ETAPA 3 | Televisión

«Seguimos aquí»: Bad Bunny celebra América en el Super Bowl

12 de febrero de 2026 - 10:51 pm
Incluso si la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl, un escenario atravesado por la tensión entre arte y política, probablemente no tenga ninguna consecuencia política real, ¿qué hacemos con su redefinición de nuestro continente, la rabia que tanto reggaetón en español provocó en Trump y todo lo que queda por fuera de este relato americano?
Bad Bunny en Super Bowl LX. Foto de Kevin Mazur (Getty Images).
Bad Bunny en Super Bowl LX. Foto de Kevin Mazur (Getty Images).

«Seguimos aquí»: Bad Bunny celebra América en el Super Bowl

12 de febrero de 2026
Incluso si la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl, un escenario atravesado por la tensión entre arte y política, probablemente no tenga ninguna consecuencia política real, ¿qué hacemos con su redefinición de nuestro continente, la rabia que tanto reggaetón en español provocó en Trump y todo lo que queda por fuera de este relato americano?

«God bless América», exclamó Bad Bunny al final de su presentación en el medio tiempo del Super Bowl LX el pasado 8 de febrero en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, donde los Seattle Seahawks derrotaron a los New England Patriots por el título de la NFL. Fue casi todo lo que dijo en inglés durante los trece minutos de su exhibición, sintonizada por 135.4 millones de personas en todo el mundo: una frase icónica del patriotismo estadounidense como puente para redefinir de qué hablamos cuando hablamos de América; no dijo «God bless America», sino «God bless América», con tilde. El cantante puertorriqueño —el más escuchado del mundo durante 2025 en Spotify y reluciente ganador del Grammy a mejor álbum por DeBÍ TiRAR MáS FOToS— lo dijo y caminó impetuoso hacia la zona de anotación sosteniendo un balón de fútbol americano: «Sea Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia, Venezuela, Guyana, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, Cuba, República Dominicana, Jamaica, Haití, las Antillas, United States, Canadá», continuó, balón en mano, respaldado por bailarines que cargaban la bandera de cada país mencionado. La de Puerto Rico no era la bandera oficial, sino la asociada al movimiento independentista, prohibida por Estados Unidos entre 1948 y 1957, cuyo triángulo estrellado, que corta las franjas rojas y blancas, no es azul sino celeste. Luego de enumerar todo los países de América, y antes de lanzar el balón contra el piso, como un running back luego de un touchdown heroico, dijo, a modo de punto final: «And my motherland, mi patria: Puerto Rico. Seguimos aquí». 

Entonces Bad Bunny lideró a los suyos fuera del campo mientras cantaban el coro de «DtMF», el corazón de su último álbum. En una pantalla gigante se leía «The only thing more powerful than hate is love», un cliché —y no por eso menos cierto— como resumen ejecutivo de una presentación que propuso un marco amplio para la noción de América, todo un continente, en el corazón del entretenimiento de un país de ese continente cuyo gobierno actual ha trabajado sin descanso durante el último año por estrechar esa noción al mínimo posible. 

No fue la primera demostración política en un campo de fútbol americano. De hecho, que Bad Bunny cantara en el Super Bowl fue el resultado de las tensiones políticas de la NFL y de los intentos insuficientes de la liga por aplacarlas.

 

***

 

En agosto de 2016, durante la pretemporada de la NFL, el mariscal de campo de los San Francisco 49ers Colin Kaepernick empezó a arrodillarse mientras sonaba el himno de Estados Unidos para protestar contra la brutalidad policial y el racismo sistemático, tras los asesinatos de Alton Sterling y Philando Castile a manos de la Policía el mes anterior. Ambos eran hombres negros. «No me voy a parar y demostrar orgullo por una bandera en un país que oprime a la gente negra y la gente de color», explicó Kaepernick. Su protesta, un eco del movimiento Black Lives Matter, se extendió hasta la temporada regular. A medida que más jugadores se arrodillaban con él, los republicanos los acusaron de irrespetar la bandera y el ejército. Su comportamiento, dijeron, era antiamericano. En 2018, el presidente Donald Trump dijo que los jugadores que no respetaran el himno ni siquiera deberían estar en Estados Unidos. Para entonces, Kaepernick ya estaba fuera de la liga: aunque era titular y uno de los mejores mariscales jóvenes, ningún equipo lo quiso cuando su contrato terminó.

El boicot de Kaepernick se convirtió en un desastre para las relaciones públicas de la NFL. Por eso la liga se asoció con Roc Nation, la compañía del rapero Jay-Z, para que, además de trabajar en programas de «justicia social», curara y produjera el espectáculo del medio tiempo de los Super Bowl. Jay-Z apoyó públicamente las protestas de Kaepernick y explicó que era la hora de pasar de gestos simbólicos, como arrodillarse durante el himno, a acciones concretas. No especificó los detalles. Las reacciones se dividieron entre quienes celebraban esta nueva oportunidad de cambio desde adentro del poder y quienes lamentaban la cooptación corporativa del lenguaje de la justicia social para que la NFL ganara legitimidad cultural y lavara su culpa cómodamente. 

Shakira y Jennifer Lopez inauguraron esta nueva era del halftime show en 2020; luego siguieron The Weeknd en 2021; Dr. Dre, Snoop Dogg, Eminem, Mary J. Blige y Kendrick Lamar en 2022; Rihanna en 2023; Usher en 2024; y Kendrick Lamar en 2025. «La revolución está a punto de ser televisada, eligieron el momento correcto, pero al tipo equivocado», dijo Kendrick al inicio de su presentación, pero la acción más directa, contundente en su sencillez, vino de parte de Zül-Qarnain Nantambu, uno de sus bailarines, que levantó una bandera que combinaba las de Sudán y Palestina y luego fue derribado por guardias de seguridad. 

Entonces, desde antes que Bad Bunny iniciara su presentación entre cañaduzales —tal vez otro cliché y una ventana a las plantaciones y las relaciones coloniales entre el Caribe y el resto del mundo, un reflejo de la intervención extranjera y su explotación de los territorios caribeños, una postal sobre el trabajo silencioso que construyó tantas fortunas, tantos países—,  el Super Bowl ya era un campo en disputa entre arte y política, y sobre el Levi’s Stadium ya pendían varias preguntas. Una era si el show del medio tiempo era un cambio desde dentro del poder o un entretenido lavado de cara de ese poder. Otra, si un impulso activista en este escenario podía hacer algo más que fortalecer un sistema que se muestra abierto a la crítica mientras se afirma en su statu quo: la rebeldía como mercancía pop masiva, tan vendible como una entrada de mil dólares o un perro caliente. Y una tercera cuestión: incluso si todo sigue igual, si Estados Unidos sigue bombardeando el Caribe, si ICE sigue aterrorizando a los migrantes, si el Gobierno sigue tratando a los latinoamericanos como una amenaza, si Puerto Rico sigue siendo una colonia, ¿pueden presentaciones como la de Bad Bunny ser algo más que un consuelo alegre?

 

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Podríamos decir que la presentación de Bad Bunny no empezó el domingo 8 de febrero, sino una semana antes, el 1 de febrero, en la ceremonia de los Grammy en el Crypto.com Arena de Los Ángeles; sus apariciones públicas en Estados Unidos hacían parte del mismo texto. Primero se llevó el premio a mejor interpretación de música global por «EoO». Luego se llevó el premio a mejor álbum urbano: «ICE out», dijo primero; «No somos animales, no somos salvajes, no somos aliens; somos humanos y somos americanos», dijo luego; y terminó con el mensaje que una semana después estaba en la pantalla en el Super Bowl: «lo único más poderoso que el odio es el amor». Finalmente, Bad Bunny se llevó el premio más grande de la noche: DeBÍ TiRAR MáS FOToS fue el primer álbum en español en ganar álbum del año. En español, Bad Bunny le agradeció a su mamá por parirlo en Puerto Rico, y, en inglés, le dedicó el premio a todas las personas que habían tenido que dejar su tierra para seguir sus sueños.

En el Super Bowl, uno de los rituales del soft power estadounidense, el reflejo anual de un país cuyos deportistas y cantantes encarnan las grandes gestas nacionales, Bad Bunny no dijo ICE out. Lo que sí dijo, de nuevo, es que los latinoamericanos somos americanos, una obviedad que dejó de serlo en el régimen de Trump. Vestido todo de blanco, con una camiseta de fútbol americano con el 64 y Ocasio, su apellido materno, en el dorsal, recorrió éxitos de su perreo libidinoso como «Tití me preguntó», «Yo perreo sola» y «VOY A LLeVARTE PA PR»; «están escuchando música de Puerto Rico, de los barrios y los caseríos», explicó antes de «EoO». Todo esto lo hizo de prisa, con una rapidez nerviosa entre boxeadores, salones de uñas, un puesto de piraguas, la famosa casita (con Cardi B, Pedro Pascal, Karol G y Jessica Alba entre los invitados) y una boda; tan de prisa que, por momentos, se le iba el aire. Luego pasó a completar misiones secundarias:  durante «BAILE INoLVIDABLE» bailó salsa con Lady Gaga; llegó hasta los barrios latinos de Nueva York, marcados por bodegas y barberías y recibió un shot de Toñita, cuyo bar en Brooklyn es un refugio latinoamericano, en «NuevaYol». Consciente de que el Super Bowl tiene lugar en un estadio, pero, sobre todo, es un espectáculo televisivo, le entregó su Grammy a un niño que veía por televisión su discurso del domingo pasado; quizás era él mismo, o cualquier niño que lo pudiera estar viendo en ese momento. Ricky Martin cantó en «LO QUE LE PASÓ A HAWAii» sobre los ríos y las playas en peligro de ser expropiados en una segunda colonización, y Bad Bunny empuñó su bandera, la del triángulo celeste, mientras cantaba «El Apagón», orgulloso de su país y adolorido por sus crisis y sus apagones constantes.

Toda su presentación apuntó a demostrar su autenticidad cultural, un valor cada vez más apreciado. Hoy ya no nos satisface el arte globalizado que podría venir de cualquier coordenada, sino que buscamos lo particular, unas señas de identidad definidas. De ahí que el español C. Tangana (El Madrileño), la colombiana Karol G (Tropicoqueta), la argentina Cazzu (Latinaje) y Bad Bunny, con la bomba, la plena, la salsa y el mundo propio tan detallado de DeBÍ TiRAR MáS FOToS, hayan acudido al folclor para cimentar sus últimos discos. 

«El dominio de Estados Unidos en América Latina no será cuestionado nunca más», dijo Trump luego de la intervención militar en Caracas el 3 de enero de este año, por lo que tiene todo el sentido que América Latina celebre una presentación orgullosamente latinoamericana en el corazón cultural de Estados Unidos, la confirmación de que Estados Unidos no existe sin América Latina, que hace parte de nuestro continente como nosotros del suyo: América. De nuevo, obviedades que dejaron de serlo. Aún así, el cronista argentino Martín Caparrós, autor del magnífico ensayo Ñamérica, tuiteó que la presentación de Bad Bunny retomaba todos los lugares comunes norteamericanos sobre los latinos: «Cañeros, culos de mulata, mano en la verga, viejos en la plaza. A mí me sonó como reivindicar a España con toreros, sevillanas y procesiones. América Latina es otra cosa, creo». 

Yo creo, sin embargo, que no se trata de que el relato de Bad Bunny sobre su Puerto Rico refleje la diversidad regional y cultural de todo el continente, ni de que nos represente a todos, más allá del reconocimiento colectivo que despertó la escena del niño dormido en tres sillas mientras sus papás siguen de fiesta, un efecto similar al que logró la portada del álbum con sus dos Rimax vacías bajo un racimo de plátanos. Podemos reflexionar sobre la correspondencia entre el relato de Bad Bunny con los estereotipos exóticos de América Latina, pero no podemos omitir que DeBÍ TiRAR MáS FOToS funciona como un relato específico, sí, pero abierto para que cada comunidad lo defina. Los que quieren una única definición de América, una representación y una identidad fijas, son, precisamente, Trump y los trumpistas. 

El historiador Greg Grandin, autor de America, América (2025), argumenta que al celebrar América en su sentido más amplio, Bad Bunny recuerda que lo que hace excepcional a Estados Unidos es que comparte un continente con cientos de millones de otros americanos. Y Grandin también señala que, a diferencia de otras regiones del mundo, América Latina sabe cómo reconciliar su nacionalismo con su internacionalismo, su diversidad con su universalismo. Es decir que relatos nacionales como el de DeBÍ TiRAR MáS FOToS  o el del Super Bowl pueden ser puentes para el universalismo americano. Eso fue lo que hizo Bad Bunny al decir «God Bless América». 

Puede que estos no sean relatos suficientes de América. Pero eso no les quita lo verdadero, ni que, sin que nos representen —qué palabra complicada— o nos identifiquemos —aún más complicada—, podamos sentir su verdad. 

 

***

 

Bad Bunny ya había cantado en el Super Bowl en 2020, como invitado de Jennifer Lopez y Shakira, en una presentación que en su gran mayoría fue en inglés. Seis años más tarde, Bad Bunny cantó solo en español, algo que nunca había pasado en este escenario. 

La semana anterior al Super Bowl, el trumpismo mediático se quejó sin cesar ante la perspectiva de un latino cantando en español en el medio tiempo de su santuario cultural. Hasta organizaron el Turning Point USA’s All-American Halftime Show, que prometía celebrar la «cultura americana, la libertad y la fe»; Kid Rock hizo lip-sync con la bandera estadounidense de fondo y tuvo una trigésima parte de los espectadores de Bad Bunny.

Cuando luego del show de Bad Bunny siguió el partido y los Seahawks siguieron aplastando a los impotentes Patriots —dura jornada para los patriotas estadounidenses, dentro y fuera el campo—, Donald Trump, siempre hiperbólico, reaccionó en la red social Truth Social y calificó el concierto como absolutamente terrible, uno de los peores de la historia, una afrenta contra la grandeza de Estados Unidos. Fue parecido a lo que le dijeron a Colin Kaepernick: era antiamericano. Y añadió Trump: «Nadie entiende una palabra de lo que este tipo está diciendo». Para tratarse de símbolos, como arrodillarse durante el himno o un concierto de reggaetón, Trump y el trumpismo los tratan como una emergencia de seguridad nacional; quedan desubicados cuando el español, sin subtítulos ni disculpas, toma el centro; hay hasta congresistas republicanos pidiendo una investigación para que Bad Bunny vaya a la cárcel. Si no es para nada más, la presentación de Bad Bunny en el Super Bowl al menos nos sirve para reírnos de su fragilidad furiosa. 

Lo de que «nadie entiende una palabra de lo que este tipo está diciendo» no se aleja mucho de las críticas más rancias y aburridas que le hacen otros americanos a Bad Bunny: que si sus letras groseras, que si desafina y no sabe cantar, que si no toca instrumentos, que eso no es música ni arte sino la degradación cultural hecha hombre. «¿Cómo Bad Bunny va a ser rey del pop / Con reggaetón y dembow?», se pregunta él mismo, risueño, maravillado de su ascenso, en «NUEVAYoL». Evidentemente no necesita defensores, pero yo me pregunto si los que lo rechazan como entretenimiento vacío cooptado por el sistema, sin ninguna consecuencia política, dirían lo mismo si la presentación hubiera sido de una banda de rock, de un cantautor con guitarra y voz sentida o de un formato más legible en la tradición de la canción protesta latinoamericana. Me pregunto si persiste cierto escepticismo ante la cultura caribeña: su acento, su relación con el baile y con el cuerpo, su música.

F. Scott Fitzgerald dijo una vez que la prueba para una inteligencia de primer nivel era la habilidad de sostener dos ideas opuestas al mismo tiempo, y aún así seguir funcionando. Aplica para varios puntos de esta época y de este ensayo y, en particular para esas inteligencias que explotan al considerar que el mismo hombre que canta versos como yo se la mamo y se pone contenta y la nueva mama bien, pero no es tu boquita pueda luego en el mismo álbum, o en la misma presentación, cantar sobre los efectos del colonialismo en Puerto Rico y el Caribe. Supongo que, treinta años más tarde, todavía no sabemos qué hacer con el reggaetón como cultura americana. 

El imperio cultural de Estados Unidos siempre ha sido hábil para incorporar a su mercado las disidencias y las protestas. Apuesto a que el mismo Bad Bunny admitiría los límites del activismo cultural: por eso, supongo, fue una figura clave en las protestas de 2019 en Puerto Rico que provocaron la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló. En todo caso, seguro que podemos encontrar un balance entre el cinismo inmóvil que señala lo obvio —así es, todo sigue igual— y la condescendencia igual de perezosa que describe la presentación del Super Bowl como uno de los grandes discursos políticos del siglo, y a Bad Bunny como uno de nuestros grandes intelectuales contemporáneos. 

¿Qué hacemos, entonces, con todo esto, con este consuelo alegre sin mayores consecuencias materiales que ese «Seguimos aquí» desafiante de Bad Bunny, dicho en la misma lengua que ha sido brutalmente perseguida durante el último año, aviva en millones de personas? 

La presentación de Bad Bunny en el Super Bowl muestra un relato de un país y, a su alrededor, quizás fuera de la foto, a un continente en busca de otros relatos, quizás más complejos o distintos. Muy bien, para eso están las fotos como esta. Las vemos en un álbum familiar o en el carrete de nuestro celular y podemos encontrar lo que fuimos, lo que somos, lo que queremos ser y lo que no. 

O, para completar el álbum, siempre podemos tirar nuevas fotos. 

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