ETAPA 3 | Televisión

Las naciones no son redondas 

9 de julio de 2026 - 12:55 pm
¿Qué revela un Mundial sobre los países que lo disputan? Este recorrido personal se adentra en la historia y la mitología del fútbol para abrir una ventana hacia ficciones nacionales, viejos conflictos y preguntas sobre quiénes somos.
Foto de Mario Alberto Kempes durante el Mundial de 1978. Foto de El Gráfico.
Foto de Mario Alberto Kempes durante el Mundial de 1978. Foto de El Gráfico.

Las naciones no son redondas 

9 de julio de 2026
¿Qué revela un Mundial sobre los países que lo disputan? Este recorrido personal se adentra en la historia y la mitología del fútbol para abrir una ventana hacia ficciones nacionales, viejos conflictos y preguntas sobre quiénes somos.

Mis recuerdos del Mundial de fútbol de 1978 son borrosos. Son los de un niño que, a un mes de cumplir siete años, observa esporádicamente la precaria fidelidad que propone un televisor en blanco y negro en casa de la familia Polo, al frente de la nuestra, en un barrio popular de Valledupar. Aparecen uno que otro lance del argentino Mario Kempes marcándole un par de goles a Holanda y las carreras de Tarantini y Luque con sus melenas al viento, pero todo se confunde en la mente y las imágenes se superponen con recuerdos posteriores. Cuando el Mundial de España 82, la televisión en el barrio seguía ofreciendo la misma fidelidad binaria, pero después de cuatro años mi universo se había ensanchado. Ahora caminaba algunas cuadras para verla en casa de otra familia amiga y las postales que conservo del evento son más claras. Recuerdo el golazo de Éder, de la selección de Brasil: Isidoro controló un despegue de cabeza de un defensa de la Unión Soviética por el sector derecho y le pasó la pelota a Falcão, quien, con discreta elegancia, hizo una finta con la que la dejó pasar entre sus piernas; Éder recibió la pelota en plena carrera, la levantó con la pierna izquierda y, con la misma, le pegó fuerte desde fuera del área —sin detener la marcha— para clavarla en el costado derecho de la portería, sin opciones para el portero.   

Colombia, como era costumbre, no clasificó a ese Mundial. La nación, en términos futbolísticos, todavía vivía de la memoria sepia de un empate épico 4 a 4 precisamente contra la Unión Soviética. Esa memoria incluía el único gol olímpico feo en la historia –la pelota entró perezosa, a trompicones, por el primer palo–, que le hizo Marcos Coll al mítico portero Lev Yashin, la Araña Negra. Pero ante la ausencia se exploran otras fidelidades. Yo había aprendido a querer a Brasil por los comentarios exagerados de mi padre sobre la selección del Mundial México 70: sin el más mínimo pudor, decía que la banda de Pelé, Rivelino, Tostão, Gerson y Jairzinho era tan buena, que Mário Lobo Zagallo se daba el lujo de dormir siestas durante los partidos. Quizá por justicia poética, unos días antes del comienzo del Mundial en España y de entrar a vacaciones escolares, portando una cinta amarilla cruzada sobre una franela blanca, en representación de Brasil, había tenido un par de recreos de gloria porque anoté un gol de tiro libre con el que le di el triunfo a mi curso en el peladero que hacía de cancha y patio del colegio donde estudiaba. Pero luego vendría la pena por la eliminación de la Canarinha a manos de Italia –a la postre campeona– y, tras regresar de las vacaciones, tuve que aguantar resignado que mi compañero de pupitre no hiciera más que dibujar en su cuaderno tachonado la imagen de Paolo Rossi en su carrera desbocada celebrando un gol.  

Pese a que con el tiempo llevo de mejor manera las amarguras que me produce el fútbol porque logro disfrutar otros elementos de su estética más allá de los goles, pases y gambetas, y puedo prescindir de buena parte de la avasallante diarrea informativa que genera, desde que tengo memoria no he dejado de seguir el Mundial. El evento convoca, sin duda, y en estos tiempos se mueve dentro de la lógica de la necesidad de la gente que, fiel a la dictadura del algoritmo, consume ávidamente todo lo que se promociona por las redes sociales como el espectáculo del momento. Sé de muchas personas que no tienen ni idea de este deporte y que nunca ven partidos, pero cuando el Mundial llega cada cuatro años, son capaces de apoderarse del control remoto y llevárselo como una presa apretada entre los dientes hasta la ducha.  

La pasada versión del Mundial, Catar 2022, la ganó Argentina. Y todo parecía indicar, pese al mal comienzo, que no podía ser otra la selección ganadora. Lo que pasó, después del triunfo, transitó los linderos del melodrama tanguero, milonguero y villero tan caro a la educación sentimental de la nación suramericana. Ganaron el Mundial más criticado de los últimos tiempos en un país cuestionado por las serias violaciones a los derechos humanos, la misoginia y la homofobia, sin descontar que algunos mencionaban un supuesto arreglo entre jeques árabes –los máximos empresarios del balompié en la actualidad– y la FIFA para que el último ídolo del negocio –Messi, que según otras fuentes jugó con un contrato millonario debajo del brazo que lo convierte en embajador de las futuras aspiraciones de Arabia Saudita como vitrina futbolera– no se retirara sin haber ganado la copa.  

Lo interesante, por otro lado, es que nunca hubo tanto consenso en la historia de los Mundiales sobre cuál jugador merecía el campeonato, por encima incluso de su selección. Argentina, por ese temperamento porteño —más que argentino—, suele despertar odios futbolísticos, pero durante el Mundial a una gran mayoría le parecía justo que fuese él quien levantara la copa. Es curioso, porque sé de algunos fanáticos históricos de la selección de Messi —no argentinos— que, por lo menos al principio del torneo, no hincharon por Argentina porque vivían fastidiados con él y con toda su valoración mediática. Estos detractores jugaban con la idea de que el rosarino no representaba esa argentinidad a la que estaban acostumbrados –la misma que los había hecho seguidores de la Albiceleste–, y se atrevían a decir que el equipo funcionaba mejor sin él. Pero al final tuvieron que recoger sus palabras, porque Argentina ganó con un Messi asumiendo «la argentinidad al palo»: apretando el puño, puteando, cobrando supuestas afrentas pasadas —el Topo Gigio a Louis van Gaal, DT de Holanda, por ejemplo—.   

Argentina fue campeona por primera vez en 1978 y todos sabemos que ha tenido que lidiar con los rumores que ponen la mano de la dictadura moviendo los hilos detrás. Gran polémica causó también, en México 86, la famosa «mano de Dios», pero sería injusto meterla en la misma bolsa de la especulación porque, apenas unos minutos después en ese partido contra Inglaterra, Maradona arrancó en una galopada endemoniada y eterna en la que tuvo tiempo de pensar cada segundo de su vida hasta llegar a ese instante e hizo el mejor gol de la historia de los Mundiales. Ese mismo cabecita negra, con sus arranques de genialidad verbal, tan sorprendentes como sus gambetas, dijo alguna vez que la pelota no se manchaba, pero lo que nadie puede quitarle al balón en estos tiempos es su condición de bola de cristal, de oráculo que revela al mundo las lógicas de las naciones. No podría ser de otro modo. El fútbol demuestra lo que ya sabemos por otras vías: que las naciones no son redondas. Solo que, dada su popularidad, el fútbol ofrece una didáctica de la geopolítica sin precedentes: en el pasado Mundial, 137 jugadores representaron a países en los que no nacieron, y muchos, como mercenarios de ejércitos, tenían la posibilidad de escoger a que nación ofrecían sus armas futbolísticas. En el presente Mundial las cifras se incrementaron de manera considerable: 286 futbolistas —un poco más del doble del Mundial anterior— juegan para una nación diferente a aquella en donde nacieron, lo que, por supuesto, también está ligado a que el campeonato pasó de 32 selecciones en la versión anterior a 48 en la actual.   

Hace cuatro años, en la oficina de mi amigo, el profesor camerunés Ndi Gilbert Shang, en la Universidad de Bayreuth (Alemania), vi el partido entre Camerún y Suiza y fui testigo de cómo Breel Embolo —delantero que juega para Suiza, pero que nació en Camerún— después de marcar un gol, en vez de celebrarlo, se quedó paralizado, a punto de soltar el llanto. Fue lo más parecido a un autogol. Pero vi también que mi amigo no pulseaba por una buena actuación de su país en el Mundial, porque sabía que de ocurrir sería capitalizada por un Gobierno con poca credibilidad que usa a Samuel Eto’o –uno de sus exfutbolistas más famosos– para ganarse la aceptación de la gente. 

Pero no solo es Embolo. Suiza ofrece una piel con la que algunos jugadores se forran para sacar las verdaderas patrias que llevan en el corazón. En los días previos al Mundial de Rusia 2018, el mediocampista Xherdan Shaquiri, quien llegó a Suiza con su familia a los cuatro años huyendo de la guerra en Kosovo, declaró: «No fue fácil para mi familia. Mi padre no hablaba el idioma y tuvo que empezar en un restaurante lavando platos. Siento que tengo dos hogares. Suiza le dio todo a mi familia y yo trato de darlo todo por el equipo nacional. Pero cada vez que voy a Kosovo tengo la sensación de estar en casa. Es un sentimiento». Shaquiri es un veterano con cuatro Mundiales encima representando a los helvéticos, pero el sentimiento por la patria donde nació siempre sale a flote. En Rusia, el mundo lo vio haciendo con sus manos el águila bicéfala, símbolo albanokosovar, cuando le marcó un gol a Serbia. Granit Xhaka, su compañero de selección, también de origen albanokosovar, lo imitó en el gesto después de anotar en ese mismo partido. No es precisamente a Guillermo Tell a quien este par de chicos lleva en su corazón y en su cabeza cada vez que enfrentan a Serbia. Por un momento se nos olvida que es Suiza la que juega porque los encuentros con Serbia parecen los de dos naciones balcánicas reviviendo los traumas de las guerras de los noventa.  

El fútbol, sin embargo, tiene la capacidad de mover cuerdas mucho más mohosas que las de los conflictos nacionalistas de los Balcanes. La de la raza, por ejemplo, se sigue agitando aún hoy, en pleno siglo XXI. En la final del Mundial de Catar, no pasó desapercibido que la mayor parte del segundo tiempo y durante todo el alargue, el único jugador de piel blanca de la selección francesa en campo fue el portero Hugo Lloris. Lo anterior se quedaría simplemente como una evidencia más del pasado expansionista francés por el Caribe, África y Oriente, o de la política de integración poscolonial, si no fuera porque después de la derrota se alzaron muchas voces que explicaban la caída por el color de piel de los jugadores. Y no es algo que pase exclusivamente durante una derrota. Incluso más de dos décadas atrás, en la victoria francesa del 98, que elevó a Zidane a la figura de héroe nacional, hubo comentarios sobre los orígenes raciales de la selección. La nación suele ser una entelequia, pero el éxito de esa ficción es que se arraiga tanto que sirve de rasero para juzgar la realidad de lo que debe ser esa nación que nunca ha existido.     

Tampoco hay manera de evitar que estas referencias a la raza transiten los caminos de lo pedestre y lo absolutamente vulgar. En Catar, algunos aficionados argentinos entonaron durante la transmisión en vivo de una reconocida cadena deportiva de televisión la siguiente canción: «Escuchen, corran la bola, juegan en Francia, pero son todos de Angola. Qué lindo es, van a correr, son cometrabas [hombres que tienen relaciones sexuales con travestis o mujeres transgénero] como el puto de Mbappé. Su vieja es nigeriana, su viejo camerunés, pero en el documento, nacionalidad: francés». Lo paradójico de esto no es que la canción original sea un jingle («Bobby, mi buen amigo») de una campaña publicitaria de la Policía de Buenos Aires en el verano de 1981 para que la gente que se iba a vacacionar a los balnearios de la costa atlántica dejara sus mascotas en casa, sino que en la reinvención de la letra se acuda a llamarle africano, o sea negro, al rival. Además de puto o travesti, el insulto más generalizado entre hinchas de los equipos argentinos es decirle negro al otro. En un país en el que, salvo por algunos académicos y por un grupo de activistas sociales, existe poca conciencia del destino histórico de la población afrodescendiente –la que, en algunos momentos de finales del siglo XVIII y de la primera mitad del XIX, llegó a representar el 30 % del total de los habitantes de Buenos Aires–, los cantos de las barras de fútbol hablan de «negros putos de Bolivia y Paraguay». 

Pero cuando queremos entrar en registros más elevados dentro de la crítica futbolística, hay que hablar de Jorge Luis Borges (y hay que hacerlo aún más cuando, hace apenas unos días, se cumplieron cuarenta años de su muerte). Las revistas y los periódicos reproducen cada cuatro años el escueto diálogo que Borges sostuvo con César Luis Menotti unos meses después de que el Flaco ganara el Mundial de 1978 como director técnico de Argentina. Más que Borges, lo que se convierte en noticia es su aversión a este deporte porque el protagonista no es él sino el fútbol. El escritor decía que el balompié era algo «innoble, agresivo, desagradable» y meramente comercial, que despertaba una de las peores pasiones —el nacionalismo—, y aborrecía la idea de supremacía que estaba detrás de cada encuentro. En una pequeña entrevista para televisión en 1980, habló de la situación internacional, de la necesidad de un mundo abierto y de su preocupación porque la época de apertura de Argentina estaba quedando atrás. La gracia nuestra, dijo, «no es solo descender de españoles o de indios, o en el caso de Brasil, de africanos» —por supuesto, África no estaba asociada de ninguna manera a Argentina—, «sino de gente de todas partes del mundo». Contestado esto, el entrevistador se sintió en confianza para contarle el chiste que define a los argentinos como «esos italianos que hablan español y se creen ingleses». Pero Borges le salió al paso: dijo que no pensaba que los argentinos se creyeran ingleses y que, por el contrario, la gente tenía un odio a Inglaterra, pero que «era raro que no le censuraran su mayor pecado, la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol». Luego entró en su elemento: Shakespeare había condenado al fútbol y, como prueba, citó una frase de El rey Lear en la que el Conde de Kent le hace una zancadilla al mayordomo Oswaldo y lo insulta llamándolo «simple jugador de fútbol» («You base football player»). 

Como si no fuera suficiente, Borges pensaba que «el fútbol es popular porque la estupidez es popular», y que «once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos». A Borges, en definitiva, no le interesó nunca el fútbol probablemente porque le interesaban otras vanguardias. En efecto, para él, la vanguardia en materia de conocimiento podía revelarse con la lectura de libros concebidos hace varios siglos: «Yo, desde 1955, me he dedicado a leer la reciente literatura del siglo IX al XIII: anglosajones, escandinavos…», dijo la tarde del 11 de enero de 1975, durante una conversación con Ernesto Sabato. Y a pesar de todo, en 1963, Borges publicó el pequeño cuento «Esse est percipi», escrito junto a Bioy Casares, su producción literaria de más directa relación con el fútbol. Podemos estar tentados a entenderla como una crítica a la descarada comercialización y manipulación mediática que han capturado al fútbol. Por supuesto que hay muchísimo de eso: prensa, radio, televisión, publicidad masiva, resultados arreglados… Pero no es orwelliano sino borgeano el relato de Borges. Lo que está detrás es el carácter dramático del fútbol. No el drama en tanto intensidad y pasión que se exhibe en el juego, sino en tanto representación, actuación, engaño y mentira que tiene como víctima a una mayoría que percibe esta realidad con el prisma inadecuado. Para Borges el fútbol no es verdad, o por lo menos no es verdad en la dimensión en que la gente cree que es verdad. No es un problema ideológico sino ontológico.  

Volviendo a las naciones, el problema es que estas no se construyen con verdades sino con ficciones y olvidos. Y no hay nada que contribuya más a imaginarse a Argentina como nación que el fútbol, porque, precisamente, en el sur del continente, nada ayuda más a olvidar las diferencias que los noventa minutos de un partido de la selección. El 11 de marzo de 1882, el pensador francés Ernest Renan llevó su figura rechoncha a la Universidad de La Sorbona para dictar una conferencia que luego sería publicada con el título «¿Qué es una nación?». En aquel texto icónico, dijo que el olvido y el error histórico eran fundamentales para la creación de las naciones. Con la claridad y elegancia explicativa que lo caracterizaban, Renan sostuvo que, para seguir existiendo como nación, «todo ciudadano francés debe haber olvidado la noche de San Bartolomé y las matanzas del Mediodía en el siglo XIII». Pero también fue claro cuando dijo que «la nación, como el individuo, es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos». Allí está la clave: «se ama en proporción a los sacrificios que se han consentido, a los males sufridos», y para eso el fútbol representa el mejor escenario porque ofrece posibilidades inigualables de construir épicas más cotidianas, más manoseables, diferentes a las que desde hace un poco más de dos siglos se vienen enseñando en las aulas de clases, en los patios de los colegios, cuando se arrea la bandera y se honra a los grandes próceres de la patria.   

No olvidemos que —seguimos con Renan— la nación es «un plebiscito cotidiano» y, en la coyuntura del título mundial de Argentina, el sufrimiento y la gloria de los héroes del fútbol adquirieron un carácter superior al de las gestas de independencia y de todo símbolo construido por los propagandistas de la nación en el siglo XIX. Con plena conciencia de que se estaba en un momento de celebración de una épica cotidiana y popular, fue un acierto que no hubiera ni una agenda ni un itinerario oficial que obligara a los deportistas a ofrendar el título en la Casa Rosada al gobierno de turno, como se estila. Fue un contacto directo, no mediado –o por lo menos no mediado por el Estado, quizá sí por los espónsores de la selección–, en el que una masa de más de cinco millones de argentinos rodeó a unos héroes que recorrían las calles de Buenos Aires sobre un vehículo cimbreante. Por derivación, los héroes serán también los que hipotecaron (y perdieron) la casa para irse a Catar a ver el Mundial, pero quedaron con el consuelo –también impagable– de ver a Argentina levantar la copa; los que se luxaron las caderas, se quebraron las piernas y se zafaron los omoplatos porque se cayeron de los árboles, de los puentes, de los monumentos y hasta de los semáforos cuando intentaron encaramarse al bus de la gloria. Ni que decir de la persona que murió ahorcada por la bandera –el trapo sublime de la patria– durante la celebración. 

Con el tiempo serán cicatrices de guerra. Para algunos, tendrán la misma dimensión que las que dejó el conflicto de las Malvinas. Nada es descabellado cuando se trata de un Mundial. Los goles de Maradona a Inglaterra en México 86 no solo fueron la venganza sino el equivalente de haber ganado esa guerra. Esta dimensión del fútbol era la que Borges no entendía, o mejor, la que lo fastidiaba porque la mayoría de la gente la entendía de esa manera. Murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, una semana antes de que Maradona hiciera aquel par de goles legendarios a Inglaterra. Para los días del Mundial, agotado y completamente ciego, Borges dijo que no sabía quién era Maradona: «Disculpe mi ignorancia», respondía. Sabía quién era, sin duda. Los hombres como él no aborrecían desde la ignorancia. También debió ver los goles antes de que ocurrieran en esta dimensión del universo a través del Aleph en el sótano de la casa de Carlos Argentino Danieri. Si esa «pequeña esfera tornasolada» concentraba todo el espacio cósmico y contenía, «sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos», no hay duda de que vio al barrilete cósmico y al planeta de donde había venido. Pero fue incapaz de decirlo y se llevó a la tumba el secreto de esa gloria que solo conoceríamos después, de la misma forma en que –como personaje de su propio cuento– ocultó el asombro después de haber observado, a través del Aleph, las maravillas del universo, y se atrevió a dudar de la originalidad del artefacto. Era su venganza contra una idea chocante de la argentinidad, representada en gente como Danieri, con su acento italiano sobreviviente de dos generaciones, y su apasionado, pedante e inoficioso proyecto de versificar toda la redondez de la tierra. Para Borges, Maradona y el fútbol eran otra forma fastidiosa de la argentinidad.  

Pero la pelota no se mancha. Los axiomas de Maradona siempre han sido más populares que los de Borges. Cuando se gana un Mundial de fútbol, el universo se vuelve finito, plano: no hace falta un Aleph para abarcarlo desde todos los ángulos porque cabe en las dimensiones de una cancha y se resume en el festejo de una nación. Cada cuatro años un balón universal rueda, su rotación inventa las futuras memorias del fútbol para demostrar, una vez más, que las naciones no son redondas.

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