En 2024 fui al teatro ciento dos veces. Con suerte lloro una vez por año, pero en las salas me emocioné no menos de una docena frente a completos desconocidos. También me partí de risa y no sé en cuántos momentos me llevé la mano al pecho en señal de desarme. Parte del nosequé que tiene Buenos Aires es su oferta teatral, la más grande de todas, pero también sobre la que menos se escribe; queda notablemente relegada en comparación con el cine y la música. Visto de afuera, hacer teatro es darlo todo y defenderlo, es militar la ilusión del fracaso. El fracaso encierra la dinámica de creación: hacer teatro es probar una y otra vez hasta que ocurra la epifanía y algo finalmente funcione.
Por estos días, salas del circuito independiente les cobran a sus elencos el uso del aire acondicionado. Se les exige más a los trabajadores, de por sí precarizados, y menos a las entidades culturales que deberían otorgar subsidios. Hay una sensación que se repite y tiene que ver con el teatro consumible; ese, el que cuelga la franja de localidades agotadas; ese, el que enceguece con sus marquesinas; ese, el que no hace preguntas; ese, el que no va a pérdida; ese, el que tiene más espacio de espónsor que de foto promocional; ese, el que puede explicarse en dos líneas; ese, el que contrata a famosos para los que posiblemente sea un trabajo más. Ese.
Cuando pienso en la Argentina previa al triunfo de Javier Milei en las elecciones presidenciales de 2023, siento que darle a lo propio talante de histórico es cada vez más complejo, como si el margen para construir historia viva hubiese terminado. Es muy difícil mirar hacia adelante cuando quienes detentan el poder destruyen conquistas obtenidas. El gobierno de turno niega la dictadura cívico-militar del ‘76 y propone dejar sin efecto la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo sancionada en diciembre de 2020. Vivir esta época, entonces, implica aprender a contarnos de otra manera. Historia y lenguaje son los dos barquitos que navego para ayudarme a entender algo del momento que atraviesa el teatro que atraviesa la vida.
La puja no es entre las fake news y los hechos reales sino entre la disputa por la fantasía, una de IA y otra donde el artificio está incrustado en cuerpos en movimiento. Me preocupa mucho el lenguaje, la forma en que nos dirigimos al otro, y cómo las muletillas virtuales nos han amputado una gestualidad del verbo que atenta contra una parte de nuestra humanidad. La pandemia y la tecnología profundizaron los diálogos magros, transitivos. Internet asimiló gran parte de nuestro mundo verbal. Entonces pienso que es más importante que nunca aferrarse a los que se inventan desde lo analógico, hacer trinchera y evitar seguir siendo devaluados en el orden de lo imaginativo, aquel que nos ayuda a pensar la actualidad.
Después de las PASO —las elecciones primarias, es decir, la primera vuelta— del 13 de agosto fui a ver Estertor, de Sofía Jallinsky y Basovih Marinaro, sobre un grupo que trabaja cuidando a un genocida. La película me dejó la sensación de que la crueldad nos iba a sacudir de tal forma que no iba a darnos tiempo de voltear para saber quién estaba del otro lado (y eso que los nuevos enemigos de nuevos no tienen nada). La distancia con lo abyecto se nos volvía corta y la incertidumbre nos empapaba como una ducha deportiva. ¿No éramos lo que pensábamos que éramos? ¿Cómo seguir sintiendo la seguridad de nombrarnos en plural en un lugar tan fragmentado?
En una entrevista realizada en febrero de 2025, al Secretario de Cultura Leonardo Cifelli le pidieron que eligiera sus consumos culturales preferidos del año anterior. Para los libros no supo el título ni argumento, incluso su equipo tuvo que recordarle el nombre del autor (Haruki Murakami). Se mantuvo desorientado al elegir una película, acabó nombrando una serie (argentina, pero producida por Netflix). Cifelli se muestra desinteresado por el acervo propio, en línea con las decisiones del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales: su presidente Carlos Pirovano no aprobó la realización de ninguna película argentina desde que asumió el cargo, en febrero de 2024. La marca del silencio se comprobó también a través de la ausencia de Argentina en Cannes, una verdadera tragedia para un cine que es punto de referencia en el mundo. Como consecuencia, muchísimos actores, actrices, directores, directoras y guionistas se volcaron a producir teatro, y generaron así una explosión de oferta.
La disminución de las posibilidades financieras en relación al teatro desafían pero no detienen. Es que en lo independiente nunca se deja de hacer, pero es cada vez más complejo por falta de dinero (si encima se multiplican las propuestas, el público se reparte y las posibilidades de audiencia se ven reducidas).
En abril de 2025, en el prime time de la televisión se despliega una campaña atroz que pretende crear un paralelismo entre la comunidad LGBT+ y la pedofilia, pero arriba del escenario los relatos documentales se multiplican con maestría: Saraos Uranistas, el musical marica en el que Juanse Rausch indaga sobre la persecución hacia travestis y homosexuales a principios del siglo XX; el encanto de Paquito (la cabeza contra el suelo), en la que Lucía Adúriz rescata expresiones demodé como «manfloro» y «carolo» para revivir la vida de Paquito Jamandreu, modisto de Eva Perón; y también en Cantata para una rumia mental, con un amoroso Jorge Thefs atento al relato biográfico de Ariel Osiris sucedido entre represión, guerras y dolor, pero también con el cuerpo propio como primer sustento militante. Los etcéteras se me escapan del teclado.
Actores, curadores, productores y directores conversaron conmigo aquí sobre sus intenciones artísticas, aquello que los mueve a seguir produciendo y su mirada acerca de la actualidad teatral con especial foco en estos últimos dos años, a partir del cambio de gestión.
El Instituto Nacional del Teatro es un organismo destinado a promover la escena independiente desde 1998. El 22 de mayo el Gobierno anunció un decreto a partir del cuál el INT se vería gravemente afectado. Consultado para esta nota, el productor teatral y gestor cultural Sebastián Blutrach explica sobre la implicancia de esta medida.
«La postura afecta principalmente al teatro independiente, no al comercial, más allá de que los circuitos estén totalmente entrecruzados. Lo que se plantea es la pérdida de independencia y de democracia dentro del INT. Su independencia económica, lo cuál pasaría a depender de la Secretaría de Cultura del gobierno de turno. Los representantes de las provincias hacen oposiciones para llegar a los cargos y tienen una remuneración para trabajar sobre las diferentes regiones del país. Lo que proponen es representantes ad honorem, lo cual atrasa años, tiene que ver con una mirada sobre lo que es no apoyar un sector potente sino dar una subvención mínima o un poquito de dinero para que siga subsistiendo y no se grite demasiado».
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Juan Coulasso es dramaturgo, director y docente. Fundó Roseti, centro de investigación, formación y producción en artes escénicas y musicales. Muchas de sus creaciones tienen la particularidad de salir de la rigidez de las butacas para montarse en espacios tan disímiles como el microcentro porteño o el Cementerio de la Chacarita. Advierte de los riesgos que suponen que se anulen las alternativas para construir lenguajes, aunque, a contramano de la situación, Una obra más real que la del mundo siempre agota sus entradas. Remarca que faltan debates sobre los propósitos de las prácticas culturales. Sus más de veinte años de carrera le dicen que en algún momento la situación debería pegar la vuelta. Esperamos que eso sea pronto.
¿Cómo ves el presente del teatro en Buenos Aires?
Una de las mayores complejidades que estamos atravesando es que los sistemas de financiamiento con los que solíamos contar están mutando, y eso generó una ruptura en la manera en la que producimos. Es un cambio brutal al que se le suma una crisis económica que impide que en este momento nos sobre el tiempo, incluso a nosotros que nos dedicamos a esto, para poder destinarlo a la creación. La creación es justamente un tiempo sin tiempo, que muchas veces no tiene un destino directo, es un tiempo de exploración y generalmente no está acompañado de un correlato lucrativo. Estamos en un momento en el que cualquier tipo de lenguaje teatral que no tenga un alcance muy directo con el público y que pueda vender entradas de forma inmediata está en riesgo de extinción. Esa capa de lenguaje que antes estaba financiada por los programas de fomento está bastante paralizada y hace que todo el teatro se someta a las leyes del mercado. Es preocupante, peligroso y triste, porque queda mucha gente afuera.
¿Se logró actualizar el valor de las entradas?
En este contexto, el precio de la entrada al teatro apenas les permite cenar a los actores. Está devaluada en relación a otro tipo de consumos. Hay una desconexión entre lo que la gente ve y lo que decide pagar por el espectáculo. Es uno de los grandes temas del momento, cómo hacer para financiar estos proyectos y cómo acercar al público. El flujo entre proyectos que sean interesantes y puedan buscar sus audiencias, y que esas audiencias puedan también pagar para que esos trabajos puedan existir y esos artistas puedan comer. Hay que seguir defendiendo ese fuego que implica la capacidad de producir lenguajes, de renovar las percepciones, de activar y potenciar los cuerpos, que no se achaten, que no se mediaticen, que no queden atrapados por el celular.
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El grupo BESA está formado por Tomás Masariche, Maga Clavijo, Casandra Velázquez, Felipe Saade y Max Suen. La sigla viene de Breve Enciclopedia Sobre la Amistad, obra que produce un flechazo ante cada espectador, agota de local y avanza en su seducción tras la frontera, como en Uruguay y Chile.
A contramano de la actualidad, ustedes se paran desde un lugar luminoso. ¿Cómo lo consiguen?
Nos sentimos muy alejades de la idea de «no hay futuro». Creemos que ese es un discurso derrotista y que no contempla al menos la existencia de las generaciones venideras. Nos posicionamos como un proyecto colectivo a largo plazo que busca, que cree y que asegura que sí hay un futuro por vivir y que ese futuro hay que construirlo y articularlo con, desde, para y por otres. Cada vez que nos sentamos a dialogar, sabemos que estamos articulando no sólo un proyecto artístico, sino también una organización política artística que irá construyendo cada vez más referencia y queremos estar preparades para poder poner el cuerpo y nuestra voz cada vez que sea requerida o cada vez que así lo sintamos.
Lucía Adúriz es como una Libertad Lamarque más afín al teclado de la cumbia que al del tango. Su cadencia de teleteatro y el brotar de sus palabras la imaginan en un estrado frente a una multitud encadilada. Lucía (y su ángel) explican que el valor de las entradas es caro en relación a lo que gana un trabajador, lo que hace que el público se concentre en tres o cuatro obras de la cartelera comercial. Hay dos misiones que la actriz no está dispuesta a negociar: volver la risa radical y oponerse a lo real.
¿Qué implica la posibilidad de hacer teatro?
Sentirnos menxs solxs, reírnos, defendernos de la idiotez y de los violentos. Maximizar la impostura para sacar caretas a lo loco. Ponernos más rarxs y así hacer ingresar lo raro a la cosa general. Y que eso se contagie a quienes miran.
El hacedor de teatro independiente no puede cubrir costos con lo que gana de las entradas. Por eso deben proliferar materiales unipersonales o de elenco reducido, o reestrenos, para maximizar lo que ingresa. Este circuito nunca dio sustento económico real o total a nadie. Los hacedores de teatro tienen pluriempleo. Se sigue haciendo, con mucha programación para cubrir sus costos, con poco tiempo de armado y desarmado, de preparación personal entre obras, con una velocidad que afecta lo que se produce.
En los momentos de mayor desconcierto social el teatro viene a devolver sentido, y por eso siempre resiste. Te obliga a pensar en banda. Eso produce formas de inyecciones de ánimo muy poderosas. Sueño con que se sigan formando espectadores. Todas las escuelas de espectadores de la ciudad hacen un laburo formidable, de observación y también de acopio, le regalan más invocaciones, complejizan las operaciones de sentido, la identidad cultural, los fantasmas que reaparecen: si esos ojos son atentos, el teatro es indestructible.
¿Cómo ves el rol del espectador actual?
Hay un tipo de espectador que va en retirada, aparece la comprensión de que espectar teatro requiere una forma particular de mirada. Eso en su momento lo fomentaron políticas públicas, políticas de curaduría, de precio de entrada, de apostar a tener espacios de experimentación para los trabajadores del teatro, pensando en que el teatro es una forma de lenguaje que hay que estudiar en su particularidad. Hoy se ven intervenidos por una necesidad de rentabilidad, y tener esa prioridad hace peligrar estos hallazgos. Hacen falta producciones de audición abierta para profesionales del rubro, rotación de directores y directoras, de dramaturgias nuevas, ciclos de dramaturgia nacional, pensamiento sobre tradición, vanguardia y futuro. Cosas que solo podés darte el lujo de pensar cuando no tenés que salir a vender.
Jorge Thefs es coreógrafo, intérprete, performer, bailarín, director y diseñador de iluminación. Le preocupa la vorágine del ahora que perjudica la atención a la longevidad, y trabaja desde ahí: multiplica las preguntas que orbitan a performers y actuantes mayores de sesenta, con cicatrices, con necesidades, con deseos. Esos interrogantes se descubren en escena en Cantata para una rumia mental o Proyecto Quevedo, donde Cristina Banegas comanda una perfo en base a sonetos de Francisco de Quevedo. Sus obras son dulces y furibundas al mismo tiempo, como Algo lindo del horror, y se nombra desde un lugar fundamental: sostenedor de la belleza en el lugar más insular del planeta.
¿Qué ejercicios ponés en práctica en este presente teatral?
Es clave evitar la catarsis. Que la pregunta que los materiales siembran en el espectador no queden en la lloradita o en el aplauso con fervor dentro de la sala, que se desplacen de la sala a la calle y lleguen a sus casas y los acompañen a los lugares donde transitan. Me parece importantísimo el ejercicio de ir a ver todo el teatro que se pueda y entender por qué las salas están llenas o vacías y quiénes son las personas que ocupan esas butacas, qué van a buscar ahí, qué necesitan.
Estos dos años se hizo mucha menos producción que en años anteriores, incluso hubo muchos más reestrenos. Y el teatro que se ve tiene que ver con un síntoma de época: no puede pagar grandes desafíos en relación a producciones (por falta de financiamiento) y eso lo acota. La cantidad de espectadores cayó este año como lo hizo en octubre del 2024.
¿Qué peso tiene el teatro para vos?
No quiero romantizar la idea de sostener la teatralidad de lo alternativo. Hago esto porque no sé hacer otra cosa, si no hiciera esto no sé qué pasaría con mi cuerpo y alma. Y no porque el teatro sea sanador, al contrario, es bastante diabólico para mí y eso es maravilloso. Confío en que es «inútil», y que sea así, y poder sostenerlo y seguir reuniéndome en comunidad en esta inutilidad que es el teatro.
Pienso a nivel global en la guerra, en la [directora de cine Lucrecia] Martel diciendo que esta pelea infinita por la narrativa sólo puede resolverse con la guerra. Creo que estamos tan asociados a esa idea de contar y de contarnos que la única narrativa posible es la guerra, y eso, por supuesto, es terrible. Cualquier cosa que a mí me haga recordar la narrativa sin ninguna grieta ni ruptura, me hace pensar en la guerra. Al mismo tiempo, pienso en cómo hacer para que el odio no manche la poesía. Me pregunto por la guerra concreta y en otros planos como lo virtual, con la IA, con la reconstrucción de los formatos del ser.
David Gudiño hace teatro desde los quince, milita arriba y abajo del escenario. Es parte de Identidad marrón, un colectivo que visibiliza la violencia que viven las personas indígenas y migrantes en Argentina para desarmar la idea de que no es un país racista. Su obra El David marrón se sostiene en la falta de representación de personas racializadas en el arte, y sostiene que la actuación siempre se sintió como una forma de vida irrenunciable. Vive por y para eso: conseguir que este lenguaje pese a todo siga latiendo.
¿Cómo ves la afluencia de público en este último tiempo?
Bajó muchísimo la venta de entradas, el año pasado vendíamos entre sesenta y ochenta por función, hoy es la mitad. El consumo disminuyó, lo veo todas las semanas en las funciones. Tiene sentido porque lo primero que se corta en una economía son las salidas y el ocio. El teatro genera un consumo interno. Son muy pocas los artistas escénicos que logran internacionalizarse y ese movimiento tampoco es constante, una obra puede girar uno o dos años por el mundo, pero después necesariamente regresa al mercado interno. Entonces si las políticas económicas no favorecen ese consumo, el teatro lo sufre y eso se ve en la reducción del público.
Tu obra sigue teniendo una respuesta impactante.
El David Marrón logra sobrevivir un poco a la crisis porque la gente quiere ver nuevas caras en la escena. El teatro, muy distinto a la TV, series y streaming, da la posibilidad a personas como yo de existir en el campo cultural. No rige el racismo cruel del fisic du rol y eso la gente lo apoya. Solo el cinco por ciento de quienes se dedican a la actuación en Argentina logran vivir de eso. Son veinte o treinta los actores que tienen continuidad laboral, pero, de esos, ¿cuántos tienen cara de colla o de «vende papa», como me dicen en redes? El mercado cultural en Argentina para una persona marrón-indígena es muy acotado, el trabajo está dado por hacer un bolo de un rol que entra a dejar cigarrillos y le pagan por una jornada. Entonces estoy muy agradecido con la creación teatral independiente que me permite poder sostener mi obra en cartel pese a esta profunda crisis.
Club Paraíso es una comunidad de artistas escénicas y su audiencia que ya va por su tercer año de vida. Cynthia Edul (directora general) y Silvia Gómez Giusto (curadora) venían de trabajar juntas en incubadoras, FIBA, Vicente López en Escena y más. La convocatoria del resto de sus doce miembros fundadores (entre los que se encuentran Pilar Gamboa, Lorena Vega o Aliana Álvarez Pacheco) fue dada por preocupaciones en común: la pérdida de la experimentación, el fundar escenarios fuera de lo establecido, sin limitantes narrativos ni sujeto a lo redituable. Comparten más o menos la misma generación, están entre los cuarenta y los cincuenta, se formaron en los noventa.
La primera carta de presentación también fue particular: hubo lecturas de La Tempestad en los jardines del Museo Fernández Blanco o caminatas performáticas por Parque Chas, con las que consiguieron «hacer rebaño» y valerse de las primeras suscripciones.
Durante su primer año, en lugar de invertir dinero, sus fundadores pusieron obra, como un modo de legitimar la iniciativa. Sus trayectorias dieron paso al primer fondo de financiación. Su programación es imponente y arriesgada, en 2024 pudo verse desde Ha muerto un puto, de Gustavo Tarrío, hasta las cuatro creaciones de Lucía Seles, la desobediente favorita del arte contemporáneo.
En 2025 Club Paraíso está lejos de ser solo una idea. La movida cuenta con su propio sistema de voluntariado para jóvenes estudiantes que quieran hacer una experiencia y usarlo como certificación de pasantía profesional. Y a fin de año llaman a asambleas abiertas para poder dialogar sobre lo hecho en el año: una navidad paradisíaca.
¿Cómo nace el proyecto?
Cynthia: Lo empiezo a pensar en plena pandemia, 2021. En 2022 les planteo esta idea que tomo de un proyecto de 1850 que sale de una fundación de artistas e intelectuales alemanes socialistas que creían encontrar en el naturalismo la estética que representaba el nuevo proceso social. Ellos planean hacer un estreno por mes en una sala distinta, un programa anual pero nómade en el que el público se suscribe.
Veía cierta obsolescencia en el sistema de exhibición argentino, que viene desde la década de los noventa y se terminó poniendo por delante de las poéticas o las estéticas o las posibilidades de los artistas. Hay un montón de salas, los gastos son altos, cambió mucho el paisaje de las salas de Buenos Aires sin que nos diéramos tanta cuenta, se encareció mucho y los subsidios fueron yendo a menos.
Nuestro sistema de exhibición tiene que ver con el «teatro arte»: danza, teatro y performance en un teatro nómade, sólo hay que asociarse con las estructuras que están pero que el público se suscriba con una membresía: hay que volver al espectador productor. Lo que se va logrando usando la lógica de la preventa es un nuevo fondo de financiación en el que el público termina solventando a los artistas y los artistas mismos financiamos a otros artistas, un gesto político interesante.
Silvia: Además de la forma, tiene que ver con cómo se comunica. Hay una preocupación hacia el abordaje de las obras, tener el desmontaje para analizarlas y en qué se programa durante el año. Hay un trabajo que quizás las salas independientes no lo pueden tener y las institucionales no lo llevan adelante, acá hay una conexión con lo que despliega una obra.
Otra de las características es la de las actividades complementarias a las obras que el club propone, con una importancia equiparable a la de la programación artística. Paraíso apela al sentimiento de pertenencia de los clubes. ¿Cómo se contruyó eso?
Cynthia: Tenía que tener nuestra impronta, el estar juntos, generar un encuentro con la audiencia. Así nacieron el karaoke, tutti frutti, bingo, guiso, fiesta y birrita. Todo tiene que ver con construir lazos, que no sea un decir sino un hacer y que la participación sea un compromiso.
Silvia: Son otras formas de encontrarnos, quizás en esos espacios más relajados, por fuera de la intelectualidad, con los materiales que propone Paraíso surgen otras conversaciones, que también pueden ser espacios creativos desde la audiencia.
¿Cómo opera la fantasía dentro de Paraíso?
Cynthia: Luciano Delprato tiene una sala en Córdoba que se llama Sindicato de Maravillas. Es de los que tiene el deseo y la libido puesta en la imaginación, en la construcción. Paraíso nace desde ahí, pensar nuevos contextos y formas de lazo social. Podemos crear un espacio donde el encuentro sea un encuentro habitado, donde la experiencia quede en la raíz de la memoria.
Silvia: Tener un espacio donde se mantiene activo ese ejercicio de la fantasía me parece fundamental como artistas pero también como colegas hacia el sector que es mucho más amplio: me interesa pensar en el imaginario de un montón de colegas que están probando cosas, de distintas generaciones, queremos seguir escuchando.
¿Qué observan de las actividades complementarias a las obras?
Cynthia: Los desmontajes abren debates, invitan al diálogo. Nos importa salir de la exhibición pura, escaparnos de la idea de teatro como consumo mercantil y más como un espacio de pensamiento social. El objetivo era desmontar la concepción mercantilista en la que se puso al teatro, algo que era así cuando nosotros empezamos: una práctica político-artística. Pensar el teatro como hecho social.
Silvia: Es un acontecimiento que a pesar de los cambios de la tecnología nos permite llegar a un vínculo más primitivo de encuentro colectivo y eso es un refugio total. A nivel social está pasando esa necesidad de no estar atravesados por la soledad que te genera la tecnología. Poder salir y discutir o emocionarte al lado de alguien es muy necesario y nos va a salvar.
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