La última parte de esta crónica contiene elementos ficcionalizados a partir de la investigación del autor y los testimonios que obtuvo en este proceso.
Las esculturas, fabricadas a partir de yeso blanco y pintadas, a brochazos, de manera artesanal, con colores estridentes, medían casi metro y medio. Conté unas quince, cada una con personalidad distinta: mujeres rubias, hombres con gafas y gorra hacia atrás, algunos con pistolas en los cintos, otros con un cigarrillo entre los labios, calvos de gafas, ropa ancha, cuchillos. En sus bases un nombre pintado a mano alzada. Tenían esa gracia afilada de la artesanía popular, algo infantil, de la hechura de la manufactura rápida, naif, pero con un velo atrapante. Entre lo pagano y lo abyecto, de ritual macerado con cierta maldad, una ternura tosca.
Era el 2019 y en la Organización Nelson Garrido, un espacio de Caracas dedicado al arte plástico venezolano contemporáneo, el poder de estas estatuas me llamó la atención. Al inicio pensé que eran obra del artista Nelson Garrido, pero luego descubrí que la cuestión era mucho más basta.
Se trataba de la Corte Malandra.
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En Venezuela, donde se mezclan las creencias católicas, indígenas y afrodiaspóricas, hay más de veinte cortes espiritistas con funciones mágico-religiosas. La Corte Malandra, arraigada en las creencias populares de la sociedad caraqueña, es una de las que amalgama el hampa con la religión. Al escuchar el nombre de La Santa Corte Malandra de la boca de Garrido, la mezcla exacta que se destilaba entre la sintaxis de la palabra santo y la palabra malandro, me sedujo. La premisa me hizo rumiar la maraña de nuestras creencias latinoamericanas, en las que casi todo se solapa con todo a punta de interceptaciones ambiguas y así se produce una simbiosis que fabrica posibilidades de encuentros mestizos: un perfecto sancocho cuyo sabor, después de la combinación hipervariable, es perfecto.
Nelson Garrido, quien había integrado las esculturas a su obra plástica, seguía muy de cerca los ritos de sus devotos en la barriada de Petare y sus alrededores, me habló del surgimiento de la Corte Malandra; de las Tres Potencias y las demás Santas Cortes; de las creencias de los barrios populares; de la genealogía de la Corte Calé, otro nombre de la Corte Malandra. Escuché su derrotero sobre estos temas que lo tenían sumergido en la trama de estas Santas Cortes, que cumplen como mediadoras de la relación entre lo humano y lo divino. Confieren favores y beneficios, y median en conflictos a cambio de ofrendas, rezos y pagamentos.
Lo que más me atrajo en la Organización Nelson Garrido fue una escultura de mayor tamaño que el resto, de gorra, gafas y una pistola con la cacha visible entre el pantalón. Se trataba de Ismael Sánchez, Ismaelito, el Chamo Ismael, una especie de Robin Hood que robaba a los ricos de Caracas para entregarles a los pobres y necesitados de su barrio. Su leyenda se propagó como pólvora y chispeó rápidamente en la corriente eléctrica de las creencias religiosas. Era adorado por fieles que, tras su fatal muerte violenta a mediados de los setenta, le construyeron un altar en el mismo barrio caliente, el mítico Petare, donde vivió su corta vida de joven pandillero. Así se convirtió en la deidad principal de la corte Calé.
A partir de los ochenta, la figura del Chamo Ismael se fue multiplicando hasta convertirse en una mítica imagen del crimen que concede favores y ayudas a quien reza en su nombre y le ofrenda licor y cigarrillos en su tumba. Sus acciones, incluso, le alcanzaron para ser santo, tan poderoso que se codea con las cabezas de las demás cortes, como el médico José Gregorio Hernández (proclamado santo por la Iglesia católica), Changó (de la Corte africana) y el mismo Simón Bolívar (Corte libertadora).
En el barrio caraqueño de Petare, cerca de la casa-taller del mítico artista de la taxidermia Miguel Von Dangel, que visitamos gracias a la generosidad de Garrido, me topé de nuevo con esas esculturas coloridas: una miríada de altares semejantes a las vírgenes que se encuentran entre los barrios de Medellín. Botellas vacías de licor, cigarrillos y flores artificiales las rodeaban. Eran prueba del pacto mágico que se establecía entre los vivos necesitados y los espíritus malandros.
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En el libro La magia del Estado, publicado en 1997, Michael Taussig recorre las creencias mágico-religiosas de la Venezuela de los setenta. El antropólogo australiano se embarca en un viaje hacia la montaña mágica en el estado de Sorte y encuentra los pactos que hacen varios devotos de María Lionza, una deidad pagano-católica. La tríada, llamada Las Tres Potencias, es el núcleo de las Santas Cortes. María Lionza es la más importante y poderosa. Así explora la relación de intercambio mágico y comercial de los mineros que trabajan en la montaña de Sorte con las Tres Potencias, a saber, María Lionza, el cacique Guaicapuro y el Negro Primero, a los que los mineros ofrecen pagos (incluso sus vidas) para sacar más metales en sus jornadas.
El prestigio de la montaña atrae desde hace décadas a muchas personas de todo el país y de la región, que peregrinan a Sorte para pedirle favores y entregar ofrendas a la diosa. La escultura principal de María Lionza, hecha en el estado de Yaracuy por el artista Alejandro Colina, representa a una mujer joven con el torso desnudo que cabalga una enorme danta; sus manos, hacia arriba, sostienen los huesos de una pelvis humana, símbolo del origen de la vida, de la naturaleza femenina y la fertilidad. La figura de la diosa aparece en diferentes representaciones de la cultura popular desde hace décadas en esculturas, afiches, una canción de Rubén Blades y Willie Colón, en la portada del disco La Pipa de la paz, de Aterciopelados, incluso, en los primeros segundos del videoclip de la canción «Prada/Rakata», de la artista venezolana Arca, hay un guiño directo a la escultura que la representa.
Me fui de Caracas con la sensación de que esas esculturas se habían alojado, de algún modo, en mi cerebro. Debía buscar algo equivalente en mi ciudad. Los estudios de Taussig de los pactos con el diablo en los cañaduzales en el Cauca y su exploración de Medellín en el libro Belleza y violencia me abrían una pequeña chispa de posibilidad para encontrar algo equivalente a las palabras sutiles del Chamo Ismael, que me susurraba en voz baja un mensaje oscuro, constante: una señal que no lograba sintonizar.
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A finales del 2019 me topé de nuevo con las esculturas de la Corte Malandra en un local al lado de la iglesia de La Veracruz, en el centro de Medellín. Allí se vendía una cantidad heterogénea de objetos mágicos para la buena suerte, magia blanca y negra, prender al ser querido, encontrar guacas, obtener dinero y un largo etcétera que abarca, se podría decir, todas las necesidades físicas y metafísicas de las sociedades latinoamericanas de nuestra historia republicana. Compré, como por impulso, a Ismael, a Machera y a Elizabeth, otros dos integrantes de la Santa Corte Malandra..
La migración venezolana en Medellín había crecido aceleradamente luego de las protestas de 2016 contra el gobierno, el desabastecimiento, y sobre todo, por la suspensión por parte del Consejo Nacional Electoral del referéndum revocatorio contra el presidente Nicolás Maduro. De 2010 al 2015 la cifra de migración de Venezuela hacia Colombia no era significativa, sin embargo, para 2019, ya había 88.106 migrantes venezolanos registrados, sin contar a las personas no registradas, que podían doblar la cifra. Entonces, Medellín era la cuarta ciudad con mayor migración venezolana en Colombia.
Uno de esos migrantes fue Ángelo Navas, que desde Valencia, Venezuela, llegó a Medellín en 2017.
La fotografía de Ángelo, A.k.a Una Rutina se basa en el tiempo. Esto quiere decir que no va tras la imagen, sino tras lo que en la imagen se relata; una imagen que no se produce en el disparo de la cámara, sino en el trabajo previo de observación, de decisión y de reflexión mental, y también del trabajo con la luz. Toda su fotografía es análoga: depende de películas y del dinero que tenga para poder disparar.
Ángelo afirma que Medellín le enseñó a ver. El barrio Prado Centro lo educó para mover su cuerpo, sus ojos, entre el caos y las diferentes nervosidades que fabrican la estética del lugar; esa fue su universidad. Desde que llegó a la ciudad, la ha recorrido para entender sus colores, sus texturas y, también, sus peligros. Caminar es observar y, en consecuencia, ser conocido y conocer. La familiaridad y la liviandad con la que anda entre las calles se refleja en su mirada aguzada que remira, otea y vislumbra las consecuencias de la migración.
De niño, Ángelo conoció la estética de las cárceles por uno de sus primos, que pagaba una condena. Los cuchillos, el lenguaje callejero, la ropa y los códigos que allí se pactan se le hicieron familiares; se interesó sobre todo por los tatuajes y las marcas de cicatrices en la piel. La cárcel es un lugar de convivencia, de familia y de códigos que solo funcionan dentro de sus muros. Desde su adolescencia, su manera de ver las cosas se fue alejando de esos códigos.
Camina, mira, se detiene, por los bajos de la estación Prado del Metro, por el parque Bolívar, cerca de La Paz, Prado Centro. Le pregunta a alguien por un tatuaje, conversa, le cuentan la historia y después de un tiempo, que pueden ser minutos o semanas, saca la cámara para disparar. Esto se nota en su trabajo, que es deliberado, toma tiempo; cada uno de los registros es limitado por el costo de la película y los personajes que habitan el centro de Medellín, una población difícil, flotante, que cambia con los días, con las horas. No se sabe muy bien el destino de cada quien.
Este es un ejercicio de filigrana, de trazar un surco de la visión. En sus imágenes se retratan los cuerpos aporreados y orgullosos, las formas altivas de la violencia, la ternura y lo crudo de las confrontaciones, las economías que oscilan entre la informalidad y la ilegalidad. También se retratan las formas del rebusque que produce y se acopla al lugar del exilio, el trabajo que se hace para sobrevivir con la bandera de Venezuela como símbolo que se lleva en alto y en las espaldas, también con su peso.
En estos recorridos, Ángelo se encontró de nuevo con el Chamo Ismael. Junto con la corte Malandra, llegaron a Medellín con los enseres y los cuerpos de la diáspora. Se instalaron, poco a poco, para convivir con las deidades locales de esta ciudad católica y rezandera. La migración no solo trajo nuevas formas culinarias, palabras y un acento caribeño, sino también, como pasa siempre con los choques y las disputas culturales, una nueva creencia, que lentamente se arraiga. Muestra de ello son las cada vez más frecuentes esculturas de la Corte Malandra en tiendas y restaurantes de los barrios populares. Ángelo vio al Chamo Ismael tatuado en las pieles de los migrantes: devotos, exconvictos, camelladores de la calle, todos orgullosos por llevar siempre consigo el malandro de la corte Calé. La magia que había conocido en Caracas ahora campeaba en las calles de Medellín.
Además, en uno de los muros de las jardineras del Parque Bolívar, Ángelo encontró la sigla «PHS» y se estremeció al recordar su adolescencia entre Valencia y Caracas. La sigla significa Pura Hampa Seria, el código que se establecía desde las cárceles y los barrios, que señalaba los territorios y las fronteras de los malandros. En Medellín, veía cómo la migración del crimen se hacía tácita, se materializaba en las paredes, incluso en la posibilidad de encontrar altares de la Corte Calé fuera de Venezuela.
Buscando cicatrices y tatuajes, empezó a encontrarse cada vez más con tatuajes del Malandro y a escuchar las historias de migración, de cárceles, de caminadas por días entre ciudades y trochas, de puñaladas, rebusques, crisis y parajes; los cuerpos de los migrantes hablaba sin hablar: eran tan devotos de Ismael Sánchez, lo llevaban en sus piernas, en sus pechos, cuidando sus espaldas. Solo quien conoce los códigos, el subtexto en la piel, puede ver los significados, entender, con tan solo un pequeño símbolo, lo que hay detrás de un tatuaje del Chamo Ismael, toda esa trama enraizada en Petare, en Caracas, en las dinámicas del crimen callejero.
Esta conciencia a ras del piso de La Candelaria, la comuna 10, el centro de Medellín, le abrió la mirada. Se dijo: acá están mis imágenes, y con la disciplina de un rutinario (una palabra que describe a alguien que entra y sale con frecuencia de las cárceles en Venezuela) se fraguó Una rutina, el nombre de su proyecto como fotógrafo. Es una forma de retratar una ciudad, día a día, sobre todo, con los migrantes, desde una mirada horizontal que intenta que, en medio de tantas dificultades, cada disparo de su cámara análoga tenga dignidad.
En la estampita que guardo en mi billetera se lee lo siguiente:
Oración al Chamo Ismael
Oh Glorioso Espiritu de Ismael,
líder juvenil venezolano, que llevastes
una vida tormentosa y llena
de violencia y dificultades. Tu mas
que nadie puede entender a solucionar
los problemas de nuestros hijos.
porque los viviste en tu
propia carne, delincuencia, violencia
agresividad. Circunstancias que
hoy sigue vigentes y que nos
hacen temer por el futuro de
nuestros hijos. Amen.
La llevo conmigo desde que me la regaló Ángelo hace unos cuantos años. Pese al peligro que representa, siento que me guarda, me cuida.
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Hace un año viví un momento de terrible desesperación, en el que el mundo se me estaba deshilachando a pedazos. Tenía que mudarme y el dinero escaseaba, no conseguía escribir, de mis dedos solo salía espuma. Sentía que cada vez estaba más solo, sin amigos y en una relación tormentosa y a distancia que me hirió profundamente, de la cual no era capaz de escapar. Entonces decidí escuchar lo que la Corte Malandra tenía para decirme. Sus murmuraciones estaban ya dentro de mí. No tenía muchas opciones y entonces se me presentó como en un sueño la imagen de Ismael Sánchez.
Hablé con la estampita y pedí de corazón lo que necesitaba. Pedí alejarme de la relación en la que estaba, pedí acercarme a mí mismo, pedí dinero y encontrar una casa nueva que tuviera, por lo menos, ventanas. Al principio me pareció que estaba simplemente hablando solo, pero luego descubrí que no era así. Como con toda petición, debía entregar algo a cambio para que el trato fuera justo. Sabía que debía atenerme a las consecuencias.
La escultura de Ismael que había comprado en Caracas empezó a moverse por la casa, aparecía aquí, luego allá. Entre los libros, en la cocina, sobre mi cama. Sentí un miedo tremendo por ese movimiento errático, como si algún ánima moviera al malandro. Pero luego simplemente acepté que era una invitación: el trato estaba en firme.
Una semana después me salió el primer trabajo bien pago, y al mes hice el trasteo a una casa en la que podía ver la luz natural. Las cosas se dispusieron a mejorar y, en medio del alivio, encontré la tranquilidad que requería. Empecé a escribir, motivado y con enjundia, una novela que tenía pendiente. El pacto estaba sellado, me faltaba entender cuál era el costo por los favores recibidos.
Le ofrecí cigarrillos y alcohol que desaparecieron al día siguiente. La escultura de Ismael se mantuvo en su sitio. No pasó mucho más, pero, aunque la vida se mantuvo en una tensa calma, sabía que tenía una deuda. Coleccioné otras estatuillas de la Corte y mi casa se fue volviendo un altar. Encendía velas y dejaba botellas de ron abiertas que se evaporaban a una velocidad inusual.
En octubre de 2025, el Museo de Antioquia exhibía una exposición que daba a las vitrinas de la calle Cundinamarca, donde estaban representados, de buen tamaño, varios personajes de la Corte Malandra. Era una señal. Mapateatro organizó una colaboración con la artista trans venezolana Abby, titulada Trans-migraciones: poéticas y políticas de los cuerpos migrantes. Estaba la Corte Malandra en pleno que, con televisores en las espaldas de las esculturas, mostraban el proceso de confección y su traslado desde la frontera Venezuela hasta Medellín. Cuando miré de frente la escultura de Ismael Sánchez entendí lo que debía hacer. Escuché un susurro que me dijo: el tamaño de tu cuchillo es el mismo que el de tu miedo. Me pareció siniestro. No obstante, él había cumplido y yo debía responder.
Cayó la noche y el centro hervía de calor y de gente, de pregones y de olor a frituras y a orina mezclados. Me senté a tomar cerveza en uno de los bares de coperas de la calle Cundinamarca. Fui dejando pasar el tiempo nervioso de átomos revueltos entre la calle. Esperé lo suficiente para sentirme borracho.
Tomé varias copas de ron hasta que, bien entrada la noche, salí a ver por fuera del Museo la vitrina tras la cual estaba la escultura de Ismael. Ahí me quedé un rato, quieto, concentrado en la escultura del Chamo Ismael, que parecía devolverme la mirada. Como lo esperaba, pues así me había sido comunicado, llegó alguien a tratar de robarme. Le dije que no tenía tiempo y que estaba ocupado, el tipo sacó un cuchillo y me amenazó con su filo que relumbraba. El paseo, así les dice a los cuchillos en Venezuela. Varios pasaron por la escena y no hicieron nada. Dije, de nuevo, que estaba ocupado. El tipo se enojó y me punteó el abdomen con el filo.
No sentía miedo, debía esperar. Lo dije en voz alta, pero no era yo quien hablaba: el tamaño del paseo es del mismo tamaño de su miedo. En el momento en que le entregué el celular al ladrón, le di un golpe en la cara, que, aturdido, se incorporó como pudo y me mandó una puñalada que me rajó la mano derecha. Así había sido pactado.
Me miró a los ojos con cara de espanto y salió despavorido. Algo en mí lo hizo alejarse. Dejó el cuchillo tirado sobre la acera. Cuando se fue, el celular estaba en mi bolsillo. Miré mi sangre en la calle y en mi mano. La estampé entera en el vidrio transparente. La sangre se imprimió y dejó clara la forma en el punto del corazón del Malandro Ismael. El susurro en mi cabeza se hizo claro y escuché las palabras tajantes: Pura Hampa Seria.
Necesitaba otro trago para entender lo que acababa de pasar, estaba como poseído por una fuerza mayor. Caminé por Tejelo buscando una copa más para echarme en la herida. Volví a leer la oración de la estampita del Malandro que guardaba en mi billetera. El centro de Medellín estaba casi vacío y tan solo algunas luces de tiendas y de bares iluminaban tramos de las calles por las que caminaba con una extraña paz interior.