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Estampas de Vargas Vila

1 de abril de 2026 - 12:10 am
A comienzos del siglo XX, cuando su nombre circulaba por cafés y salones de Europa, José María Vargas Vila era ya una figura rodeada de fama y escándalo. Sus novelas incendiarias, su anticlericalismo feroz y su estilo deliberadamente exaltado habían construido la imagen de un escritor que parecía vivir ebrio de sí mismo. Pero esa caricatura deja una pregunta más interesante: ¿cómo aparecía ante quienes realmente lo conocieron? ¿Qué veían en él los diplomáticos, escritores y curiosos que lo trataron en Madrid, Roma o París? ¿Confirman esos testigos la leyenda posterior o revelan matices que la fama no alcanzó a registrar?

Estampas de Vargas Vila

1 de abril de 2026
A comienzos del siglo XX, cuando su nombre circulaba por cafés y salones de Europa, José María Vargas Vila era ya una figura rodeada de fama y escándalo. Sus novelas incendiarias, su anticlericalismo feroz y su estilo deliberadamente exaltado habían construido la imagen de un escritor que parecía vivir ebrio de sí mismo. Pero esa caricatura deja una pregunta más interesante: ¿cómo aparecía ante quienes realmente lo conocieron? ¿Qué veían en él los diplomáticos, escritores y curiosos que lo trataron en Madrid, Roma o París? ¿Confirman esos testigos la leyenda posterior o revelan matices que la fama no alcanzó a registrar?

No hay ejemplo en ninguna literatura de vanidad tan estruendosa como la de José María Vargas Vila. El inventor de la prosa sin mayúsculas, del libro en un solo lingote, hecho para ser devorado —esperanza falaz—de un tirón y sin tomar aliento, habla exclusivamente de sí mismo y en tercera persona. Perdida la noción de las posibilidades se entregaba, ciego, a la egolatría. Allá por el año 1910 nos encontramos por casualidad, al cambiar de tren, en la frontera de España. Solo en las estaciones de ferrocarril tenemos exacta noción de lo que es el tiempo. Durante una hora larga que duró la espera, peroró Vargas Vila con su abundancia y su ensimismamiento habitual. Las frases empezaban siempre así:

—Vargas Vila va para Málaga…

—Las novelas de Vargas Vila…

—Los últimos triunfos de Vargas Vila…

Me acompañaba una amiga francesa que comprendía el castellano, aunque no lo suficiente para percibir los matices. Cuando subimos de nuevo al vagón me preguntó:

—¿Quién fue ese Vargas Vila de quien ustedes conversaban tanto?

—El mismo que hablaba —repuse—; ¿no te has dado cuenta?

La francesita abrió unos ojos enormes. —Pas possible —repetía riendo a carcajadas—, pas possible…

Y, sin embargo, era posible. Era histórico. Vargas Vila llegó hasta hacer, bajo su firma, en la revista Némesis que publicaba en España, un relato de cierta conferencia que dio en Madrid. Empezaba en estos términos: «De pronto apareció Vargas Vila en medio del asombro general. La asamblea, compuesta por lo más alto de la intelectualidad madrileña, aplaudió al genio. Y Vargas Vila dijo».

Se trataba, desde luego, de una enfermedad. De una enfermedad incómoda para los demás y fatal para el enfermo, porque creó alrededor de él un vacío total. Aunque todos le teníamos por conversador eximio, nadie se avenía a prestar oído al autobombo perenne.

Pero si la tendencia resultaba inexcusable, se explicaba, por lo menos. Nacía la exaltación «yoísta» de una reacción contra la hostilidad del medio. Pocos hombres fueron tan vilipendiados como Vargas Vila. Los excesos de la jauría enemiga levantaron la llamarada de soberbia. Del ataque absurdo nació la defensa brutal. Hasta cobrar proporciones de suicidio.

Lo que más molestaba a Vargas Vila era la estratagema que empleaban sus enemigos para disminuirle, ensalzando los méritos de su hermano Juan Ignacio.

—José María no tiene ningún talento — repetían para sacarle de quicio—, el que vale realmente es Juan Ignacio.

Juan Ignacio, de más está decirlo, apenas escribía pequeñas notas en las revistas sociales. No queda de él una página. Ni siquiera se recuerda el nombre. Tan poco inteligente fue, que, por vanidad o resentimiento, se prestó a servir de proyectil contra su hermano.

Abundan los precedentes de ese ardid, utilizado desde los tiempos en que, para combatir a Pierre Corneille, se endiosaba a Tomás, de quien nadie puede citar hoy un verso.

Así nació también el Gómez Carrillo de Barcelona.

Un hermano de Enrique, llamado Eduardo, mal aconsejado por gente aventurera, empezó a escribir crónicas que llevaban al pie, para confundirse con la firma cotizada: E. Gómez Carrillo.

Como eran rematadamente malas y desprovistas de cuanto daba prestigio y autoridad al gran escritor, los que no estaban en el secreto empezaron a murmurar que Carrillo se hallaba en decadencia y aquello era el acabose.

Mucho trabajo costó poner término al enredo. El nuevo Gómez Carrillo argumentaba que también tenía derecho a firmar con la inicial de su nombre sin cuidarse de la coincidencia. Sacaba provecho del engaño. Durante varios meses se prolongó el conflicto. Hasta que Gómez Carrillo, que tenía siempre solución para todo, consiguió eliminar del mapa literario, no solo la firma intrusa, sino también al infidente, del cual no volvimos a oír hablar nunca.

Por aquellas épocas todos escribíamos crónicas. Amado Nervo coleccionó algunas de las suyas en un volumen titulado, creo, El éxodo y las flores del camino. Rubén Darío coordinó sus artículos de La Nación, de Buenos Aires, en varios libros, entre ellos España contemporánea. Yo hice lo propio en Crónicas de bulevar, que prologó el mismo Darío, y en Burbujas de la vida. Gómez Carrillo volcó en el género la expresión suprema de su personalidad. El único que desdeñó la crónica fue Vargas Vila. Abroquelado en su orgullo, renunció a la popularidad fácil y al contacto diario con el público.

—Para irradiar sobre América bastan mis novelas —declaraba a quien quería oírle.

Y en realidad sus novelas, escritas, como he dicho al empezar, en aquel estilo especialísimo, desprovisto de mayúsculas y sin más punto que el punto final —concebidas con la certidumbre de que es posible aspirar de un sorbo cuatrocientas páginas—, alcanzaron, entre 1900 y 1914, una difusión pasmosa y fueron la cartilla romántica de toda una juventud. El editor Ramón Sopena, cuya silueta he de trazar algún día, porque fue, con sus innumerables viajes a París y con sus secretarias renovadas en cada viaje, una de las figuras más interesantes y simpáticas de nuestro grupo, me confesó cierta vez:

—Yo le entrego a Vargas Vila todos los años por derechos de autor entre cincuenta y sesenta mil pesetas. Después de lo cual añadió, sonriendo:

—Para que las gaste en chalecos de fantasía. ¿No ha visto usted la enorme colección que tiene?

Este Ramón Sopena, que fundó una casa poderosa y ganó cuanto dinero quiso, tenía un alma de artista y de bohemio soñador.

—Nunca he logrado un negocio de importancia en el despacho de mi casa editorial —me confesaba en una de nuestras frecuentes charlas, porque fuimos muy amigos—; los mejores negocios los he hecho en un trasatlántico, en un tren, en un bar, en una sala de baile. Al dinero le gusta divertirse y hay que buscarlo donde la gente esté contenta y haya música…

Sobre el mérito literario de Vargas Vila se ha difundido en estos últimos tiempos una opinión tan categóricamente hostil que debe hacernos recapacitar. No para aceptarla, sino para reaccionar contra ella. Las bruscas unanimidades de América despiertan siempre desconfianza. Dejando de lado los apasionamientos, comprendemos que la obra de Vargas Vila, lejos de ser inferior, como algunos pretenden, marca dentro de su tiempo una de las realizaciones más completas. Pese a los arabescos de mal gusto y a alguna reminiscencia incómoda, contiene elementos sólidos y durables. La negación nace de un prejuicio o de un examen superficial.

Ilustraciones de Juan Osorno

En El dolor de escribir he contado cómo conversé por primera vez con Vargas Vila en el entierro del escritor venezolano Miguel Eduardo Pardo, autor de aquella novela Todo un pueblo que, con más o menos defectos —a mi juicio más—, es una de las primeras tentativas para hacer arte continental.

Si los libros de Bonafoux revelaban su mal genio (Bilis, Palos, etc.), los de Miguel Eduardo Pardo decían a voces su nerviosidad (Volanderas, Al trote, etc.). Inteligente y animoso, hubiera dejado huella firme si la tuberculosis no se lo lleva. Estaba enredado con una dama un tanto entrada en carnes, que tenía un negocio de modas cerca de la Plaza des Ternes, si la memoria es fiel. El cortejo salió, naturalmente, de casa de ella. El enfermo quiso venir a morir allí. Apunto el detalle, porque subraya el romanticismo reinante. Entre el grupo exiguo, que no llegaba a completar la docena, recuerdo a Rubén Darío, Vargas Vila, Gil Fortoul y algún otro.

Vargas Vila tomó la palabra y la conservó desde que salimos de la casa hasta que nos dispersamos después de beber una copa de cerveza en un café.

Pocas veces habíamos oído conversar con tan feliz locuacidad. De anécdota en paradoja nos hizo perder hasta la noción del acto que nos congregaba. La vanidad estruendosa abría, de tiempo en tiempo, una posibilidad de esbozar el diálogo, intercalando una sonrisa. Pero, a pesar de las desafinaciones, todos nos sentíamos deslumbrados por los fuegos artificiales que se quemaban en nuestro honor.

Muy a menudo se dijo:

—¿Por qué no escribe Vargas Vila cuando conversa?

A lo cual respondí siempre:

—No cabe juicio tan hostil. Podrá ser discutible su literatura bajo muchos aspectos, pero, con sus yerros visibles, ha traducido un momento de la emoción americana.

Digo esto con imparcialidad, porque nunca tuve amistad con él. Nos vimos en la vida cuatro o seis veces, al azar de los viajes. No fuimos enemigos tampoco. Es, por lo menos, lo que creo. Dentro de la vida literaria nunca sabemos nada.

La última vez que le encontré fue en Barcelona, en 1920.

—Ya se les va pasando el sarampión —me dijo—.

—¿Qué sarampión? —pregunté.

—El sarampión vargasvilista; toda la juventud de ultramar lo tuvo un momento…

Hablaba con sonrisa orgullosa, y acaso, también, con un poco de tristeza.

Después emprendió el viaje tardío por América, donde le recibieron con acentuada frialdad. En Buenos Aires, sobre todo, de donde salió diciendo cosas acerbas, que evidenciaban el despecho. Anunció que escribiría un libro sobre los salvajes. Ignoro si realizó el proyecto. Solo sé que volvió a Barcelona, donde murió poco después.

Se hallaba emparentado, desde el punto de vista temperamental, con Luis Bonafoux y con aquel escritor cubano ya olvidado que firmaba Fray Candil. Más talentoso que ellos, desde luego, pero irritable y vengativo, cultivaba con fruición el dicterio y era, como decimos en América, paraíso del neologismo, un panfletario temible. Con tales antecedentes, es de suponer la reacción que produjo en su espíritu el saludo distraído de Buenos Aires y las fórmulas irrespetuosamente chacoteras que dejaron tan resentido a Anatole France. Porque aquí cabe decir que cuando Anatole France regresó a París no escondía las indignaciones.

—Figúrense ustedes —declaraba a sus contertulios— que un mocozuelo me detuvo en la calle familiarmente para decirme:

—Vea don Anatolio, ¿por qué no se corta la perita?

No se si Jean Jacques Brousson ha recogido el detalle, pero es auténtico. Lo he oído de los propios labios del ofendido escritor. Todo esto resulta circunstancial, pero Vargas Vila no tenía el escepticismo de monsieur Bergeret. Hombre impresionable, se encrespaba ante cuanto juzgaba desconocimiento de su jerarquía. Su vida fue una lucha sin tregua para transformar en desafío gallardo las amargas decepciones. Sin embargo, por encima de la vanidad, tuvo un profundo y lacerante dolor: la repulsa y el olvido de su tierra colombiana.

El anatema contra los tiranos y el terco anticlericalismo le convirtieron en persona poco grata para las fuerzas preeminentes dentro de su país. Forzó la nota agresiva en las admoniciones, hasta causar heridas irreparables. Levantó rencores que se borrarán difícilmente. Pero fue, sin duda alguna, dentro de su patria, el escritor que alcanzó mayor renombre y el que ha dejado hasta ahora libros más recios y memorables.

Recurriendo a la prosa familiar, como el audaz mozalbete frente a France, cualquiera pudo decir a Vargas Vila:

—¿Por qué no se afeita la vanidad?

Aunque la vanidad no es cosa nueva en la literatura, en el teatro, en la política, en las finanzas, hasta en la vida social. Si tantos se envanecen de sus condecoraciones, de una herencia, de un auto, de un traje, de todo lo que viene de fuera, ¿por qué no se han de envanecer otros de la chispa interior que les permite ver más lejos que los demás? El especulador, el político, se ufanan de su poder en el tiempo en que viven: ¿por qué no se han de ufanar, con ventaja, el escritor y el artista de su crédito en el tiempo que vendrá?

Claro está que todo esto dentro de cierta medida equilibrada y humana.

Blasco Ibáñez, por ejemplo, tenía un orgullo levantino de naranjales estridentes.

—Como mi automóvil —solía decir— no hay más que dos en el mundo: uno lo tengo yo y el otro el rey de Inglaterra…

En los delirantes arrebatos de jactancia con que amenizaba su inefable sencillez bonachona, declaraba a veces también:

—En mi casa entra el dinero por las ventanas…

Palabras que dieron lugar a que Alejandro Sux, muy pobre por entonces, se precipitase, mitad en serio, mitad en broma, hasta la ventana gritando:

—A ver…

Pero el «pericarpio pulposo», como llamaban algunos en el mundo literario de París a Blasco Ibáñez, se entregaba únicamente a esos desbordes cuando alguien pretendía sobreimponerse. En estado normal, entre amigos que estimaba, escondía las uñas y era el más cordial de los mortales. Pocas veces he hallado un hombre de letras tan desprovisto de literatismo, tan entregado a su obra, tan ajeno a la miseria profesional. Se derramaba en burbujas si la hostilidad le cercaba. Cuando en Buenos Aires corría aquello de «fiasco y báñese», el cangrejo abría sus tentáculos para apretar donde podía. Desafinaba en defensa propia.

—Yo he de ser rico alguna vez —gritaba—; entonces alquilaré para una fiesta el hotel más lujoso de París, invitaré a todos los potentados de América y desde un balcón les arrojaré monedas de oro… Oro, mucho oro, como si diese de comer a los pájaros…

Vargas Vila no atinó a dosificar. La soberbia fue su talón de Aquiles. Supo poner vanidad en el talento, pero no logró poner talento en la vanidad. En la perspectiva panorámica, la presunción esconde la obra, con ser esta elevada y grande. Por eso he destacado en orden de importancia las facetas. Así surge la fisonomía con su mueca habitual.

De los doce escritores de que hablamos en este libro, solo Vargas Vila y Gómez Carrillo fueron vanidosos. Los demás tuvieron orgullo.

El orgullo se traduce a veces en timidez, en incapacidad, en silencio suicida, porque orgullo es antípoda de arribismo y de habilidad. Nos aleja del mundo, a medida que nos eleva sobre él.

Sea dicho esto para ventaja o desventaja de Vargas Vila, contra el cual Darío, en sus buenos momentos de alegría franca, solía disparar sus flechas también:

—Si después de morir va al cielo, nos enviará mensajes firmados: Yo y Dios.

Perfil publicado en Escritores iberoamericanos de 1900, publicado originalmente en 1943 en Chile.

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