Las artes vivas en Colombia no pueden leerse como una sucesión de obras ni como una cronología de estrenos. Son, ante todo, el resultado de una red frágil y persistente de espacios, cuerpos, oficios y decisiones colectivas que, a lo largo del tiempo, han sostenido la posibilidad misma de la escena. En 2025, más que grandes gestos fundacionales, lo que apareció con claridad fue una conciencia creciente sobre esa infraestructura visible e invisible: los teatros, las salas, los festivales y los circuitos que permiten que una obra exista, circule y dialogue con otras.
Desde los primeros coliseos del periodo colonial hasta las salas contemporáneas, el teatro y la danza en Colombia han funcionado no solo como bienes culturales, sino como dispositivos de encuentro público, atravesados por disputas de acceso, poder y representación. No se trata de espacios neutros ni armónicos, sino de infraestructuras en tensión, donde se negocian formas de lo común y se ensayan modos de estar juntos. En ese sentido, la escena ha sido históricamente un lugar para pensar el país desde el cuerpo, el conflicto y la experiencia compartida.
A lo largo del siglo XX, las artes vivas se consolidaron como un campo de experimentación estética y de intervención crítica. Grupos, colectivos y festivales entendieron el escenario no solo como lugar de representación, sino como laboratorio social, archivo vivo y espacio de disputa simbólica. Esa tradición dialoga hoy con un presente marcado por la precarización del trabajo artístico, la concentración de recursos y la urgencia de construir redes que desborden la lógica del evento aislado y del centro único.
Hablar de redes no implica idealizar la cooperación ni suponer consensos. Lo común se construye desde la fricción, la interdependencia y la negociación constante. Los teatros y salas —cuando logran sostenerse— siguen siendo uno de los pocos espacios donde esa fricción puede tomar forma, donde los cuerpos se encuentran y donde lo público se produce, más que proclamarse. El impulso de la naciente Red Nacional de Teatros Públicos y Patrimoniales es muestra de esto.
Esta lista asume, desde el inicio, su imposibilidad de abarcar lo nacional en toda su complejidad. Las artes vivas en Colombia exceden cualquier intento de síntesis: se despliegan en múltiples territorios, circuitos y escalas que no siempre dialogan entre sí. Las obras reunidas aquí son creaciones nacionales que se presentaron por primera vez en 2025 y su selección responde menos a una voluntad de exhaustividad que a la necesidad de proponer un diálogo. Consciente de sus límites y de sus ausencias, esta enumeración se ofrece como una invitación a seguir pensando —y habitando— los teatros, salas y festivales como espacios de encuentro, debate y construcción colectiva.
Incertidumbre aparece como una pieza atravesada por la sensación de desgaste y desorientación que caracteriza al presente. No intenta ordenar el mundo ni ofrecer respuestas, sino asumir el desconcierto como punto de partida. La obra se mueve entre fragmentos, silencios y quiebres, construyendo una experiencia que rehúye la narrativa lineal y se instala en una zona de pregunta constante.
La obra forma parte de la trayectoria de Teatro Matacandelas, compañía de Medellín fundada en 1979 y dirigida por Cristóbal Peláez, cuya presencia ha sido decisiva en la historia del teatro colombiano. Este grupo ha sostenido durante décadas una poética propia, atravesada por la literatura, la imagen y una relación singular con el texto. Incertidumbre dialoga con esa historia larga sin quedarse en un pasado, y se lee como una continuación crítica de una investigación escénica que sigue activa y en movimiento.
En escena, la obra construye un espacio donde la ambigüedad no se resuelve ni se explica. El trabajo actoral, la atmósfera y la composición escénica sostienen un estado de pregunta permanente que no busca certezas, pero tampoco se diluye. El desconcierto se vuelve aquí una forma de atención: una manera de mirar el presente sin simplificarlo.
FOCARIS se presentó en 2025 como una obra de danza contemporánea que trabaja la intensidad, el riesgo y la energía como principios de composición. Aunque dialoga con discusiones actuales sobre accesibilidad y diversidad corporal, la pieza evita convertir ese marco en su centro discursivo. Aquí, el punto de partida es el cuerpo en acción y su capacidad de producir sentido desde el movimiento, sin intermediaciones.
La obra es una creación de ConCuerpos, compañía pionera en danza inclusiva en Colombia, con más de una década de trabajo sostenido. Su trayectoria ha estado marcada por una investigación constante sobre accesibilidad universal, entendida no como adaptación posterior, sino como condición de creación. En FOCARIS, esa experiencia se manifiesta con claridad y madurez, integrada de manera orgánica al lenguaje coreográfico.
En escena, FOCARIS se impone por la claridad de su lenguaje. La relación entre energía, ritmo y presencia construye una experiencia intensa que no busca explicar nada, sino hacer sentir. La danza se afirma como un espacio donde la técnica se redefine y el virtuosismo se desplaza, ampliando el campo sin necesidad de proclamas.
Estrenada en 2025, Un día quise ser nido, ser huevo, ser se instala en una escala íntima y delicada, apostando por la transformación lenta y el gesto mínimo. El título funciona como una partitura de mutación: devenir, desplazarse, habitar otros estados. En un panorama donde muchas obras buscan impacto inmediato, esta pieza propone una temporalidad distinta, más cercana a la observación que al golpe.
La obra es una creación de Movedizo Danza, colectivo que ha desarrollado una investigación constante en torno al cuerpo, la percepción y la dramaturgia del movimiento. Su trabajo se caracteriza por una atención cuidadosa a la forma y al proceso, alejándose de fórmulas narrativas cerradas. Esta pieza consolida esa línea de búsqueda y la proyecta con mayor claridad.
La obra se sostiene en una lógica interna precisa, donde cada gesto encuentra su lugar. Nada sobra ni se acelera. Esa atención al detalle produce una experiencia sensible que se expande en el tiempo, recordando que la potencia escénica también puede construirse desde la contención y la paciencia.
Tania y la Bestia propone una ficción política situada en un país reconocible, aunque alterado. A partir de una premisa extrema, la obra construye una reflexión incómoda sobre justicia, poder y responsabilidad individual. Su estreno en 2025 se dio en un contexto de fuerte polarización discursiva, y la pieza decide entrar en ese terreno sin ofrecer respuestas fáciles ni moralejas tranquilizadoras.
La obra es un proyecto de La Casa de Atrás, con dramaturgia y dirección de Ricardo y Nicolás Dávila, y se sostiene en un dispositivo de monólogo interpretado por Daniela Cristo. La elección de este formato concentra el conflicto en un solo cuerpo, multiplicando voces, registros y tiempos sin dispersar la tensión.
El dispositivo escénico acumula la tensión sin ofrecer salidas cómodas. El texto avanza colocando al espectador frente a una situación límite, sin guiar su lectura ni resolver el conflicto. La experiencia se vuelve incómoda por acumulación, no por estridencia, y deja una pregunta abierta que persiste más allá de la función.
Duplicado se estrenó en 2025 como una obra que hace del equívoco y el desdoblamiento su forma de lectura del presente. Lejos de construir una alegoría directa o un comentario explícito sobre la realidad contemporánea, la pieza se instala en una situación inestable donde identidades, versiones y relatos se superponen hasta volver borrosa cualquier certeza. En un año dominado por discursos frontales, la obra apuesta por el desplazamiento: su política no está en lo que afirma, sino en lo que desajusta.
Detrás está Teatro Petra, bajo la dramaturgia y dirección de Fabio Rubiano, uno de los nombres centrales del teatro colombiano de las últimas décadas. Desde los años noventa, el grupo ha construido una poética reconocible donde el humor, la crítica social y la relación directa con el espectador funcionan como ejes. Duplicado no marca un quiebre dentro de esa trayectoria, pero sí un momento de depuración, apoyado en el oficio acumulado y en la confianza en el público.
La obra avanza con una precisión que no necesita subrayados. El ritmo, las actuaciones y la estructura se encajan con exactitud, dejando que la risa aparezca y se vuelva incómoda, casi reflexiva. En ese juego entre ligereza y tensión, Duplicado despliega una mirada aguda sobre la representación y sobre la fragilidad de las certezas que la sostienen.

Como una extensión necesaria de esta lista, Gente de Chonta aparece como una ñapa que desplaza el centro de la escena hacia el Pacífico colombiano. Su inclusión responde a la necesidad de ampliar el mapa y reconocer prácticas que no siempre circulan por los mismos circuitos, pero que resultan fundamentales para leer el año.
La obra surge de un trabajo colectivo anclado en saberes del territorio, vinculados a la marimba y a la tradición oral. Más que una apropiación estética, se trata de un proceso de transmisión y traducción corporal de conocimientos situados, llevados a la escena contemporánea desde una relación directa con la comunidad.
En Gente de Chonta, la danza activa memoria y conocimiento sin traducirlos en imagen decorativa. El cuerpo se convierte en lugar de transmisión y aprendizaje, y el movimiento organiza comunidad. No se trata de mostrar un territorio, sino de permitir que ese territorio piense y se mueva desde la escena.
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