A ti, cuya opinión no he pedido:
Déjame darme cuenta. Déjame caer por el precipicio y alzar vuelo con el par de alas que salieron de mi vientre. Déjame sentir el dolor y el cansancio y el miedo y la frustración y el amor —el más grande que existe: es así de inmenso como lo cuentan— y déjame verme reflejada en su rostro y ver la propia infancia que ya he olvidado: todas las primeras veces que me perdí por andarlas viviendo.
No es necesario que me lo recuerdes: ya sé que será difícil. Lo sé —aunque solo crea saberlo—, y aún así quiero vivirlo. Quiero vivir el misterio que nos ha permitido sobrevivir trescientos mil años como especie y así mismo a nuestros ancestros simios —por otros dos millones de años— y así mismo a las otras especies que paren a sus crías y les dan de mamar. Por eso déjame equivocarme. Déjame arrepentirme. Déjame arrepentirme de arrepentirme. Déjame descubrir que en la dificultad está la belleza: la magia aguda de darlo todo por otro ser a cambio de la mirada más honesta que tus ojos van a ver jamás.
La maternidad tiene mala fama —y con justo argumento—, pero la deseo porque sé que ahí, y solo ahí, experimentaré el amor desmedido que nace en la carne, en la célula, en la intimidad mitocondrial, en los secretos del ADN, en la cotidianidad de la crianza, y sé también que ese amor va a transformarme y a hundirme, y que por ese amor estoy dispuesta a lo que algún día prometí nunca hacer por nadie: dejar de ser el centro de mi propia vida.
El parto desplaza el centro de gravedad y lo pone en el cuerpo de un bebé indefenso que apenas sabe ser humano: ya llora, ya respira, ya sonríe, ya tiene miedos, ya sufre el hambre, ya sueña —y ríe y llora mientras lo hace—, ya te ama, ya te extraña, ya te necesita, y ya tú lo necesitas —aunque eso no lo sabías: que un amor que nunca te hizo falta de repente iba a ser lo más necesario—, y así todo se hace tan pequeño y a la vez tan grande, y el tiempo corre y se aquieta en simultáneo, y entonces la vida cobra el sentido más esencial, que es la vida misma, y por esa gracia de la naturaleza, dual y mutable, lo difícil se vuelve fácil —o, digamos, menos difícil—: nada cuesta tanto cuando el motor de la voluntad es un hijo.
Importar menos aliviana el espíritu. Los chinos lo sabían y lo consignaron en el Tao. El hijo ordena y pone a cada quien en el lugar que le corresponde. No es solo el amor: es la lección de humildad más grande. Pero quiero descubrirlo sin el prejuicio del sacrificio. Quiero estar preparada también para lo bueno. Quiero disfrutar del movimiento perpetuo del niño y de las discusiones con el adolescente. Quiero encontrar gracia en el llanto, en el bebé que te mira en la madrugada con los ojos como platos, y a cambio de tu trasnocho te regala una sonrisa mueca. Una sonrisa que es tuya, que nació en tu útero, alimentada por el abrazo cálido del líquido amniótico.
Antes de nacer, los fetos ya ríen. Ya lloran. Ya les da hipo. Ya quieren correr maratones. Y tú lo sabes incluso sin verle el rostro. Los sueños te lo muestran. El cuerpo te lo dice. Déjame aprender que la primera sonrisa de un hijo es el aleteo de una mariposa en el vientre.
A ti, cuya opinión no he pedido, te pido que no me ocultes las dichas. Que me recuerdes que será difícil, pero que lo difícil pasa, o se transforma, o que sigue siendo difícil, pero la magia de la maternidad aligera el peso. Que además la dicha de un hijo se comparte. Por el padre de la criatura. Por tu madre, que ahora llamarás abuela. Por tu padre, que se sentirá padre de nuevo. Por la ternura de los tíos. Por la gente que te cruzarás en la calle y clavará los ojos en tu bebé y sentirá que la atraviesa la inocencia. La responsabilidad es enorme: tu cuerpo fue anfitrión de la vida y ahora debes presentarle el mundo a ese ser que creaste. No me imagino hacer nunca un trabajo tan importante como este.