ETAPA 3 | Televisión

Rock en español: qué nos llega, qué nos queda

10 de septiembre de 2025 - 12:57 pm
En 1989, GACETA publicó esta reseña sobre el rock que llegaba a cuentagotas a Colombia, casi siempre filtrado por la radio. Mientras el país conocía a Soda Stereo, se filtraban las reliquias punk de Siniestro Total y Parálisis Permanente.
Influenciados por el postpunk británico, Parálisis Permanente fue pionero de esta vertiente en Hispanoamérica. Foto de La Fonoteca.
Influenciados por el postpunk británico, Parálisis Permanente fue pionero de esta vertiente en Hispanoamérica. Foto de La Fonoteca.

Rock en español: qué nos llega, qué nos queda

10 de septiembre de 2025
En 1989, GACETA publicó esta reseña sobre el rock que llegaba a cuentagotas a Colombia, casi siempre filtrado por la radio. Mientras el país conocía a Soda Stereo, se filtraban las reliquias punk de Siniestro Total y Parálisis Permanente.

Hablar de rock en español a estas alturas del año (en realidad se trata de otro año, del año en el que supuestamente se consolidará el llamado «fenómeno» en nuestro país) puede parecer un tanto repetido; volver a contar lo ya dicho. En el mejor de los casos, una recapitulación de algo que ni siquiera se ha consolidado y que tampoco se sabe muy bien de qué se trata.

Pero en realidad muchas cosas se han quedado por fuera. Más allá de repetir que «60 mil jóvenes vibraron al son de la música en El Campín» o que el rock «cantado en nuestro idioma une los pueblos y despierta la conciencia latinoamericana», etc., resulta necesario mirar con mayor detenimiento de dónde viene este movimiento; hasta qué punto se puede aseverar, como señalan alegremente defensores y detractores, que se trata de algo «trascendental» o de «una simple moda, una manipulación». En realidad no es ni lo uno ni lo otro, pero con bastantes ingredientes de ambas cosas.

Y tiene que ser así, porque el mismo término rock en español es muy genérico: abarca propuestas musicales tan disímiles como traducir al español canciones de los Beatles, denunciar la dictadura argentina, enunciar las hasta antier insospechadas virtudes de las novias pechugonas o dedicarse de tiempo completo a la anarquía autodestructiva. Estos son apenas cuatro ejemplos tomados al azar. Lo mismo puede decirse del desarrollo musical, que en treinta años ha cambiado lo suficiente como para hacer del rock en general algo muy amplio, imposible de abarcar, de definir, de encontrarle fronteras. Y el rock en español, que se ha basado casi siempre en lo que ocurre en Inglaterra y los Estados Unidos, ha asimilado una variedad casi que infinita de tendencias, con el agravante de que a ellas se han sumado influencias locales.

No tiene sentido intentar en tan pocas líneas contar la historia del rock en español. No más la historia del pop ibérico da para un libro entero. Lo mismo puede decirse del rock argentino. Fuera de eso, la información disponible acerca del rock de otros lugares, además de dispersa y prácticamente inconseguible, es incompleta. Pero afortunadamente esta falta de información está muy lejos de ser desinformación, lo que nos permite ver qué es lo que nos llega y de ese modo saber qué es lo que nos queda.

Desde el punto de vista musical, ya se dijo, es posible encontrar de todo. Los primeros grupos que imitaban a Elvis Presley y a los Beatles, aquellos artistas que llegaron casi que confundirse con la música folclórica, los baladistas que, con un ligero toque de modernidad lograron transformar su sonido y hacerse llamar «músicos pop», sin olvidar, claro está, los experimentos progresivos, underground, la fusión del rock y del jazz y un largo etcétera de ejercicios de estilo no siempre logrados, pero que han enriquecido en gran forma al rock en español.

Pero de todo esto, ¿qué nos ha llegado, al menos en esta oleada? Realmente muy poco, apenas una muy pequeña muestra de la verdadera riqueza musical del movimiento, salvo algunas publicaciones experimentales y muy poco divulgadas por cierto (se destaca entre ellas el disco De hoy no pasa del grupo español Siniestro Total, publicado en 1987 y editado el año pasado por Codiscos, a Colombia ha llegado lo más obvio: la música que puede ser emitida por la radio. Esto en ningún momento pretende demeritar la calidad de estos artistas, que en muchos casos alcanzan niveles notables, especialmente en la agrupación argentina Soda Stereo. Pero sí ha dado pie para que algunos comentaristas, nadie sabe si de buena o mala fe, demeriten al rock en español y proclamen a los cuatro vientos que se trata de una moda impuesta a la fuerza, que no conduce a nada porque no responde a una actitud rebelde (el gran mito de los sesentas ataca de nuevo), o porque nuestra identidad, incluidos boyacenses y pastusos, está en la música caribe (otra vez el mito de los 70s).

Es curioso notar que, por otro lado, los pocos grupos que han entrado al país por alguna razón difieren unos de otros, lo que le ha permitido a los defensores a ultranza del movimiento asignarles a varios de ellos un adjetivo específico: Los Toreros Muertos o el Rock Humorístico. Los Prisioneros o el Rock con Conciencia Social. Hombres G o el Rock Simple y Simpático. Miguel Mateos o el Rock Urbano, al estilo de Bruce Springsteen. Es decir, que entre estos artistas aquí nombrados y los otros que han entrado quedaría completa la Gran Gama de Posibilidades del Rock en Español.

Pero esto no es así. Y es importante aclarar que no se trata de una postura de los grupos. Miguel Mateos, por ejemplo, se enorgullece de continuar el camino que abrieron en Argentina músicos como Litto Nebbia o Luis Alberto Spinetta. Los Toreros Muertos y los Hombres G hablan en términos elogiosos tanto de sus mayores como de algunos de sus contemporáneos. («Más que una competencia es una convivencia», dicen los Hombres G). Pero el público recibe perlas del estilo «el rock en español nació en España hace siete años y después surgió en Argentina» (comentario de Rodrigo Beltrán en un informe especial sobre el tema emitido por el Noticiero TV Hoy). Quienes prenden desprevenidamente la radio reciben una serie de canciones sin historia, cuyo únicos méritos son pegar en las listas, ser solicitadas por los oyentes o entrar a las emisoras de balada y tropical.  De este modo se han consolidado los mitos del mercado local, especialmente el grupo chileno Los Prisioneros.

Si a nivel de música es muy poco lo que se ha divulgado, lo mismo puede decirse de las letras, uno de los puntos vulnerables del movimiento, el que aprovechan algunos detractores como Manolo Bellón cuando afirman que el éxito de estos grupos se debe a sus letras de doble sentido.

En este terreno, gracias a la magia del papel impreso, podremos demostrar, con algunos pocos ejemplos, que el alcance lírico del rock en español va mucho más allá de los tontos lamentos de Andrés Calamaro, la bicicleta de Pilar o los mensajes mesiánicos de Los Prisioneros. No todo es poesía (al fin y al cabo se trata de canciones, no de sonetos), pero es posible encontrar, en todas las épocas, letras de un gran valor, y que inscriben al rock cantado en español dentro del movimiento (o al menos momentos) específicos de la cultura de cada país.

Ejemplos tomados al azar

El rock en español nació a finales de los cincuentas en países como España o Argentina, donde los músicos comenzaron a asimilar la nueva cultura del rock’n roll y del beat. Pero a mediados de los sesentas comenzaron a aparecer artistas que, además de cantar en español, descubrieron que el rock servía para más cosas que poner a bailar a los chicos ye ye y gritar «yeah, yeah». Contra la corriente, en un medio dominado por las modas que vienen de afuera (no es un problema tan sencillo como parece, de buenos contra malos. Baste pensar que para una casa disquera, en un mercado tan difícil como el español o el latino, resultaba y aún hoy resulta mucho menos riesgoso importar una cinta lista para imprimir  que financiar toda la infraestructura que requiere la producción de un disco), muchos músicos lograron abrirse un espacio y cantar cosas como «Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado/tengo una idea: es la de irme al lugar que yo más quiera / Me falta algo para ir pues caminando yo no puedo / Construiré un balsa y me iré a naufragar (…) /y cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura / Con mi balsa yo me iré a naufragar» — «La balsa» (1967), Litto Nebbia y Tanguito.

Esta canción, que algunos autores consideran como el equivalente al «Rock around the clock» de la música argentina, utiliza metáforas que tal vez hoy en día suenen un tanto ingenuas. Pero más allá de ese detalle comprueba que los pioneros de esta música estaban dispuestos a navegar contra la corriente, en una empresa que tenía muy pocas probabilidades de éxito. Es comprensible, pues hacia 1965 era imposible prever el montaje y la infraestructura que hoy rodea el trabajo de los grupos y músicos más consolidados.

Otro de los autores pioneros del rock argentino es Luis Alberto Spinetta, quien se ha destacado por experimentar con textos surrealistas. Y al frente de Almendra, la que fue su primera agrupación, escribió una hermosa letra de amor, llena de figuras:

«Muchacha ojos de papel / ¿a dónde vas? quédate hasta el alba./Muchacha pequeños pies/no corras más. / Quédate hasta el alba. Sueña un sueño despacito entre mis manos / hasta que por la ventana suba el sol. /Muchacha piel de rayón / no corras más. /Tu tiempo es hoy. Y no hables más muchacha/corazón de tiza/Cuando todo duerma/ te robaré un color. / Muchacha voz de gorrión/¿a dónde vas?/Quédate hasta el día. Muchacha pechos de miel, /no corras más. Quédate hasta el día. / Duerme un poco y yo entre tanto construiré un castillo con tu vientre hasta que el sol, muchacha, te haga reír/ hasta llorar, hasta llorar» — «Muchacha (ojos de papel)» (1969), Luis Alberto Spinetta.

Estos dos ejemplos, que datan de la primera época del rock argentino, demuestran que la necesidad de buscar un medio de expresión profundo iba mucho más allá de la simple diversión. Por este motivo no es de extrañar que en los setentas aparezcan nuevos autores, nuevos enfoques en los que ya tiene cabida el humor y la ironía.

Las increíbles aventuras del señor tijeras

I

Escondido atrás de su escritorio gris,
un ser bajo, pequeño, correcto y gentil,
atiende los teléfonos y nunca está;

mira a su secretaria imaginándola
desnuda y en su cama
y vuelve a trabajar.

II

Entra en el microcine y toma ubicación.
Hace gestos y habla sin definición.
Se va con la película hasta su hogar,
le da un beso a su esposa y se vuelve a encerrar
a oscuras y en su sala de cuidar la moral.
(Entra ella y se va desvistiendo, lentamente y casi sonriendo.
Alta, blanca, algo exuberante,
dice «Hola» y camina hacia adelante.
Mira al hombre pequeño que se raya
cuando ella sale de la pantalla.
Y el hombre la acuesta sobre la alfombra.
La toca, la besa pero no la nombra.
Se contiene, suda y después
con sus tijeras plateadas recorta su cuerpo,
le corta su pelo, deforma su cara.
Y así mutilada la lleva cargada a la pantalla
justo a la mañana).

III

No conozco tu cuerpo ni sé más quién sos.
Vi tu nombre en los diarios y nadie te vio.
La pantalla que sangra ya nos dice «adiós».
Te veré en veinte años en televisión,
cortada y aburrida,
a todo color.

—Charly García.

En esta canción, Charly García, sin necesidad de utilizar un lenguaje panfletario, de consignas directas y obvias, logra desenmascarar la doble moral de la censura. Una censura que aparentemente es la del cine, pero que en el fondo es la misma que opera en todos los niveles.

El surgimiento del punk rock a finales de los sesenta coincidió (año más, año menos) con el famoso destape español. La democracia, entre muchas otras cosas, hizo posible la explosión del rollo y la consolidación de La Movida Madrileña. Uno de los grupos básicos es Kaka de Luxe, cuyos integrantes cantaban cosas como: «Bebo cerveza, me fumo un porro/tomo anfetas, pero me aburro. /Cojo a mi nena, le doy un beso/ le echo un polvo, pero me aburro./ Soy un tío aburrido, no soy nada divertido / soy un tío aburrido y me voy a suicidar» — «Pero me aburro» (1983) de Nacho Canut.

De estos grupos, cuya música primitiva y directa hace recordar el famoso verano punk londinense de 1977, el que vio nacer a los Sex Pistols, The Clash y demás héroes de la punkitud, surgieron luego las grandes bandas pop rock españolas que venden como arroz. Es cierto que grupos como Hombres G y Mecano hacen creer que el rock español es algo divertido, modernito y muy poco ofensivo. Eso ocurre porque por estos lados jamás ha llegado en forma todo el bagaje del rock español. Por ejemplo, las palabras del Aviador Dro y sus Obreros Especializados: «yo quiero bañarme en mares de radio / con nubes de estroncio, cobalto y plutonio/ yo quiero tener envolturas de plomo y niños deformes montando en sus motos/ Desiertas ruinas con bellas piscinas/ mujeres resecas con faz de vampiras / mutantes hambrientos buscando en las calles/ cadáveres frescos que calmen su hambre».

Por su parte, Eduardo Benavente, ya fallecido, líder de la banda Parálisis Permanente cantaba «Quiero ser Santa»  o «Autosuficiencia», un himno al individua alismo de los ochentas: «Me miro en el espejo y soy feliz/ y no pienso nunca en nada más que en mí / Leo libros que no entiendo más que yo / Oigo cintas que he grabado con mi voz / (…) Encerrado en mi casa todo me da igual/ ya no necesito a nadie, no saldré jamás. /Ahora soy independiente, ya no necesito gente / ya soy autosuficiente ¡al fin!» — Eduardo Benavente e Ignacio Canut.

Una antología de letras medianamente significativa, capaz de mostrar lo bueno y lo malo daría más para una gran separata que para un simple artículo. Pero un grupo que merece una mención especial es Siniestro Total, un grupo de la ciudad de Vigo. En sus letras, la ironía, el humor y la irreverencia. A medida que fueron evolucionando, sus textos adquirieron una mayor sutileza. Del simple panfleto pasaron a formas más elaboradas e inteligentes. Estos dos ejemplos, que datan de 1983 y 1988 respectivamente, nos dan una idea: «El sudaca nos ataca/ y en la pampa mata vacas/ y paga a los mercenarios/ con dinero agropeсuario. / Tiene un primo montonero y un cuñado tupamaro/ que se juegan a los dados / quién atentará primero. Y todos con su liqui liqui/ interpretan en la OTI/ (que se celebra en Waikiki)/ una oda a Menotti» — «El sudaca nos ataca» (1983).

«Óyeme mamá/ mataste a papá/ y te has casado/ con tu cuñado/ eso no está bien (…) Pobre Yorik: yo le conocí / vestido de negro: pobre de mí/ siempre es invierno: me voy a morir/ Algo huele mal en Dinamarca/ óyeme papá/ te mató mamá /y eres un fantasma/ No tiene gracia/ eso no está bien./Esa es la cuestión/heredero sajón/Porque la leyenda / no tiene enmienda/ ser o no ser» — «Algo huele mal en Dinamarca» (1988).

Otros grupos como Os Resentidos, también gallegos y que cantan en gallego, han logrado desarrollar un lenguaje propio realmente notable. Sin olvidar los grupos del llamado «rock radical vasco», con sus textos ácidos en los que no le conceden nada a nadie. En la Argentina han aparecido nuevos cantantes que han mantenido la tradición de los textos profundos y cuidadosos: Juan Carlos Baglietto, Fito Páez, Alejandro Lerner, mientras que los Gieco, los Spinetta y el mismo Charly García sostienen su alta calidad literaria, así en nuestro país hayan pegado únicamente las canciones rumberas e intrascendentes de este último: «No voy en tren» (1987) y «No me dejan salir» (1983).

En el rock colombiano ha ocurrido otro tanto. Cuando se critican las letras, solamente se habla de Compañía Limitada y Pasaporte. Pero grupos como Zona Postal, La Pestilencia, Sociedad Anónima, Hora local, Distrito Especial y muchos otros textos han desarrollado textos muy interesantes. Sin olvidar a los olvidados de siempre: nuestros rockeros de los sesentas y los setentas, quienes compusieron canciones de gran calidad:  «Emiliano Pinilla» de La Banda Nueva (1973), «Don Simón» de Génesis (1974), etc.

Sería muy bueno que, antes que condenar o santificar este «fenómeno» del rock en español, nos tomáramos la molestia de averiguar de dónde viene. Porque lo que hemos recibido ahora no es más que la punta más trivial de un peligroso iceberg, que desde hace más de veinte años se mantiene a flote a pesar de las dificultades.

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