Antonio Caballero siempre pareció hablar desde una distancia deliberada: una voz mínima, un gesto impaciente, una lucidez sin contemplaciones. Su sola presencia imponía otro ritmo a cualquier conversación. Quizás por eso entrevistarlo nunca fue un trámite, sino una prueba. Este diálogo —rescatado de una tarde bogotana hace dos décadas— permite asomarse, sin filtros, al escritor que medía cada palabra como un acto final.