El pasado 3 de enero, desde su mansión en Palm Beach, Florida, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habló durante 21 minutos y 10 segundos sobre la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. En la conferencia de prensa, no explicó el sustento jurídico de la operación militar. Tampoco abordó el marco legal de la intervención ni detalló cómo se administraría políticamente Venezuela tras la caída de su máximo líder. El discurso evitó de manera deliberada el lenguaje de los protocolos institucionales, los límites del Derecho Internacional y las responsabilidades multilaterales. En su lugar, ofreció una secuencia de imágenes: helicópteros avanzando en la noche, tropas desplazándose con sigilo, un golpe impecable, sin bajas propias, presentado como una epopeya. «Fue un asalto espectacular», dijo. «Como no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial».
Trump no habló para rendir cuentas. Habló para fijar una posición de autoridad. Conectó con la audiencia encarnando la figura del padre. No del padre que dialoga, sino del padre correctivo. El adulto que pone en cintura cuando el lío se vuelve incontrolable. El que actúa porque otros fallaron. El que no pide autorización porque asume que su responsabilidad es mayor que el procedimiento. En esa línea, la operación militar deja de ser una ocupación arbitraria y se narra como un gesto de cuidado transfronterizo. El padre no cede: interviene.
La voz narrativa del discurso refuerza esa posición. Trump insiste en lo que vio, en lo que sabe, en lo que hizo cuando nadie más se atrevió. El relato se organiza alrededor de una figura de autoridad que no rinde cuentas: exhibe sus logros. Venezuela queda expuesta como un territorio sin agencia política, incapaz de autorregularse y, en esa incapacidad, disponible para una corrección externa. De este modo, la legalidad cede su lugar a la eficacia, y la explicación se vuelve redundante frente al resultado.
Lo que sigue es una lectura de cómo el presidente de Estados Unidos tejió un discurso que le dio la vuelta al mundo.
«Nosotros no podemos arriesgarnos a que alguien más se apodere de Venezuela».
En su conferencia, Donald Trump habló desde un plural cuidadosamente construido. El nosotros le permite ampliar su voz más allá de la figura individual del presidente y desplazar la responsabilidad hacia una entidad abstracta y totalizante: Estados Unidos. No actúa Trump, actúa el país. No decide un hombre, se expresa la voluntad de un pueblo. De esta manera, la decisión de intervenir Venezuela deja de percibirse como una orden política temeraria y comienza a presentarse como una anhelada maniobra colectiva.
La mecánica se revela desde el inicio del discurso: «Bajo mi dirección, los Estados Unidos realizaron una operación militar extraordinaria». La frase se abre con una atribución personal —bajo mi dirección— y enseguida se entrega al plural —los Estados Unidos—. Así Trump se reserva el mando sin cargar con el peso del yo. Se presenta como conductor más que como autor: el hombre que supo entender y materializar la voluntad nacional. El nosotros opera como una forma eficaz de absorción: incorpora al oyente dentro del sujeto que actúa y convierte la pregunta moral —«¿con qué derecho?»— en una identificación previa —«¿cómo no hacerlo, si somos nosotros?»— Este pronombre hace que el poder ya no necesite justificar la decisión de intervenir, por vía armada, sobre el destino político de otro Estado.

«Vamos a hacer que la gente de Venezuela sea más rica, independiente y segura».
Trump comunicó sin rodeos que asumía la administración provisional de un país que considera descompuesto. No habló de retirada ni de límites temporales: anunció el inicio de una gestión. En este punto, la figura del padre adopta otro registro. Ya no es solo el garante del orden, sino el administrador que permanece. El que tantea y decide cuándo el otro está en condiciones de valerse por sí mismo.
La operación narrativa es precisa. Venezuela aparece como un cuerpo infantilizado, incapaz de recuperar su riqueza petrolera y de sostener su propia infraestructura. Estados Unidos, en cambio, se presenta como un adulto funcional: proveedor de capital y de una visión industrial que nadie más puede aportar. En ese contexto, frases de Trump como «vamos a dirigir bien el país» no evocan para muchos una amenaza colonial, sino una promesa de prosperidad. La lógica es familiar: cuando un padre dice «me quedo hasta que todo esté en orden», parece que está cumpliendo con su deber.
Ahí se produce el efecto más contundente del discurso: la naturalización de que un presidente estadounidense administre un país ajeno. Su permanencia se presenta como la consecuencia lógica de un compromiso asumido para salvar el país.

«Las grandes empresas petroleras norteamericanas van a invertir miles de millones de dólares».
En el centro del discurso, no está la transición democrática de Venezuela. Está el petróleo. En al menos seis ocasiones, lo presentó como un sistema averiado y un diagnóstico del país, y reiteró que él sabe cómo hacerlo funcionar. Trump no disimuló su interés económico tras el operativo. Prometió ayudar a reconstruir Venezuela a través de la inversión petrolera y pintó un futuro en el que grandes empresas estadounidenses entran para reactivar lo que otros dejaron desplomar, generar riqueza y administrar el proceso.
El petróleo le permitió traducir la intervención militar al lenguaje que mejor domina: el de los negocios. El presidente de Estados Unidos no parece interesado en asentar principios éticos, sino en poner a producir a Venezuela con altas inversiones y mejores retornos. Así se completa la figura del padre-gestor. El cuidado de Trump no se limita a garantizar el orden político y la limpieza moral, sino que planifica el futuro. Y como en toda lógica empresarial, nadie abandona una obra hasta que esta empiece a dar resultados.

«Esta operación extremadamente exitosa debería ser una advertencia para todos los que quieran amenazar nuestra soberanía».
Donald Trump no terminó su discurso hablando de Venezuela. Lo hizo lanzando una advertencia. Lo ocurrido aquel 3 de enero, afirma, deber ser interiorizado por todos. No solo por los funcionarios del régimen venezolano que aún permanecen en sus puestos, sino por cualquiera que ose imaginar que el poder estadounidense puede ser desafiado sin consecuencias.
En el tramo final, el discurso cambia de tono. La captura del dictador deja de ser un episodio épico y comienza a operar como una señal. Lo ocurrido en Caracas ya no pertenece solo al pasado inmediato: se proyecta como posibilidad en otras partes. Trump no enumera objetivos futuros ni declara guerras, se limita a afirmar que «todas las opciones están sobre la mesa».
El padre que interviene no busca cerrar conflictos. Quiere encontrar el momento indicado para iniciarlos y luego administrarlos.

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