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Un periodismo engañoso

1 de abril de 2026 - 12:17 am
La reciente polémica en torno a la BBC ha reabierto una vieja discusión: ¿debe el periodismo limitarse a informar los hechos o asumir también la tarea de interpretarlos y orientarlos moralmente? A partir de la crisis provocada por un memorando interno que denuncia sesgos editoriales dentro de la corporación, un antiguo reportero de la cadena revisa la transformación que, desde los años noventa, habría desplazado el ideal clásico de imparcialidad hacia un periodismo cada vez más guiado por narrativas y convicciones.

Un periodismo engañoso

1 de abril de 2026
La reciente polémica en torno a la BBC ha reabierto una vieja discusión: ¿debe el periodismo limitarse a informar los hechos o asumir también la tarea de interpretarlos y orientarlos moralmente? A partir de la crisis provocada por un memorando interno que denuncia sesgos editoriales dentro de la corporación, un antiguo reportero de la cadena revisa la transformación que, desde los años noventa, habría desplazado el ideal clásico de imparcialidad hacia un periodismo cada vez más guiado por narrativas y convicciones.

Este artículo apareció inicialmente en la revista Quillette en noviembre de 2025. Traducción del inglés de Gaceta.

 

El pasado 3 de noviembre de 2025, The Daily Telegraph comenzó a informar sobre el contenido de un memorando interno al que había tenido acceso y que contenía pruebas escandalosas de parcialidad e informes deshonestos en la BBC. Tres días después, el periódico publicó el memorando completo, en el que Michael Prescott, asesor externo del Comité de Directrices y Estándares Editoriales (EGSC, por sus siglas en inglés), expresaba su «profunda y no resuelta preocupación por la BBC», en particular por la manera en que la corporación había cubierto las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020, las cuestiones de raza y género, y la guerra entre Israel y Gaza. El memorando estaba dirigido a la junta de gobernadores de la BBC, y en su introducción Prescott escribió:

Mi opinión es que la dirección ejecutiva falló repetidamente en implementar medidas para resolver los problemas señalados y, en muchos casos, simplemente se negó a reconocer que hubiera algún problema.

De hecho, sostendría que la actitud de la dirección ejecutiva cuando se enfrenta a pruebas de problemas graves y sistémicos se ha convertido ya en un problema sistémico en sí mismo, lo que significa que el último recurso para actuar es la Junta.

En una entrevista con GB News al día siguiente de que el Telegraph informara por primera vez sobre el contenido del memorando, la líder del Partido Conservador, Kemi Badenoch, declaró que «tendrían que rodar cabezas». Finalmente, el 9 de noviembre, así ocurrió: el director general de la BBC, Tim Davie, y la directora ejecutiva de noticias, Deborah Turness, renunciaron ambos. El presidente estadounidense Donald Trump reaccionó a esta noticia con una publicación en Truth Social, en la que escribió:

Las principales figuras de la BBC, incluido Tim Davie, el jefe, están renunciando o han sido despedidos porque los atraparon «manipulando» mi muy buen discurso (¡PERFECTO!) del 6 de enero. Gracias a The Telegraph por exponer a estos «periodistas» corruptos. Son personas muy deshonestas que intentaron inclinar la balanza en unas elecciones presidenciales.

Ha amenazado con demandar a la corporación por mil millones de dólares. Es cierto que gran parte de las críticas a la BBC ha provenido de sus competidores del sector privado y de sectores de la derecha política que siempre se han opuesto, por principio, a una cadena financiada con fondos públicos. Sin embargo, las pruebas de parcialidad presentadas por Prescott son lo suficientemente contundentes como para justificar por sí mismas la indignación de los críticos de la BBC. En su carta de renuncia, Turness intentó limitar los daños explicando con nerviosismo que, aunque «se han cometido errores, quiero dejar absolutamente claro que las recientes acusaciones de que BBC News tiene una parcialidad institucional son falsas». Sería ingenuo, sin embargo, tomar esta garantía al pie de la letra, porque ninguna figura de alto nivel en la BBC admitiría jamás que la corporación es parcial. La BBC existe gracias a una Carta Real que le exige «proporcionar noticias e información imparciales para ayudar a las personas a comprender y relacionarse con el mundo que las rodea». Violar ese mandato pondría en riesgo su fuente de financiación única.

Como antiguo periodista de la BBC que ahora enseña periodismo en una universidad, puedo decirles que no, el periodismo de la BBC no es imparcial, y sí, la corporación tiene una parcialidad institucional. Este problema no se limita en absoluto a la BBC, pero dado que se financia con el canon televisivo —cuyo pago es obligatorio, les guste o no a los espectadores lo que produce la corporación—, la acusación de que está incumpliendo su misión de servicio público resulta particularmente dañina. Esta crisis todavía podría convertirse en una amenaza existencial para la BBC, ya que los parlamentarios del Partido Conservador piden que se elimine el canon. «La compra forzosa de contenido a través del canon, sin posibilidad de elección para el consumidor», dijo Ben Spencer, «es un anacronismo analógico en la era digital». La BBC no siempre fue así: las raíces de la crisis actual pueden rastrearse hasta ciertos desarrollos dentro de la corporación durante los años noventa. Fueron polémicos en su momento, y vale la pena revisar esa historia si queremos entender cómo la BBC se metió en este embrollo y qué puede hacerse al respecto.

Ilustración de Samuel Castaño

El periodismo victoriano

Un periodista de la BBC que llegara desde 1955 en una máquina del tiempo probablemente quedaría horrorizado ante el estado del periodismo de la BBC en 2025. Esto no significa que todos los periodistas de entonces dijeran la verdad —no era así—, pero sí entendían que su objetivo principal consistía en intentar contarla lo mejor posible, y esa búsqueda de la verdad estaba protegida estructuralmente. Los periodistas de entonces entendían que el mundo es volátil, incierto, complejo y ambiguo, y que por tanto es muy difícil saber algo con absoluta certeza. Su tarea era, por tanto, informar los hechos con la mayor precisión posible y separar esos hechos de las opiniones. Las opiniones debían equilibrarse con opiniones contrarias, para que la audiencia pudiera juzgar por sí misma. Esta es la técnica periodística clásica que se basa en responder al «quién», «qué», «cuándo», «dónde» y «cómo». La pregunta «por qué» se consideraba de una categoría distinta, porque su respuesta siempre será una cuestión de opinión y conjetura. Esta metodología periodística se inspiró en el método científico: un enfoque sistemático para adquirir conocimiento mediante la observación cuidadosa y el escepticismo riguroso. Buscaba minimizar errores y sesgos apoyándose en la razón y la evidencia, y eliminando la emoción y el prejuicio. Se desarrolló en el siglo XIX a partir de los valores de la Ilustración, en parte como reacción y antídoto frente al notoriamente corrupto periodismo del siglo XVIII y al tribalismo del siglo XVII, que produjo guerras religiosas sangrientas, intolerancia generalizada y la quema de herejes y brujas. Este periodismo elevado, orientado hacia la verdad, fue impulsado por The Times de Londres bajo las brillantes direcciones de Thomas Barnes (de 1817 a 1841, año de su muerte) y su sucesor John Thadeus Delane. Posteriormente se convirtió en el estándar de oro del periodismo en todo el mundo y fue ampliamente imitado. En Estados Unidos, el Chicago Daily News fue uno de los primeros periódicos en adoptar este método cuando se fundó en 1876. Su editor Melville Stone comparó esta nueva filosofía periodística con un «testigo en un juicio, obligado a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad». El periódico que mejor encarnó este enfoque fue el New York Times bajo la propiedad de Adolph Ochs. En 1896, Ochs prometió «dar las noticias de manera imparcial, sin temor ni favoritismo, independientemente de cualquier partido… e invitar, para ello, a un debate inteligente desde todas las tonalidades de opinión».

Este periodismo victoriano clásico también fue el principio rector de los periodistas de la BBC. En un ensayo de 1954 titulado «El problema central de la radiodifusión», el director general William Haley escribió que el deber primordial de un medio debía ser «contribuir al advenimiento del reino de la Verdad». Todas las demás consideraciones —entretenimiento, instrucción o mejora moral— debían permanecer en segundo plano. La búsqueda de la verdad, dijo en la conferencia conmemorativa Lewis Fry que dictó en 1948, debía ser «la Ley viva», y los periodistas debían «aferrarse a ella, trabajar bajo su guía, poner a prueba toda su conducta a la luz de ella y no reconocer otro amo. Porque si le damos lealtad indivisa a lo Verdadero y lo Bello, el tercer socio —lo Bueno— acabará por ocupar su lugar». Charles Curran, director general de la BBC entre 1969 y 1977, sostuvo que la tarea de la corporación era gestionar un supermercado de información y llenar sus estantes con una amplia variedad de hechos y opiniones. Advirtió a los periodistas que no cayeran en la trampa de creer que conocían la verdad y que su tarea era iluminar a quienes no la conocían. Hacer eso equivaldría, dijo, a confundir la función del periodista con la del sacerdote. El papel del periodista, explicó Curran, no era «predicar una determinada forma de conducta. No consideran que su trabajo consista en adoptar una moralidad determinada y usar el medio para persuadir a todos los demás de seguirla». Escribiendo en 1979, Curran estaba especialmente alarmado por lo que veía como un nuevo ánimo de activismo que empezaba a aparecer entre los periodistas jóvenes. «La oscuridad de la intolerancia», advirtió, «empieza a cerrarse cuando los portadores de antorchas quieren quemar a los pecadores, en lugar de perdonarlos».

 

Ilustración de Samuel Castaño

 

El auge del periodismo boomer

Había, sin embargo, un problema con el periodismo victoriano clásico: tendía a ser seco y aburrido. Esto era una consecuencia deliberada de las elaboradas precauciones tomadas para proteger la búsqueda de la verdad. Como recordó más tarde Richard Baker, el primer presentador de noticias televisivas de la BBC, antes de 1955 los locutores ni siquiera podían aparecer en pantalla: «Se temía que pudiéramos enturbiar el caudal de la verdad con expresiones faciales inapropiadas», explicó. «En su lugar, los espectadores veían imágenes que ilustraban las noticias». Todo esto cambió con la llegada de los baby boomers, una generación con gustos, valores y prioridades radicalmente distintos en todo: música, moda, moral, política… y periodismo. Los boomers ansiaban emoción en una época de paz y prosperidad inéditas, y alcanzaron la mayoría de edad en una década descaradamente idealista y utópica de rebelión cultural. Les aburría el periodismo victoriano clásico y su filosofía de la imparcialidad. Había surgido una nueva sensibilidad: el deseo de hacer del mundo un lugar mejor. El activismo y la protesta estaban de moda, y los boomers favorecían un nuevo estilo de periodismo militante, airado y partidista. Durante los años sesenta, los escritores desarrollaron la prensa underground, una nueva y explosiva forma de periodismo que tomaba partido, abrazaba la política radical y mostraba sin disculpas su desprecio por las normas del periodismo tradicional.

A finales de los años ochenta, la generación del baby boom empezaba a ocupar posiciones de poder y autoridad en el periodismo, y en 1992 llegó un nuevo director general a la BBC. Se llamaba John Birt, y su misión declarada era destruir el viejo modelo de periodismo victoriano y sustituirlo por un periodismo boomer. Esto no fue ninguna sorpresa: las creencias de Birt sobre el periodismo eran públicas mucho antes de que fuera nombrado para dirigir la BBC. Entre 1975 y 1976, él y su colega Peter Jay escribieron cinco artículos importantes para The Times de Londres. En el primero, atacaban el marco tradicional del «quién, qué, dónde, cuándo, cómo», que, según ellos, representaba un «sesgo contra la comprensión». La pregunta más importante, argumentaban, y la que debía responderse primero, era «por qué». Esto invertía la metodología periodística tradicional, que priorizaba la información fáctica y relegaba la explicación y el comentario a las columnas editoriales. Informar meramente los hechos, decían Birt y Jay, resultaba «insatisfactorio»: «Sin tiempo para poner la historia en contexto, [la información] no le da al espectador ninguna idea de cómo se relacionan entre sí estos problemas. Es más probable que lo deje confundido e inquieto». Un reportaje sobre el desempleo, por ejemplo, debía aspirar a explicar «las verdaderas causas del desempleo». Lo que se necesitaba con urgencia, afirmaban, era un periodismo que resolviera problemas. En su segundo artículo, atacaron la clásica distinción periodística entre hechos y «análisis noticioso». Era, decían, «el error básico, la equivocación dominante. Una distinción sin ninguna diferencia real». También criticaron al viejo periodismo por presentar los acontecimientos «como historias separadas, cada una un conjunto de “hechos” aislados». Esto, sostenían, era equivocado porque la vida no era una colección compleja de sucesos aleatorios: tenía patrones que podían ser analizados y entendidos por expertos.

La tarea principal del periodista, sostenían Birt y Jay, consistía en identificar y explicar la narrativa más amplia de una historia. Construir estas narrativas requeriría escuadras de reporteros de élite capaces de ayudar a la gente común a comprender los problemas del mundo: «periodistas cultos y bien informados, que a veces trabajen en equipos y mezclen de manera continua la investigación y el análisis, de modo que las necesidades de comprensión orienten la indagación y los frutos de la indagación alimenten el análisis». En su último artículo reiteraron que el periodismo victoriano ya no era pertinente: «En suma, la mayoría de los periodistas, incluidos los televisivos, trabajan con conceptos obsoletos y confusos que deben ser sustituidos por los valores de un nuevo periodismo». La revolución que Birt y Jay proponían horrorizó a los reporteros experimentados. El periodista de televisión Llew Gardner atacó a los autores por su arrogancia, su «horrible elitismo, su engreída convicción de que ellos saben más y de que han descubierto una verdad sobre el periodismo televisivo que solo podría haber sido alcanzada por personas tan sabias como ellos». Una de las respuestas más contundentes al manifiesto de Birt y Jay fue la de Louis Heren, corresponsal extranjero del Times, quien les dio una lección sobre el valor de la humildad periodística. La labor del periodista, dijo, era tratar de averiguar qué estaba ocurriendo y reportarlo de la manera más honesta posible. No correspondía a los periodistas decidir qué causaba los problemas del mundo ni pontificar sobre cómo debían resolverse. La razón, dijo Heren, es que los periodistas suelen ser ignorantes y no tienen forma de saber esas cosas:

Me di cuenta de que muy pocos observadores, e incluso algunos de los propios participantes en los hechos reportados, sabían lo que realmente había ocurrido. Lo mejor que uno podía esperar era escribir un informe honesto que no indujera a error y dejar el resto a investigaciones posteriores o a la historia.

Ilustración de Samuel Castaño
Ilustración de Samuel Castaño

 

La «misión de explicar» de John Birt

Tras asumir el cargo de director general de la BBC, Birt no perdió tiempo en declarar la guerra al periodismo victoriano clásico y a todos los que lo practicaban. A este proyecto lo llamó la «Misión de Explicar», cuyo objetivo estratégico era acabar con la separación entre hechos y opinión. En su autobiografía lo describe como una épica batalla entre David y Goliat, en la que él se veía a sí mismo como David. Birt objetaba el hecho de que «la tradición periodística de la BBC, en conjunto, era descriptiva más que analítica», y en sus memorias sostiene que la corporación se aferraba a valores anticuados: «Muchos de los periodistas y realizadores de programas de la BBC parecían atrapados en sus prisiones del oeste de Londres. Ignoraban el torbellino de ideas que los rodeaba». Según observa Birt, se trataba de un choque generacional: «Había una enorme cohorte —principalmente en sus cuarentas o cincuentas— para quienes las noticias y los asuntos actuales eran un proceso. Cubrían y respondían a los acontecimientos. Eran competentes y experimentados, pero hacía mucho que habían dejado de pensar con curiosidad. Estaban en una rutina, cumpliendo con el tiempo». A su llegada, los pre-boomers respondieron con «resentimiento hosco… El centro de la BBC parecía estancado en los años cincuenta y, como alguien cuyos valores y actitudes se habían formado en los sesenta, yo desentonaba. … Hasta mi ropa moderna era motivo de gran fascinación». Birt inundó BBC News con periodistas boomers, muchos de ellos aterrizados directamente en puestos altos de poder e influencia. Recuerda que ocupó «posiciones clave del equipo con gente tanto de dentro como de fuera de la BBC y —desafiando la tradición de la BBC— por designación directa, sin tribunales formales de entrevista. Estaba seguro de que teníamos que saltarnos una o dos generaciones para cubrir los puestos directivos». Estos nuevos altos mandos periodísticos compartían los valores ético-políticos de su generación. Incluso lucían como miembros reconocibles de la tribu boomer. De uno de los recién llegados, Birt comenta con aprobación que parecía «un joven profesor universitario radical». Birt reinventó el periodismo en la BBC e introdujo una nueva metodología. Los guiones serían escritos por periodistas senior en la redacción, y luego los reporteros serían enviados a grabar entrevistas y material de apoyo. Así, la realidad se acomodaría a la narrativa preestablecida. En Uncertain Vision, su libro sobre la gestión de Birt en la BBC, Georgina Born describe una reunión en la que Birt dijo a los productores que quería ver mucho más «guionaje y planificación por adelantado». Cuando le preguntaron qué programas de actualidad de la BBC le gustaban, respondió: «Para ser sincero, no hay nada que me guste». Su implicación, señala Born, era que la verdad de una noticia «podía alcanzarse intelectualmente».

La construcción y la gestión de narrativas se volvieron las habilidades periodísticas más importantes. Born relata que los periodistas veteranos se quejaban de «presiones estalinistas para adoptar la “línea de la BBC” en lo editorial». Y a medida que la agenda informativa se elaboraba cada vez más en la oficina por equipos de altos cargos, muchos reporteros comenzaron a sentirse incómodos. Uno admitió que con frecuencia no tenía idea de si las historias que contaba eran verdaderas o no. «Es extraño», le dijo a Born; «te conviertes en una especie de periodista virtual, atrapado en una oficina reprocesando material y sin salir realmente a presenciar los acontecimientos, sin experimentar aquello que reportas». Pero Birt estaba contento. Se veía a sí mismo como una estrella del rock del periodismo destrozando su habitación de hotel: una fuerza radical y destructiva que rompía las reglas antiguas y hacía añicos los viejos tabúes. Describiendo su impacto en la generación mayor de periodistas de la BBC, escribió, con evidente regocijo: «Yo fui la persona que hizo añicos su mundo». La última década del siglo XX vio cómo el péndulo seguía oscilando hacia un periodismo guiado por la narrativa. Nadie encarnó mejor esta tendencia que el reportero estrella británico Martin Bell. Bell era el corresponsal de asuntos exteriores de la BBC, conocido por aparecer en pantalla con su característico traje blanco. En 1997 publicó su propio manifiesto, en el que llevaba las ideas de Birt hasta sus últimas consecuencias. Aspiraba a un nuevo tipo de periodismo que llamó «periodismo del compromiso» (Journalism of Attachment). Los periodistas, sugería, debían dejar de fingir imparcialidad y unirse a la lucha por hacer del mundo un lugar mejor. El periodismo liberal victoriano, decía, no era más que un «periodismo de espectadores». El periodismo, afirmaba Bell, debía entenderse como una «empresa moral» guiada por el conocimiento de lo que está «bien y mal». Los periodistas no debían ser neutrales; debían preguntarse: «¿En qué creemos?». La tarea de un periodista, insistía, no era informar imparcialmente sobre los hechos, sino intervenir activamente:

En lugar de las prácticas desapasionadas del pasado, ahora creo en lo que llamo el periodismo del compromiso. Con esto me refiero a un periodismo que se preocupa tanto como sabe; que es consciente de sus responsabilidades; y que no permanece neutral entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la víctima y el opresor.

 

¿Hacia dónde va el periodismo?

Como consecuencia de estos desarrollos, el periodismo moderno de la BBC sufre ahora dos grandes defectos. El primero es la dependencia de la narrativa. Una vez que la organización determina qué causas considera buenas y cuáles malas, esas narrativas morales se convierten rápidamente en dogmas inamovibles a los que los miembros del grupo deben adherirse. Esto es peligroso porque la narrativa es una droga poderosa. Los seres humanos somos Homo narrans, el simio que cuenta historias. Hemos evolucionado para entender el mundo en términos de narrativas morales: bien contra mal, nosotros contra ellos. Esta forma de pensar, tan potente como binaria, es un producto de nuestro pasado tribal. Como explica el escritor Will Storr en The Science of Storytelling:

 [Una narrativa] encaja con nuestro paisaje inconsciente de sentimientos, instintos y sospechas a medio formar, y le da sentido, infundiéndonos de pronto una sensación de claridad, propósito, rectitud y alivio. Cuando eso ocurre, puede sentirse como si hubiéramos encontrado una verdad revelada y se nos hubieran abierto los ojos.

En el contexto de una redacción, esto convierte a los periodistas en actores tribales. Adoptarán la misma visión del mundo, el pensamiento grupal dominará y el periodismo empezará a sentirse como un llamado cuasi religioso. Cuestionar las creencias centrales del grupo no será permitido. Precisamente eso es lo que el periodismo imparcial y clásico victoriano fue diseñado para refrenar.

El segundo gran defecto de la BBC es que la necesidad de proteger la narrativa desplaza la búsqueda de la verdad a un segundo plano. Las implicaciones de este cambio son profundas. La idea de que es aceptable engañar a la gente si la motivación es noble se llama «mentira prosocial», y está bien estudiada por los psicólogos cognitivos. En el periodismo moderno, la mentira prosocial consiste en usar el periodismo para influir y persuadir a las audiencias a comportarse de formas consideradas éticamente correctas. El memorando Prescott dice lo siguiente sobre el manejo que la BBC ha dado al tema trans:

[Hubo] un goteo constante de historias unilaterales, generalmente reportajes, que celebraban la experiencia trans sin el equilibrio ni la objetividad adecuados.

Un ejemplo típico fue la historia de Gisele Shaw, un relato elogioso sobre una luchadora transgénero que se sentía «liberada» por revelar su identidad. Esta historia, publicada el 15 de marzo de 2023, pasaba por alto el hecho de que la luchadora, que es biológicamente hombre, había ganado repetidamente trofeos compitiendo en categorías femeninas. La Junta podría notar que el único trabajo indiscutiblemente notable en este campo fue el de Hannah Barnes, del programa Newsnight, quien luego escribió el libro fundamental sobre el tratamiento y maltrato médico de los «niños trans». Es posible que su trabajo ya no pudiera realizarse en la BBC, dadas la cultura que describo, los cambios en Newsnight y la ausencia actual de reporteros asignados a programas específicos. En la práctica, esto es indistinguible de la propaganda y convierte a los periodistas en activistas mediáticos de facto. En esta cultura informativa unilateral, la imparcialidad es descartada por los periodistas estrella como bilateralismo ingenuo. El resultado es un periodismo engañoso que sostiene lo que Prescott llama «una narrativa excesivamente simplificada y distorsionada». Su memorando presenta pruebas contundentes de un «sesgo editorial involuntario» muy extendido que impide al público comprender adecuadamente cuestiones complejas. «La BBC», concluye el memorando, «debe aceptar que tiene problemas sistémicos; solo entonces podrá comenzar adecuadamente el proceso de solucionar el problema». El verdadero problema para la BBC es que está cautiva de una Carta Real que la obliga a ser imparcial cuando no lo es. Una solución, por tanto, sería eliminar la Carta y permitir que la BBC sea tan abiertamente opinativa y parcial como cualquier otra cadena. Otra opción sería que alguien llevara a cabo una contrarrevolución en la BBC de alcance y escala similares a la revolución de Birt en los años noventa, solo que esta vez el objetivo sería restaurar el periodismo clásico victoriano y el compromiso con los hechos.

Es improbable que cualquiera de estas cosas ocurra pronto. Un gobierno laborista no va a eliminar el modelo de financiación mediante canon ni a reformar la Carta Real, y la BBC no va a volver al estilo seco y aburrido de reportar que dificultaría aún más su lucha por captar audiencia en un mercado ya ferozmente competitivo. En cambio, después de mucha introspección, lo más probable es que las cosas continúen como están por el momento. No deberíamos fingir que el statu quo es satisfactorio. Al contrario, es incoherente y confuso. Y a medida que el periodismo siga evolucionando, nos corresponderá a todos —a la sociedad— decidir qué tipo de periodismo queremos. Porque, al final, tenemos el periodismo que nos merecemos.

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