Cuatro jóvenes se miran con los ojos llenos de furia mientras caminan en círculos con agresividad. A su alrededor, decenas de personas los observan atentamente. Los corazones laten a toda velocidad, la respiración es pesada, la concentración absoluta y se siente el nerviosismo en el aire. De un parlante sale un beat de cuatro cuartos que le da un tono entre festivo y dramático a la escena. La tensión crece. El público comienza a corear: «¡jo, jo, jo!», mientras sus brazos se agitan en el aire. Solo se necesita una chispa para que todo explote. Entonces una voz grita: «Y se lo damos en tres, dos, uno».
Es hora de la batalla.
Cae la noche del 18 de agosto de 2025 y, como todos los lunes, en la Biblioteca El Tintal, al suroccidente de Bogotá, varios jóvenes provenientes de toda la ciudad se reúnen para una nueva jornada de freestyle. Esta fecha es especial: la clasificatoria para la final de la Red Bull Batalla (RBB). Unos ciento cincuenta freestylers de diferentes partes del país llegaron para probar finura y ganarse un cupo en el evento más importante de esta comunidad, que se realizaría el 2 de octubre en el Movistar Arena y coronaría a Valles-T como tetracampeón.
Desde hace por lo menos quince años las calles, andenes y parques de ciudades como Medellín, Cali, Cartagena y Popayán han albergado a grupos de personas que se reúnen en torno a un beat de hip-hop para intercambiar rimas en un duelo de improvisación. Esto no solo ha creado una expresión cultural y artística que hoy cuenta con una industria global, íconos y millones de seguidores, sino que se ha vuelto una forma de habitar las hostiles urbes en Colombia. El freestyle es una herramienta para reclamar el espacio público y crear alternativas de desahogo, de trabajo y de unión, que han logrado ir más allá de las rimas, la fiesta y la música para instalarse en el ADN de una comunidad que encontró un medio para ejercer sus derechos y ser libre.
De los andenes a las redes
Para un ojo novato, una batalla de freestyle es ver básicamente cómo dos personas se insultan. Pero es más complejo. «El freestyle es un deporte mental», explica Paloma Dark Black, rapera cofundadora de la colectiva Rot Mill. Para poder triunfar no solo basta con saber rimar y pensar rápido, hay que entrenar, estudiar, desarrollar un estilo, escuchar con atención, mantener la calma y, sobre todo, tener mucha pasión y disciplina.
La práctica de intercambiar agravios es muy antigua y es parte de la tradición oral de varias culturas. En Colombia hay expresiones similares como la piquería vallenata, las coplas boyacenses y el contrapunteo llanero. Estos juegos de improvisación han cumplido distintas funciones a lo largo de la historia, y en la Nueva York de finales de los setenta fueron fundamentales para el desarrollo del hip-hop.
Este movimiento cultural nació en los barrios empobrecidos de una ciudad que, literalmente, estaba en llamas. La especulación inmobiliaria, la desigualdad, la violencia generada por las pandillas y la incompetencia del gobierno local convirtieron a Nueva York en un caldo creativo que ebullía desde sus rincones más marginales. En esos años, los primeros DJ empezaron a dominar el arte de las tornamesas y comenzaron a organizar fiestas en las que emergió un sonido nuevo.
Una comunidad dividida y cansada de la precariedad encontró en esos espacios una forma de desahogo, de unión y de construcción de paz. Gracias al trabajo de pioneros como Kool Herc, Grandmaster Flash y Afrika Bambaataa, los jóvenes racializados y marginados de una ciudad que los odiaba lograron dejar a un lado sus diferencias y unirse en torno a algo más grande e importante. Entre la algarabía, algunos se animaron a coger los micrófonos y se pusieron a animar las fiestas. Los maestros de ceremonia —también llamados MC— improvisaban al ritmo del beat y pronto comenzaron a ganar protagonismo hasta crear la imagen del rapero que conocemos hoy.
Toda esta explosión creativa derivó en los cuatro elementos constitutivos del hip-hop: la música (DJ), el rap (MC), el baile (breakdance) y el arte (graffiti), que unen a las personas en torno al cypher —como se denomina el espacio donde se improvisa— para mostrar sus habilidades.
Dichos encuentros no siempre se hacen en un contexto de competencia. Las batallas nacen a partir de los famosos beef entre artistas, también llamados tiradera, que son una confrontación entre dos raperos a punta de bloques de rimas o barras.
El hip-hop llegó a Colombia a finales de los ochenta y se desarrolló en los noventa desde una ciudad igual de rota y caótica que la Gran Manzana: Bogotá. En el barrio Las Cruces, La Etnnia y Gotas de Rap crearon los primeros álbumes nacionales y, en esos años, en espacios como la icónica carrera séptima, en pleno centro de la ciudad, comenzaron a reunirse parches de jóvenes a escuchar música, hacer break, rayar algunas paredes e improvisar.
Los duelos se hicieron populares hace unos veinte años gracias a la marca de bebidas energizantes Red Bull, que vio un mercado emergente en Hispanoamérica. Así nacen las famosas Batallas de Gallos en 2005. La primera que se hizo en Colombia fue en el 2006 y la ganó Candy Man, un freestyler caleño que representó al país en la final internacional, donde fue eliminado en la semifinal por el español Rayden. Desde entonces más personas se animaron a improvisar, pero en el país todavía no existía el formato de competencia estructurado ni lo que se conoce como plazas.
Las plazas son los lugares donde se arma el cypher y se reúne la gente —o la banda— para participar o presenciar las competencias. A su vez, las plazas tienen sus ligas. Por ejemplo, la Biblioteca de El Tintal es una plaza y la liga que se reúne allí se llama Kings Clan, una de las más competitivas y longevas de la capital, que otorga un cupo para la RBB. Otras plazas están conectadas con ligas del resto del país y organizan eventos que dan puestos para competir en torneos que pueden ser locales, regionales, nacionales e incluso internacionales. Además, existen otras grandes competencias profesionales como la Freestyle Master Series (FMS).
Nacho Artyz, rapero, gestor cultural y empresario, conoció el hip-hop cuando era un niño y vio a un grupo llamado Acción Masiva rapeando en la esquina de su casa. Ese día se enamoró de esta cultura y ha dedicado su vida a investigar y trabajar por ella. Dice que sin proponérselo se volvió un historiador del freestyle, y cuenta que se popularizó a raíz de la película 8 Mile (2022), protagonizada por Eminem, donde se retrata cómo el artista —tal vez el rapero blanco más importante en la historia del hip-hop— pasó de los duelos subterráneos a brillar en las tarimas.
Formó parte de la primera plaza organizada y consolidada que tuvo Bogotá. Esta se realizaba en el centro, se llamó Candelaria Cartel Clan y su primer encuentro fue en diciembre de 2013. Actualmente, hay eventos todos los días de la semana y en una sola jornada pueden organizarse hasta tres encuentros en distintas zonas, como por ejemplo La 44, Montañeros, Bueeen Free, Rappaurte, entre otras.
Este crecimiento también se ha sentido en las competencias internacionales. Freestylers como Maritea, Desnivela, Valles-T son reconocidos en toda Sudamérica. El año pasado Colombia tuvo su primer campeón internacional, Fat-N, quien ganó la Red Bull Batalla: Nueva Historia, realizada para conmemorar dos décadas esta competencia.
Todo se suma a la consolidación de talentos locales como Pandora, Coloso, Teo 90, Tormenta, Yoda Bebop, Carpediem entre otros; y la llegada de personajes famosos como Lokillo, que han llevado este deporte mental al mainstream. Hoy, personas como Asuki, Aczino, Chuty, Kaiser son famosas no solo por sus habilidades sino gracias al contenido que generan para redes sociales y a la viralización de sus batallas, lo que ha demostrado que si bien es difícil, se puede vivir del freestyle.
Más allá de las barras
Es jueves por la noche y en el icónico Parque de los Hippies de la localidad de Chapinero suena la voz de Cosa Fea, «el host más nea de la nevera», quien canta: «Bendecidos por el rap; por la música underground; por el arte de las calles». Es una nueva jornada de Horda Free, una de las plazas más respetadas de la capital. Esa fecha llegaron unas 200 personas; el ambiente era más festivo y relajado que en la clasificatoria de la RBB, aun así, la competencia fue igual de intensa.
Por fuera del cypher los freestylers se saludan, ríen, comparten un trago y la pasan bien. Adentro no hay piedad. Cada rapero tiene un estilo, un tono de voz y una forma propia de crear las barras. Cuando se está atacando, hay quienes arrinconan a su contrincante de la misma forma que lo hace un boxeador que pone contra las cuerdas al oponente.
En los primeros años, los competidores se reunían y rapeaban al ritmo de un beat box —como se llama al crear el beat tan solo usando la voz—. Ahora, la música la ponen un parlante y un DJ. En las competencias por lo general se hacen showcases o presentaciones de artistas y nunca puede faltar un host, quien cumple varias funciones: por un lado, ordena y estructura la batalla; por el otro, es una especie de árbitro, aunque su labor principal es animar a la gente y mantenerla enfocada en la batalla.
«Todo el mundo merece respeto. Estar parado al frente, delante de más de cien personas haciendo su arte, no es fácil. Y acá no se le pide ni monedas, ni billetes, ni nada, se le pide atención y respeto», comenta Cosa Fea.
Blassfemmia —ingeniera cartográfica y cofundadora de Rot Mill— es una de las maestras de ceremonia más populares de la capital. Desde hace más de siete años se ha dedicado a trabajar por el desarrollo del hip-hop. «Este rol es más que solamente ser un presentador», dice. «En cualquier contexto que pongas un micrófono tienes la atención de un nicho de personas, y eso es demasiado valioso como para no decir algo importante».
Aquí aparece el quinto elemento del hip-hop: el conocimiento. En una batalla de freestyle, para sorprender a los jueces, no solo basta con crear buenas rimas, tener una gran cadencia y un flow impactante, lo que se dice es muy importante. Los duelos suelen estar llenos de referencias a la cultura popular y de juegos de palabras. Desde los memes y series de moda hasta la situación sociopolítica del mundo se asoman entre los insultos y las burlas.
El elemento del conocimiento ha forjado una red de apoyo comunitaria en torno al freestyle que une a artistas, empresarios, gestores culturales y trabajadores sociales. Estos eventos se han vuelto una forma de sustento para muchas personas; desde la señora que vende obleas hasta las marcas de ropa y accesorios, los sellos musicales independientes y otros emprendimientos.
El freestyle también ha permitido que espacios públicos que suelen estar vacíos y desaprovechados se habiten y llenen de vida. Muchas veces, en lugares donde el Estado falla en proveer cultura, lugares de encuentro, distracción y entretenimiento, este impulso ciudadano autogestionado crea ambientes que impactan positivamente a las ciudades, como es el caso de Rappaurte, que ocupa la concha acústica ubicada al lado de la estación de Transmilenio de Ricaurte, la cual pasó de ser un lugar solitario a una plaza icónica, ya que allí se popularizaron las rimas disonantes, un estilo en el que las palabras no riman y esto le da un nivel mayor de dificultad a la competencia.
Otro ejemplo es el de Distreestyle, que trabaja en el Parque Metropolitano de El Porvenir de la localidad de Bosa, al sur de Bogotá. Este colectivo comenzó en 2019 haciendo batallas con temáticas, lo que significaba unir a la comunidad entorno a un tema como el estallido social o las reformas del gobierno, dar pedagogías de contexto y dejar que los participantes creen las rimas a punta de argumentos.
En un principio este colectivo se movió por varias zonas de la localidad hasta que en 2023 se unió con los colectivos Golpe de Barrio y Arquitectura Expandida para construir El Bicho, una tarima de guadua que hoy es un faro cultural en una zona altamente impactada por el microtráfico y la delincuencia.
Gracias a este tipo de iniciativas se han logrado captar fondos públicos para financiar eventos, premios y estímulos.En Bogotá varias localidades tienen mesas distritales que han ayudado a que todo esto crezca exponencialmente. Precisamente, en uno de esos eventos, Fernando con Gafas conoció el freestyle.
A él se lo puede ver en las plazas con su cámara de fotos alrededor del cuello. Originalmente, metalero, mientras trabajaba en el Concejo de Soacha, lo enviaron a cubrir una competencia y desde ese día se encantó tanto por el freestyle como por la fotografía. Hoy tiene uno de los registros documentales más completos de freestylers del país.
«Me di cuenta de que el freestyle maneja una unión muy bonita», comenta Fernando, que ha encontrado una red de apoyo importante, pues muchos de estos jóvenes recorren kilómetros de calles rotas, polvorientas y llenas de polisombra, para estar unos minutos en el cypher. Llegan a pie, en bicicleta y se tienen que devolver tarde por la noche en los últimos buses del transporte público. Por eso, entre todos se cuidan, se apoyan, comparten más allá de la competencia.
Dicho compartir también ha significado para muchos jóvenes forjar un sentido de pertenencia. «Las personas ven que a través del freestyle pueden canalizar muchas cosas personales. Entonces no lo toman únicamente como un ejercicio artístico, sino que a veces puede ser también algo terapéutico», opina Fernando.
Las luchas del freestyle
En el parque principal del barrio Techo, al suroccidente de Bogotá, una veintena de jóvenes juega microfútbol. «El equipo que pierde tiene que salir a improvisar, así en caliente», grita Tinta, quien, como todos los martes por la noche, se junta en este espacio con el resto de integrantes de Compás, una escuela de formación gratuita y comunitaria de freestyle.
Sus inicios en el hip-hop fueron a través del graffiti y, si bien lleva un buen tiempo en el freestyle, nunca lo ha hecho como competidor, sino más desde la gestión. En 2022, junto con sus colegas Nico Armónico y Fresas, quien trabaja con los Consejos de Juventud de Kennedy, crearon este espacio con la intención de entrenar freestylers y enseñarles las minucias de esta competencia.
También hay una parte de formación que va más allá de las batallas. Las sesiones tienen un enfoque deportivo y pedagógico. Así como juegan microfútbol, practican boxeo y cada mes tienen la tarea de leer libros y ver películas. Los últimos martes se hace una plaza para que estos pelados puedan competir y además los acompañan en sus viajes por el resto de la ciudad, bien sea para darles apoyo emocional o para ayudarles a pagar las inscripciones.
Escuelas de este tipo hay varias y ayudan a que más jóvenes se interesen y apasionen por este deporte mental; sin embargo, para Tinta lo más importante de este espacio es que «le estamos quitando veinte pelados a la noche».
Erróneamente, hay quienes aún creen que el freestyle está relacionado con la delincuencia, pero en realidad existe a pesar de esta. «El hip-hop salva vidas», dice Poeta Bendecido, uno de los profesores de Compás. Cuando se habla con los freestylers muchos cuentan cómo los ayudó a salir de situaciones difíciles, desde superar la depresión hasta abandonar el hampa. «Por eso somos bendecidos por el rap», comenta Cosa Fea.
«Pensando desde la filosofía del hip-hop, este siempre va a ser un nicho en donde debemos poner el ojo porque hay juventudes que requieren de un acompañamiento. Ese acompañamiento se puede dar desde los valores que brinda esta cultura», opina Blassfemmia.
Tal vez uno de los mejores ejemplos de este impacto es Horda. Esta plaza nació hace siete años cuando Pictórica y varios amigos de su universidad empezaron a juntarse en el Parque de los Hippies para parchar después de clases, escuchar música e improvisar. Pronto empezaron a llegar al cypher los jóvenes que viven en las lomas de Chapinero y ella, que es psicóloga y gestora cultural, vio la oportunidad de crear una plaza que le diera algo a estas personas aparte del entretenimiento y el parche.
Sin embargo, los problemas nunca han faltado porque es una zona de microtráfico. Pictórica cuenta que la solución ha sido buscar el diálogo, acercarse a quienes manejan la olla y dejarles claro que la plaza no tiene nada que ver con ellos. Se ha hecho un trabajo de cuidado no solo por incentivar el consumo responsable, sino por evitar que los menores de edad entren en esas dinámicas. Lo que a su vez ha generado buenas relaciones tanto con el CAI de Hippies como con la alcaldía local. «Con la palabra estamos sembrando algo», señala, y gracias a esto se logró que los jueves por la noche este sea un rincón de la capital en paz.
Lo que falta por cosechar
Es el primer día de Hip Hop al Parque 2025 y, en una esquina del Parque Simón Bolívar, se alza una tarima dispuesta para el freestyle. El maestro de ceremonia fue Kramphuz, uno de los host más reconocidos del país, desde el escenario una vez más refuerza la idea de que «el freestyle es una forma de resolución de conflictos a través de la palabra».
Algunos de estos conflictos van más allá de la tiradera y las confrontaciones propias de una competencia; están marcados por prácticas culturales, idiosincrasias, sistemas de creencias y dinámicas que nos atraviesan a toda la sociedad, como el machismo, el clasismo, el racismo, la xenofobia, entre otras.
Esta es una línea muy delgada, pues la burla, la ironía, la caricaturización y la montadera son parte de la esencia del freestyle. Pero hay quienes no están de acuerdo con esto, porque si bien lo que pasa en cypher se queda en el cypher, hay que tener claro que lo que se dice puede generar un impacto emocional.
La fórmula de cuestionar la sexualidad del contrincante e inflar el ego de macho es de las más comunes, porque es lo más sencillo. Una batalla puede ser muy emocionante cuando esto se rompe o se cuestiona. A veces hay quienes en vez de devolver un insulto, mandan un argumento o una interpelación, lo cual no solo desencaja al rival, sino que logra que en la misma competencia —muchas veces de forma espontánea— se arme un espacio de discusión y reflexión que cuestiona los estereotipos.
Otra de las cosas que faltan en freestyle es una mayor participación de mujeres. No es común encontrarlas compitiendo, pero sí entre el público o en la producción. Paloma Dark Black opina que esto tiene mucho que ver con el ambiente hostil que a veces hay en los eventos y el machismo que permea a la sociedad.
A pesar de esto, Blassfemmia cuenta que, según Red Bull, Colombia es el país de la región en el que más competidoras hay y solo se necesita que se animen a participar más. Es el objetivo de Rot Mill, un colectivo de raperas creado en pandemia que busca reunir a todas las freestylers del país y darles apoyo, pedagogía, entrenamiento y acompañamiento.
Muchos coinciden en que en Colombia el freestyle ya pasó su pico y está más bien en una fase de maduración. Tanto la parte social como la de la industria se están solidificando; pero todavía falta trabajo para que más personas puedan vivir de esto o dar el paso a la música, como lo han hecho Penyair o los argentinos WOS y Trueno.
Para Nacho lo que necesita para lograrlo es enfocarse, porque el talento sobra. Cuenta que hace unos años eran pocos los grandes eventos y premios a los que un freestyler podía aspirar, actualmente se puede ganar un viaje al extranjero en un día cualquiera y esto hace que «la mayoría lo vea como que quiere ir allá a probar que es el mejor, pero en verdad ninguno tiene un plan de vida», opina.
Explica que es muy importante mantener el trabajo tanto con las instituciones privadas como con las públicas; por eso es enfático cuando dice que «también depende de todos que no se vuelva lo mismo de siempre. O sea, la misma corrupción, los mismos sacando provecho de mala forma de las cosas, sino que se impacte en la mayor cantidad de vidas y que en serio todas las personas puedan gozar de alguna forma ese dinero».
El freestyle es como la vida. A veces uno está muerto de los nervios, confundido y sin propósitos, pero luego se anima a lanzarse al ruedo e improvisar. En ocasiones se logra sortear los problemas y salir victorioso, pero en otras uno recibe una paliza y no le queda otra opción que alzar la mirada, tomar nota y prepararse para improvisar en un nuevo día.