Un grito rasgado se replica durante la Semana Santa y enmudece a un río: «Muera Dios y viva Barrabás», corean los manacillos. Sus voces emergen como cacofonías detrás de coloridas máscaras talladas en madera de balsa. Las mujeres y el resto de la comunidad responden desafiantes: «¡Viva Dios y muera Barrabás!». Franklin Valencia, líder social y músico de la agrupación Marachindé, hace sonar el bombo con el tradicional golpe de Galilea. Así inicia la teatralización de la muerte y resurrección de Jesucristo, desde la ancestralidad y la cultura de la comunidad afrocolombiana de Juntas de Yurumanguí, la última aldea del río Yurumanguí, Valle del Cauca, en el Pacífico colombiano.

Cuando llega la Semana Santa, en Juntas se transgreden los límites entre lo onírico y lo real durante cuatro días de ritual. Los ancianos de la comunidad narran viejas leyendas a los niños, de cómo en su época tenían prohibido zambullirse en el agua o «se convertían en sirenas». Las calles empedradas huelen a viche, café de maíz y yuyo. Se congregan lugareños y visitantes, que no turistas: son familiares y amigos que se desplazaron a ciudades como Buenaventura o Cali en busca de mejores oportunidades. También retornan los jóvenes estudiantes en sus vacaciones. En Semana Santa no está permitido trabajar, por lo que de las minas bajan los mineros artesanales con sus bateas, abandonan la chagra las campesinas con la cosecha de papachina y plátano, salen del verde monte los que empuñaron las armas legal o ilegalmente, vestidos de civiles, para cumplir con el cargo heredado, sabiendo que tendrán que regresar al camuflaje.
Los manacillos, jóvenes y adultos, ocultan su verdadera identidad tras máscaras de madera y túnicas de costal de las que cuelga un látigo de cuero de vaca. Su papel en el juego es representar a los judíos fariseos que traicionaron a Jesús; así mezclan la religión impuesta durante la evangelización católica con la espiritualidad de sus raíces africanas, más cercanas a deidades de la naturaleza y el territorio. Una vez entran en escena, solo está permitido su canto, el matachindé, al son del bombo, el cununo y el guasá.

Durante su intervención lúdica en el ritual, los hombres enmascarados dejan de poseer un nombre propio, pasan a ser seres mágicos, manacillos: los que imponen su ley —a veces por la fuerza del juete— haciendo temblar, reír y gritar al resto de habitantes. «Cuando me coloco el traje siento que el mundo cambia», explica Heider Valencia Calimeño, de treinta y tres años, seis siendo manacillo, y miembro de la agrupación de música tradicional Matachindé, ganadores del Festival Petronio Álvarez, en 2023.
El papel de manacillo se hereda entre familiares, comprometiéndose a interpretarlo hasta su muerte o vejez. Leandro Valencia, de ocho años, lo heredó de su padre, fallecido en el exilio; Randy Rentería, de dieciséis años, de su hermano desaparecido por un grupo armado. Luis Angulo, líder social de la comunidad, lleva veintitrés años siendo manacillo y se rehúsa a abandonar su cargo; sigue interpretando a Barrabás pese a que durante dos años vivió exiliado y desplazado por amenazas de actores armados. «El grupo ha cambiado, muchos de los que jugaban antes ya no están. Unos han muerto, otros han tenido que salir por la inseguridad del conflicto armado», dice Luis. Los más viejos de la comunidad, como el catequista Delio Valencia, recuerdan que solían ser doce, encarnando a los apóstoles, pero cada año aumenta el número de participantes. En 2025 eran más de cuarenta de todas las edades, cada uno identificado con su máscara particular.

El ritual es una catarsis colectiva que silencia las armas, paraliza la selva y a los que se camuflan en ella. En 2021, Juntas enmudeció por un dolor común luego de que Abencio Caicedo Caicedo y Édinson Valencia García, dos líderes sociales y reconocidos manacillos, fueran secuestrados y desaparecidos por un grupo armado. Hoy sus retratos adornan la pared principal de la iglesia y una frase recuerda su legado: «Moriremos el día que permanezcamos en silencio ante las injusticias». Abencio y Édinson dieron la vida para liberar al río y proteger a su pueblo, y el pueblo los honra como honra a San Juan, con rezos y cantos de lamento.

A la comunidad de Juntas la atraviesan carencias estructurales, el abandono estatal y la incesante presencia de actores armados y narcotraficantes que la amedrentan para explotar sus recursos y su territorio. En este contexto, su resistencia también encuentra un canal a través de una cultura tan antigua que ni los adultos mayores de la comunidad recuerdan el momento exacto en que inició, pero que estaría vinculada a la resistencia de los primeros esclavizados que fueron llevados a ese territorio, que con los años mutó en esta ceremonia. «Siento orgullo por esta tradición, porque significa respetar a nuestros ancestros», dice Henry Jair García Valencia, de diecisiete años, que heredó el cargo de manacillo de un tío fallecido después de admirar desde niño la festividad.
En Juntas de Yurumanguí, la Semana Santa inicia pasada la medianoche del Jueves Santo, con la procesión del Nazareno. Niños y adolescentes esperan en la céntrica plaza el sonido de la matraca, el llamado a congregarse. Juegan con sus celulares conectados a un WiFi inestable, y más tarde mecerán sus cuerpos al ritmo de los lamentos de la procesión nocturna por la muerte de Cristo. El pueblo queda completamente a oscuras, iluminado tan solo por el candil de las velas en las ventanas y puertas de las casas de madera y la comunidad entera sale en vigilia. El catequista y los monaguillos rezan salvos fúnebres por la muerte del nazareno mientras las mujeres lideran la procesión entonando alabaos, con quejidos que arrullan la selva que envuelve al pueblo. Desde lo alto del cementerio descienden tres almas, hombres vestidos con túnicas blancas en una actuación bíblica de las ánimas del purgatorio. Durante toda la noche, los feligreses toman viche y guarapo en el interior de la iglesia, sin dejar de cantar y velar al muerto, que es también todos sus muertos.

La esclavitud es una memoria viva entre todos los miembros de la comunidad de Juntas. Sus antepasados llegaron en condición de esclavos durante la colonia para ser explotados en las minas de oro de la parte alta del río, por lo que la identidad colectiva se construyó a partir de la resistencia de los palenques, pero también con la recreación y apropiación de prácticas religiosas, interpretando los dogmas católicos desde su ancestralidad africana y cimarrona.

El Viernes Santo marca el inicio de la traición a Cristo. Salen a las calles los enmascarados manacillos, seguidores de Barrabás, correteando a mujeres y niños y, durante la noche, la comunidad se resguarda en la iglesia para proteger el ataúd con el cuerpo de Cristo. Los seres místicos entran en el templo y se roban a los niños, que lloran en sus brazos. Las madres tendrán que pagar una cuota en la casa de los manacillos para rescatarlos. «Es un juego de fuerza, de energía, hay que tener mucha fortaleza para sostenerlo», sostiene Luis Angulo.
—¿Cuándo eres manacillo en qué te transformas?
—En una bestia.
(Jaime Esteban, 17 años)
—¿Qué sientes cuando te pones el traje?
—Alegría, mucha alegría.
(Randy Ferley Rentería Galimeño, 16 años)
—¿Qué representa para ti el manacillo?
—Paz, unión, siento a mis ancestros en mí.
(Carlo Humberto Riasco Valencia, 15 años)
—¿Qué sueñas cuando eres manacillo?
—Mi sueño es seguir enseñándole la tradición a los renacientes para que prevalezca nuestra cultura.
(Henry Jair García Valencia, 17 años)
Los manacillos tienen prohibido dormir. Los mayores de edad se embriagan con guarapo y viche para mantenerse en pie, los niños cabecean. Un grupo de cinco manacillas les prepara arroz y café de maíz. Los toreadores, jóvenes que representan a los escuderos de Cristo, persiguen a los manacillos que se quedan dormidos en las esquinas para que no cese el juego. «Yo creo plenamente en Cristo, pero decidí ser manacillo porque las travesuras que hago durante esos días no salen de mi corazón, sino para divertir a la comunidad», señala Victor Manuel, que heredó el cargo de su padre.

La música de manacillo no da tregua, sus letras las escribieron hace décadas las cantoras mayores y fueron transmitidas en la oralidad hasta la actualidad. «Cuando ellos llegaban a las casas repicaban el bombo. El abuelo decía: “Alabado sea el santísimo sacramento del altar / para que no digan la gente / que he llegado sin hablar”, daban el golpe de Galilea y empezaban ya a tocar el ritmo de manacillo», relata Luz Damaris Valencia, cantora y sabedora. Es una cacofonía que atraviesa las paredes de madera de las casas del pueblo. Las abuelas rezan en respuesta, resumiendo la fiesta: «El Jueves Santo murió Dios. El Viernes Santo lo sepultaron. El Sábado Santo cantaron su gloria. El Domingo Santo ascendió al cielo».
Durante todo el sábado y hasta la mañana siguiente, los músicos tradicionales y las mujeres acompañan la comparsa visitando cada hogar, que les abre sus puertas y los recibe con la bebida tradicional de caña. «Por ser la primera vez que en esta casa yo canto…», inicia la letra típica de manacillo. «E Matachindé belú belú, María la chula yo la encontré. Ya repican las campanas, ya repican las campanas, ya viene la procesión, Ya viene ese care bamba, ya viene ese care bamba, ay repiquen el tambor. Ao ao aooo», cantan al unísono, balanceando sus túnicas de cabuya de lado a lado.

El último día, el Domingo de Resurrección, estos judíos enmascarados se dan cuenta de su traición y bajan en procesión al río. Las mujeres adornan con papelitos de colores las máscaras de los manacillos, que también cuelgan de sus cuellos grandes hojas de palma y colino. La procesión entonan salves dando vueltas a la playa del río
Saliendo del agua, los manacillos suben de nuevo al pueblo y se arrodillan ante la procesión, que pasa –junto con las viejas imágenes talladas de Cristo y San Juan– por encima de sus cuerpos, tumbados en la entrada de la iglesia en señal de rendición. «Van de rodillas, llorando, porque se dan cuenta de que Cristo, al que crucificaron, era verdaderamente el hijo de Dios», dice el líder social Angulo. Entre lágrimas, los manacillos cuelgan sus máscaras, se despojan del traje y bailan con el repique de la campana en el interior de la iglesia. Vuelven a sus identidades, el pueblo los acoge de nuevo, ahora pueden descansar.

El manacillo vive en lo simbólico, en la dramatización heredada de los ancestros, que resignifica y suspende el tiempo presente en un éxtasis colectivo. Son la memoria colectiva de la esclavización, pero también son el grito ahogado de las carencias y violencias sistémicas que todavía persisten en la región. «El Gobierno nos dio un título colectivo, ¡escúchanos! Estamos cuidando el título. Aquí no se siembra coca, aquí, no hay minería con maquinaria. Estamos conservando nuestro territorio. Por favor, una mirada más para Yurumanguí». Lo dice Luis, caracterizado como Barrabás, pero es la voz de todo un pueblo.
