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Inírida: espejo del sol

28 de enero de 2025 - 1:49 am
El sociólogo Alfredo Molano Bravo dirigió a un grupo de expedicionarios que a principios de los años noventa viajaron por los ríos fronterizos de Colombia con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú. Estas aventuras quedaron registradas por sus protagonistas en un libro, aún inédito, titulado Fronteras fluviales, 1990–1991, del que presentamos un episodio.
Río Arauca en Arauquita, 1990. Foto de Jorge Mario Múnera.
Río Arauca en Arauquita, 1990. Foto de Jorge Mario Múnera.

Inírida: espejo del sol

28 de enero de 2025
El sociólogo Alfredo Molano Bravo dirigió a un grupo de expedicionarios que a principios de los años noventa viajaron por los ríos fronterizos de Colombia con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú. Estas aventuras quedaron registradas por sus protagonistas en un libro, aún inédito, titulado Fronteras fluviales, 1990–1991, del que presentamos un episodio.

Iniciamos el viaje por las montañas del río Catatumbo y el río de Oro, donde en los años sesenta los ingenieros de petróleos debían portar cota de malla para protegerse de las flechas barí y, en los recodos del río, los colonos dejaban bultos de sal para el trueque con los indígenas. Allí se sufrían las consecuencias de la guerra con el Ejército de Liberación Nacional al mandodel cura Pérez, Poliarco, quien adoptó esas montañas como su refugio, además de que en pueblos como Tibú y La Gabarra se sentía el fantasma de la coca.

Pasamos por la frontera de Colombia con Venezuela por Tame, Saravena, Arauquita y la capital, Arauca, donde la guerra era cotidiana por las FARC y ELN. Buscando el río Meta entramos desde Arauca capital a una región de sabanas, con gran cantidad de aves: corocoras, gabanes, garzas, patos y guacamayas, así como monos, venados, chigüiros y caimanes, que habitan en las inmensas sabanas inundables, una especie de humedales con gran biodiversidad de mamíferos, aves y anfibios, al lado de grandes hatos ganaderos. En una travesía de más de 45 días caminamos hasta encontrarlos ríos Ele y Lipa, tributarios del río Cravo, que después se une al río Casanare y este al río Meta, hasta llegar a Puerto Carreño, al gran río Orinoco. 

Encontramos en el río Ele indígenas makawanes. Vimos en sus fogones caldos de pequeños roedores. Una ruta un poco tenebrosa cuando sentíamos la sombra de la columna Domingo Laín del ELN, famosa por sus juicios y ejecuciones, con quienes nos vinimos a «topar» en la confluencia del Lipa y el Cravo, en un pueblito llamado San Rafael. Estando nuestra chalana parqueada en la ribera del río, aparecieron unas figuras uniformadas y desgarbadas que nos dijeron:«Venimos detrás de ustedes desde hace días, pero hoy es día de elecciones y ya vienen subiendo las urnas y las vamos a quemar, lárguense rápido».

Seguimos a Cravo Norte, un pueblo sabanero,ganadero, donde están todas las expresiones de la cultura llanera, desde las destrezas para el ganado hasta los joropos, pajarillos, pasajes y contrapunteos con arpa, capachos y cuatros; los cantos de ordeño, cabresteo, vela y domesticación, además de silbos, gritos, llamados y japeos, conocidos como cantos de vaquería, patrimonios de la cultura inmaterial de la humanidad.

En abril, cuando comienzan las lluvias, es elmomento de mayor movimiento de ganado en las sabanas: de Arauca por los ríos Negro y Pauto, del Casanare al Meta, otra llegando al Cabuyaro y a Barranca de Upía hacia la antigua ruta de Medina subiendo por Guateque y Garagoa a la sabana; del Vichada por Primavera o por Trinidad hasta Santa Rosalía y luego a Puerto Carreño, una fascinante red de ríos, trochas y caminos por las que ha transitado hasta hoy la historia de Arauca, Casanare, Vichada y Meta.

De Cravo Norte a Puerto Carreño navegamos varios días. Nuestra embarcación se llamaba El Rey del Tocoragua, en homenaje al río Tocoragua que, como los ríos Cravo Norte, Cravo Sur y Casanare, nace en las montañas nevadas del Parque Nacional Natural del Cocuy, en el municipio de Tame.

Nos llevó hasta el Casanare y al río Meta. La embarcación parecía cada vez más pequeña en el paisaje que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Durante más de doscientos kilómetros hasta Puerto Carreño, el río Meta forma la frontera natural entre Colombia y Venezuela. A mitad de camino, en el caserío La Venturosa, celebraban las fiestas sanjuaneras con los vecinos de la Guardia Nacional venezolana. Al llegar a Puerto Carreño se respiraba una sensación de lejanía y de cambio. ¡Entrar a la región del Orinoco era muy emocionante! Desde el Cerro de la Bandera se apreciaba la unión del Meta con el Orinoco, las bocas del río Vita, las sabanas y las selvas rodeando el secreto de los tepuyes.

Cuando llegamos, las calles de Puerto Carreño estaban llenas de mangos. Era un pueblo pequeño, capital del Vichada, que vivía de la ganadería, la pesca y el comercio con Puerto Páez, Venezuela. Tenía unos 5000 habitantes, de los cuales la décima parte eran indígenas, en su mayoría sikuanis y amorúas: a pesar de tener sus resguardos, vivían en la indigencia en la zona del relleno sanitario.

El gran río Orinoco

De Puerto Carreño pasamos a Casuarito, pueblo colombiano en el río Orinoco. En ese lugar el cruce a Puerto Ayacucho es más seguro. En este puerto venezolano confluyen diversidad de indígenas de las selvas del interior para comerciar sus artesanías en un gran centro artesanal frente al museo etnográfico. La carretera continúa hasta Samariapo, entre los raudales de Atures y Maipures, y es la ruta para llegar al Parque del Tuparro. Las comunicaciones por radio con el parque no eran muy fluidas, pero acordamos para que nos buscaran al día siguiente. Después de largas horas en el puerto, vimos a lo lejos batir una camisa blanca y asomar las dos lanchas que nos llevarían hasta El Tuparro. Allí el río tiene casi dos kilómetros de ancho. Cuando navegábamos se desató una tormenta y nuestros lancheros buscaron refugio bajo los árboles de la orilla colombiana. Recordé el consejo chamánico: pedir permiso al entrar a un nuevo lugar. Media hora después se despejó el cielo. Al reanudar nuestro viaje se abrió ante nuestros ojos un paisaje con la luz de la tarde resaltando los colores y el brillo de la selva con arcos iris a cada lado del río.

En Samariapo contraté el único transporte disponible para recogernos en Tuparro y llevarnos hasta Puerto Inírida: un bongo amplio donde podíamos acomodarnos todos. Su motorista era una mujer grande, aguerrida, bonita, conocida como la Tigresa del Orinoco.

La travesía terminó en Puerto Inírida porque la guardia naval, debido a la situación de orden público en la región, se alarmó al vernos llegar con mochilas y equipos, ajetreados y malhumorados por el cansancio, surgiendo del río y de la noche: nos detuvieron y requisaron de mala manera hasta verificar nuestras identificaciones.

Puerto Inírida hace honor a su nombre: en puinave, inírida quiere decir «espejito del sol». Según la leyenda, era el nombre de una hermosa muchacha que se casó con uno de los cerros de Mavecure. Conocimos el estado del servicio de salud; la minería y el comercio de oro de aluvión en la serranía del Naquén; la invasión de garimpeiros y la minería ilegal; la situación de las comunidades indígenas y su producción de artesanías, ají moquiado y aceite de seje.

Seguimos la ruta de Humboldt al sur y el cruce por el brazo Casiquiare hacia la vertiente amazónica. Salimos temprano, vimos la desembocadura del río Inírida en el Guaviare y cómo se unen el río Guaviarecon el Atabapo y el río Orinoco formando la Estrella Fluvial del Sur, un inmenso encuentro de fuertes corrientes de aguas de diferentes colores. Desde San Fernando de Atabapo, en dos curiaras un poco celosas pero ligeras, nos adentramos por el Atabapo, río arriba hasta Cacahual, donde pasamos la noche guindados en un rancho abandonado para madrugar al día siguiente a caminar los 27 kilómetros que separan a Yavita de Maroa y cruzar así de la cuenca del Orinoco a la del Amazonas. Seguimos por el río Negro y conocimos varias comunidades indígenas, algunas evangelizadas, hasta llegar a la Guadalupe, a un lado de la Piedra del Cocuy donde está el hito que marca la divisoria de Brasil, Colombia y Venezuela. Llegamos a San Felipe, un caserío con una pista en tierra y dos policías como presencia del Estado frente a la ciudad de San Carlos en Venezuela, con su base naval y sus barcos artillados. Frente a la boca del brazo Casiquiare esperamos varios días el avión en el que regresaríamos.

El Putumayo

En Puerto Asís el grupo se dividió: los encargados de la parte indígena y política se fueron a recorrer Orito, La Hormiga, el Valle del Guamuez y San Miguel, donde la guerra estaba en pleno apogeo; la explotación petrolera, los cultivos de coca, la guerrilla y los paramilitares alborotados, y los cofanes, ingas y nasas en medio.

La otra parte del equipo se quedó en Mocoa, Puerto Caicedo y Puerto Asís, visitando autoridades locales, instituciones de salud y del servicio de erradicación de la malaria, que tenían mucha información de la población y mapas de su ubicación. En Puerto Asís se notaba el auge de la coca. Motos costosas. Almacenes con ropa de marca, motores fuera de borda, lanchas, televisores, armas. En las paredes, impactos de tiros. Un hotel dinamitado y una sensación de peligro. Los jóvenes campesinos e indígenas se metían de raspachines y algunos de los cultivadores les pagaban mitad plata, mitad droga, por lo que había tantos drogadictos y muertos.

Luego de unos días nos reencontramos y nos embarcamos por el río San Miguel hacia el río Putumayo. En Buenavista, resguardo principal del pueblo siona, conocimos a Taita Pacho, un chamán que nos hizo una sanación con yagé. Fue un psicoanálisis comunitario donde los participantes pudieron verse por dentro y por fuera. Antes del amanecer, el taita llamó a cada uno y con rezos, aromas y soplos, nos dejó despejados y ligeros.

En Puerto Ospina pasamos a El Carmen, Ecuador, y con el certificado del consulado de Bogotá fuimos bien recibidos por «la importancia del proyecto para los dos gobiernos». Allí, el río Putumayo recibe al río San Miguel aumentando su caudal, y el río Güepi marca la frontera entre Ecuador y Perú. No pudimos entrar al batallón del gobierno peruano por seguridad.

Seguimos por los ríos tributarios del Putumayo, la Paya y el Caucaya, a la altura de Puerto Leguízamo, un pueblo apacible, habitado por huitotos, ingas y sionas. En el mercado se venden frutas, pescados y productos de las selvas peruanas y del río Caquetá en la Tagua, a veinte kilómetros. Puerto Leguízamo tiene un hospital departamental, pero la Base Naval, por un convenio con el Ministerio de Defensa, no atendía a la comunidad ni a los vecinos del Puerto. En el comité de salud se le expusieron sus derechos a la comunidad desatando una álgida discusión con las autoridades navales.

La situación en el Putumayo no ha cambiado. Los paramilitares ocuparon toda la región y la disidencia de la guerrilla ha vuelto. La explotación del petróleo llegó a la frontera de los resguardos y los indígenas niegan la entrada de las compañías a sus territorios. Todo esto ha obligado a muchas familias indígenas a refugiarse en los pueblos con riesgo de perder su libertad y su cultura.

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