Traducción del inglés de Santiago Ochoa
Durante aquellas tórridas visitas de fin de semana, Angie iba a visitarme en Bucky, su impredecible Chevrolet Vega. Era una carcacha que Martin, su padre, mantenía funcionando para ella.
«Él cree que estoy visitando a mis amigas», dijo Angie.
«¿No le tienes miedo, verdad?».
«¿Debería?».
«No. Pero todos le tienen miedo».
¿Chicos? ¿Cuáles chicos?
«¿Por qué?».
«No lo sé. Supongo que por ser grande e imponente».
Toda la semana, mientras yo trataba de escribir, esperaba con ansias el viernes, cuando ella llegaba en su Buc-ky, con las ventanillas abajo y el radio a todo volumen. Desde entonces hasta el domingo escasamente salíamos de mi habitación. No me gustaba compartir su compañía, ni siquiera con Buzz, mi amigo de la infancia en las colinas de los Apalaches.
Angie me tenía hechizado. Yo nunca había hecho el amor con tanto desenfreno, bajo el aullido del viento y el roce de las ramas en los cristales de las ventanas, nuestros cuerpos sudorosos y exhaustos, pero no saciados.
***
Un domingo salimos y encontramos el suelo cubierto de hielo. Bucky no prendió. Mientras intentábamos reanimarlo, la temperatura cayó en picada. El cielo se hizo gris y las luces de las calles se encendieron, mientras los copos de nieve orbitaban como polillas. Si Angie se demoraba, Martin vendría a buscarla.
Entonces, en medio de la tormenta de nieve, apareció un Hummer con llantas enormes. Lo manejaba un hombre tan grande como un oso. Vivía y respiraba por las tormentas de nieve, afirmó. ¿Necesitábamos ayuda? Decidió que el problema era la correa de distribución, que se había roto. Doscientos dólares; él podía arreglarla.
Ahora la oscuridad era total.
«¿Deberías llamar a Martin?», le pregunté a Angie.
«¿Hablas en serio?», respondió.
«No es por el dinero», insistí. «Solo me preocupa que se entere».
«¿Enterarse de qué?».
«De que alguien ha tocado su motor».
***
Angie hizo una escena en una de las fiestas de Buzz. Todos estaban prendidos con whisky Wild Turkey.
«Tranquila», dije. «Esta gente…».
«¡Que se joda esta gente!», gritó Angie, corriendo hacia Bucky y encerrándose en él.
Golpeé la ventana.
«¡Vete!».
Cuando prendió el motor, me interpuse en su camino. Intenté razonar con ella, pero se tapó los oídos.
«¡Muévete!», gritó y pisó el acelerador.
En lugar de alejarme de un salto, me tiré sobre el capó. Me aferré a los limpiaparabrisas; uno de ellos se rompió en mi mano. Los invitados salieron a mirarnos. Fue entonces cuando Buzz decidió que yo estaba perdido.
***
«Llegamos», dijo Angie en la entrada iluminada por la luna donde había aprendido a patinar. Se me revolvió el estómago.
Yo me había despedido de Buzz. Todo lo que yo tenía estaba en Bucky.
Salí con paso vacilante agarrando mi maleta. En la húmeda noche de verano las casas estaban oscuras. Aun así, podía sentir a los vecinos observarnos. Los forasteros no abundaban en ese pequeño pueblo sureño.
«¿A Martin no le importa?», le pregunté a Angie.
«¿Puedes calmarte?», dijo. Me condujo de puntillas por la casa en tinieblas. «Quédate aquí, en el cuarto de los invitados», susurró. «Yo estaré abajo». Ahuecó mis mejillas entre sus manos suaves y cálidas. «Es solo hasta después de la boda».
La brisa que entraba por la ventana estaba impregnada de madreselva. En la cama pensé en Angie con su diáfano camisón de dormir.
Entonces un sonido interrumpió mis cavilaciones. Un ronquido profundo y gutural. Pronto se convirtió en un redoble de tambor en mi vejiga. Con cautela, me levanté y caminé a tientas por el pasillo. Por una puerta abierta, un rayo lunar atravesaba una cama, revelando los pies des-nudos de un hombre. Eran anchos y pálidos, con dedos largos y torcidos. Fue una visión tan íntima que parecía una violación. ¿Cuántas personas habían conocido a este hombre sin haber visto sus dedos encorvados? ¿Quién era yo para ser el elegido? ¿Qué vientos del destino me habían traído a este humilde hogar y a este hombre de pies cenicientos y cadavéricos?
Me escabullí hasta el baño y cerré la puerta corrediza. Esta rechinó y el ronquido rítmico se detuvo. Contuve la respiración hasta que finalmente volvió a sonar. Entonces, ¡CLAP!, el asiento cayó y un chorro de orina salpicó el piso.
El pánico en el rostro que me miraba desde el espejo me dijo que yo había entrado a una nueva fase de mi vida.
Despertado por la luz del sol, parpadeé al ver la nota en la mesa. «Estoy con mamá. Cosas de la boda».
Permanecí escuchando el trino de los pájaros. Luego me levanté para rastrear la casa. Descubrí, reconfortado, que estaba solo. Una ventana panorámica daba a una calle tranquila y arbolada. Sobre la chimenea había varias fotos de Angie, con distintos peinados y trabajos de ortodoncia. Me serví un plato de cereal y abrí el periódico.
Entonces me sobresalté cuando entró Martin, grande y corpulento, su pelo blanco y tupido; llevaba una caja grande de herramientas.
«Buenas», bramó, levantando una palma grasienta para disuadir un apretón de manos. «Estoy afuera, trabajándole a Bucky».
Vacilé en busca de palabras. «Tienes muchas herramientas».
Mostró sus dientes grandes y fuertes. «Un hombre sin herramientas no tiene nada».