ETAPA 3 | Televisión

Las condiciones de Bucky

15 de mayo de 2026 - 12:03 am
En este cuento del autor estadounidense radicado en Cali, un joven escritor llega a una familia sureña dominada por silencios, motores y lealtades masculinas. Allí intenta comprender el vínculo opaco, casi inexplicable, que une a su esposa con el padre de ella.
Ilustraciones de Elizabeth Builes

Las condiciones de Bucky

15 de mayo de 2026
En este cuento del autor estadounidense radicado en Cali, un joven escritor llega a una familia sureña dominada por silencios, motores y lealtades masculinas. Allí intenta comprender el vínculo opaco, casi inexplicable, que une a su esposa con el padre de ella.

Traducción del inglés de Santiago Ochoa

 

Durante aquellas tórridas visitas de fin de semana, Angie iba a visitarme en Bucky, su impredecible Chevrolet Vega. Era una carcacha que Martin, su padre, mantenía funcionando para ella.

«Él cree que estoy visitando a mis amigas», dijo Angie.

«¿No le tienes miedo, verdad?».

«¿Debería?».

«No. Pero todos le tienen miedo».

¿Chicos? ¿Cuáles chicos?

«¿Por qué?».

«No lo sé. Supongo que por ser grande e imponente».

Toda la semana, mientras yo trataba de escribir, esperaba con ansias el viernes, cuando ella llegaba en su Bucky, con las ventanillas abajo y el radio a todo volumen. Desde entonces hasta el domingo escasamente salíamos de mi habitación. No me gustaba compartir su compañía, ni siquiera con Buzz, mi amigo de la infancia en las colinas de los Apalaches.

Angie me tenía hechizado. Yo nunca había hecho el amor con tanto desenfreno, bajo el aullido del viento y el roce de las ramas en los cristales de las ventanas, nuestros cuerpos sudorosos y exhaustos, pero no saciados.

***

Un domingo salimos y encontramos el suelo cubierto de hielo. Bucky no prendió. Mientras intentábamos reanimarlo, la temperatura cayó en picada. El cielo se hizo gris y las luces de las calles se encendieron, mientras los copos de nieve orbitaban como polillas. Si Angie se demoraba, Martin vendría a buscarla.

Entonces, en medio de la tormenta de nieve, apareció un Hummer con llantas enormes. Lo manejaba un hombre tan grande como un oso. Vivía y respiraba por las tormentas de nieve, afirmó. ¿Necesitábamos ayuda? Decidió que el problema era la correa de distribución, que se había roto. Doscientos dólares; él podía arreglarla.

Ahora la oscuridad era total.

«¿Deberías llamar a Martin?», le pregunté a Angie.

«¿Hablas en serio?», respondió.

«No es por el dinero», insistí. «Solo me preocupa que se entere».

«¿Enterarse de qué?».

«De que alguien ha tocado su motor».

***

Angie hizo una escena en una de las fiestas de Buzz. Todos estaban prendidos con whisky Wild Turkey.

«Tranquila», dije. «Esta gente…».

«¡Que se joda esta gente!», gritó Angie, corriendo hacia Bucky y encerrándose en él.

Golpeé la ventana.

«¡Vete!».

Cuando prendió el motor, me interpuse en su camino. Intenté razonar con ella, pero se tapó los oídos.

«¡Muévete!», gritó y pisó el acelerador.

En lugar de alejarme de un salto, me tiré sobre el capó. Me aferré a los limpiaparabrisas; uno de ellos se rompió en mi mano. Los invitados salieron a mirarnos. Fue entonces cuando Buzz decidió que yo estaba perdido.

***

«Llegamos», dijo Angie en la entrada iluminada por la luna donde había aprendido a patinar. Se me revolvió el estómago.

Yo me había despedido de Buzz. Todo lo que yo tenía estaba en Bucky.

Salí con paso vacilante agarrando mi maleta. En la húmeda noche de verano las casas estaban oscuras. Aun así, podía sentir a los vecinos observarnos. Los forasteros no abundaban en ese pequeño pueblo sureño.

«¿A Martin no le importa?», le pregunté a Angie.

«¿Puedes calmarte?», dijo. Me condujo de puntillas por la casa en tinieblas. «Quédate aquí, en el cuarto de los invitados», susurró. «Yo estaré abajo». Ahuecó mis mejillas entre sus manos suaves y cálidas. «Es solo hasta después de la boda».

La brisa que entraba por la ventana estaba impregnada de madreselva. En la cama pensé en Angie con su diáfano camisón de dormir.

Entonces un sonido interrumpió mis cavilaciones. Un ronquido profundo y gutural. Pronto se convirtió en un redoble de tambor en mi vejiga. Con cautela, me levanté y caminé a tientas por el pasillo. Por una puerta abierta, un rayo lunar atravesaba una cama, revelando los pies desnudos de un hombre. Eran anchos y pálidos, con dedos largos y torcidos. Fue una visión tan íntima que parecía una violación. ¿Cuántas personas habían conocido a este hombre sin haber visto sus dedos encorvados? ¿Quién era yo para ser el elegido? ¿Qué vientos del destino me habían traído a este humilde hogar y a este hombre de pies cenicientos y cadavéricos?

Me escabullí hasta el baño y cerré la puerta corrediza. Esta rechinó y el ronquido rítmico se detuvo. Contuve la respiración hasta que finalmente volvió a sonar. Entonces, ¡CLAP!, el asiento cayó y un chorro de orina salpicó el piso.

El pánico en el rostro que me miraba desde el espejo me dijo que yo había entrado a una nueva fase de mi vida.

Despertado por la luz del sol, parpadeé al ver la nota en la mesa. «Estoy con mamá. Cosas de la boda».

Permanecí escuchando el trino de los pájaros. Luego me levanté para rastrear la casa. Descubrí, reconfortado, que estaba solo. Una ventana panorámica daba a una calle tranquila y arbolada. Sobre la chimenea había varias fotos de Angie, con distintos peinados y trabajos de ortodoncia. Me serví un plato de cereal y abrí el periódico.

Entonces me sobresalté cuando entró Martin, grande y corpulento, su pelo blanco y tupido; llevaba una caja grande de herramientas.

«Buenas», bramó, levantando una palma grasienta para disuadir un apretón de manos. «Estoy afuera, trabajándole a Bucky».

Vacilé en busca de palabras. «Tienes muchas herramientas».

Mostró sus dientes grandes y fuertes. «Un hombre sin herramientas no tiene nada».

«Conocí a tu papá», le dije a Angie.

Soltó sus paquetes y me besó en los labios. «¿Y?».

«Se me trabó un poco la lengua».

«¿Qué te pasa, señor escritor?».

«¿De qué hablas con él?».

Angie reflexionó. «Es que tenemos algo con los silencios».

De niña, dijo, lo seguía como una sombra. Le gustaba hacerle compañía en su «oficina» junto al garaje. Mientras él preparaba sus informes de ventas —cubría una región grande para Sherwin Williams—, ella inventaba juegos con tarjetas de colores y se asombraba con la variedad de tonos (azul cuarzo, verde lima, caléndula, malva), y que Martin supiera todos los nombres. Le encantaban las calcomanías con el logotipo de la empresa, ideales para pegarlas en sus libros escolares, y el juego de pinceles con cerdas finas y sedosas.

Cuando Martin veía la televisión, Angie le peinaba el pelo. Probó distintos estilos: flequillo, peinado hacia atrás y con raya en el medio, como Jed Clampett. Una vez, atraída por el aroma picante del tónico, sacó la lengua y lo lamió.

«¿Para qué?», le pregunté.

«Para ver cómo sabía».

Cuando Martin regresaba después de una semana de viaje, siempre tenía historias para contar. Historias sobre lugares con nombres exóticos, como Galax, Shenandoah y Fancy Gap. Conocía la Cordillera Azul tan bien como un guía de la naturaleza. Hablaba de deslizamientos, ventiscas y osos.

«¿Han peleado alguna vez?», le pregunté a Angie. Estábamos abajo, en su cama.

Ella dijo que nunca. Luego habló de la vez en que salió a dar una vuelta en el carro de Martin. Ella y algunos amigos pasearon por la ciudad, fumando cigarrillos y tomando vino. Más tarde, Angie vio la marca de una quemadura en el asiento trasero y la cubrió con los informes de ventas de Martin.

Él salió de viaje a la mañana siguiente y Angie pasó toda la semana con los nervios destrozados. Martin llegó el viernes por la noche y dijo durante la cena: «Me pasó algo muy extraño».

Angie se quedó mirando su plato.

«Alguien hizo un agujero en el asiento de mi carro y se robó el cenicero». Tomó un sorbo de té helado. «Es la cosa más jodida que he visto en mi vida».

«¿Qué pasó?», le pregunté a Angie, quien sonrió con timidez.

«Nada», respondió. «Nunca más habló de eso». Estábamos fumando acostados, rodeados de peluches. Angie hojeaba un álbum fotográfico. «Aquí está papá enseñándome a nadar».

La foto mostraba a un hombre en una piscina y a una niña pequeña a punto de saltar.

«¡Qué cuerpo!», dije, mordisqueándole el cuello.

«Ahora no. Él podría llegar».

«No lo hará».

«¿No puedes esperar hasta después de la boda?».

Unos minutos después, la besé de nuevo. Esta vez no se resistió. En poco tiempo, los ositos de peluche cayeron al piso.

Entonces una puerta se cerró de golpe. Angie se levantó de un salto. Cogió el talco y lo esparció en el aire.

«¿Qué haces?», pregunté, tosiendo. ¿Estaba tratando de disimular el olor de humo?

Se oyeron unos pasos fuertes bajar las escaleras.

«Hola, papi», dijo Angie, empujándome afuera y cerrando la puerta.

Martin bajó en su traje arrugado y corbata. Yo estaba solo en pantaloneta.

«¿Cómo estuvo tu viaje?», le pregunté.

El cojín de vinilo suspiró cuando él se sentó pesadamente. Entrelazó sus gruesos dedos detrás de su cabeza.«Manejé seis horas seguidas desde Beckley, Virginia Occidental».

Olfateó el aire y se aclaró la garganta. Luego cogió sus Salem.

Con mi pecho desnudo, me sentí flaco y expuesto. Me hubiera gustado haberme puesto calzoncillos.

Entonces dije algo que me sorprendió. «¿Puedes darme uno?».

Me pasó un Salem y me dio fuego. Luego nos sentamos en silencio y compartimos el cenicero. Ese «algo con los silencios» iba a tomar un tiempo.

***

Mientras tanto, los «arrebatos» de Angie persistieron. Cuando su ánimo parecía estar en su punto más alto, explotaba de repente.

Ocurrió en nuestra luna de miel.

Salimos de la recepción en el Bucky, que tenía pintadas las palabras Recién casados en un costado. Las latas amarradas al bómper tintineaban detrás de nosotros. Llevábamos champaña, hielo y la tarjeta Exxon de Martin. Nos dirigíamos a la costa, pero no habíamos recorrido ni un kilómetro cuando vimos que el tanque estaba casi vacío. Entramos a una gasolinera y Angie, todavía con su vestido de novia, cogió el surtidor. Los carros pasaban pitando mientras yo sostenía la cola del vestido. Ella levantaba el puño triunfalmente. Yo la amaba.

Pero, al acercarnos a la costa, se estaba formando una gran tormenta. Apenas habíamos llegado a la cabaña cuando se desató. Sonó un trueno y el agua golpeó el techo. Luego se fue la luz. Corrimos al dormitorio y tomamos champaña. Demasiada champaña, lo cual era parte del problema. Entonces, en medio de una pasión desenfrenada, sentí las uñas de Angie arañarme el cuello. Pensé que jugaba hasta que vi la sangre.

«¡Todo fue un error!», me gritó al oído. Traté de agarrarle las muñecas.

«¡No me amas de verdad! ¡Crees que mi familia es un chiste!».

«¡No digas disparates! ¡Suéltame!».

Me tambaleé hasta el baño para mirarme las heridas. Cuando regresé con un Kleenex apretado contra mi cuello, Angie salió corriendo en medio de la tormenta. Se subió a Bucky y giró el encendido. El motor corcoveó, pero el carro no prendió.

Angie amaneció en el Bucky. Entonces llamó a Martin. Cuando él llegó, enganchó a Bucky al parachoques de su carro.

«Bueno», dijo alegremente, «aparte del arranque, ¿cómo estuvieron las cosas?».

Angie iba sentada adelante con Martin. Yo estaba atrás, con el cuello de la camisa levantado.

«Llovió mucho», dijo Angie.

***

El sábado por la mañana, la casa olía a ajo por los hash browns. Angie y su mamá conversaban en la cocina. Yo leía el periódico en la mecedora. Afuera, Martin estaba trasteando con Bucky. Me sentí inútil y salí.

«Buenos días», dije.

Martin gruñó. Tenía un cigarrillo colgándole del labio. Con una llave en una mano y un alicate en la otra, hizo una mueca mientras apretaba una tuerca. Luego sacó otra llave de la caja de herramientas. Un cuarto, cinco octavos; tenía el juego completo. Frunció el ceño y se golpeó la sien con un dedo. Piensa, Martin, se reprochó.

Esperé a que retomara el hilo. El silencio se volvió peso, hasta que empezó a silbar.

«Te voy a mostrar algo, Trey».

«¿Señor?».

«Tuve que cambiar la palanca del ahogador. Está aquí, en el carburador. Si el carro no arranca, esto es lo que haces». Giró un destornillador sobre la válvula de mariposa.

Luego, haciendo una mueca, sacó sus Tums. Se metió varios en la boca y declaró: «Voy a comprar acciones de estas pastillas. Prefiero un rollo de Tums a un cargamento de Rolaids».

«Chicos, ¿tienen hambre?», gritó Angie.

La comida humeaba sobre la mesa. Martin entró a lavarse las manos.

«¡Saca esas patas sucias de aquí!», lo regañó Betty, la mamá de Angie.

Martin sonrió, le dio un golpecito en el trasero con el suyo y luego le pellizcó las costillas.

«Viejo verde», protestó ella. «¿Les arreglaste el carro?

Te dije que esa cosa no sirve para andar en carretera».

«No te preocupes», dijo él, suavizando la voz. «Lo tenemos ronroneando como un gatito».

***

El verano cedía ante el otoño. Los fines de semana, Martin encendía el asador, que había armado con la cubierta de un cortacésped. Si Vernon, el vecino, lo veía afuera, se acercaba a charlar. Ambos participaban en asuntos comunitarios, como bomberos voluntarios y organizadores de eventos. Llegada la temporada de fútbol, la voz tronante del locutor del estadio podía oírse a más de un kilómetro: era Martin, narrando las jugadas.

Betty, química de un laboratorio estatal de análisis de alimentos, viajaba a Raleigh con sus compañeras porque no manejaba. Martin conducía, hacía mercado y todos los mandados. «Voy a la calle», decía, y siempre encontraba el modo de pasar por la Exxon de Early y conversar con los hombres sentados en las cajas de gaseosas.

Contaba historias de sus años en la carretera, que habían comenzado al salir del ejército. Después de dejar la finca de su padre, donde cultivaban tabaco, se compró un Chevy con alerones y tenía una novia universitaria. Salía a la carretera con un mapa y el baúl lleno de pinturas.

Ahora, en cambio, cuando le preguntaban adónde iba de vacaciones, respondía: «Lo último que quiero hacer es viajar». Podías notar la tensión de Betty cada vez que él debía irse, así que Martin regresaba siempre que podía, a veces solo para dormir unas horas antes de volver a partir.

«Me preocupa papá», decía Angie. «Su dieta es un desastre y fuma como una chimenea. Se la pasa mascando Tums para la gastritis, pero no quiere ir al médico. Mamá dice que no ha visto a uno desde el ejército».

«Deberías obligarlo».

«Ya lo intenté, pero no me escucha. Y tanto trabajo lo va a matar. Su empresa sigue expandiendo territorio. Y cuando está aquí, igual trabaja: en la casa, en los carros…». Yo me sentía un vago por no ayudar. Imaginaba a los vecinos diciendo que el yerno de Martin era un holgazán.

Le dije a Angie que era hora de irnos. El plan original había sido quedarnos un par de meses.

***

Un día, Bucky se apagó a las afueras del pueblo. Como Martin no estaba, dejamos el carro a un lado de la carretera y lo esperamos.

«¿Qué te dije?», comentó Betty cuando él regresó. «Ese carro no está para carretera».

Martin suspiró y dijo que lo arreglaría al día siguiente. Pero en plena cena recibió una llamada. Escuchó con paciencia, aunque el rostro se le tensó. «Está bien, voy». Tomó las llaves.

«¿Qué?», exclamó Betty. «Ni has comido».

«Era el alguacil Bowser», dijo Martin. «Alguien le prendió fuego a Bucky».

La semana siguiente, llegué a la casa en Bucky (el daño no fue tan grave) y encontré a Martin rastrillando el pasto. Saludé con la mano y entré. Por la ventana vi de pronto una figura corriendo loma abajo. Era Martin, persiguiendo a Bucky.

Lo detuvo en la calle. Subió, jaló el freno de mano y se quedó allí, jadeando, agarrándose el pecho. Buscó en el bolsillo y chupó unos Tums. Luego se secó la frente con la manga.

Me sentía mortificado: sabía que debía disculparme, pero no reunía el valor. Tampoco podía contárselo a Angie. Martin jamás mencionó el episodio.

Otro día, manejando el Bucky, noté el tanque vacío. Me detuve a regañadientes en la Exxon de Early. Bajo la mirada de los hombres en sus cajas, eché gasolina y pagué. Apenas arranqué, oí un grito.

Bajé del carro y vi la manguera tirada en el suelo. El olor a gasolina flotaba en el aire.

«¿¡TE FUISTE CON LA PISTOLA EN EL TANQUE!?».

Varias personas esperaban su turno. Sentí que el pavimento bajo mis pies se movía. Una parte de mí observaba la escena desde lejos, como desde un carrusel. Entonces alguien se acercó con una taza de café. Era Martin.

Otro carro se sumó a la fila. Alguien pitó.

Martin sorbió su café, me entregó las llaves y dijo: «Puedes irte en mi carro. Yo me encargo».

***

Los dos meses se habían convertido en diez, y ya era evidente que Angie no quería irse. Yo estaba convencido de que compartía mi deseo de mudarnos a algún lugar lejano, pero, al parecer, solo me dejaba hablar. Un día discutimos a gritos. En algún momento sentimos que había alguien afuera. Nos callamos y escuchamos un silbido alegre. Martin estaba en la entrada, arreglando a Bucky.

A fin de año me llamó un amigo de Nueva York. Nos animó a mudarnos y dijo que podía conseguirme trabajo.

«¿Nueva York?», dijo Angie, pálida. Miró hacia afuera, donde Martin paleaba nieve.

***

Unas semanas después, tocaron la puerta mientras almorzábamos. Era un hombre con un sombrero ancho y abombado, uniforme color tabaco y pesadas botas negras. Aunque era amigo de la familia, comprendí de inmediato que venía como alguacil.

«¿Está Angie?», preguntó.

 «Sí», dijo ella, acercándose. Los labios se le veían entumecidos. «¿Es por mi papá?».

El alguacil se quitó el sombrero.

El día anterior —nos dijo— Martin había manejado hasta Beckley y esa noche se registró en un Travel Lodge. El recepcionista recordaba que se había «parqueado de forma extraña». Luego, Martin regresó diciendo que había perdido la llave. El recepcionista lo acompañó a abrir la puerta. Martin entró, se acostó en la cama y, poco después, se le reventó una válvula del corazón.

Más tarde supimos que tenía un problema que podría haberse corregido.

Angie miró al vacío. «¿Mamá ya sabe?». El alguacil Bowser negó con la cabeza.

«Iremos a Raleigh a decírselo».

Vimos al alguacil alejarse. En la mesa quedaba medio sándwich de atún.

A mitad de camino a Raleigh, Bucky empezó a chisporrotear. Se sacudió y se apagó. Un camión pasó rugiendo y nos zarandeó como a una lancha. Salí a revisar el motor. Destapé el carburador y saqué el filtro.

«Bien», le dije a Angie. «¡Préndelo!».

Giró la llave, pero el carro no respondió. Usando el destornillador de mi cortaúñas, giré la tuerca de mariposa.

«Otra vez», le dije.

El arranque chirrió débilmente. Angie apoyó la cabeza en el timón.

«Otra vez —dije—, pero húndelo hasta el fondo».

El chisporroteo se oyó aún más débil. Entonces, de pronto, ¡Bbrrruum!, Bucky se estremeció y volvió a la vida.

Puse de nuevo el filtro y atornillé la mariposa. Angie me dejó tomar el timón.

Luego, con suavidad, devolví a Bucky a la carretera.

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