Busqué a Beatriz González unos años antes de la pandemia, cuando rastreaba historias de «mujeres bravas», que habían surgido —o huido, o ambas cosas— de esa tierra arisca de Santander. Estaba armando una especie de árbol genealógico de las maestras que hacían parte de mi herencia simbólica y me interesaba conversar con ella sobre esa obsesión, que parecía una constante en su familia, relacionada con el arte de enseñar y hacer escuela. Ella y su hermana Lucila habían sido figuras tutelares de mi infancia, y con esa sensación de estar volviendo a una casa que conocía de toda la vida, llegué una tarde a su apartamento de las Torres del Parque.
Las González Aranda —Lucila y Beatriz—, y las Villamizar Sorzano —Leonor y Beatriz—, habían crecido juntas en Bucaramanga, y sus familias se conocían de toda la vida. Beatriz (Villamizar), mi madre, nació en 1932, en el mismo año de Beatriz G., y fueron compañeras de curso, pero en la ficha biográfica de alguna exposición, mi madre vio que «La Maestra» había resultado menor: «¡Dígame, ahora apareció cinco cursos atrás!». Cuando se lo conté a Beatriz G., se rio con esos dientecitos suyos tan afilados y reconoció que en un momento sí le había dado por quitarse unos años, pero que ya lo había corregido. Pues parece que en el MOMA no se han enterado y tienen otra fecha de nacimiento, le dije, y se me ocurrió que esas conversaciones, llenas de pequeños secretos, eran las que nos hacían sentir emparentadas. Entonces habían pasado varios años desde nuestra primera cita; mi madre acababa de morir y Beatriz G. y Urbano Ripoll, su marido, se habían trasteado a un apartamento en las Torres de Bavaria por temor a las escaleras. Para tratar de consolarme, las manos de artista de Beatriz G., con esas marcas que sé reconocer en las mujeres de mi tierra, pasaban páginas de unos álbumes que había rescatado de la casa de su hermana, y su voz, con ese acento tan cercano a mis afectos, me contaba historias de los tiempos en los que Beatriz V. aún no era mi madre. A medida que hablaba, iba tocando las fotos, como si eso le ayudara a distinguir contornos que se le habían desdibujado y, aunque muchas de esas fotos estaban en los álbumes de la casa que, por esos días, yo desbarataba, oírla rescatar esa memoria era recuperar la historia y la geografía de mi madre.
«Mi abuelo tenía una tienda en San Gil, que se llamaba Antonio Aranda, como él, pero nunca se me ocurrió preguntarle a mi mamá o a mis tías qué importaba. ¿Telas, vinos; qué importaba? ¡A mí me entra una angustia!, yo no pregunté lo suficiente y ahora no hay nadie a quién preguntarle», repetía, y sus dedos señalaban ese almacén en una casa, en una esquina de San Gil, en ese álbum que había llegado a esa torre. Desde que habíamos comenzado a conversar, pero más cuando llegó a «Bavaria», su frase repetida había sido esa: yo no pregunté lo suficiente. Tal vez por eso yo intentaba preguntarle todo lo suficiente, y más, y copiaba palabras, exageraciones, comentarios y silencios como si pudiera remediar esa supuesta falta de curiosidad de la que ella se dolía, o como si me resultara posible prevenir su lamento en un futuro que entonces parecía lejano: ya no hay a quién preguntarle. A lo largo de esas charlas fui tomando consciencia de que estábamos ahí como sobrevivientes de una historia que se iba destejiendo y que necesitábamos contarnos una y otra vez para que no se disolviera, como se había borrado la memoria de su hermana Lucila y se habían ido perdiendo tantas voces de mujeres valientes que nos habían precedido. («¡Tan divinas mis tías; todas muertas. ¡Ya no hay nadie a quién preguntarle!»). No se lo dije entonces, pero presiento que ella, tan memoriosa y perspicaz, supo que estaba dejando en otras manos una caligrafía por descifrar, llena de signos de interrogación y puntos suspensivos.
Habíamos empezado a hilar la historia alrededor de su tía, Ester Aranda Mantilla, que fue directora del Instituto Pedagógico Nacional de Señoritas durante doce años, desde 1936 hasta 1948, después de que Francisca Radke, que había venido a Colombia con la Segunda Misión Pedagógica Alemana, regresó a su país, en los tiempos de Hitler. (Beatriz decía recordar que Radke hacía formar a las alumnas y saludar con el saludo nazi, pero esa es otra historia). Ester había querido ser dentista y Antonio Aranda había viajado con su hija, de San Gil a Bogotá, para pedir admisión en la universidad. «Aquí no entran las mujeres» fue la respuesta que les dieron, y Ester no tuvo más remedio que estudiar en la Normal de San Gil para ser maestra, que era el trabajo destinado a las mujeres de ese tiempo. A pesar de haber sido una figura crucial para la historia de la pedagogía durante esas décadas inspiradoras de la Revolución en Marcha de López Pumarejo y de haber trabajado junto a Agustín Nieto Caballero en el proyecto de formar a los maestros de las Escuelas Normales Rurales del país, no logramos encontrar textos escritos de Ester, y las pocas menciones de ella en internet desembocaban en una fundación que lleva su nombre y que vende uniformes en el Instituto Pedagógico de Bogotá. Sin embargo, esa ausencia de escritura animó más nuestra búsqueda: Beatriz pidió la ayuda de una historiadora para rastrear datos de archivo; yo, en cambio, me incliné por reconstruir esa historia inventada desde adentro que iba contando La Maestra y que se parecía tanto a las formas de escribir —y ser borradas— de las maestras de esos (y de muchos otros) tiempos.
Las mejores historias de Beatriz, las más reveladoras, no tenían fechas ni datos exactos. Además de «Estercita», las Aranda, en femenino, fueron para ella, y también para las mujeres de mi familia, y creo que para las de esa Bucaramanga provinciana, una leyenda. «Eran elegantes, sofisticadas y muy inteligentes. Los hombres de Bucaramanga decían que no se podían casar con ellas porque se vestían divino, y quién iba a poder pagarles esa ropa», me contaba Beatriz con esa seriedad que se acentuaba a medida que las narraciones se distanciaban de los hechos comprobables y se convertían en fábulas. Ahora, al repasar las frases, me detengo en adjetivos que no solían ir juntos en esa sociedad —elegantes, sofisticadas y muy inteligentes— y en las apreciaciones sobre esos hombres de Bucaramanga que no les daban la talla a las señoritas independientes y trabajadoras que cosían su ropa con sofisticación en las mismas máquinas Singer. «Elvia usaba corbata y puso de moda la corbata en Bucaramanga, con semejante calor, y fue secretaria de Sears. Leonor había comenzado a trabajar en la Singer, en Bucaramanga y, como era excelente trabajadora, la mandaron de representante para América Latina en Nueva York».
Yo solo me acuerdo de haber conocido a Clema, la madre de las González Aranda, y al padre que se llamaba Valentín y que era adorable y risueño. Veo a Clema con esa misma mueca traviesa que heredaron las hijas y que es un recuerdo nítido de mi infancia temprana: un gesto no más, la fisonomía de una risa inteligente. En una ciudad donde los adultos solían ser solemnes y distantes y los niños no solían ser tomados en serio, recuerdo haber sido bienvenida y feliz en esa casa de Clema y Valentín, como si ellos disfrutaran realmente la compañía de los niños. En las notas sobre las charlas con Beatriz, veo que ella tenía esa misma sensación: «Mis papás eran distintos a los padres de ese tiempo en Bucaramanga, que eran muy godos y muy tristes, y las amigas del colegio nos preguntaban: ¿por qué su papá y su mamá son así, tan divertidos?».
Lucila vivió con sus padres en esa casa y significó, en mi infancia, lo que significó Ester en la de Beatriz. Me enseñó a amar la música, los libros, el teatro y, sobre todo, las historias bien contadas. «Qué cantidad de cosas puede decir una momia, una momia que ahora es vieja, pero que cada vez será más vieja», decía, para explicar su trabajo de hacer pedagogía de la memoria en los museos de Santander, y era capaz de tener en vilo a un niño o a un grupo de adultos alrededor de una corneta del siglo XIX o del óleo de un prócer, hilando historias y conectando acontecimientos, con esa cara que parecía serísima mientras decía cosas ingeniosas y desmesuradas. Detrás de muchos proyectos de Beatriz, como el de la Historia de la Caricatura, están el entusiasmo de su hermana y el de las mujeres que Lucila iba sumando al trabajo de escudriñar trazos y muecas en la prensa regional. Pienso en la complicidad de mi tía Leonor Villamizar y la veo muerta de risa recortando caricaturas al lado de Lucila en la Casa de Bolívar de Bucaramanga.
Con esa devoción que se profesa a las hermanas mayores, Beatriz miraba a Lucila y, cuando me hablaba de ella —de cómo había ido de niñera a Londres en los sesenta y había regresado a Bucaramanga con la moda de andar descalza con ropa psicodélica; de lo bien que bailaba y tocaba castañuelas; de cómo podía adoptar cualquier acento en un viaje; de las clases de inglés y religión en el Colegio Panamericano, y de esos niños a los que preparó para la primera comunión, que luego se volvieron guerrilleros y terminó visitando en la cárcel—, volvía a ser una niña pequeña de la mano de su hermana mandona de siete años. Me fascinaba que Beatriz me contara historias sobre la primera infancia en Bogotá, cuando su padre fue representante, y ella y Lucila vivieron la experiencia de estar en el colegio anexo al Instituto Pedagógico, cuando lo dirigía Ester Aranda y la Escuela Activa y la pedagogía artística eran el centro de un proyecto de renovación educativa que las marcó para el resto de la vida.
Beatriz quería estar a la altura de Lucila y de su hermano Jorge, de quienes admiraba su inteligencia —sé que estoy repitiendo esa palabra, inteligencia, pero no es mi culpa: fue una de las obsesiones de La Maestra—. «Yo lo único que hacía mejor era pintar, pero ellos eran los inteligentes. Claro que no tanto como tu papá, que fue el hombre más inteligente que conocí», me dijo, con esa forma suya de querer a los amigos. Déjame exagerar, reclamaba, con su risita socarrona de medio lado, cada vez que me parecía que se le iba la mano en un recuerdo. Era desmesurada, también, en el cariño.
Ahora, cuando no está, releo mis apuntes. «A mí me entra una angustia. Yo no pregunté lo suficiente. Es algo rarísimo, que a uno no se le ocurre, y hoy digo, ¿a quién le voy a preguntar?».
Ahora no hay nadie a quién preguntarle.
Qué se habrá hecho Carlos Sánchez, se preguntaron Beatriz V. y Beatriz G. la última vez que se vieron. Estaban al borde de cumplir noventa años y se rieron a carcajadas al recordar la tras escena de esas sesiones de fotografía que inventaban y que ahora son parte de mi herencia.
Las dos parejas de hermanas (Leonor y Beatriz V., Lucila y Beatriz G.) miran a la cámara en una frontera entre la adolescencia y la adultez. Miro la juventud de todas, con esa luz y esa belleza, y vuelvo a oír esa risa de mi madre que conservó toda la vida y pienso que en el futuro de esas fotos estaré yo.