En una calurosa tarde del 9 de febrero de 1926 acuatizó en Buenos Aires, en medio de la ovación popular y el recibimiento del presidente Marcelo T. de Alvear, el Plus Ultra, primer hidroavión de la historia en cruzar el atlántico: el progreso. Ese mismo año, en junio, vino al mundo, en Los Ángeles, California, una niña rubiecita llamada Norma Jeane Mortenson, más tarde Marylin Monroe: la belleza. Y el primero de agosto, en Italia, fue fundado el club Nápoles, donde décadas después jugaría Diego Armando Maradona: las rebeldías.
Pero 1926 es también (y sobre todo) el año en que se publicó en Buenos Aires una novela inusitada, callejera, existencial, elevada y burda, dostoievkiana y folletinesca, que contó por primera vez aquel progreso desde el punto de vista de los excluidos de su beneficios y que miró a la belleza con los ojos desahuciados de quienes apenas podían atisbarla desde afuera de la vitrina, los que tenían como único camino de redención la rebeldía y la trasgresión: El juguete rabioso, primer libro de Roberto Arlt y obra fundacional de la literatura puramente urbana en Argentina. La primera novela moderna del país, según dicen los entendidos.
Silvio Astier, un chico de catorce años, descendiente de inmigrantes, habitante del barrio marginal de Flores, quiere ser inventor, poeta y sobre todo conquistar el mundo. Lo cree posible, inspirado por las historias de audaces bandidos que habitan sus lecturas folletinescas y por los precarios inventos que fabrica con base en sus indagaciones científicas. Hay arrojo infantil, sed de conocimiento y precariedad material. Solo falta juntarse con un par de amigos y crear un grupo de pequeños maleantes para delinquir y ganar dinero. Nada sale bien y Silvio tiene su primer choque con la realidad. El segundo, el más cruel, el que casi todos padecemos, llega de boca de la madre angustiada: «Tenés que trabajar». Con esa frase nace El juguete rabioso. La búsqueda de un trabajo obligado a una edad inadecuada, enfrenta al protagonista con una ciudad próspera y cruel, sofisticada y ajena, avara, indolente, desprovista de los finales triunfales que ocurren en las novelas de aventuras, y en cuyos entresijos y periferia habita un sector de la sociedad apabullado y sórdido a costa del cual se ha construido la prosperidad. A medida que Silvio conoce la urbe en su complejidad, descubre también la suya, las covachas escondidas de su propio espíritu. Porque en esta novela Buenos Aires no es simplemente un espacio en el que transcurre una historia, es el gran personaje, una fuerza activa que transforma, que interviene en el alma a la vez que es intervenida.

Para involucrarnos en ese mundo (porque El juguete rabioso más que una historia es un mundo), y generar un efecto vivencial de personas con sangre palpitante más que de personajes, Roberto Arlt trabaja con algo que está antes del lenguaje: su propia herida. La potencia del espíritu iracundo, que convertida en material plástico y manipulada por su genio deriva en una poesía ruda, cuya caricia raspa. Arlt crea un código personal que amalgama lo que para muchos era una contradicción: la palabra elevada, la retórica sofisticada de lo escrito, articulada con el verbo empantanado y la poesía involuntaria del lenguaje callejero y marginal. De ahí esos párrafos que tanto incomodaron a sus contemporáneos, en los que conviven reflexiones y construcciones verbales de la alta literatura con términos lunfardos y arrebatos líricos de la poesía folletinesca, en un collage desparpajado, kitsch, amoral, cruento y tierno a la vez.
Arlt escribió la novela en 1920, pero solo fue publicada, después de varios rechazos editoriales, en 1926. Y eso gracias al padrinazgo de un escritor perteneciente a la élite cultural, Ricardo Güiraldes, quien supo ver la potencia esencial de la obra más allá de los prejuicios de la época y quien, además, tuvo la afortunada idea de proponerle al autor el título de El juguete rabioso en reemplazo del que originalmente tenía: La puerca vida.
El libro no solo no tuvo acogida, sino que fue despreciado por el mundo literario y cultural argentino de la época, dominado por el llamado grupo de Florida, del que hacían parte Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal y Norah Lange, entre otros. «Un tipo inculto, desprolijo, descuidado», decían; «su estilo es con frecuencia enemigo personal de la gramática». Juan Carlos Onetti, en el prólogo a una edición italiana, da cuenta de ello: «Los intelectuales interrumpieron los dry martinis para encoger los hombros y rezongar piadosamente que ArIt no sabía escribir. No sabía, es cierto, y desdeñaba el idioma de los mandarines: pero sí dominaba la lengua y los problemas de millones de argentinos, incapaces de comentarlo en artículos literarios, capaces de comprenderlo y sentirlo como amigo que acude —hosco, silencioso o cínico— en la hora de la angustia».
Arlt, que se ganó la vida como periodista, retrucó con un artículo titulado «Que los eunucos bufen»: «se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias. Para hacer estilo, son necesarias comodidades, rentas, vida holgada… Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un “cross” a la mandíbula».
Sin embargo, el paso del tiempo fue haciendo lo suyo y las generaciones posteriores de escritores descubrieron la fuerza que hay en quien tiene algo qué decir, más allá de los cánones o modelos de corrección, de quien tiene una pasión genuina y la capacidad de transformar en arte una herida. «Hay muchas maneras de probar la excelencia de una obra: la más sencilla es buscar sus ecos en los que vinieron después… En la Argentina, desde hace cincuenta años, no hay casi escritor que no le deba algo a Arlt», dice Abelardo Castillo. Julio Cortázar, Ricardo Piglia, Guillermo Sacomano, Anibal Jarkowiski y el mismo Castillo, entre otros, descubrieron El juguete rabioso y la obra posterior de Arlt con un ramalazo de deslumbramiento que afectó sus maneras de entender la escritura e influyó en sus propias obras; en 2022, Fito Páez publicó el álbum Futurología Arlt: su impacto atravesó las fronteras de la literatura. Sin embargo, hasta en los propios admiradores y deudores persiste un sustrato de clasismo cultural que aparece velado entre el elogio y la admiración: «…en esto hay más que las carencias idiomáticas, hay esa incertidumbre en materia de gusto, de niveles estéticos, que es uno de los rasgos de mucha de la literatura tercermundista y que proviene de las circunstancias, de la atmósfera que rodea a un niño como los que conocí en mi propia infancia», escribió Julio Cortázar.
En 1994 Abelardo Castillo dijo que «Arlt sigue siendo leído con fervor y es casi nuestro contemporáneo». Treinta y dos años después de esa afirmación y a un siglo de haber sido publicado El juguete rabioso, Arlt es cada vez más contemporáneo, no solo por vigencia artística del experimento sino por la precisión en el retrato de una sociedad que estructuralmente sigue siendo la misma.
Es mayo del año 2026. He releído el libro dos veces (una primera lectura ocurrió quince años atrás y tenía de la novela recuerdos muy vagos) y con el ejemplar en el bolso salgo al centro de Buenos Aires para hacer algunas diligencias. Sin proponérmelo muy conscientemente recorro los lugares recién leídos, cien años después de haber sido escritos. En la plaza Once, sobre la avenida Rivadavia (la calle más larga de la ciudad, por la que muchas veces cruzó Silvio Astier) doy con un grupo de chicos entre los catorce y los dieciséis años, que se rotan la botella de Fernandito (el fernet barato de los callejeros) mientras se fuman un faso. Hablan bajo, mirando de reojo, los rostros curtidos y duros de intemperie y calle. Recuerdo la descripción que hace Arlt de un niño, en la página ochenta y uno de mi libro: «Tenía diez años de edad y menos de cuatro pies de estatura, pero en su rostro romboidal, como el de un mogol, la miseria y toda la experiencia de la vagancia habían lapidado arrugas indelebles». De un bafle diminuto sale una canción que no alcanzo a escuchar, pero me parece oír la voz cascada del Piti Álvarez (ese Arlt roquero de los noventa): «Hola, señor kioskero, vengo en busca de su dinero, ponga las manos arriba y présteme mucha atención, mi familia no tiene trabajo y yo trabajar no quiero, por eso ponga su dinero en esta bolsa por favor». Me alejo con la imagen nítida de Silvio, Enrique y Lucio, mientras planean sus fechorías en el primer capítulo de la novela.
Cruzo por Lavalle y me dirijo al número ochocientos, la librería de don Gaetano, para ver si encuentro la sombra del hijo de inmigrantes alemanes y austriacos, Silvio Astier, ejerciendo su primer trabajo miserable, afuera del local, una campanita tintineante en la mano para atraer clientes, avergonzado de un oficio que cree no merecer mientras ve pasar a las indiferentes niñas hermosas de sus sueños. La librería ya no existe y tal vez solo existió en la novela. Pero encuentro a Silvio Astier, su versión siglo XXI, en el rostro de cada uno de los jóvenes inmigrantes, colombianos y venezolanos que me salen al paso voceando «cambio de dólar, cambio de dólar» a la entrada de sospechosos centros comerciales. Busco en el local de enfrente la casa Rocha, hacia donde la mujer de don Gaetano miraba ensimismada en la página treinta y uno. Esa mansión, propiedad del político, militar y diplomático Dardo Rocha sí existió, pero fue demolida en 1970 y ahora hay en su lugar un edificio.
Al día siguiente tomo el tren en la estación Retiro para visitar a mi hijo Bruno en el municipio de San Miguel. El tren se detiene en La Estación El Palomar, junto a la escuela de aviación militar. Veo al Silvio de la página cincuenta y dos caminando hacia el lugar donde por fin logrará el trabajo soñado. Y lo veo regresar devastado dos páginas más adelante, después de recibir un mensaje lapidario: «Aquí no necesitamos personas inteligentes sino brutos para el trabajo». El tren continúa su marcha y recuerdo que, desde ese mismo aeropuerto, cincuenta años después de que Silvio fuera rechazado, salieron los vuelos de la muerte de la dictadura, que arrojaron al mar a cientos de argentinos.
Regreso a mi barrio, San Telmo, y al pasar por el mercado pienso en el ambiente de la feria de Flores del último capítulo de la novela. Silvio recorre los puestos de pescado y los locales de las mondongueras antes de encontrarse con el Rengo en la página setenta y ocho. Así debió ser en aquella época el mercado de San Telmo, antes de que lo convirtieran en un mall comercial con decoración de plaza autóctona para nómades digitales y turistas europeos que consumen comidas sofisticadas y cervezas artesanales a precios desproporcionados para los habitantes del barrio. No se escuchan la algarabía del regateo ni los gritos de los vendedores. Nadie canta el tango que entonaba el Rengo mientras se paseaba entre los ventorrillos y los coches estacionados en la calle:
Tengo un bulín más sofica
Que da las once antes de hora
Y que yo se lo alquilé
Y que yo se lo alquilé
Para que afile ella sola.
Vuelvo a casa, abro el libro y lo hojeo. El juguete rabioso está más vivo que nunca. Sigue pululando afuera de sus páginas. Sólo que su funcionamiento ya no es mecánico sino digital. Y pienso en las palabras de Onetti: «El tema de ArIt era el del hombre desesperado, del hombre que sabe —o inventa— que sólo una delgada o invencible pared nos está separando a todos de la felicidad indudable, que comprende que “es inútil que progrese la ciencia si continuamos manteniendo duro y agrio el corazón como era el de los seres humanos hace mil años”».