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La realidad ya no es maravillosa ni mágica

21 de noviembre de 2025 - 12:57 pm
Treinta años después del «boom» de la literatura latinoamericana, Fernando Vallejo puso una bomba que sacudió los famosos «realismo mágico» o «real maravilloso». En 1998, su traductor al francés publicó este ensayo en GACETA.
Fernando Vallejo
Fernando Vallejo nació el 24 de octubre de 1942 en Medellín. Foto del archivo de GACETA.

La realidad ya no es maravillosa ni mágica

21 de noviembre de 2025
Treinta años después del «boom» de la literatura latinoamericana, Fernando Vallejo puso una bomba que sacudió los famosos «realismo mágico» o «real maravilloso». En 1998, su traductor al francés publicó este ensayo en GACETA.

Treinta años después del «boom» de la literatura latinoamericana, bautizado así por Cario Coccioli, he aquí que el colombiano Fernando Vallejo pone una bomba que sacude, a riesgo de hacer pasar de moda brutalmente, los famosos «realismo mágico» o «real maravilloso» con una explosión de la que no se salva ninguno de los mitos «latinos»: en efecto, La Virgen de los Sicarios, no respeta ni la Iglesia, ni el marxismo, ni el machismo, ni la mamá, ni el sicoanálisis, ni Fidel Castro, ni la patria, ni Dios, ¡ni siquiera el fútbol! La realidad ya no es maravillosa ni mágica, es delirante, y no es el autor quien la inventa, es ella, aquí precisamente la realidad de este Medellín, la que inventa el autor, como él mismo lo dice.

Con La Virgen de los Sicarios estamos incluso más allá de ese «pobre surrealismo que vuela en pedazos cuando se encuentra con la realidad colombiana». «Somos una pesadilla de Dios, que es loco», y los vagabundeos sangrientos y alucinados del protagonista, acompañado por su sicario, su joven y bello asesino a sueldo, a través de la «capital mundial de la droga y del crimen», remiten más a los de Maldoror (¡el montevideano Ducasse-Lautréamont!) que a los encantadores asesinos de Jean Genet o a las laboriosas fantasías de los epígonos de García Márquez.

Con Vallejo nos vemos de nuevo sumergidos en la crueldad visionaria de las novelas de Ernesto Sábato, por las que atraviesa la obsesión de la Bestia y el Ángel del Apocalipsis. Al tratar de ubicar a este escritor tan singular, el lector francés se ve ante la tentación de citar a Léon Bloy por el furor imprecatorio y la pasión blasfematoria de un hombre loco por Dios —enloquecido por su ausencia o su desamor—, y también a Céline por las provocaciones autodestructoras de aquel que no puede sobreponerse a su dolor sino por el anatema, la invectiva, el ensañamiento injurioso contra los valores más sagrados de la humanidad, naufragados y cínicamente ridiculizados por el infierno de Medellín, metáfora del Apocalipsis social que vive o va a vivir nuestra tierra entera, regida en adelante por «la ley de Medellín».

Este libro simplemente no es un libro que le «gusta» a uno, el golpe es demasiado duro. Pero que haya podido ser escrito a partir de una constatación tan desesperada, nos hace comprender de una manera ejemplar la función de la literatura: son Flores del Mal, es la alquimia que transforma el lodo en oro, la catarsis —purificación, aquí en verdad purgatorio— a la manera de las tragedias primitivas, exorcismo y terapia por medio de la escritura. Como Baudelaire reparaba lo irreparable y remediaba lo irremediable: ¿milagro o ilusión?

Pero así mismo como uno supone al autor apaciguado, tranquilizado, después de haber gritado su rabia contra todo y contra todos, incluidos y de preferencia aquellos que tanto quisiera amar, Dios, Colombia, sus miserables «hermanos humanos», así mismo el lector sale del libro más exaltado que abrumado. Ya que cuando Vallejo se caricaturiza a sí mismo como un reaccionario, se parece más al personaje de Raymond Queneau en sus Ejercicios de estilo que a Céline. Vallejo es ante todo un extraordinario virtuoso del lenguaje, sabe violentarlo sabia y amorosamente, como un instrumento al que le saca todos los tonos y los registros con la desenvoltura magistral de un Picasso que se burla de la «pintura» de la manera como Pascal se burlaba de la elocuencia. Si esta novela puede también ser leída como un estudio sociológico de los más esclarecedores sobre los barrios marginales de Medellín (las comunas, que en Río se llaman favelas y en Buenos Aires villas miserias), es antes que todo la obra de un filósofo apasionado por todos los aspectos y niveles del lenguaje, en particular por el argot de esos jóvenes sicarios, «maravillosas máquinas de matar» y ángeles guardianes de una fascinante devoción por la Virgen, a quienes espera una muerte precoz de «jóvenes asesinos asesinados, preservados de la ignominia de envejecer por el escándalo de un puñal o la misericordia de una bala».

Este novelista que no quiere serlo, nos arrebata con su descripción despiadada y a la vez jubilosa del Mal, pero también nos conmueve con la evocación de su piedad infantil, de su pureza y de su felicidad desaparecidas, del amor que llega demasiado tarde y truncado por la muerte: una veta lírica a menudo reprimida por pudor, que culmina con la imagen de los gallinazos negros con el alma límpida que giran sin cesar en el cielo de Medellín como él mismo y su novela giran en los círculos de su infierno de abajo. Y, para terminar, es un estimulante humor macabro que da su ritmo y su tonalidad, su formidable tonicidad, al libro: urbanidad de la desesperación o carcajada satánica que hace pensar en la dimensión bromista de los Cantos de Maldoror. La desgracia personal y universal obtiene su venganza por medio de ese pim pam pum por donde ruedan todas las polichinelas de nuestros aborrecimientos, siendo la primera víctima de esta masacre pero también de este juego, el protagonista (¿el autor?), con la complicidad del lector, siempre solicitada.

A él le toca asumir el desafío de Vallejo, el falso cínico: acompañarlo, durante unas cuantas horas de delirio, en su infierno de Medellín, transfigurado por medio de una escritura que sabe alcanzar a veces la belleza impactante y redentora de un canto fúnebre.

Portada francesa La virgen de los sicarios
Portada de la edición francesa de La virgen de los sicarios, traducida por Michel Bibard.

Opiniones francesas

Un mundo que escapa a Dios
RAMÓN CHAO

La violencia extrema que reina en Colombia exigía este libro extremo. Una crónica, por más meticulosa que sea, por más de cerca que siga los hechos, no puede reflejar la situación. Para rendir cuenta de la realidad hay que, paradójicamente, recurrir a la ficción, a la broma atroz, a la risa fúnebre, a la alegría convulsiva de los contrastes amargos. La novela de Fernando Vallejo puede ser considerada como una parábola, un poema o una guía turística. Se trata, en todo caso, de pura literatura sobre la pura realidad, sin edulcorantes, sin atenuantes. La historia es lineal: el narrador (¿Vallejo?), un hombre de edad madura, vuelve a Medellín, su ciudad natal, después de numerosos decenios pasados en México. Se lía con Alexis, sicario que apenas acaba de salir de la adolescencia, que se convierte en su compañero sentimental y de cama. Ver a su muchacho completamente desnudo con sus tres escapularios de María Auxiliadora cubriéndole tres impactos de bala «le daba el delirium tremes».

Durante una peregrinación a la Virgen de los Sicarios, donde lo acompaña el jovencito que ha conquistado, el narrador descubre las comunas. Esos barrios marginales no existían en su juventud. Barrios y barrios de chozas amontonadas «que a fuerza de fealdad terminan por ser bellas», con su vida estruendosa, entregados al combate entre el deseo de matar y la furia reproductora. ¿Cuántos asesinatos tenía ya detrás su amado? Uno sólo, por lo que él sabía, cometido delante de él. En cuanto a los anteriores, el narrador se lava las manos. Él no acostumbra hacer preguntas, no es como los curas. Quienes, por otra parte, dan como penitencia a los sicarios asistir a una misa por muerto, razón por la cual las iglesias de Medellín están llenas de adolescentes. Fue un martes por la tarde que vio por primera vez a Alexis en acción.

 La víctima, un punk que le rompía los tímpanos al narrador con su música hard rock, recibe una bala en plena mitad de la frente, justo allí donde el miércoles de ceniza le habían marcado la santa cruz. Desde entonces, el pequeño Alexis se convierte en el enviado de Satán venido a poner orden en un mundo que escapa a Dios. Ángel exterminador, elimina todo lo que, a los ojos de su compañero, representa el mal: el ruido de los transistores (sobre todo en los taxis), la imbecilidad de la televisión, las tonterías de los políticos, los partidos de fútbol, los vallenatos, las mentiras de la prensa, la corrupción de los presidentes y las incorrecciones gramaticales. Cuando a su vez es asesinado por el futuro favorito de su amante, Alexis lleva ya cincuenta macabeos, cifra sin duda hiperbólica, incluso en el contexto de Medellín.

Su sucesor, sin embargo, continuará su misión, que consiste en limitar los sufrimientos de la ciudad maldita, reduciendo el furor de reproducción de sus habitantes. Un furor que no hace más que multiplicar la miseria. Fernando Vallejo no escribe la crónica de las comunas ni un estudio sobre la criminalidad en Colombia: propone una especie de fábula de algunos destinos, todavía más afligentes en la medida en que los jóvenes sicarios saben que serán un día víctimas de otros sicarios más jóvenes que ellos. Vallejo nos dice simplemente que la criminalidad en los barrios marginales de Medellín no es más que el síntoma de una enfermedad de la cual va a sufrir dentro de poco el planeta. Profeta apocalíptico, Vallejo concluye: «Ni en Sodoma, ni en Gomorra, ni en Medellín, ni en Colombia hay inocentes; aquí todo lo que existe es culpable, y se reproduce más. Los pobres producen más pobres y la miseria más miseria, y entre más miseria más asesinos, y mientras más asesinos más muertos. Esta es la ley de Medellín, que regirá en adelante el planeta tierra. Tomen nota».

Le Figaro
Suplemento literario
CLAUDE MICHEL CLUNY

¡Lector de corazón frágil, ponte tu chaleco anti-balas! Protección que en verdad no bastará. Ni tampoco las compresas humanitarias, ni los densos papeleos administrativos de la ley. ¿Quién nos protegerá de la belleza? ¿y del horror? De modo que, ¿qué hacer cuando la tragedia besa a la belleza en la boca? Este libro, La Virgen de los Sicarios, es el más bello, el más delirante canto de amor y de condenación arrancado a la literatura en mucho tiempo. Fue publicado en 1994 en Colombia. Fernando Vallejo es colombiano. De regreso, en una estadía en Medellín —ya que ahora vive en México— escribió este libro.

Podemos leerlo como el recorrido de un círculo todavía inexplorado de los Infiernos. El impacto es terrible, porque el talento aniquila toda restricción. No hay ni la sombra de una esquiva bajo esa luz exacta. Es simple: ¿fulano le estorba? Su sicario lo abate; de una bala en la cabeza, en pleno día. Esto en cuanto al decorado. Agreguemos los tarros de basura reventados, los barrios marginales, las «comunas», los discursos de los políticos, ante los ojos de los cuales la palabra corrupción sigue tan carente de sentido como lo serían nuestros palmarés académicos en el ojal de sus chalecos anti-balas. En cuanto al aspecto sentimental, la impresión no es menos fuerte. Apenas acabamos de franquear el umbral de un burdel de muchachos, cuando el narrador deplora: «La trama de mi vida es la de un libro absurdo, donde lo que debería pasar primero pasa después». Es decir: «Alexis debió llegarme cuando yo tenía veinte años, no ahora». Los arcángeles en los Infiernos son, evidentemente, algo especial. «Que este niño sea mi último y definitivo amor; que no lo traicione, que no me traicione», ésta es la única súplica que se le puede dirigir a la Virgen.

En el espacio de su breve vida, que el amor toca como otra luz, Alexis, el sicario-arcángel, rinde su justicia en un país donde la justicia no existe. Ni siquiera ha habido tiempo para recoger los muertos, cuando otros caen. Blasfemia espléndida, que se dirige a la locura de Dios, el libro en un mismo impulso talla con hacha en la jungla de las simulaciones: humanismo, justicia, democracia … Todo aquello con lo cual se disfraza, y se honra, el muerto en vida que fingimos tomar por heredero de la civilización, se vuelve harapos bajo el látigo de una realidad en cambio bien viviente. La deambulación del narrador y de su muchacho por la bella ciudad de Medellín deja huecos en la frente. «¿Cuántos muertos lleva este niño mío, mi portentosa máquina de matar?».

La Virgen de los Sicarios sería una novela de formación si el mañana tuviera algún sentido. Aprende a ver la belleza para que tu corazón palpite, le enseña el hombre al muchacho. Aprende a amar el silencio. Aprende a ser amado. En el caos, ante la ignominia, chapoteando en el lodo social y moral de ese Medellín, «esa gonorrea», como él dice, a Alexis se le llenan de pronto los ojos de lágrimas, por un pobre perro herido que hay que rematar. Parábola que hace que se encuentren la inocencia y la pureza. Que se la tome en el sentido que se quiera, en todo caso merece que se reflexione acerca de ella. Ya que «los animales no mienten, no odian. No conocen ni el odio, ni la mentira, que son inventos humanos».

Entre más se mata, en ese lodo, más el pueblo copula, y como los nacimientos son siempre más numerosos que los muertos, el círculo infernal crece como un absceso sin límite en la superficie de la ciudad, del país, del mundo y de Dios «si es que existe». Aquí tenemos la foto, tomado en directo y con sus muertos, de la «democracia» abotagada por el derecho de los respetos del hombre y de todo «presunto» asesino o prevaricador. La única palabra que cuenta, que importa, que tiene valor de ley, es «presunto». Usted es, Fernando Vallejo, un escritor peligroso, porque pertenece a la raza de los moralistas que no se dejan embaucar. Usted busca su alma en los ojos verdes de Alexis; uno creería ver el reflejo de la felicidad, si el mañana, el mañana, sí, tuviera algún sentido. El tercer fuerte impacto que produce esta novela es, una vez más, un chorro de plomo. Nosotros, inocentes, no acabamos de acostumbrarnos. No habíamos ido a rogarle a la Virgen que ojalá el día de hoy pudiera ser un nuevo día. En Medellín, piensa in fine el narrador, la realidad ha debido volverse loca. El mañana se ahoga en los ojos de Alexis: «Él mató a mi hermano», dirá Wilmar.

La ausencia de sentimentalismo preserva a la emoción en toda su implacable dulzura de filo de navaja: creemos haber alcanzado la felicidad, ¿pero hemos sentido siquiera el dolor? La Virgen de los Sicarios es un libro sin igual, acusador, implacable y desgarrador.

Le Monde
Suplemento literario
JEAN SOUBLIN

La ciudad dormitaba desde hacía siglos: una capital de provincia elegante y anticuada, con sus barrios enramados, sus avenidas tórridas y sus alcaldes Parsimoniosos. Y el mar entró en la ciudad. Creció como una hinchazón malsana. La ciudad cultivó ramificaciones malignas de esa hinchazón en las laderas de sus montañas, toleró un desorden codicioso en el cual la droga proliferó. Y las pesadillas invadieron el sueño de la cité. Femando Vallejo, reconocido ya en su país como el autor de una larga y virulenta autobiografía, describe y denuncia los espasmos de su patria en un libro que lo sitúa de lleno en el primer rango de los escritores colombianos. De regreso a su ciudad, después de una larga ausencia, el narrador se enamora de un joven y se pasea con él en busca de su propia infancia. En vano: no encuentra sino horror, odio y angustia. El autor sabe muy bien que para denunciar eficazmente la injusticia del mundo, las malversaciones, la droga e incluso simplemente la imbecilidad de los políticos, hace falta algo más que las cantinelas habituales. Las canciones de cuna no son lo más adecuado Para llamar al pueblo a las trincheras, hay que hacer sonar una sirena.

De modo que el autor sublima, destila el elixir de esos desórdenes, identifica el resultado, aquello hacia lo cual corre el mundo: la muerte a manos de los niños. La muerte repartida como caramelos, por un insulto munnurado, un ta.dio demasiado ruidoso, una mirada torva. No una muerte gratuita, iay!, sino al contrario, colérica, expedida en exhalaciones de odio por una sociedad donde la venganza se convierte en el único lazo social, el asesinato en el Único medio de existir. Incluso el amor que une a los dos amantes, tan profundo, tan patético, no es en el fondo más que rabia compartida en un instante, y sus paseos están jalonados por cadáveres esparcidos al azar. El narrador se sumerge a su vez en esas ebriedades satánicas. Esperaba reencontrar todo aquello que ama apasionadamente: su ciudad, las esperanzas de su juventud, la nobleza de su patria, su Dios, su lengua también.

Pero he aquí que todo ha cambiado, todo se ha envilecido en la sangre y la porquería. Como un herido de quemaduras graves, lleno de dolor, que no puede mover ni el dedo meñique sin un eructo atroz, ya no puede ver nada, pensar en nada, sin gritar de desamparo. Ruge sus anatemas y sus vituperaciones: jeremías ante las murallas de jerusalén, juan Crisóstomo increpando a los príncipes de Bizancio. Entre dos cóleras, entre dos asesinatos, la pareja prosigue sus nefastas excursiones mientras que la ciudad se desliza del desorden hacia la delincuencia y luego hacia el delirio. El lector visita con ellos un café, una estación de gasolina, y muchas iglesias ya que, de todas las heridas, la que ha dejado Dios, el amor a Dios, y luego su presunto abandono, es la más insoportable. Recorre barrios marginales de un bullicio venenoso. Un mendigo yace en el suelo; le han arrancado los ojos. Se cruza aquí y allá con personajes que no son sino o asesinos o víctimas, o los dos a la vez, y cuyos mensajes oníricos y fúnebres no refrenan la rabia del narrador, encerrado en sus desgarramientos.

Su rabia crece, al contrario, y como las lluvias torrenciales, amenaza con reventar las alcantarillas y arrastrar pedazos de barrios hacia lo desconocido abyecto. La demencia invade la página Ya que Dios también está loco, incapaz, como Frankenstein, de controlar sus criaturas, el autor se arroga un extremismo de fiera, una bestialidad que es la única manera posible de aprehender esa realidad. Ya no hay nada qué comprender, qué justificar, qué castigar. De buena gana pondría a la mitad de la población contra el muro antes de esterilizar al resto: acabemos de una vez por todas. Sólo en una aterradora escena final en el anfiteatro recobrará su humanidad compasiva y desolada.

Un cadáver en cada página, una injuria en cada párrafo: si este libro no nos cansa, si consigue alertarnos, convencernos de que ese delirio puede alcanzarnos un día, es gracias a la calidad de su prosa, sumamente bien restituida por el traductor. Éste último, en una nota muy pertinente, invoca a León Bloy y a Celine. ¿Hace falta verdaderamente comparar? Vallejo escribe con los puños, y su frase golpea allí donde duele. Es una frase que jadea como un boxeador, que flirtea con el argot de los asesinos. Lo que cuenta sucede en Medellin pero también sucede en otras partes, y el mal se va apoderando del planeta, iestamos avisados!

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