Las imágenes en blanco y negro muestran un cielo encapotado, luego a Pinochet avanzando con su séquito en medio de pobladoras que lo avivan, y abajo, los charcos de agua y barro que se alargan reflejando las arrasadas casuchas. Los temporales del 74 han sido especialmente crudos y miro la televisión entre la somnolencia. Hace meses que me levanto apenas unas horas. Oigo el golpeteo de la lluvia en la ventana e intento volver a dormirme. He logrado conseguir una buena dosis de pastillas, unos Valium que me tomo apenas despierto para seguir durmiendo. No siempre da resultados y entonces me quedo horas inmóvil, temblando, hasta que de nuevo vuelvo a sumirme en un sopor pastoso y sin sueños. Mi madre trabaja como secretaria y sale temprano. Entra a mi cuarto y me deja un café que es lo primero que veo cuando abro los ojos. Es un departamento dúplex y las piezas que sobran se las arrienda a estudiantes. Cuando logro despertar registro sus piezas por si encuentro dinero para comprar más pastillas. Salgo. Camino a trastabillones entre las pozas de agua y el reflejo de las casas de cartón y plástico se triza bajo mis zapatos. Las nubes han comenzado a despejarse y al fondo se ve la cordillera completamente nevada. Un rostro luminoso, muy blanco, me contempla mientras caigo como si aún fuera posible el amor.