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2025: En busca de un cine para todos

14 de diciembre de 2025 - 12:44 pm
La idea de sacar a las películas del mundo del cine, y devolverlas a los espectadores, guía una selección de hechos significativos del cine en Colombia durante este año. ¿Y si, frente a los expertos que estandarizan las películas y el gusto, disponemos los ojos para la anomalía?
Fotogramas de Óscar Restrepo, interpretado por Ubeimar Ríos, en
Fotograma de Óscar Restrepo, interpretado por Ubeimar Ríos, protagonista de Un poeta (2025), dirigida por Simón Mesa Soto.

2025: En busca de un cine para todos

14 de diciembre de 2025
La idea de sacar a las películas del mundo del cine, y devolverlas a los espectadores, guía una selección de hechos significativos del cine en Colombia durante este año. ¿Y si, frente a los expertos que estandarizan las películas y el gusto, disponemos los ojos para la anomalía?

«El cine no está en crisis. Está en crisis la industria» fue una consigna que se escuchó con insistencia durante las charlas y encuentros del «Tanque de pensamiento: el cine latinoamericano se piensa», un evento que ocurrió durante el Bogotá Audiovisual Market 2025. El BAM es, junto con el FICCI, lugar central de reunión de la industria del cine en Colombia. Cada vez más, paradójicamente, la experiencia que ofrecen ambos eventos viene acompañada de esa especie de vértigo o desorientación que produce la ausencia de centro. Como si todo estuviera pasando en todas partes y al mismo tiempo, y fuera imposible de atrapar. En medio de tanto entusiasmo, conversaciones, negocios y promesas resulta muy difícil entender en qué consiste la crisis que todos mencionan. 

La frase que se volvió consigna hacía eco de un artículo publicado días antes del BAM 2025 y firmado por Carlos A. Gutiérrez, cofundador con Monika Wagenberg de Cinema Tropical, una organización que, desde hace 25 años, promueve y exhibe cine latinoamericano en Estados Unidos. Gutiérrez escribe: «Mientras que la producción cinematográfica se ha vuelto más democrática y accesible, los otros eslabones de la cadena—la distribución y la exhibición—se han vuelto aún más restrictivos a través de los años. El embudo se estrechó aún más en respuesta al gran aumento de la producción. (…) Y en vez de poner a prueba su propia disfuncionalidad, la industria prefiere culpar a la “sobreproducción” de películas—una manera conveniente de eludir su responsabilidad en el sostenimiento de un sistema cada vez más roto».

Gutiérrez describe una industria que no contempla en su ecuación —o en su complicado engranaje capitalista— ni a los cineastas ni a los espectadores, y propone un desafío: «sacar a las películas del mundo del cine». Esa idea guía en buena medida la siguiente selección de hechos significativos del cine en Colombia durante 2025. Mientras nos enfrascamos en diagnósticos preocupantes y subsecuentes lamentos por la inminente muerte del cine, este sigue ocurriendo en muchas partes y al mismo tiempo, sin enterarse de su propio fin. No solo hay contenido (la palabra slogan de la industria del entretenimiento con la que se parece desear aquello que ya es conocido: siempre más de lo mismo), hay películas y hay espectadores. Eso supone arrebatarle el cine a los intermediarios, los especuladores financieros, los expertos que en cada eslabón de la cadena de producción de películas saben lo que que hay que hacer (aunque no tengan ni idea) y cobran por ello, para homologar las películas y estandarizan el gusto. ¿Y si en vez de ese estado de cosas conocido disponemos los ojos para la anomalía?

Aquí seis hechos destacados del año en Colombia, que van de lo más visible a lo más marginalizado, pero en donde hay, espero, el horizonte común del cine como un bien social que no les pertenece a quienes toman decisiones creyéndose sus dueños.

Un poeta y una conversación

El hecho cinematográfico más celebrado del año en Colombia fue la película Un poeta, del director antioqueño Simón Mesa Soto. Las razones de esa celebración son variadas, aunque hay dos principales méritos que se le reconocen: su potencia cinematográfica y la sorpresiva cifra de espectadores que alcanzó. Lo primero se prestó para todo tipo de comentarios hiperbólicos, tanto de quienes la exaltaban como de sus denostadores, menos en proporción. Fue como si por un momento la pugnacidad cambiara de escenario, pasando de la arena política al campo de arte. Su éxito en taquilla se atribuyó a la manera decidida como Cine Colombia la arropó con su abrazo, pero eso mismo generó un debate sobre el embudo de la distribución y exhibición de cine en el país.

Durante semanas, Un poeta fue tema de conversación en todo tipo de espacios. Se discutió mucho, cosa escasa, sobre representación y  tradición. Todos creímos tener algo que decir sobre la película, señal de que algo de ella (una situación, un personaje) nos interpelaba de forma directa. Considero que esa conversación pública alrededor de Un poeta (más que la película en sí misma) fue lo más importante que pasó en el año cinematográfico colombiano. Salvo algunas obras que vienen precedidas por una gruesa maquinaria económica y de propaganda, las películas no suelen activar un debate público. Y menos una conversación sostenida durante varias semanas. Quizá se deba a que el sector artístico y los gestores culturales nos vimos, de algún modo inevitable, reconocidos o deformados por ese espejo. 

Fotograma de Adiós al amigo (2025) de Iván Gaona.
Fotograma de Adiós al amigo (2025) de Iván Gaona.

Adiós al amigo: lo que los colombianos podemos ser

Este atípico western de la Guerra de los Mil Días coincidió en cartelera con Un poeta en ese fecundo mes de agosto en que varias películas colombianas forcejeaban por un espacio en los cada vez más inaccesibles circuitos de exhibición. Con varios portazos en sus narices, el valeroso equipo de esta película, encabezado por el director Iván Gaona y la productora Mónica Juanita Hernández, insistió en encontrar a ese público que no solo está en las salas de cine convencionales. La película logró un recorrido que, actualizadas a los nuevos tiempos, recuerda las convicciones del Tercer Cine Latinoamericano de las décadas de 1960 y 1970, uno cuyos asuntos de preocupación era ir por la audiencia, dialogar con ella, reconociendo la potencia política del encuentro, hoy camino a desaparecer, según quienes quieren imponer un consumo individualizado y privado.

Otra cosa llama mi atención en Adiós al amigo y está en la médula de su propuesta estética y narrativa. Siempre se ha malentendido el arte popular como un lugar de consenso, desde donde se celebran acríticamente las expresiones sociales por el solo hecho de que existan. Se equipara con una suerte de conformismo, tan bien expresado en otra consigna, esta con consecuencias paralizantes: “los colombianos somos así». Adiós al amigo es cine popular con otro núcleo y otra convicción. Más que mostrar cómo somos los colombianos, abre espacios para imaginar cómo podríamos ser, qué hacer con nuestros traumas, cómo ampliar los círculos de pertenencia para no quedarnos circunscritos a las identificaciones tribales o familiares. La guerra en Colombia, y la película también es sobre eso, nos ha enfrentado a la precariedad y contingencia de nuestros vínculos sociales, los ha destruido. La mejor solución a esa tragedia es encontrar otros lazos. Adiós al amigo es la película de esa utopía. 

 

Todo el país una sala de cine o proyectar películas como un acto político

En el centro cultural Orishas Cine Art, que funciona —e irradia cinefilia— desde un pequeño local del antes Centro Comercial Nutabe (hoy Los Ángeles) de Bogotá, me encontré con Blas Gómez, promotor de Cinema Luna Films, que se autodescribe como «la pantalla de todos en todo lugar».  Al terminar el año, esta iniciativa de distribución y exhibición cinematográfica habrá completado casi 600 proyecciones  de películas en los más diversos territorios del país. Cinema Luna Films ha llevado cine a lugares como Bojayá, Orito, Tumaco, Buenaventura, entre otros, en asocio con entidades como la DACMI del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes (y su programa Colombia de Película) e infraestructuras y socios regionales y locales. En esa itinerancia, ha encontrado un público que buena parte de la industria del cine no quiere ver, y que no está ni siquiera reconocido por las estadísticas con las cuales se hacen afirmaciones tajantes sobre el divorcio del público colombiano con su propio cine.

En paralelo con esa terquedad itinerante, poco a poco se va consolidando un circuito de salas y espacios culturales en muchas ciudades del país. Allí, muchas entre las varias decenas de películas colombianas que se producen anualmente, encuentran el lugar que la gran industria les niega con argumentos técnicos o estéticos que las desvirtúan considerándolas una «sobreproducción». Es la otra geografía del cine en Colombia, mayormente desconocida desde Bogotá. No puedo hacer una lista exhaustiva pero sí mencionar algunos de estos espacios y organizaciones culturales: Ejercicios desconocidos y Circo Chalet en Yopal (Casanare), Coocine en Santa Elena (Antioquia), Marines Films en Valledupar (César), Ermitañas en Pasto (Nariño), Cineforo CASA Amazonas en Leticia,  AraucaZine y OLAB en Arauca, y la sala de cine La Perla en Tumaco. Festivales como Salvaje y Vórtice, que ocurren en Bogotá (aunque no exclusivamente), Festival Laberinto de Tunja o el Festival del Bajo Cauca (en Antioquia), entre tantos más, prueban que su existencia es en sí misma un acto político en el que, como lo dijo Gutiérrez: «La energía del público, la textura del espacio, el acto de mirar juntos: todo eso forma parte del significado de la película».

La paga, de Ciro Durán. Cortesía de Maleza Cine.
La paga, de Ciro Durán. Cortesía de Maleza Cine.

La paga: cambiar la historia todos los días

La obra fílmica del cineasta santandereano Ciro Durán terminó cristalizada en una idea de cine industrial fallido e, incluso, por el efecto de una de sus películas más conocidas, el documental Gamín, convertida en emblema de las ligerezas denunciadas detrás del concepto de pornomiseria. En un documental estrenado este año, Tres hermanas, dirigido por quien fuera la esposa de Durán, Joyce Ventura, vemos al cineasta ya mayor, poco tiempo antes de su muerte en 2022, escéptico y desconcertado. Ciro Durán no vivió el tiempo suficiente para ser testigo del encuentro de su opera prima, La paga, de 1962, que se daba por perdida. Fue hallada en Venezuela (donde se filmó) y es una película de una intuición y unos logros estéticos sorprendentes, que nos obliga a resituar el lugar del director en la tradición del cine colombiano. La paga anticipa obras que vendrían después, y asume el problema político del trabajo y los trabajadores, encontrando una solución política, no sentimental ni individual.

También este año asistimos al reencuentro con obras del pasado del cine colombiano de las que teníamos pocas noticias: el archivo fílmico del intelectual tulueño Enrique Uribe White, encontrado y recuperado por el colectivo artístico Imágenes de Segunda Mano, y la obra del cineasta experimental Arturo Jaramillo, cuidada por José Guillermo Pezzotti. Estas películas, por ahora presentadas en unos pocos festivales de cine, están ahí y reclaman circular más; su reaparición obliga a desplazar también la forma en que la crítica o la historiografía han hablado de ciertos periodos y tradiciones del cine colombiano. La paga inauguró Cinemancia Festival Metropolitano de Cine, un evento que este año cumplió su quinto aniversario con una programación llena de coherencia y arrojo, y un regalo para las ciudadanías cinéfilas de Medellín y los municipios del Valle de Aburrá.

Desviaciones de la voz. Una aproximación al cine de no ficción colombiano, coautoría de Sergio Barón, Juan David Cárdenas y Bibiana Rojas, que fue publicado en 2024; y Encierro y melancolía: narrativas del afecto en el cine de Bogotá 2010-2020 de Andrés Ardila, premiados con la Beca de Investigación sobre la Imagen en Movimiento en Colombia, miran un conjunto de producción cinematográfica colombiana reciente.
Desviaciones de la voz. Una aproximación al cine de no ficción colombiano, coautoría de Sergio Barón, Juan David Cárdenas y Bibiana Rojas, que fue publicado en 2024; y Encierro y melancolía: narrativas del afecto en el cine de Bogotá 2010-2020 de Andrés Ardila, premiados con la Beca de Investigación sobre la Imagen en Movimiento en Colombia, miran un conjunto de producción cinematográfica colombiana reciente.

Escribir sobre cine también es hacer cine

Dos libros sobre cine se lanzaron este año (bueno, hubo otros, pero quiero resaltar este par): Desviaciones de la voz. Una aproximación al cine de no ficción colombiano, coautoría de Sergio Barón, Juan David Cárdenas y Bibiana Rojas, que fue publicado en 2024; y Encierro y melancolía: narrativas del afecto en el cine de Bogotá 2010-2020 de Andrés Ardila. Ambos trabajos, premiados con la Beca de Investigación sobre la Imagen en Movimiento en Colombia, miran un conjunto de producción cinematográfica colombiana reciente. Son dos libros de ensayo que proponen diálogos entre películas, dibujan cartografías, crean la imagen de una época y evidencian la circulación de ideas y las redes intelectuales que hay detrás de la gestación de películas. También coinciden en un punto: las películas que abordan ambos libros no están necesariamente en el centro de la visibilidad mediática. En Desviaciones de la voz se repasa un cine documental que se resiste a las tentaciones de la hegemonía. Encierro y melancolía se permite mirar, en la mayoría de los casos, películas estudiantiles, que corrían el riesgo de ser olvidadas y archivadas hasta por los propios directores. Estas investigaciones fijan las películas un tiempo más en la memoria, pero con el fin de que generen nuevas interacciones. La vida del cine no es la del contenido efímero que pide ser reemplazado por otro contenido efímero. Puede perdurar por encima de la obsolescencia programada de la industria.

horizontes acevedo
Horizontes, dirigida por César Acevedo.

La rara cualidad de lo imperfecto

Uno de los mayores triunfos internacionales del cine colombiano contemporáneo fue la Cámara de Oro del Festival de Cine de Cannes obtenida en 2015 por La tierra y la sombra, opera prima del cineasta vallecaucano César Acevedo. A pesar de ese premio, que parecía un impulso seguro para la carrera del director, Acevedo tardó una década en estrenar su segundo largo: Horizonte. Finalmente, la película tuvo su estreno en salas en la segunda mitad de este año. Mientras La tierra y la sombra fue una película redonda, de gran contundencia emocional y simbólica, el segundo largo es imperfecto, fallido en muchos aspectos: las actuaciones inverosímiles, la saturación simbólica, la rigidez de los sentimientos y los personajes. Y, sin embargo, hay algo indefinible en el conjunto que nos mantiene atados a esta narración suspendida entre la vida y la muerte, que sigue el camino inverso a la lógica de la realidad. Vamos de la muerte a la vida atravesando mundos.

En el último Festival de Cine de Cartagena de Indias-FICCI, que ocurrió en la primera mitad del año, tuve la sensación de que muchas de las películas más interesantes, algunas de ellas aún no terminadas, rehuían la perfección, la seguridad de un guion de hierro o una puesta en escena académica, sin tampoco entregarse al descuido o al hermetismo. Supongo que es otra variante del descentramiento que sentimos en estos años donde un espacio antes tan regulado como el del cine de autor (y no digamos el cine más decididamente hecho para públicos amplios) pierde progresivamente sus coordenadas. Como dije antes, no está mal la anomalía y el error. En tiempos de imágenes perfectas (Horizonte tiene, también, muchas que cabría definir con ese adjetivo), de textos cerrados e impolutos producidos por IA y de culto a la repetición, hay algo refrescante en lo desmañado: quizá esquirlas de un alma común en tiempos de verdades on demand.

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