ETAPA 3 | Televisión

Parranda mutante

1 de julio de 2026 - 12:23 am
El meme, esa prueba ácida y muestra del más elevado ingenio humano, analista de la actualidad en todos los niveles posibles, compañero inseparable, primer y último recurso ante el aburrimiento, subproducto bastardo de las tecnologías de la información, reclama su árbol genealógico.
meme
meme. Del ingl. meme, palabra acuñada en 1976 por R. Dawkins, biólogo inglés, sobre el modelo de gene ‘gen’ y a partir del gr. μίμημα mímēma ‘cosa que se imita’. m. Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación. m. Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet.

Parranda mutante

1 de julio de 2026
El meme, esa prueba ácida y muestra del más elevado ingenio humano, analista de la actualidad en todos los niveles posibles, compañero inseparable, primer y último recurso ante el aburrimiento, subproducto bastardo de las tecnologías de la información, reclama su árbol genealógico.

«¿De dónde vienen los memes?». Nadie (literalmente nadie) se hace esa pregunta cada vez que un meme divertido aparece de repente y le saca una risa leve desde el teléfono en su mano… «¿De dónde vienen los memes?». Esta es, sin embargo, la pregunta que se hace a sí mismo, pegado a su pantalla, un nuevo profesional de nuestro siglo inesperado: el genealogista de memes. Aquel detectivesco hijo de internet que intenta investigar cuáles son sus orígenes y antepasados. «¿De dónde vienen los memes?». Al escarbar y escrolear entre pantallazos y pixeles del planeta entero, las respuestas que se encuentra apuntan hacia pistas plurales e incluso contradictorias. No en forma de árbol genealógico de memes sino más bien de raíces enredadas: enredijo genético, estético, tecnológico, mediático, vernáculo y capitalista. Una maraña enigmática de información que hoy toca entonces desenredar (no sin cierto humor) desde las redes mismas, donde los memes no dejan de engendrarse como el pan digital de cada día.

I

El meme no tiene padre… Pero ¿la palabra meme sí? Para comenzar, esta es tal vez la primera bifurcación compleja que surge cuando un genealogista investiga el origen de los memes y su denominación. Basta consultar la definición de meme en el Diccionario de la lengua española, en cuyo seno dicha palabra (masculinizada e hispanizada con dos sílabas) se desdobla entre dos acepciones desde que fue admitida en 2018:

meme

Del ingl. meme, palabra acuñada en 1976 por R. Dawkins, biólogo inglés, sobre el modelo de gene ‘gen’ y a partir del gr. μίμημα mímēma ‘cosa que se imita’.

  1. Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación.
  2. Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet.

Se podría argüir que una década antes, Gabriel García Márquez, en el árbol genealógico de Cien años de soledad (1967), había ya acuñado Meme como diminutivo de Remedios: ¿Memes de Macondo como «remediación» de estirpes a través de hereditarios «remedos»? Apenas un antecedente, en la pista etimológica «oficial» los orígenes del meme apuntan siempre a Dawkins. En el capítulo once de su bestseller setentero The Selfish Gene, el biólogo evolucionista justificaba así el nacimiento de su neologismo:

Necesitamos un nombre para el nuevo replicador, un sustantivo que exprese la idea de una unidad de transmisión cultural o una unidad de imitación. Mimeme proviene de una raíz griega adecuada, pero quiero una palabra monosilábica que suene un poco como gene [gen]. Espero que mis amigos clasicistas me perdonen si abrevio mimeme como meme. Si sirve de consuelo, también se podría considerar que está relacionado con memoria o con la palabra francesa même. Se debe pronunciar de manera que rime con cream [/mi:m/].

Tras ese misterioso nombre que el padre quiso darle a su hijito conceptual, lo que hoy llamamos meme bien hubiera podido ser llamado en español un mimema (¿tal como se habla de fonemas para las unidades de sonido de la lengua?) o, a fortiori un mema… ¡Otro problema! Pero al muy ateo Papá Dawkins (quien por cierto anduvo de gira por Colombia en 2017) lo que le importaba originalmente era que su nueva palabra meme rimara con gen en inglés, dado que buscaba transponer al ámbito de la cultura humana un razonamiento cien por ciento darwinista: la idea de que hay unidades culturales fuertes que se replican y se propagan entre nosotros. «Melodías, ideas, eslóganes, modas vestimentarias, maneras de hacer ollas o de construir arcos», son ejemplos de memes según Dawkins, transmisibles por imitación de cerebro a cerebro (así como los genes «saltan de cuerpo a cuerpo vía espermatozoides u óvulos» dixit).

Cabe subrayar que ninguno de los ejemplos que permitieron concebir y conceptualizar el meme está directamente relacionado a la cultura de internet que no podía preverse en 1976. Y aun así, en la definición del DLE (como en muchos otros diccionarios), sigue siendo la visión genealógica proveniente de Dawkins la que prevalece: al retomar su etimología helenizante; al hacernos pensar en «rasgos culturales o de conducta» que nos parasitan como virus en busca de vehículos; al calcar lo memético sobre lo genético haciendo implícita la analogía entre genes y memes como «unidades de información». Toda esta fijación patrilineal le roba protagonismo a la segunda acepción de la palabra, que es la que ha hecho popular al meme como vocablo clave de nuestro siglo XXI y que nos invita por lo tanto a explorar otras genealogías: «Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet». De hecho, cuando la rae hizo del meme su #PalabraDelDía el 21 de junio de 2020, tras promocionar dichas definiciones ilustrándolas con un meme de Gene Wilder/Willy Wonka en Facebook, dos fieros internautas no tardaron en manifestarse desde los comentarios: «A todo quien quiere oírme le repito la precedencia de Hawkins pero claro, la abrumadora presencia del actual sentido de “meme” ha sobrepasado a la original. Gracias». «La acepción número dos tiene mucha vitalidad en la actualidad».

meme. Del ingl. meme, palabra acuñada en 1976 por R. Dawkins, biólogo inglés, sobre el modelo de gene ‘gen’ y a partir del gr. μίμημα mímēma ‘cosa que se imita’. m. Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación. m. Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet.

II: El meme tiene ancestros

En su acepción usual actual, más allá de los orígenes teóricos de la memética, el meme viene a ser un contenido digital (icónico-textual o audiovisual) que se ha hecho «viral» en las redes de internet por su gracia humorística. Los espacios habituales de los memes no son entonces los «cerebros» sino las pantallas de computadores y teléfonos conectados a la web, a plataformas y apps sociales (Facebook, Instagram, X, YouTube, WhatsApp, etc.) en las que circulan a diario oleajes masivos de información (personal, noticiosa, publicitaria, etc.). Dentro de ese abundante flujo informativo digital —mezcolanza de nuestras pantallas hiperactivas— los memes se dejan reconocer por sus formas como una categoría de contenidos con una genealogía específica. En muchos casos se trata de un contenido visual recurrente, emparentado formalmente con un motivo que ya reconocemos como un meme establecido (un perrito o gatico omnipresente, algún niño o celebridad haciendo una mueca singular, tal personaje caricatural bien o mal dibujado, etc.) debidamente acompañado de un texto breve (una leyenda que nos hace reír). Esos memes que compartimos entre risas cotidianas se han afianzado como objetos de valor de una cultura participativa digital; y tal como le sucede a todo objeto de valor, al meme también le han aparecido en décadas recientes genealogistas interesados en buscarle linajes de antepasados e ilustres ancestros.

En su obra de referencia Memes in Digital Culture (2014), la investigadora Limor Shifman actualiza con tres rasgos la definición de los memes: «(a) un grupo de elementos digitales que comparten características comunes de contenido, forma y/o postura, que (b) fueron creados teniendo conocimiento unos de otros, y (c) difundidos, imitados, y/o transformados a través de Internet por múltiples usuarios». Según la interpretación que se dé a esos rasgos que definen a los memes de internet como «grupo», las pistas genealógicas pueden apuntar hacia caminos divergentes en sus búsquedas de ancestros meméticos. «¿De dónde vienen entonces los memes?».

Por un lado, si se enfatiza la circulación en redes como un rasgo primordial, la pesquisa del genealogista suele encaminarse hacia diversas generaciones de fenómenos digitales vernáculos, entre los cuales destacan los antecedentes de imágenes popularizadas a través de foros en línea (imageboards como 4chan desde 2003) o aquellas relacionadas con videos «virales» (hitos del YouTube de antaño y de las primeras décadas de las redes sociales como la broma musical del Rickrolling, las parodias de Leave Britney Alone, el reto bailable del Harlem Shake, etc.). De ese mestizaje cultural digital provienen numerosos «grupos» de memes célebres (entre animales expresivos, rostros conocidos y mamarrachos trolescos) cuyo ancestro viral más lejano sería el que muchos consideran como el primer meme: el Dancing Baby, un gif animado de un bebé bailarín de 1996 que se hizo popular al forwardearse por correo electrónico.

Por otra parte, si lo que se toma en cuenta como rasgo esencial del meme es la forma y la postura humorística de su contenido, la investigación genealógica puede buscarle orígenes más precisos al ingenioso formato estereotípico que combina imágenes en serie con textos cortos que varían. Siguiendo esta pista icónico-textual hasta principios de siglo, se suele entonces homenajear el linaje de los llamados «image macros» (originarios de los foros de discusión del sitio de humor Something Awful) cuyas imágenes con textos superpuestos dieron lugar a series de plantillas (templates tipo lolcats en 2006); «macros» que a su vez inspirarían luego el lanzamiento de sitios generadores de memes (meme generators) banalizando la integración de leyendas (captions) a archivos jpg o png de stock. Este hilo más formal y estético ha llevado a ciertos genealogistas a considerar como ancestros del meme a los llamados Xeroxlore y Faxlore (formas de folclor visual que se fotocopiaban o faxeaban en el siglo XX) e incluso a especular sobre el que sería el primer meme de la historia: una caricatura publicada en 1921 por la revista satírica The Judge, de la Universidad de Iowa, que se burla del look de un personaje retratado a través de un díptico que lleva por leyendas «Como crees que te ves / Como te ves en realidad», tal y como lo hacen tantísimos memes que nos informan sobre los contrastes «Expectativas vs. Realidad» en las redes de nuestro siglo.

Con estas perspectivas genealógicas no hago otra cosa que tratar de sintetizar los caminos y debates abiertos por una constelación internacional de investigadores que estudian los memes desde las ciencias sociales (I. Galip, Ch. Arkenbout, V. Schafer, F. Pailler, G. de Seta, S. Young Her, J. Simon, L. Allard, A. Wagener, E. Candel, V. Chagas, S. Publig, S. Chafik, entre otros). Por lo demás, si en una tertulia sobre lo aquí ya expuesto me preguntaran «¿de dónde vienen los memes?», a título personal tal vez trataría de pensar a largo plazo, como Jesús Martín-Barbero (quien me mostró alguna vez en su pc una carpeta de ensamblajes icónico-textuales que llamaba «revoltorios»). Buscando como él las «matrices culturales» que preceden históricamente a los «formatos industriales» de los memes, incluiría entonces un par de ancestros que parecen escapársele hoy en día a las genealogías anglocéntricas: estampitas juguetonas de aleluyas y aucas (ancestros de historietas y cromos entre los siglos XVII y XX); colecciones de imaginerías con inscripciones ingeniosas como los grabados de Caprichos de Goya (1799) o los Emblemata de Alciato (1531). ¿Acaso no son los memes los emblemas remezclables de nuestra época? Y si finalmente me fuera dado meter la cucharada como investigador colombiano, de ñapa postularía en calidad de primer meme criollo un cuadrito que alguna vez vi colgado en la pared de una tienda del pueblo de mis antepasados santandereanos, Zapatoca: un díptico colorido que yuxtapone un hombre enflaquecido y miserable a un hombre regordete y adinerado, cada cual con su leyenda «Yo vendí a crédito / Yo vendí al contado». Intuyo que aquel protomeme debe ser del siglo XIX por la ropa que llevan los personajes caricaturizados.

meme

III: El meme arma familias paralelas ¿y sus parentelas son mutantes?

Ya sea que pensemos los memes como unidades de información transmisible, o como grupos de contenidos reapropiables, la cuestión de su genealogía desemboca necesariamente sobre otras preguntas relativas a cómo van cambiando nuestras maneras de concebir, consumir y clasificarlos. ¿Podemos establecer familias «duraderas» de memes? ¿Según qué tipo de categorizaciones o criterios? Si las familias de memes dependen de sus «formas técnicas de colección», tal y como lo proponen Richard Rogers y Giulia Giorgi (What is a meme, technically speaking?, 2021), podemos convocar tres puntos de vista que coexisten paralelamente en internet como si fuera un multiverso memético.

En primer lugar, hay que ver cómo se patrimonializan los memes en las fuentes especializadas a las que suelen recurrir usuarios empedernidos de internet y genealogistas meméfilos: desde sitios como la Encyclopedia Dramatica o KnowYourMeme, específicamente desarrollados para documentar y clasificar material memético, los memes se asemejan a repertorios de lenguajes codificados por familias, con esfuerzos enciclopédicos que le establecen a cada uno su nombre de pila, información sobre su origen o galerías de mutaciones derivadas. En la loca Encyclopedia Dramatica, una lista de «successful replicators» distingue por ejemplo cuatro familias de memes cuyas «formas sobreviven en múltiples entornos»: Absurd Photoshopping / Copypasta / Macros / Reaction Faces. En KnowYourMeme, repositorio colaborativo con 33.425 memes fichados, en cuyas entradas más populares se hallan el perrito Doge y caras como la trollface o la ( ͡° ͜ʖ ͡°), la clasificación de memes sistematiza por orden alfabético 36 categorías: desde AI-generated, Advertisement y Animal hasta Sound effect, Viral debate y Viral video, pasando por los masificados Characters, Exploitables e Image macros.

En segundo lugar, cabe observar que el interés por la explosión de los memes se ha intensificado a medida que las plataformas de redes han consolidado su hegemonía global como «centros» de la conversación pública de nuestras sociedades. Un estudio de Aidan Walker (Where do memes come from?, 2022) muestra por ejemplo que en 2010 más de la mitad de los memes de KnowYourMeme provenían de YouTube, 4chan y Tumblr (69,4 %) mientras que en 2022, tan solo con los aportes de TikTok y Twitter/X se superaba ya dicha cifra (75,8 %). Año tras año, las redes sociales se han convertido en laboratorios en los que emergen y compiten familias de memes en tiempo real. Bajo el marco reñido de la economía de la atención, los memes ya no son «chistecitos virtuales», sino también vehículos informativos estratégicos que cruzan contextos y pescan audiencias entre redes con variados criterios temáticos. Si hablamos de información periodística, los acontecimientos noticiosos de la agenda mediática se emparentan hoy en día con titulares como «Los mejores memes del partido entre Colombia y Argentina» (El Espectador, 11/9/24); «Los mejores memes que deja la caída mundial de WhatsApp» (El Tiempo, 24/7/25); «Los mejores memes que dejó el extenso fallo contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez» (Infobae, 28/7/25). En materia de estrategias promocionales, la evocación de los paralelismos de Shakira y del Pollo Frisby (versus sus contrapartes españolas), de las películas de Barbie y el Joker, o incluso del Pablo Escobar de Netflix, ilustran el potencial de los memes para canalizar afectos entre marcas y lanzamientos.

En tercer lugar, si nos zambullimos en la vida cotidiana de los memes, entendemos mejor que sus parentelas también involucran relaciones ritualizadas de apego y afecto en las redes. Cierta familiaridad nace entre aquellos que crean o compilan memes (memeros o admins de cuentas especializadas) y las comunidades que los siguen y consumen fielmente sus contenidos. Así, lo que visto de lejos parece una mamadera de gallo pantallesca, cambia de textura cuando se mira de cerca: se comprueba que, en un mundo de información digital, todo tema puede ser memificado —pero no de la misma manera—. Difieren literalmente los gustos, las causas de los likes, los motivos y lenguajes que hacen reír a creadores y seguidores. Para los unos hay que posicionarse entre familias estilísticas más o menos canónicas o irónicas al producir «contenidos originales» o al hacerles curadurías y retoques a materiales apócrifos de varias redes. Para otros basta llegar escroleando a la celebración de un «chiste del día» (potencialmente críptico) y luego entregarse plenamente a la compartidera digital de memes comentados por dm o por WhatsApp entre amigos y parientes. ¡Juaa! Tal vez sea más una tarea de cronista que de genealogista describir cómo en Instagram unos sueltan la carcajada ante los memes colombianizados de @capitansimbolico mientras que otros aprecian los experimentos glitcheados del mexicano @antimemoria____. El primero resume con una frase desde su «bío» su postura vitalista: «Los chistes, las coplas y los memes no tienen autor, son muchas voces hablando al mismo tiempo». El segundo publica posts de vanguardia sobre la «muerte del meme» y su devenir «hipermeme». Y aun desde polos opuestos, la condición de estos creadores meméticos y de sus séquitos respectivos se asemeja: todos están sometidos a la fortuna de algoritmos de recomendación que deciden cuáles son las familias de memes que a tal usuario le podrían gustar; y en ambos casos los memes intentan animar conversaciones públicas y satirizar el mundo contemporáneo con un humor anecdótico-circunstancial que al cabo de cierto número de días se desmoda y fatalmente expira.

En últimas, más allá de lo que ve un genealogista, los memes arman parrandas efímeras con familias paralelas y parentelas mutantes entre creadores, internautas, plataformas, anunciantes y medios online. Para desenmarañar sus linajes harían falta no árboles genealógicos familiares sino atlas, tableros y murales detectivescos (así lo han hecho Valentina Tanni y Clusterduck en museos europeos, siguiendo el ejemplo del famoso meme de Pepe Silvia).

¿De dónde vienen entonces los memes? Como diría el filólogo Milad Doueihi, las respuestas dependen en gran parte de nuestras maneras de «antologizar» los torrentes de información de la cultura digital. ¿Y para dónde van? La inteligencia artificial nos ha dado ya un adelanto del futuro de los memes con los bestiarios quiméricos de la tendencia «Italian brainrot» (Bombardino Crocodilo, Tralarero Tralalá, etc). Por lo demás, según reza el dicho, algunos memes «se harán canon» y otros se olvidarán… Pero dado que la genealogía es una disciplina misteriosa y que los memes mutan mientras se van reproduciendo, quizás sea mejor abrir la pregunta recitando este verso especulativo que se nos ocurrió hace poco con mi diaspórica amiga Rosana Ardila: «¿A quién le deberíamos creer acerca del futuro de los memes? ¿A Walter Benjamin o a Walter Mercado?».

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