Cochinos, los movimientos de izquierda estaban en ebullición. Se hablaba de todo, se discutía todo. Camilo Torres tuvo amigos y contactos en muchos sectores, desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana. En varios grupos de izquierda y estudiantiles había curiosidad por las nacientes guerrillas. En el plano religioso, llegaban los ecos del reformismo del Concilio Vaticano II (1962). Este era el aire que se respiraba en los predios de la Universidad Nacional y en la intelectualidad de avanzada.

Muy diferentes eran los aires por los lados de la Arquidiócesis, de los gremios y de la gran prensa. Los obstáculos que encontró Camilo Torres —principalmente en la jerarquía de la curia, así como en el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora) y en los medios— fueron considerables. La política aún no estaba infiltrada por las mafias, de modo que sus enemigos no eran, como hoy, quienes compran conciencias y negocian cuotas de poder. Sus opositores eran los cancerberos de los grandes intereses. Uno de ellos, en el Incora, fue Álvaro Gómez Hurtado (hijo de Laureano, uno de los grandes responsables del clima de violencia política en la década anterior). Mientras Camilo Torres y sus aliados —los sacerdotes humanistas Germán Guzmán y Gustavo Pérez— proponían ir a Marquetalia para estudiar las condiciones bajo las cuales la guerrilla campesina podría desactivarse, Gómez Hurtado pedía bombardeos. La jerarquía de la Iglesia se opuso a la comisión de estudios. Ya sabemos lo que ocurrió después.

En 1965, las fuerzas políticas de izquierda comenzaban a aglutinarse en el Frente Unido. La agitación y la militancia eran entonces el estado natural de la juventud, y Camilo Torres se había convertido en la figura capaz de cohesionar a los grupos de izquierda que rechazaban la modorra impuesta por el Frente Nacional. Pero para la Iglesia, guardiana del orden establecido, resultaba impensable un cura tan popular, tan libre en su pensamiento y tan dispuesto a seguir trabajando eficazmente —es decir, con rigor y datos— por amor a su pueblo, a los desposeídos. Por eso, días antes de romper con la jerarquía y abandonar el sacerdocio, Camilo Torres afirmaba:

Yo considero que el clero colombiano, por lo menos en la impresión que deja ante la opinión pública, aparece con una mentalidad más feudal que capitalista y, en el mejor de los casos, con una mentalidad netamente capitalista. La mentalidad feudal se caracteriza fundamentalmente por el deseo de posesión, haciendo caso omiso del lucro, de la productividad y del servicio a la comunidad. La mentalidad capitalista por el deseo del lucro, sin considerar el servicio a la comunidad (2).

Camilo Torres era lo contrario de un populista: estudiaba las circunstancias, se aplicaba en cada tema, formulaba propuestas. No creía en el caudillismo y no quería ser un caudillo: «No podemos volver a basar nuestra revolución en un caudillo; nuestra revolución tiene que ser no obra de un hombre, sino obra de una clase, de la clase popular colombiana». Por eso, ya distanciado de la Iglesia católica, después de haber denunciado públicamente los grupos de presión y de haber intercambiado con distintos sectores de izquierda, dio a conocer el programa del Frente Unido, la plataforma que debía unir a las izquierdas y señalar el horizonte de la acción:

He presentado primero una plataforma antes de presentarme yo personalmente, porque creo que un pueblo organizado y realmente revolucionario no debe seguir a un caudillo; lo que debe seguir es programas. Creo también firmemente que nosotros no podemos con confiarle a un hombre la obra de un pueblo; el pueblo colombiano tendrá la responsabilidad de la revolución en el momento en que logre liberarse del caudillismo, del personalismo (3).

Hoy, a sesenta años de su muerte, ¿quién puede citar siquiera un punto de ese programa? Casi nadie, a juzgar por las formas de la conmemoración. Los ritos religiosos, las varias misas y las abundantes declaraciones sobre sus restos opacaron los intentos de discutir su pensamiento político, pese a ser el elemento determinante de su vida.

Aquí sería imposible transcribir el programa en su totalidad; he escogido solo cinco puntos, para que los lectores puedan formarse una idea cabal de sus propuestas para aquella Colombia de 1965:

I. Reforma agraria: La propiedad de la tierra será de quien la esté trabajando directamente.

IV. Cooperativismo: Se fomentará por todos los medios el sistema cooperativo en todas sus formas: de crédito y ahorro, de mercadeo, de producción, de construcción, de consumo, etc. El cooperativismo será libre dentro de la planeación democrática indicada por los organismos populares e institucionalizada por el Estado.

V. Acción comunal: Se fomentará la acción comunal como fundamento de la planeación democrática, tanto en los sectores rurales como en los urbanos. Con base en ella se revitalizará la vida municipal hasta lograr que los municipios, con autoridades elegidas libremente por los vecinos, se conviertan en células vivas de la nacionalidad.

XIII. Delitos sociales: Se considerarán como delitos sociales, además de los actualmente tipificados en nuestra legislación penal — además del ya señalado abandono del hogar— los siguientes: usura, acaparamiento, especulación, fuga de capitales, contrabando, difamación por la prensa, la radio, la TV o el cine, y la desorientación de la opinión pública por medio de falsas noticias o informaciones incompletas o tendenciosas.

XIV. Fuerzas armadas: El presupuesto para fines represivos será reducido al mínimo. Todos los colombianos, hombres y mujeres, tendrán la obligación de prestar un servicio cívico durante dos años después de los dieciocho años de edad. Se cambiará en tal forma el servicio militar por el servicio cívico…

En suma, esta es una invitación a conocer a Camilo Torres, el hombre de la acción política. Honrar su memoria no consiste en celebrar sus restos o su sotana. Tampoco lo es convertirlo en el ícono de una guerrilla que perdió hace ya décadas cualquier aura de rebeldía y de lucha por la justicia. Para honrar a Camilo Torres es menester conocer su pensamiento, entender su contexto y su época, discutir sus ideas y sus acciones sin anacronismos ni fetichismos. Para que Camilo viva, es necesario actualizar su pensamiento, no copiarlo ni convertirlo en una reliquia.

 

***

  1. «Los problemas sociales en la universidad actual», 27 de septiembre de 1956.
  2. «¿Comunismo en la iglesia?». Entrevista originalmente publicada en la revista La Hora en mayo de 1965.
  3. Agosto 21 de 1965.

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