I
Desde finales de los años setenta, las revueltas del Stonewall Inn se han presentado como el gran comienzo del activismo LGTBI+ moderno. Nadie discute su impacto ni su fuerza simbólica. Ese episodio, de hecho, funcionó como un relámpago que iluminó un movimiento disperso y le imprimió una energía nueva. Pero también conviene preguntarse cómo llegó a ocupar, casi sin resistencia, el lugar de mito universal. La historiografía anglosajona —reforzada por el poder cultural y mediático de Estados Unidos— lo instaló como si fuera el punto cero del mundo entero, desdibujando historias previas y paralelas: desde el trabajo jurídico de Karl Heinrich Ulrichs en el siglo XIX, pasando por el Comité Científico Humanitario y el Instituto para la Ciencia Sexual del doctor Magnus Hirschfeld, hasta las redes latinoamericanas, mediterráneas y centroeuropeas que ya experimentaban formas propias de organización y resistencia mucho antes —o por completo al margen— de Nueva York. Tomar Stonewall como mito absoluto es hacer girar toda una constelación alrededor de una sola estrella: la figura se simplifica, se anglocentra y, por esa vía, oscurece la práctica totalidad de lo que tiene alrededor.
Apartarse del eje angloamericano no implica restarle mérito a Stonewall; significa, simplemente, ampliar el mapa. Así queda claro que la conciencia homosexual moderna no nació en 1969, ni exclusivamente en inglés, ni solo en medio de un disturbio callejero. En Alemania, Italia, Francia, los Países Bajos, América Latina o el sur de Europa, los procesos de organización, reflexión y producción cultural siguieron ritmos y lenguajes distintos. Volver a examinar esas genealogías no es un capricho revisionista, sino una necesidad para entender que el movimiento LGTBI+ es una constelación amplia, transnacional y con muchos más centros que el mito fundacional dominante. Al examinar las batallas del movimiento desde esa perspectiva global, aparece algo decisivo: las luchas políticas nunca surgen de la nada; solo aparecen cuando existe, antes, una manera de nombrarlas y pensarlas.
II
Una buena parte de quienes trabajamos con archivos e historias del activismo LGTBI+ hemos llegado, por caminos distintos, a un mismo punto de partida: Karl Heinrich Ulrichs. Puede sonar irónico que, después de cuestionar la centralidad de Stonewall como mito fundador, aparezca otro nombre propio ocupando ese lugar. Pero aquí la lógica es distinta. Stonewall terminó operando como un mito que lo absorbe todo: un episodio de enorme potencia mediática que, con el tiempo, relegó a la penumbra a figuras previas, diversas y dispersas. Ulrichs, en cambio, no entra en esta constelación como héroe ni como origen absoluto, sino como el primer momento en que la homosexualidad empieza a pensarse a sí misma en voz alta: en términos jurídicos, naturales y públicos, y de manera sostenida. No se trata, por consiguiente, de sustituir un mito por otro, sino de volver la mirada hacia el hombre que, gracias a sus publicaciones, convirtió una experiencia fragmentaria en un argumento.
Ulrichs no inició en solitario el activismo moderno, así como Stonewall tampoco inauguró ex nihilo lo que vendría después. Los dos son nodos dentro de una historia mucho más amplia. La diferencia es que, en Ulrichs, encontramos algo que no existía antes: la formulación explícita de una categoría («urning» o «uranista»), la defensa jurídica de la homosexualidad ante congresos profesionales y un conjunto de textos coherentes publicados entre 1864 y 1879. Por eso, más que levantarle un monumento, lo decisivo es señalar el momento en que, a través de él, la experiencia homosexual dejó de ser solo algo vivido —o perseguido— para convertirse en una idea articulada. Y esas dos dimensiones, la conceptual y la insurreccional, conviven en una historia que no tiene un único nacimiento, sino que avanza por acumulaciones, préstamos y relecturas.
III
Karl Heinrich Ulrichs nació el 28 de agosto de 1825 en Aurich, entonces parte del Reino de Hannover. Hijo de un funcionario público, creció entre estudios de latín, derecho y filología; esa formación clásica, que lo acompañaría toda la vida, moldeó de manera decisiva su forma de pensar. Desde muy joven reconoció su atracción por otros varones, una experiencia que más tarde asumiría como una disposición natural, sin someterla a la mirada moralizante o patologizante tan en boga en aquellos tiempos. Estudió Derecho en las universidades de Göttingen y Berlín y llegó a ejercer, aunque solo por un periodo breve, como funcionario judicial. Su carrera administrativa, sin embargo, se interrumpió abruptamente cuando comenzaron a circular rumores sobre su orientación sexual. A comienzos de la década de 1860 dejó el servicio público y se volcó por completo a la escritura y la investigación.
Quizá el dato más revelador de su biografía sea la serie de doce folletos que publicó entre 1864 y 1879 bajo el título Forschungen über das Räthsel der mannmännlichen Liebe (Investigaciones sobre el enigma del amor entre hombres). Para difundir los primeros números firmó como «Numa Numantius», un seudónimo que parece reunir dos referencias: Numa Pompilio, el segundo rey legendario de Roma, símbolo de orden y legislación; y «Numantius», evocación de Numancia, la ciudad hispana célebre por su resistencia frente a Roma. En esa doble alusión ya se adivina la tensión que atraviesa toda su obra: el jurista que intenta reformar la ley desde dentro y, al mismo tiempo, el resistente que enfrenta —casi sitiado— un orden hostil y mayoritario.
En esos folletos Ulrichs elaboró su teoría del «Urning», término con el que nombraba al hombre que, según su primera hipótesis, tenía un «alma femenina en un cuerpo masculino». Ulrichs sostenía que esta condición era innata y que, por tanto, carecían de base jurídica y científica las leyes que castigaban las relaciones entre hombres, como el párrafo 175 del Código Penal alemán. Sus textos llegaron incluso a abordar asuntos que solo entrarían en las agendas LGTBI+ casi dos siglos más tarde: la adopción homoparental, el matrimonio igualitario, modelos educativos específicos, la protección frente a la discriminación y otros temas que, en su momento, resultaban impensables. Hoy muchos de ellos forman parte natural del debate público, aunque todavía se desconozca su genealogía o se desestimen como «modas» desde ciertos sectores conservadores o reaccionarios. Lo que Ulrichs produjo es asombroso para su tiempo: el primer corpus sistemático, afirmativo y público en defensa de la homosexualidad, un conjunto de ideas que, además, traza líneas de acción que llegarían hasta el siglo XXI.
En 1867 Ulrichs protagonizó uno de los primeros actos públicos de reivindicación homosexual moderna al intervenir en el Congreso de Juristas Alemanes, en Múnich, donde solicitó la abolición de las disposiciones penales contra el amor entre hombres. Fue interrumpido y abucheado, pero el gesto marcó un precedente en la historia del activismo LGTBI+, aunque él mismo terminaría progresivamente aislado. En 1880 se expatrió a Italia, donde vivió sus últimos años en relativa precariedad económica, dedicado al estudio del latín y la filología clásica. Murió el 14 de julio de 1895 en L’Aquila, una pequeña ciudad medieval situada a dos horas de Roma. Durante décadas su figura permaneció en la penumbra, hasta que su obra fue recuperada primero por el movimiento científico-humanitario de Magnus Hirschfeld y, más tarde, por otros historiadores del siglo XX.

IV
Hay algo especialmente sugestivo en Ulrichs, algo que desborda su dimensión jurídica o sexológica. No fue solo un precursor: tuvo, en cierto modo, el talante de un profeta secular. En un mundo que consideraba el amor entre hombres como pecado o delito, anunció otra forma de entenderse a uno mismo. Lo que dijo, tan sencillo en apariencia, funcionó como una revelación: despojó a la experiencia homosexual de su carga demoníaca y la devolvió al territorio de lo legítimo.
No es difícil advertir, en su obra impresa, una resonancia casi bíblica: doce folletos publicados entre 1864 y 1879, como si compusieran un canon dispuesto con deliberación. Los títulos en latín intensifican esa impresión: Vindex, Formatrix, Araxes, Memnon, Incubus, Prometheus/Uranus, Gladius furens o Critische Pfeile, por nombrar algunos. No funcionan como simples encabezados académicos, sino como nombres cargados de eco mítico, combativo, a veces incluso escatológico. Gladius furens, por ejemplo, puede traducirse como «La espada furiosa». Ulrichs no escribe como quien entrega un informe, sino como quien inaugura una tradición. El latín le permite inscribir su argumento en una continuidad clásica que lo separa del moralismo cristiano dominante y lo conecta con una genealogía cultural más amplia. Como en otros uranistas alemanes e ingleses de finales del siglo XIX, las alusiones a Grecia y Roma no son ornamentales: en una cultura que había elevado la antigüedad a modelo estético y moral, ese repertorio ofrecía una legitimidad que la experiencia homosexual difícilmente podía obtener en el presente inmediato.
La veta profética se vuelve explícita en el folleto Prometheus/Uranus (1870). Prometeo —el que roba el fuego— y Urano —figura celeste de la mitología griega— condensan la imagen de quien trae una luz prohibida al espacio público. Ulrichs imagina allí la posibilidad de una comunidad de Urninge que se reconozca a sí misma e incluso se organice en torno a una publicación periódica. En ese gesto, su obra deja de ser únicamente defensiva y adquiere un carácter fundacional: reclama una existencia pública, legible y compartida.
Algo similar ocurre en Ara Spei («El altar de la esperanza», 1865), aunque con un tono más íntimo. En medio de la persecución legal, el rechazo social y el descrédito académico, Ulrichs imagina un altar simbólico donde los uranistas pudieran depositar su dolor presente y, al mismo tiempo, ver insinuarse un futuro de libertad y reconocimiento. Es un texto utópico, con un ritmo casi religioso, en el que la esperanza se convierte en acto político y donde el amor entre hombres adquiere una dignidad que roza lo mesiánico. A mí me resulta especialmente sugerente pensar ese altar como un anticipo de los archivos LGTBI+: espacios donde cada libro, cada recorte y cada carta son ofrendas depositadas en un altar común que prolonga, a su manera, el sueño de Ulrichs.
Pero, a diferencia de los profetas religiosos, Ulrichs no tuvo un pueblo inmediato quelo siguiera. Fue objeto de rumores e investigaciones oficiales debido a su «lujuria antinatural» en el distrito de Hildesheim, donde ejercía como abogado, y su vida posterior estuvo marcada por la soledad y el exilio. Aun así, sus textos sobrevivieron y fueron recogidos por autores posteriores, entre ellos Magnus Hirschfeld, que los incorporó al movimiento científico-humanitario. La semilla sembrada en el siglo XIX germinó después en la prensa gay, lesbiana y travesti de la República de Weimar (1919–1933), en la vida nocturna de bares como El Dorado, en el desarrollo de la sexología moderna y, más tarde, en los movimientos de liberación homosexual del siglo XX.
Pensar a Ulrichs como profeta no es elevarlo a la categoría de santo laico ni borrar las zonas grises de su pensamiento. Más bien es reconocer que su gesto fue inaugural en un sentido profundo: dio un lenguaje a una experiencia que carecía de gramática propia y le otorgó una coherencia que antes no tenía. Sus doce folletos no funcionan solo como tratados, sino como el acto fundacional de una conciencia colectiva que necesitaba palabras para poder existir. Como sucede con toda figura inaugural, Ulrichs no agotó la historia que abrió: otros vendrían después para complicarla, corregirla o ampliarla. Pero sin su intervención difícilmente habría existido un primer argumento capaz de sostener todo lo que llegaría más tarde.
V
A pesar de su importancia extraordinaria, los doce folletos fundacionales de Ulrichs siguen sin estar disponibles en español. Las únicas ediciones recientes en una lengua distinta del alemán —facsimilares, minuciosas y hoy casi inencontrables por su tiraje exiguo— aparecieron en inglés en 1975, publicadas por Arno Press en Nueva York. Aquella colección partía de la reedición alemana que Magnus Hirschfeld había preparado en 1898. Pero Hirschfeld no actuó allí como un editor filológico: reorganizó y adaptó los textos de Ulrichs según las necesidades del movimiento científico-humanitario, en plena lucha contra la sección 175 del Código Penal del Reich. El resultado fue un mosaico distinto al original, más pulido, más estratégico y, en cierto modo, más funcional a los debates jurídicos y parlamentarios de fin de siglo.
Los doce folletos de la edición príncipe —Vindex, Inclusa, Vindicta, Formatrix, Ara Spei, Gladius furens, las dos partes de Memnon, Incubus, Argonauticus, Prometeo/Uranus, Araxes y Kritische Pfeile— constituyen, en cambio, un cuerpo textual abrupto, sin mediaciones, escrito en medio del asedio legal y social. No hay en ellos la voluntad sistemática que introdujo Hirschfeld; hay, más bien, la urgencia de quien piensa y polemiza en tiempo real. Entre la publicación de los primeros cuadernos, en la década de 1860, y la reedición de 1898, había cambiado por completo el clima intelectual: la sexología adquiría estatus de disciplina científica, el nuevo Código Penal del Reich había consolidado el párrafo 175, y el naciente movimiento científico-humanitario necesitaba argumentos eficaces y presentables ante instancias oficiales. De ahí que la reorganización de Hirschfeld tienda a suavizar, encuadrar o incluso reescribir la propuesta original de Ulrichs, que era más combativa, más visionaria y, en ocasiones, cercana al estilo de los manifiestos que inauguraron las vanguardias europeas medio siglo después.
También difieren en el registro. Ulrichs se apoyaba en un vocabulario propio —Urning, Dioning, Uranier— que funcionaba como afirmación identitaria y como desafío conceptual a las categorías vigentes. Hirschfeld, en cambio, hablaba desde la sexología comparada: buscaba describir la homosexualidad como una variación natural susceptible de estudio clínico. La edición de 1898, en consecuencia, no puede leerse como una simple reedición, sino como una operación doble: canoniza a Ulrichs y, al mismo tiempo, lo domestica.
La dificultad de acceder a los folletos originales no es una metáfora. Hoy solo se conocen tres juegos completos en colecciones claramente identificadas: dos en bibliotecas centroeuropeas —la Bayerische Staatsbibliothek y la Österreichische Nationalbibliothek— y un tercero en el Archivo Arkhé, en Madrid. A ellos se suman ejemplares sueltos dispersos en archivos especializados y colecciones privadas, casi nunca en secuencias completas ni con las cubiertas originales intactas. La escasez no es producto exclusivo del tiempo: responde también al modo mismo en que circularon. Fueron tirajes reducidos, publicados sin respaldo institucional, destinados a una difusión semiclandestina y expuestos a la destrucción, la censura o la simple desidia. No nacieron como libros hechos para perdurar, sino como instrumentos de intervención jurídica y social. Que hayan sobrevivido algunos juegos completos es menos un hecho bibliográfico que una suerte de milagro documental.
Hay en este punto una paradoja reveladora del mercado del libro antiguo. Cualquier primera edición de la vanguardia histórica —un manifiesto futurista, un libro constructivista ilustrado— puede alcanzar precios exorbitantes y, aun así, aparecer con frecuencia en catálogos, subastas y colecciones públicas. Esas obras circularon en redes artísticas consolidadas, fueron impresas en tirajes relativamente altos y pronto entraron en el canon cultural. Los folletos de Ulrichs, en cambio, nacieron en la periferia social y jurídica, sin mercado coleccionista que los protegiera y sin instituciones dispuestas a conservarlos. Durante décadas no formaron parte de la herencia cultural europea, sino del archivo incómodo de una causa perseguida. De ahí que, aunque su valor económico pueda ser inferior al de una pieza vanguardista consagrada, su localización efectiva resulte infinitamente más ardua. La rareza, en este caso, no se mide por el precio, sino por la historia de su supervivencia.
VI
Durante años circuló un rumor insistente en el pequeño mundo del coleccionismo de publicaciones históricas LGTBI+. Se decía que una biblioteca privada neerlandesa conservaba un conjunto completo de los folletos originales de Karl Heinrich Ulrichs: no reediciones tardías ni compilaciones oportunistas, tampoco transcripciones mecanografiadas ni facsímiles, sino las primeras ediciones auténticas, impresas entre 1864 y 1879 bajo el rótulo Investigaciones sobre el enigma del amor entre hombres. La noticia parecía verosímil por razones históricas. En los Países Bajos, a diferencia de Alemania, una parte del legado intelectual asociado al movimiento homosexual anterior a la Segunda Guerra Mundial logró sobrevivir gracias a redes discretas de libreros, anticuarios, activistas y coleccionistas. Alemania, en cambio, soportó la destrucción del Instituto para la Ciencia Sexual de Magnus Hirschfeld en 1933 y la quema de sus archivos en la Plaza de la Ópera de Berlín. Lo que escapó a la confiscación o a las llamas encontró refugio, al menos parcialmente, en manos neerlandesas. Entre quienes contribuyeron a preservar ese legado destacó Jacob Schorer (1866–1957), jurista y fundador del Comité Neerlandés para la Reforma Sexual en 1912, estrechamente vinculado con Hirschfeld y con su Comité Científico Humanitario.
Tras la muerte de Schorer, una parte de su archivo y de su biblioteca pasó a nutrir los fondos que más tarde conformarían IHLIA LGTBI Heritage, en Ámsterdam, uno de los grandes archivos institucionales europeos dedicados a la memoria LGTBI+. Pero no todo entró en la órbita pública: numerosas piezas permanecieron en manos privadas, transmitidas con sigilo entre generaciones de coleccionistas y libreros especializados. La biblioteca en cuestión pertenecía precisamente a esa tradición: no era un repositorio oficial, sino la sedimentación paciente de medio siglo de custodias sucesivas.
Cuando por fin pude recorrerla, no encontré la imaginería romántica de las bibliotecas secretas —ni buhardillas polvorientas ni cofres sellados—, sino estanterías ordenadas, cajas etiquetadas y encuadernaciones de distintas épocas. Muy pronto se me reveló un criterio silencioso pero firme: una concentración poco común de materiales fundacionales del pensamiento homosexual europeo del siglo XIX y del primer tercio del XX, algo rarísimo incluso en instituciones especializadas. Y allí, en un tramo intermedio, aparecieron los doce folletos de Ulrichs. No estaban encuadernados para exhibición ni aspiraban a convertirse en una pieza de museo: eran cuadernillos modestos, independientes, con sus cubiertas originales en distintos estados de conservación. Aunque cada folleto se publicó por separado, Ulrichs había ofrecido también una encuadernación conjunta de los siete primeros, probablemente hacia 1868. En pesquisas previas solo había visto un ejemplar semejante, con la misma encuadernación roja y la misma secuencia interna. Las fechas, las imprentas, la tipografía y la numeración confirmaban lo que parecía improbable: eran primeras ediciones, no la reorganización de 1898 preparada por Hirschfeld ni compilaciones posteriores.
La biblioteca neerlandesa permitía entrever, además, algo que en Alemania fue violentamente interrumpido: una línea de recepción continua. Desde Carl Westphal —quien en 1869 mencionó por primera vez a Ulrichs en un contexto científico— hasta Hirschfeld y luego Schorer, se había tejido una red de médicos, juristas y reformadores que entendieron que aquellos folletos no eran excentricidades aisladas, sino el inicio de una nueva gramática social. Que los doce folletos hubieran llegado hasta allí no obedecía al azar: respondía a convicciones sostenidas y a una cadena de cuidados confidenciales. Y ahora, en un gesto cargado de sentido histórico, pasaban a manos del Archivo Arkhé, la institución que dirijo en Madrid junto con Felipe Hinestrosa. Se veía con claridad que aquella transferencia no era una simple compra: representaba el relevo de una responsabilidad. Una biblioteca privada —heredera, aunque fuera de forma indirecta, del círculo neerlandés que había preservado fragmentos del mundo de Hirschfeld y Schorer— entregaba un núcleo fundacional a un proyecto que entendía, con claridad, el espesor genealógico de aquello que recibía.
VII
Prometheus/Uranus (1870) ocupa un lugar singular dentro de los doce folletos de Ulrichs. Aunque estaba previsto como el fascículo número diez, terminó cumpliendo una doble función: parte del conjunto y, al mismo tiempo, primer intento de una revista destinada al público homosexual. Ese desdoblamiento lo convierte en el punto exacto en que la argumentación jurídica de Ulrichs empieza a proyectar, por primera vez en la historia, la idea de una esfera pública homosexual.
En 1870, Ulrichs planeaba lanzar Uranus, la que sería la primera revista LGTBI+, anunciada como una publicación mensual de tres números. Solo alcanzó a aparecer el primero, fechado en enero. Los dos siguientes —febrero y marzo— quedaron anunciados, pero nunca vieron la luz. Esa existencia trunca ha contribuido a su casi total desaparición de la historiografía, pese a que precedió por casi treinta años a Der Eigene, la revista que suele considerarse la primera dirigida al público homosexual, fundada por Adolf Brand en 1896 como órgano anarquista y reorientada hacia los lectores gay a partir de 1898.
El ejemplar conservado por Arkhé muestra una doble portada —una con el título Prometheus y otra con Uranus—, evidencia de una vacilación deliberada entre presentar el texto como folleto (Prometheus) o como revista (Uranus). La coexistencia de ambas cubiertas solo ha sido constatada en un segundo ejemplar además del de Arkhé; los demás conservan únicamente Prometheus. No fue un error de imprenta, sino el rastro material de un experimento editorial cuya lógica es pristina. Los dos títulos sintetizan una operación doble. Prometheus convoca el mito del titán que roba el fuego para entregarlo a los hombres, imagen que Ulrichs adopta para describir su propósito: extraer del terreno de lo prohibido un saber sobre el amor entre hombres y ponerlo a circular en forma impresa. Uranus, en cambio, enlaza con la mitología y con la terminología que el propio Ulrichs venía forjando —Urning, Uranier— para nombrar una condición natural y no un vicio. Entre ambos nombres se articula su apuesta: iluminar y nombrar.
Algunos ejemplares conservan, en la última página, una nota del censor dirigida al encuadernador: se recomienda eliminar la portada Uranus y conservar únicamente Prometheus. Se ha visto en ese aviso una forma de autocensura, de intervención directa o, sencillamente, de prudencia editorial ante la posible reacción de lectores hostiles. Uranus era demasiado explícito para cualquier lector culto en la Alemania finisecular, donde el término remitía ya a la homosexualidad. Que existan copias con la portada suprimida —transformando el fascículo en un folleto convencional— y otras que la mantienen, convierte cada ejemplar en testimonio de la tensión entre visibilidad y cautela, y de las rutas soterradas por las que estas publicaciones circulaban entre lectores afines. La presencia simultánea de ambas cubiertas revela, además, la tentativa de Ulrichs de inaugurar una revista destinada a los «Urninge», empresa que no llegó a consolidarse.
En lo textual, Prometheus/Uranus combina análisis jurídico, apelaciones a la naturaleza y argumentos históricos, pero con un tono más decidido que en folletos anteriores como Vindex (1864) o Formatrix (1865). Ulrichs ya no se limita a rebatir el párrafo 175: imagina lectores capaces de reconocerse entre sí. En ese sentido, es uno de los primeros impresos en que la homosexualidad deja de ser un objeto de estudio, persecución o debate, para convertirse en un sujeto colectivo posible.
El ejemplar de Arkhé conserva en ambas portadas la firma manuscrita de su primer propietario: «J. Browne», probablemente discípulo neerlandés del psiquiatra Carl Westphal, primer difusor de las ideas de Ulrichs. Que su firma aparezca en ambas cubiertas sugiere que Browne percibía cada una como una pieza autónoma, digna de ser preservada, una elección que subraya la naturaleza bifronte del impreso. Estas marcas tempranas no son detalles menores: revelan una recepción inmediata y lúcida, y convierten al objeto en un eslabón rastreable de la transmisión intelectual que más tarde desembocará en el movimiento científico-humanitario de Magnus Hirschfeld y en las redes neerlandesas vinculadas a Jacob Schorer.
La rareza actual de Prometheus/Uranus, especialmente en su versión con doble portada, no se explica solo por el paso del tiempo, sino por su propia fragilidad histórica: tiraje mínimo, circulación limitada y ausencia de institucionalización temprana. Mientras parte de la vanguardia impresa del siglo XIX fue canonizada con rapidez, los folletos de Ulrichs quedaron durante décadas en un limbo historiográfico. Examinar hoy un ejemplar con ambas cubiertas y con firmas originales es un privilegio. En ese objeto frágil persiste el instante en que la conciencia homosexual moderna intentó, por primera vez, imprimirse a sí misma.