ETAPA 3 | Televisión

Marejada feliz

25 de abril de 2026 - 12:00 am
Jhon Fredy Espinosa Alzate, «Choco», actor de La vendedora de rosas, murió en febrero de 2026. En este documental inédito, grabado entre 2015 y 2016 y publicado en exclusiva por Gaceta, el cineasta Liberman Arango Quintero recorre las calles de Barrio Triste de Medellín para retratar la vida accidentada de «Choco» y todo el dolor que le faltaba por olvidar.
Jhon Fredy Espinosa Álzate, «Choco», actor de La vendedora de rosas. Fotograma del documental Marejada feliz, de Liberman Arango Quintero.
Jhon Fredy Espinosa Alzate, «Choco», actor de La vendedora de rosas. Fotograma del documental Marejada feliz, de Liberman Arango Quintero.

Marejada feliz

25 de abril de 2026
Jhon Fredy Espinosa Alzate, «Choco», actor de La vendedora de rosas, murió en febrero de 2026. En este documental inédito, grabado entre 2015 y 2016 y publicado en exclusiva por Gaceta, el cineasta Liberman Arango Quintero recorre las calles de Barrio Triste de Medellín para retratar la vida accidentada de «Choco» y todo el dolor que le faltaba por olvidar.

«Marejada feliz, vuelve y pasa por mí.
Aún yo digo que sí, que todavía pienso en ti»

Roberto Roena – «Marejada feliz».

 

A la memoria de Jhon Fredy Espinosa Alzate, «Choco».

«¡Usted me debe dos gramos, papá! Usted me debe dos gramos», le dice Choco a un hombre nervioso en una escena icónica de La vendedora de rosas, la película de Víctor Gaviria de 1998. «¿De cuándo?», se defiende el hombre. «Del viernes, que vino todo loco y sabe qué, pidió fiados dos gramos». 

Más tarde en la película, Andrea, una de las protagonistas, huye de un habitante de calle que la persigue. Entonces aparece de nuevo Choco, junto con su compañero de jibareo. Van en bicicleta y están ruedos, bajo los efectos de las pepas. Persiguen al hombre, que ahora corre para esconderse. La secuencia es narrada desde la alteración generada por el efecto de las drogas, como si nosotros también estuviéramos ruedos. 

Choco y su compañero pierden de vista al hombre que persiguen y, además, se caen de su bicicleta. Aún así, sonríen. «Mirá el traído», dice su compañero mientras se reincorpora: en una banca hay un hombre que se cubre del frío con una bolsa plástica. Lo levantan a la fuerza y Choco lo apuñala varias veces. Ese no era, le dice el compañero, este es calvo y el otro era peludo. Choco responde que, de todas formas, también es un desecho que no vale nada.

Salen de cuadro, el cuerpo queda tendido en el piso. Al fondo del panorama en el cielo estallan juegos pirotécnicos que iluminan la noche decembrina en Medellín. 

***

A través de la ventana de una casa vieja, un hombre y una mujer se enmarcan en la fachada de Los Muelles, un almacén de repuestos mecánicos en Barrio Triste, Medellín. De día, la pareja deambula entre las calles y reposa junto a Los Muelles, sin obstaculizar su servicio. De noche, con la reja cerrada, ese local se transforma en su casa. Las visitas son ocasionales y pasajeras al igual que los muebles que en esta ocasión distinguen la cocina del comedor y la sala del dormitorio. Se comparten bebidas y alimentos que amenizan conversaciones al ritmo de los timbales, trombones y claves que marcan el ir y venir de los transeúntes. La mujer se llama Natalia Castaño Sánchez. El hombre se llama Jhon Fredy Espinosa Alzate, le dicen Choco, el mismo apodo con el que actuó en La vendedora de rosas hace tantos años. Choco observa todo desde la quietud de su silla de ruedas.

***

Se llama Barrio del Sagrado Corazón, pero le dicen Barrio Triste, signado por sus talleres y habitantes de calle. De adolescente lo recorrí de ida y de vuelta mientras acompañaba a mi papá a buscar repuestos para reparar el carro. Los días siguieron siendo iguales allí cuando en 2009 llegó a Colombia la gripe AH1N1, por la que murieron 196 personas de las 3.405 a las que se les detectó la enfermedad. Allí estaban más preocupados por la tuberculosis. Ese año hubo 839 casos reportados a nivel nacional, y en Barrio Triste cobró la vida de muchos habitantes. No sé cuántos, no lo cuentan las estadísticas, como tampoco cuentan cuántas fueron las muertes violentas aquí. 

Era, entonces, un territorio vulnerable, y esa vulnerabilidad ha sido explotada desde entonces entre proyectos de progreso y expansión también pueden significar un final de unos ritmos, unas formas, unos recuerdos. 

No imaginaba que, cubierto por la nostalgia, terminaría filmando en estas calles.

***

A José Miguel «Joche» Restrepo Moreno lo conocí cuando intenté estudiar comunicación audiovisual. No entendía qué hacía yo en esa universidad, qué se supone que estaba aprendiendo, cuando lo vi en un pasillo: era alto, de pelo loco y barba prominente, profesor de cine documental entregado a filmar casi que todos los días. Un viernes de 2009, Joche me invitó a ver el trailer de una película independiente que estaban filmando en Barrio Triste. Fuimos en su Renault 4 y llegamos a una entrada entre dos talleres. El piso era de baldosa amarillas y rojas. A la derecha había una oficina con escritorios y computadores, con paredes llenas de anotaciones, dibujos, planes de rodaje y fotos de casting, una clase maestra de creación cinematográfica desde la que se podía observar todo el movimiento de la calle. Al final del pasillo, pasando unas habitaciones, había unas escaleras improvisadas que desembocaban en un pequeño espacio con bancas de madera, un proyector amarrado con ingenio a unas vigas del techo y un sonido a veces ensordecedor. Reconocí al director Víctor Gaviria junto a Diana Murillo «La Cachetona», Mario Restrepo «El Ojón» y Ernesto Franco «El Mocho», todos actores de La vendedora de rosas

Mientras intentaba entender dónde estaba y qué estaba pasando, una cara nueva para todos los demás, alguien pidió que subieran a Choco para ver la proyección. Para entonces ya estaba en silla de ruedas, y luego de varios intentos la función arrancó en el altillo sin él. 

La gente entraba y salía del cineclub que, supe luego, era liderado por Javier «Rivas» Quintero y Giovanny «Papá Giovanny» Patiño. Unos se quedaban, otros traían comida y bebida y algunos apenas saludaban y se iban, buscando el refugio de un instante. Afuera la noche transcurría alegre. Mecánicos, visitantes, transeúntes y habitantes del barrio avivaban la conversación entre risas, sin distinción de edad o estatus. A Barrio Triste también le decían el Barrio de las Estrellas, por los trozos de metal que hay en el piso que, cuando se moja, despliega todo su brillo. Antes de irme, sentado en la oficina, no podía dejar de mirar a Choco en su silla de ruedas. Me preguntaba cuál era su historia. 

***

Ya para 2009 quería hacer películas, pero no sabía cómo hacerlas. No pude ir a una escuela de cine, y pagué el primer semestre de la carrera de comunicación audiovisual con un préstamo de mi primo. Me sentía extraño, como si fuera la extensión del bachillerato; había materias de números y unos rellenos que me parecían innecesarios. Gracias a las amistades que hice en los pasillos pude empezar a filmar. 

Al principio, explorando mis dudas y certezas sobre la creación audiovisual, fui microfonista de tres películas filmadas allí: Barrio Cine (2012), de Juan Felipe Grisales y Juan Andrés Gómez; Mambo Cool, de Chris Gude (2013); y Loladrones, de Giovanny Patiño, filmada entre 2009 y 2012, que tuvo que ser filmada de nuevo, con otro equipo, antes de ver la luz. Y luego de que fuera comprendiendo el oficio del sonido con los maestros José Roberto Jaramillo y Luis Buitrago, mi atención se centró en la cámara, el manejo de la luz y sus misterios. Comencé a experimentar, a filmar con cámaras prestadas y a hacer cortometrajes documentales de manera muy intuitiva.

La curiosidad me invadió cuando conocí a Joche en la universidad. Ningún otro profesor se veía como él. En los mismos pasillos donde conocí a mis amigos escuché que era un loco, que se mantenía en la calle con los estudiantes. Así que lo busqué y le dije que quería hacer un documental. No sabía de manejo de cámaras, pero tenía un corazón salvaje y la terquedad de mis primeros acercamientos al cine. 

Cuando era pequeño, mis padres, Ángela Quintero y Leonardo Arango, y mis abuelos, Lourdes Molina y Arles Quintero, tenían chatarrerías, así que luego de ir al colegio buscaba materiales para reciclar y así ayudar en los gastos del hogar. Pasé buena parte de mi adolescencia rodeado de recicladores y habitantes de calle. Así me acostumbré a habitar espacios que otros llamarían marginales, pero que para mí eran lugares que recorría con naturalidad. Aprendí de las dificultades que atravesaban otras vidas, y de cómo lo que para unos era un desecho, para otros, para mí, podía ser un tesoro. Volví a esos lugares con Joche para filmar lo que se llamó El relámpago de la noche (2011). 

Tenía diecinueve años cuando, luego de un trabajo por encargo me encontré con toda la tarde de sábado por delante y una cámara y un trípode prestados. Guiado por un insaciable deseo de filmar, desde un teléfono público llamé a algunos amigos para visitar a Choco y a Natalia. A las ocho pasadas llegaron Melisa Sánchez, Paola López y Juan David Mejía. Era una noche despejada y un ambiente silencioso. Natalia cocinó una sopa de pollo para todos. Fluyeron las carcajadas, las anécdotas y las personas que entraban y salían como fantasmas, el pretexto para comenzar a grabar con una videocámara Panasonic Ag-dvx100b Minidv, y un par de micrófonos.

Fue una noche fugaz, valiosa. Conocimos así por qué Choco vivía en la calle desde los doce años, y cuánto extrañaba las arepas de su mamá. No había remordimientos por las decisiones que había tomado y los lugares a donde lo habían llevado, pero sí cierta nostalgia en su semblante. 

***

Carlos Mario Pineda era el profesor de Apreciación cinematográfica en mi universidad. Ya no podía seguir pagando mis estudios, pero entraba a las clases y veía todas las películas que él sugería. Todavía me remito a sus preguntas, a su metodología, para mi oficio. Ese fue el refugio de mis desbordados anhelos creativos, junto con libros de cine y dirección de fotografía. Viajé, grabé, me afané, conocí el mundo. Pero cada vez que volvía a Medellín, buscaba a Choco y Natalia, cuyas vidas eran avasalladas por las reglas de la calle. En 2015, mis ahorros me permitieron retomar el proyecto de documentar a esta pareja, y a la nostalgia que habitaba en mi corazón por el Barrio Triste que conocí y ya empezaba a cambiar bajo la aplanadora gubernamental. 

Fueron tres noches de visita, separadas entre sí por quince días. La búsqueda se balanceaba en esa línea difusa de la ficción y el documental, sobre un abismo de incertidumbre. A diferencia de El relámpago de la noche, ya no éramos dos personas; el equipo era más grande, había hasta luces. Fue un laboratorio creativo. Nada estaba planeado, no había escaleta, lo que sentíamos lo transformamos en cine. La guía fueron los encuadres, cómo tomaban forma y cómo intentábamos no repetirlos. 

La postproducción tardó más de un año, entre líneas y estructuras de montaje, vueltas en textos, voces en off, capitulaciones, laboratorios y, sobre todo, la búsqueda de fondos y financiación. Junto con mi cómplice en el montaje, Chris Gude, buscamos y encontramos las formas genuinas. Al final del proceso regresé a Barrio Triste con Melisa Sánchez para ajustar unos datos en audio y así finalizar la película. Natalia ya no estaba. Choco nos dijo que le agradecía el tiempo juntos, pero que tenía que olvidarla junto con los pensamientos dolorosos. A la película le pusimos el título de la canción favorita de Choco y de otro ícono de La vendedora de rosas, Giovanni Quiroz, el “Zarco”. Se llamaba Marejada feliz

***

Por Barrio Triste todavía camina James Vásquez, «El Primo», un mecánico que de una u otra forma ha tenido que ver con el cine filmado en Barrio Triste. Cuando tomamos aromática en la cafetería frente a la iglesia, recordamos personajes que siguen por ahí y otros que ya partieron. Aunque en los últimos años sobre todo he grabado videoclips musicales, todavía quiero recibir el testigo generacional y, a partir de las enseñanzas de maestros y maestras, contar la historia de este barrio que por épocas he llamado hogar. 

En 2022, solía asistir al cineclub de la casa de Javier Quintero, «Rivas», que replicaba el ambiente del de Barrio Triste: su desenfado, con comentarios en voz alta mientras las películas avanzaban. Allí conocí a Víctor Gaviria. De vez en cuando suelo repasar La vendedora de rosas, y por esos días tenía presente la escena en la que el Zarco se está bañando, emputado por la mala calidad de su reloj. Esta secuencia emblemática empieza cuando él canta una parte de «Marejada feliz», compuesta por el maestro Tite Curet Alonso y publicada en 1977. Víctor y Javier sonrieron con el hallazgo: distintas personas, en distintos años, convergían alrededor de una canción.

Jhon Fredy murió en febrero de 2026. Me lo contó Javier, pero no pude ir al velorio, estaba de viaje. Víctor me llamó luego y me sugirió que era el momento de hacer pública Marejada feliz. Escucho sus consejos de que volvamos a filmar nuestro hogar: Barrio Triste.


Marejada feliz va dedicado a Jhon Fredy Espinosa Álzate «Choco», las poesías de Jhon Mario «El Ojón» Restrepo Echeverri, Carlos «El Gordo», «Bananín» y «El pescador». Que en paz descansen.  Gracias a Natalia Castaño Sánchez, «El Payaso», Walter Montoya y «Danger» por su complicidad y por haber rodeado este acto creativo en todas sus etapas. Gracias a Víctor Gaviria por ser inspiración. 

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