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El álbum de fotos que Pingüino les muestra a sus clientes es de la época en que los celulares no traían cámara. Una resma de imágenes del trabajo hecho en tres décadas por el que, además de orgullo, siente obsesión y enamoramiento. «Esto me apasiona. Yo empiezo el proceso y me da la ansiedad por darle hasta terminar». Cada foto insiste en su estilo como decorador de chivas: franjas horizontales gruesas que rodean la carrocería con colores encendidos: rojo escarlata, azul cerúleo, amarillo canario. Y en el interior, las figuras y volúmenes que llenan la lámina metro a metro: rectas que se desprenden de círculos, vértices que no cierran, circunferencias de las que nacen óvalos, rombos, cuadrados; mitades de curvaturas elípticas que empatan con los bordes de las franjas y todo un repertorio de caprichos geométricos abstractos que alguien podría interpretar como una suerte de códigos siderales para marcianos. «¿Cómo no va a quedar bonito esto?».
Pingüino es el apodo que desde adolescente le cuelga a Huber de Jesús Martínez Cardona, uno de los dos o tres personajes que el negocio de los talleres de latonería y pintura de chivas en Antioquia y el Eje Cafetero considera maestro de maestros. Va por los cincuenta y seis años y un número de vehículos trabajados que no sabe calcular, pero sí reconocer: le ha ocurrido que, yendo por calles de pueblos o ciudades, se topa con chivas o las ve en la distancia y las distingue, o distingue el trazo que puso sobre sus carrocerías. «Yo reconozco mi arte». Ha sido contratado por talleres en la costa Caribe y en el centro montañoso del país, y aunque reside en Copacabana, ese pueblo industrial al norte de Medellín, conserva su base de operaciones en un taller a la salida de Guatapé, en el oriente de Antioquia. El punto ofrece flujo de trabajo constante porque en las inmediaciones hay una decena de pueblos y a los dueños de las chivas les queda cerca buscar a Pingüino para que restaure una decoración hecha veinte años atrás o para que ensaye una nueva. También —y sobre todo— porque, de un tiempo para acá, Guatapé ocupó sus calles con tuk tuk o motocarros para transportar turistas y a los propietarios les dio por sustituir la carpa de plataforma de carga por cabinas que mandan a pintar y a decorar con el estilo de las chivas. «Les decimos motochivas, hay más de cien y todas están intervenidas. Uno no sabe qué hacer para que una no se parezca a la otra».
No es gratuito el apodo. Hay detalles de su apariencia que lo constatan: quizás, sus piernas cortas de rodillas juntas y pies que apuntan a lado y lado; quizás, la barriga baja y redonda en un tórax de cuello escondido; seguro, la mirada de ojos amablemente achatados realzada por una nariz recta en punta de flecha. Salvo su familia, nadie le dice por el nombre y él se siente más que cómodo porque sabe que Pingüino es su distintivo, una referencia de estilo y calidad. «Yo soy el dueño de mi propia empresa y mi propia empresa es esto que yo sé hacer». No se embarca en dos chivas al mismo tiempo para no comprometer el resultado. Empieza con una luego de que ha terminado con la otra y, como ya lo conocen, le piden turno por teléfono. Él recibe el vehículo si el cliente acepta que el turno tarda tres o cuatro meses y lo aparta con un anticipo. «Los que quieren que yo sea, esperan. Los que no, hay mucha otra gente que también hace este trabajo». Del riesgo de quedar cesante ni se preocupa; su mercado fluye: en lo que tarda esta conversación contesta dos llamadas de dos posibles clientes y atiende a un ayudante del taller que le viene a consultar los pormenores de la carrocería en la que está enfrascado en este momento.
Entregar una chiva de tamaño promedio, que son las de ocho o nueve bancas, le toma entre cinco y seis semanas. Un tuk tuk, «dos semanitas bien trabajaítas». Y si el cliente le pide que se apure con la entrega, Pingüino da dos opciones: más plata para contratar un asistente o moderar la decoración para reducir el esfuerzo. De ambos casos tiene historias: sin ayuda, una vez terminó una chiva de ocho bancas en diecisiete días seguidos, en rutinas de siete de la mañana a diez de la noche. «Quedé acabado. Pero bueno, si usted quiere ver dinero hay que meterle ganas y esfuerzo». Y con la ayuda de un joven asistente llegó a entregar una chiva también de tamaño promedio en cinco días. El dueño, aterrado con la rapidez, intentó renegociar el precio, lograr un descuento diciendo que habían tardado menos de lo acordado. Pingüino le contestó que él no cobraba por tiempo de trabajo ni por brochazos de pintura: «Yo le estoy cobrando por el arte».

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Pingüino comenzó en este oficio cuando tenía catorce años. Luego de una convalecencia de tres meses tras un accidente, dijo que no quería estudiar más, que ya no se hallaba en el colegio. Su mamá le contestó que no se podía quedar vagando y entonces llamó a un primo de ella para que lo ocupara haciendo cualquier cosa en el taller donde él trabajaba. Aquel día, Pingüino conoció a ese primo, supo que le decían Tarzán y que tenía el prestigio de ser uno de los maestros decoradores de chivas en Medellín en esos años ochenta. «¿Chivas? No tenía idea». Supo que esos buses de transporte campesino entre veredas son transformaciones muy colombianas de los típicos camiones de dos ejes con carpa que abundaban antes del furgón, como los Ford, los Dodge y los International. El taller se llamaba Carrocerías Barú, era el más grande de la ciudad y, en días de plena producción, empleaba a unos treinta trabajadores. El propietario, Darío Blandón, había sido conductor de chivas, conocedor de los secretos del negocio. Como en ninguna otra parte de Medellín, a ese taller entraba el chasis más el motor y a las cinco semanas salía una chiva lista para rodar.
Pingüino aprendió a finalizar la carrocería de una chiva sin obviar ningún paso. Primero, preparar las láminas de metal y madera que van sobre la superficie. «Para quitarles la grasa hay que embadurnarlas con pantano. Al secarse, el pantano absorbe la grasa. Eso se limpia y se le pasa una lija bien gruesa para quitar el galvanizado y el óxido». Luego hay que cerrar la porosidad de las láminas echándoles una primera capa de pintura, generalmente de color rosado claro o crema, que se vuelve la base. Valga la comparación: convertir una superficie rugosa y agreste en un lienzo. En esto duró un año.
Segundo, lo pusieron a fondear, que es atravesar esas láminas con las fajas horizontales de colores encendidos. Blandón había notado que, en el poco tiempo libre que le quedaba dentro del taller, Pingüino se quedaba alelado con las maniobras de pincel de Tarzán. Y un día, Blandón le entregó un juego de brochas, pinceles y pintura y le dijo: «Venga, pelao, a usted como que le gusta la decoración, péguesele a eso. Fondee la lámina, que usted ya sabe». Pingüino se emocionó como un niño al que le regalan un balón y, sin más método que imitar a Tarzán, trazó las fajas y las rellenó cuidándose de mantener el pulso para no vulnerar los márgenes. Al día siguiente, Blandón revisó el trabajo. Lo vio cuidado y puntilloso, con la contención necesaria para respetar el color entre faja y faja, cualidad que los obreros de latonería y pintura no tenían. «Practique —le dijo Blandón—. Aprenda bien aprendido el arte, que ese arte le da a usted la forma de vivir y, si le gusta y lo apasiona, con eso se defiende toda la vida».
Tercero, aprendió a crear las gambetas, esos caprichos geométricos que, como por efecto de espejo, proponen una simetría a izquierda y derecha a partir de un eje, constante parecida a la que sostiene la belleza del fileteo porteño. «La clave es acertar en la exactitud y para eso uno traza una cuadrícula con un lapicero y una regla. Esa cuadrícula es la guía de proporciones». Aprendió a componer a mano alzada esa tipografía gótica criolla, con volumen y sombras, usual para marcar en los laterales de la carrocería el nombre de la empresa de transporte y, en el frontal, arriba del panorámico, el nombre que el dueño le da a la chiva. «La Pirinola» se llama la que está terminando de decorar. Y hubiera podido ser: La Poderosa, La Paticontenta, La Warner, La Consentida… cualquier ocurrencia. Cinco años estuvo como ayudante de Tarzán. Y les rendía porque eran capaces de entregar la decoración en la mitad del tiempo. «Es un trabajo muy manual, artístico y muy colorido. Me enamoré».
Con el cuarto paso se enredó. Se trata de dibujar un paisaje o una imagen en la parte trasera de la carrocería, sobre la puerta de salida de emergencia y el ventanal. En esos años ochenta, Pingüino dice que lo acostumbrado eran estampas religiosas: una Virgen María, el Sagrado Corazón, un retrato de Cristo con la corona de espinas. Pero desde hace unos años empezaron a pedir cuadros de costumbres: escenas que dejan un mensaje que identifica al dueño, representaciones visuales de parábolas campesinas o de fábulas que se leen como consejos o regaños. El de La Pirinola dice: EL QUE ESTÁ QUIETO SE DEJA QUIETO. En el primer cuadro, un niño molesta con un palo a un perro que está echado y dormido. En el segundo cuadro, el perro está mordiendo las nalgas del niño que trata de huir saltando una cerca. «Me puse a practicar y con el tiempo aprendí. Ya soy capaz de hacer lo que el cliente quiera: un caballo, un motivo religioso, un paisaje, lo que me pongan».
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Pingüino consiguió lugar en este taller de Guatapé luego de haber dejado Carrocerías Barú y de haberse asociado durante años con Gallina, otro decorador antioqueño, para ir de pueblo en pueblo atendiendo pedidos. «Manteníamos la maleta lista. De Abejorral a La Ceja, de Yolombó a Sonsón, y así por toda la zona montañosa del departamento, que es donde más se ven estos vehículos». Fue el tiempo en que lo empezaron a reconocer como uno de los mejores. Había algo en su obra que destacaba sobre otras: una abundancia en las miniaturas, la manía de no dejar espacios vacíos y la precisión de los contornos. Las chivas terminadas por Pingüino se veían como muestras de fascinación por los detalles exactos y diminutos. En cada fragmento de la faja que parecía quedar libre, Pingüino ideaba medio giro de compás cerrado en mitades concéntricas del que se desprendían saetas uniformes dando forma de abanico.
En el inicio, cuando Tarzán era el maestro decorador y su principal referente, las gambetas eran más sueltas: un solo giro de compás, no dos ni tres; una sola figura, un rombo tipo diamante que podía repetirse no más que una vez por costado de la carrocería. Era una época en que lo importante era la contundencia en el color de las fajas y la precisión de la caligrafía: que el nombre de la chiva y el de la empresa se lucieran en letras pulidas que parecieran de molde, aunque fueran a mano alzada. A esa claridad minimalista Pingüino fue añadiendo sus caprichos geométricos y se fue dando cuenta de que, entre más ocupara las fajas, más les gustaba a los dueños de las chivas, una seducción de lo barroco: la preferencia por la vistosidad de la acumulación. Todo lo cual redundó en el valor del trabajo: entre más cositas le pidieran, más cobraba.
Diana Paola Valero, docente de diseño en la Universidad del Valle, encontró que las decoraciones varían según la región. En la costa Caribe predominan los motivos figurativos en los laterales de la carrocería: emblemas del orgullo local como las murallas de Cartagena, el castillo de San Felipe, las playas, el mar o las palmeras. Sin embargo, esas chivas han ido incorporando poco a poco las gambetas propias de Antioquia y del Eje Cafetero. «La franja central, donde se recrean los motivos turísticos de la costa, se ha ido reduciendo para dar espacio al trazo geométrico característico de la región andina», explica Valero.
Las chivas del Pacífico también privilegian las imágenes figurativas. En ellas abundan las escenas de naturaleza, las representaciones de flores y animales, así como referencias a relatos y personajes de la tradición local. Las diferencias se extienden a la paleta de colores. Según Valero, en la costa Caribe predominan el amarillo, el verde y el rojo, que suelen degradarse hacia el naranja. En la región andina prácticamente todos los colores tienen cabida, aunque el café es raro. Las del Pacífico parten, por lo general, de tonos vivos —azules, amarillos o verdes— que luego se equilibran con el uso de blancos y colores pastel.
Para Pingüino, las chivas de Antioquia son las más bonitas. No solo por la decoración, sino por el sentido de pertenencia que las rodea. La mayoría de sus propietarios las conservan no por el dinero que producen, sino «por lo que son»: una tradición familiar transmitida de generación en generación. «Los dueños de una chiva son una familia que la ha tenido toda la vida», dice.
Algo parecido ocurre con los decoradores. Muchos de los jóvenes que hoy se dedican al oficio son hijos o parientes de los maestros consagrados y heredaron de ellos un conocimiento que circula dentro de las familias. Es justamente lo que no sucede en el caso de Pingüino. Aunque tiene hijos en edad de aprender, ninguno ha mostrado interés por continuar su trabajo.
Ha tenido, eso sí, aprendices. Él prefiere llamarlos «discípulos». Son jóvenes que aprendieron a fondear y a crear gambetas, pero que nunca pasaron por las etapas iniciales del oficio: preparar las láminas o pintar paisajes. Y esa formación incompleta es, a su juicio, una de las razones por las que el oficio se está empobreciendo. «Para uno aprender bien un arte debe empezar desde abajo. Yo aprendí desde lo primero: alistar las piezas. He tenido discípulos que no aprendieron desde ahí. Hay uno que no sabe alistar las piezas y se cree decorador; son muchachos que se interesan no más por la plata. Como es bien pago, no se preocupan por su arte».
También le incomoda la falta de originalidad. Se queja de que algunos de los jóvenes decoradores que intentan abrirse camino se limitan a copiar lo que él hace. «Estos pelaos de hoy ven un carro que yo decoré y se ponen a hacer lo mismo. No crean. Imitan. No se esfuerzan. En esto todo se vale. Lo que vos querás lo podés hacer. Pero tienen que ser cosas bonitas que motiven a los clientes y que lo motiven a uno. Esa es la manera de conseguir clientela».
No hace mucho, una galería de arte de Medellín encontró a Pingüino a través de Instagram. Le propusieron trasladar a pequeños cuadros los colores, las figuras y la tipografía con que decora las chivas: piezas de 20 por 45 centímetros dedicadas a barrios y lugares emblemáticos de la ciudad. Se vendieron todas en poco tiempo. Después llegaron otros encargos: puertas, ventanas e incluso los soportes de madera de unos tambores.
Más tarde fue la Universidad de Caldas la que lo invitó a trabajar durante dos días frente al público, como si la tela fuera una lámina de carrocería. La obra permaneció expuesta durante varias semanas en el Museo de Arte de Caldas. A Pingüino le halaga ese reconocimiento, pero no parece sorprenderlo demasiado. «Les digo a mis hijos que me apasiona lo que hago. Me paro diez, doce horas a darle. Tengo cincuenta y seis y me canso, pero no lo siento».
Desde 2008, las chivas o buses escalera forman parte del patrimonio cultural colombiano. Sin embargo, ese reconocimiento no las ha librado de la transformación del país. En muchas regiones, el asfaltado de las vías y la llegada de vehículos más modernos las han ido desplazando. Algunas terminan convertidas en discotecas ambulantes para turistas; otras siguen prestando servicio en los lugares donde todavía hacen falta.
Son las rutas más difíciles: trochas de barro, caminos al borde de precipicios y carreteras que la lluvia abre en grietas y cráteres. Las chivas están clasificadas como vehículos de transporte mixto, capaces de llevar carga y pasajeros al mismo tiempo. Y acaso ahí resida la razón de su supervivencia. Son los únicos vehículos donde los campesinos pueden acomodar al mismo tiempo vacas, marranos, gallinas, costales de cosecha, ollas de comida, maletas con ropa y gente en el capacete.
«Al campesino no lo van a dejar sin estos vehículos», dice Pingüino. Su argumento es simple y contundente: «Si hay diez bultos para llevar, quitan una banca y le echan los diez bultos. Eso no lo hace un bus. Por eso yo digo que las chivas nunca se van a acabar».