ETAPA 3 | Televisión

Los dorados ochenta: ¡al fin, la ficción!

22 de junio de 2026 - 12:02 am
La década del ochenta fue, para muchos, un tiempo marcado por el miedo y la incertidumbre. Pero para Camila Loboguerrero fue también —y casi en secreto— una época de esplendor. Mientras Colombia atravesaba uno de sus periodos más convulsos, ella encontraba el espacio para llevar adelante proyectos documentales largamente soñados y, por primera vez, para aventurarse en el territorio de la ficción. Este fragmento de sus Memorias de mi cine —que en breve publicará el Ministerio de las Culturas— vuelve a esos años en que, contra toda intuición, la creación se abrió paso entre el ruido del país y le dio a su obra un impulso decisivo.
Camila Loboguerrero (1982). Foto de Hernán Díaz.
Camila Loboguerrero (1982). Foto de Hernán Díaz.

Los dorados ochenta: ¡al fin, la ficción!

22 de junio de 2026
La década del ochenta fue, para muchos, un tiempo marcado por el miedo y la incertidumbre. Pero para Camila Loboguerrero fue también —y casi en secreto— una época de esplendor. Mientras Colombia atravesaba uno de sus periodos más convulsos, ella encontraba el espacio para llevar adelante proyectos documentales largamente soñados y, por primera vez, para aventurarse en el territorio de la ficción. Este fragmento de sus Memorias de mi cine —que en breve publicará el Ministerio de las Culturas— vuelve a esos años en que, contra toda intuición, la creación se abrió paso entre el ruido del país y le dio a su obra un impulso decisivo.

Lee aquí Memorias de mi cine (2026), de Camila Loboguerrero.

 

Llegó al fin el gran desafío de dirigir mi primera película de ficción: Soledad de paseo. Tenía la cabeza llena de ideas y de imágenes. Quería trabajar en los sueños de las mujeres, en nuestros mitos de príncipes azules y de cómo nos enamoramos de imposibles. Me senté a escribir el guion y fue saliendo la historia de Soledad, la empleada de un inválido, que está enamorada del galán de una telenovela y que mezcla sus sueños con la realidad.

Le propuse a Jairo Mejía, el dueño de Bolivariana Films, que me produjese el corto, dentro del esquema del «sobreprecio», nombre que se le dio a una modalidad que consistía en que, por cada cortometraje que acompañara la exhibición de una película de la cartelera, se cobraba un peso adicional, que se repartía en un 50 % para el productor del corto y la otra mitad repartida entre el distribuidor y el exhibidor.

Gracias a esa política, se le dio un impulso decisivo al naciente cine nacional y se formó una primera generación de cineastas. Para mi sorpresa, Jairo Mejía aceptó producir la película. Yo era la primera mujer que iba a hacer un corto de ficción para salas, en 35 mm, pero, para él, yo no era una desconocida, pues desde hacía años era la editora de muchos de los cortos de su productora. Siempre estaré agradecida con él, pues fue la primera persona que creyó en mí para dirigir cine. Para el personaje femenino tenía claro que sería Rosa Virginia —la misma de Beatriz González I-Musa—, y el inválido se lo propuse a un amigo abogado, en la falsa creencia que alguien, sin ser actor, podía desempeñarse como tal. Fue la última vez que trabajé con actores no profesionales.

Me acuerdo de tardes enteras diseñando la puesta en escena con muñequitos del Fisher-Price de Lucas, para visualizar la escena y hacer el storyboard, con sus dibujitos como de tira cómica. Hacía también los esquemas en planta sobre los distintos emplazamientos de cámara para cada espacio y así poder armar las secuencias. Me ayudó mucho haber estudiado Bellas Artes y saber dibujar.

Yo estaba esperando a Matías, mi segundo hijo, y en esos días de tranquilidad previos al parto, preparé muy cuidadosamente la película. Había visto La ruleta china, la película de Fassbinder, y me fasciné con sus travellings curvos alrededor de una mesa. Escogí, entonces, una mesa redonda en un comedor muy grande, donde pude meter los rieles curvos y trabajar las escenas del almuerzo y de Soledad viendo la televisión, en una serie de planos muy coreografiados.

Cuando llegué al plató el primer día de rodaje, el asistente de cámara, con el trípode al hombro, me preguntó con algo de sorna:

—A ver, Linita Westmüller —la gran directora de cine italiano— ¿dónde quiere la cámara?.

Yo, que había hecho mi trabajo, muy juiciosa, pude contestar veloz:

—Aquí.

Y ahí quedó emplazada la cámara, sin derecho a arrepentirme. En ese instante, entendí que una duda la pagaría con la cabeza, pues todos se sentirían con derecho a dirigir. La película quedó linda y ganó un Búho de Bronce en el concurso de cine colombiano que hacía Colcultura anualmente. Me ganó La balada de la primera muerte que, sin duda, era mejor.

Otro corto que hice dentro de esa modalidad fue Ya soy rosca, financiado también por Bolivariana Films. Se trataba del monólogo de un ladronzuelo, detenido en una cárcel, interpretado por un actor del Teatro Libre que había escrito el texto. Para evitar que fuera teatro filmado, ideé un trabajo de puesta en escena con un travelling que sigue permanentemente al reo en sus movimientos, a veces con él y otras a la inversa de su deambular. Estructurado en cuatro planos secuencia, tres diurnos y el último de noche, quise investigar no solo en la dirección del actor, sino en la puesta en cámara: las posibilidades narrativas del movimiento de la cámara, de la iluminación y del encuadre.

El equipo técnico con el que hice todos mis cortos de esa década —y en buena parte también mi primer largo—, venía de trabajar en producciones internacionales, series alemanas y algún rodaje de italianos. Todavía no existían escuelas de cine en Colombia, por lo que esos primeros técnicos se habían formado empíricamente en producciones extranjeras. Recuerdo con especial cariño y admiración a Hernando González, un maravilloso camarógrafo; a Alfonso Lara, Larita, el asistente de cámara; Isidro Niño, el foquista; e Iván Soler, el jefe de producción, el mismo que me ayudó a prender las doscientas antorchas en Fúquene.

 

 

 

Camila Loboguerrero con sus colegas Gustavo Barrera y Sergio Cabrera. Foto del archivo de Lucas y Matías Maldonado.
Camila Loboguerrero con sus colegas Gustavo Barrera y Sergio Cabrera. Foto del archivo de Lucas y Matías Maldonado.

Para 1980, envalentonada con el éxito de esos primeros cortos de ficción, me propuse dos desafíos mayores: el primero era producir yo misma mis películas; y el segundo, hacer dos cortos con los mismos actores y el mismo equipo técnico, en un solo rodaje, no solo para ahorrar costos, sino para ver qué tan capaz era de manejar un rodaje largo y con escenas disímiles, con miras a dirigir un largometraje, o de hacer dos capítulos de una misma historia.

Aunque había escrito el guion de Soledad de paseo, aún le temía a la escritura, por lo que invité a un par de amigos cinéfilos y gays para que desarrollaran un par de ideas mías, sobre las quimeras y ensoñaciones de las mujeres. En Debe haber pero no hay…, el primero de los cortos, Rosita, la aseadora del banco, está enamorada del jefe de cuentas corrientes y, mientras sueña con él, se produce un atraco que ella frustra, convirtiéndose en heroína. En la segunda historia, Por qué se esconde Drácula, la secretaria de una inmobiliaria, Solita, es enviada a entregar un contrato que ella termina imaginando que es para el conde Drácula.

La financiación de los cortos corrió por cuenta de amigos y parientes, a los que afortunadamente les pude devolver luego su inversión: un par de amigos, mis dos hermanos y el Monito, mi tío dentista compinche, que siempre me apoyaba. Nos fuimos a su consultorio con el futuro Drácula, que para entonces se llamaba Sebastián Ospina y era un actor recién formado en el método del Actors Studio, para que le hiciera unos largos colmillos. Vicky Ospina, la esposa de Sebastián, hizo la foto fija del corto. Al final del rodaje, me contó que estaba desesperada, pues su marido se ponía los colmillos para dormir y se acostaba con los brazos cruzados cual Drácula, según él, para meterse en el personaje. Y para peor, aunque no llegó a chupar sangre, sí comía con los colmillos puestos para acostumbrarse. En su laboratorio odontológico, mi Monito fue famoso entre sus colegas por sus trabajos para cine, pues más adelante, para otra película, también me diseñó efectos especiales. Desde que yo era niña, era el tío con quien jugaba a saltar charcos.

Había rodado los cortos en 35 mm y, en esa época, seguíamos sin poder hacer la posproducción en Colombia por ausencia de laboratorios profesionales. Para terminar la película tenía dos opciones: la barata consistía en enviar los materiales con un piloto de Avianca para que un agente en Nueva York se encargara de hacer todo el proceso restante, además de los créditos, la colorización final y las copias definitivas, haciendo las cosas a su ritmo y cobrando el 25 % de las facturas. La opción cara era ir yo misma para hacer todo el proceso en dos semanas, que era el tiempo justo para concursar en los premios de Colcultura. Tenía el pálpito de que iba a ganar algo. Los socios me aprobaron la opción cara, pero resultó ser aún más cara. De Nueva York tuve que ir a Boston y recurrir a Enrique Ogliastri, un buen amigo que estudiaba allá, para que me prestara el dineral que hacía falta y así poder terminar. Llegué a Bogotá con mis dos películas bajo el brazo, el mismo día que se cerraba la convocatoria de Colcultura. El happy end fue que arrasé con los premios de ese año: Debe haber obtuvo el Búho de Oro a mejor película y Drácula mención, además de los premios a fotografía para Sergio Cabrera y de mejor actriz para mi primera musa, mi querida Rosa Virginia Bonilla. Con estos triunfos cerré la época de los cortometrajes y me dispuse a pasar al largometraje.

CONTENIDO RELACIONADO

Array

16 de agosto de 2026
En Donde el agua trabaja, novela ganadora del I Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat, el peruano David Silva Rojas escribe sobre una trabajadora de una hacienda vinícola que se enfrenta a la explotación laboral, la vigilancia y el silencio. Así, Silva reflexiona sobre las historias que permanecen ocultas detrás de los grandes relatos del progreso económico, el desgaste del cuerpo y las relaciones de complicidad que pueden surgir en este contexto. El editor web de Gaceta, Santiago Cembrano, habló con él.

Array

14 de agosto de 2026
A veces va por una carretera, ve una chiva acercarse y sabe que es suya antes de leer el nombre pintado en la carrocería. Lo delata una curva, una combinación de colores o una gambeta. Después de todo, ¿cuántas personas pueden encontrarse con su propio trabajo doblando una esquina? Pingüino lleva más de cuarenta años decorando estos buses campesinos y convirtiéndolos en piezas únicas.

Array

12 de agosto de 2026
Hay quienes buscan extender su vida con suplementos, aplicaciones y hábitos de alto rendimiento dictados por la industria del bienestar. Willie Nelson, en cambio, se ha mantenido entre guitarras, cigarrillos, huertas caseras y la decisión consciente de no amargarse la vida. A los 93, su sentido del humor es la columna vertebral de su buena salud. Estos once mandamientos condensan su filosofía vital.

Array

10 de agosto de 2026
La relación entre la literatura y los hoy llamados «lenguajes audiovisuales» siempre ha sido estrecha. Sin embargo, no siempre ha sido armónica. Están los que dicen que la escritura de un guion no es un género literario. Mientras otros insisten en que, si se quiere conseguir una buena historia para las pantallas, es importante prescindir de la «narratofagia». En Colombia hay muchos ejemplos de películas que han tenido una efectiva relación con sus referentes narrativos. Uno de ellos es la versión que realizó Carlos Mayolo en 1986 del relato La mansión de Araucaíma de Álvaro Mutis. Cuarenta años después, el otrora asistente de dirección del filme recorre los pasos detrás de las huellas de su locación principal y se lleva más de una sorpresa.

Array

8 de agosto de 2026
En 1986, Carlos Mayolo llevó al cine La mansión de Araucaima, el relato que Álvaro Mutis escribió para demostrarle a Luis Buñuel que el horror también podía habitar el trópico. Cuatro décadas después, la película sigue siendo una de las obras fundamentales del cine colombiano por su exploración del deseo, el poder, la decadencia y la violencia que sostienen ciertos órdenes sociales. El editor web de Gaceta, Santiago Cembrano, conversa con Sandro Romero Rey y Alexandra Falla sobre la historia de la película y el legado que marcó para el cine nacional.

Array

7 de agosto de 2026
Desde Venezuela hasta el centro de Medellín, tatuajes, estatuillas y altares susurran una historia: la de cómo migran las religiones populares para adaptarse a un nuevo territorio. En esta crónica, Santiago Rodas y el fotógrafo Una Rutina siguen el rastro del Chamo Ismael y la protección que les concede a quienes cargan su fe como una parte de su país.

Array

6 de agosto de 2026
El Ministerio de las Culturas y sus entidades adscritas reactivaron su política editorial durante este gobierno. Entre abril de 2024 y agosto de 2026 editaron más de cien libros y revistas para ampliar el campo de lo que merece ser recordado y revitalizar debates públicos largamente aplazados. ¿Qué cambió para que el Estado volviera a editar? ¿Qué biblioteca construyó y qué idea de país empezó a tomar forma en sus estanterías?

Array

5 de agosto de 2026
Antes de que Barranquilla entrara en los mapas literarios y artísticos del país, un puñado de jóvenes decidió disputar el sentido mismo de la cultura colombiana. Las batallas que dieron —en periódicos, talleres, bares y estudios de pintura— no solo moldearon la obra de Álvaro Cepeda Samudio, sino que configuraron una manera distinta de pensar el Caribe. Un crítico de arte reconstruye ese momento en que la audacia y el desparpajo fueron una forma de intervención crítica.

Array

4 de agosto de 2026
¿Qué hace que un espacio independiente de Cali llegue a la Bienal de Venecia, uno de los escenarios más importantes del arte contemporáneo? La historia de lugar a dudas recorre el legado cultural de la ciudad, la visión de su fundador, Óscar Muñoz, y una manera distinta de entender la práctica artística.

Array

3 de agosto de 2026
Durante años, la figura de Cepeda Samudio ha brillado más que su escritura: el reportero audaz, el hombre nocturno, el mito barranquillero. Sin embargo, en su narrativa se despliega otra verdad: la espera como forma de mundo, como pulsación íntima que une sus novelas y relatos. Ariel Castillo Mier sigue esa estela para devolvernos a Cepeda Samudio allí donde importa: en la obra que sobrevivió a su propia leyenda.