«Vamos a bajar, hasta Samaniego, que de fiesta está y es un bello pueblo. Resuenan las bandas, en su festival. Van alegrando las ondas, van alegrando las ondas, del Pacual y del San Juan»
(«El nariñense» — Jorge Villamil)
Samaniego, Cumbal y Mallama, municipios del departamento de Nariño, albergaron entre el 15 y el 17 de agosto la versión 41 del Concurso Departamental de Bandas, así como la Octava Travesía por la Paz. Estos dos eventos se sumaron a los resultados positivos que hasta el momento dejan los diálogos regionales de paz trazados entre el Gobierno Nacional, el Frente Comuneros del Sur y la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano.
Así lo vivimos.
Resuenan las bandas
Un grupo de jóvenes pertenecientes a la banda A son de qué ensayan en medio del parque Los Fundadores, vigilados por una inmensa paloma de bronce. El ave luce en el pecho un collar tallado con el Sol de los Pastos, figura icónica de la cultura andina de Nariño. De sus alas, cada pluma que se expande hacia el cielo representa un hecho victimizante, casi todos los que Samaniego —municipio ubicado en el suroccidente nariñense— tuvo que protagonizar durante años de conflicto, guerra, violencias múltiples y dolores acumulados. Una placa reza que este es un homenaje labrado por las manos del escultor Mauricio Aurelio Genoy, en honor a las víctimas del conflicto armado. Son los ecos de una guerra que ya no quiere sonar más.
A solo unos metros de distancia, la delegación de Potosí repasa los movimientos de su presentación como banda fiestera tradicional. Sobre la misma calle, a unos cuantos pasos, los músicos del Municipio de Imués estudian sus partituras, marcan los compases, organizan la coreografía y ponen a bailar a quien transita a su lado.
Las aceras están ocupadas por los puestos de venta de los dulces tradicionales de esta región que se conoce como el wayco (el hueco), la tierra abrigada. Melcochas, panela, caña de azúcar, golosinas, helados de paila, manjares dispuestos para los antojos infantiles, se distribuyen en un orden concertado para atender todos los gustos y todos los caprichos. Pero también están las mujeres tejedoras, las artesanas, los artesanos, los vecinos del Putumayo, los caminantes del mundo que se rebuscan la vida de feria en feria, de fiesta en fiesta.
Dentro de los colegios algunos niños ensayan, otros juegan, otros buscan comunicarse con sus familias para narrar la aventura de estar en Samaniego representando a Ospina, o a Túquerres o a Funes. De los muros cuelgan las toallas y de las ventanas los maletines y morrales de los músicos viajeros que corretean por los pasillos, que afinan los instrumentos, que limpian las trompetas y que se visten para salir a la calle, pasarela musical que también se dispone a recibir a quienes cada agosto, desde 1983, rompen la cotidianidad samanieguense con la fuerza metálica de las bandas musicales.
Son cuarenta y dos años de historia de este Concurso Departamental que nació del liderazgo civil de Ruby Santander de Eraso y su hermano Álvaro en medio de una conversación informal que buscaba, según cuenta Harold Jimmy Eraso Santander, hijo de la mítica Ruby, marcar diferencia en el contexto de las fiestas patronales que tenían lugar cada agosto en honor a San Martín de Porres y que organizaban con esmero los gremios de motoristas, comerciantes y matarifes, acompañados de los esfuerzos parroquiales.
«Aquí en Samaniego somos muy rumberos, nos gusta la música, deberíamos tener algo así en estas fiestas», fue la idea inicial que plantó Ruby a su hermano Álvaro. «Nos hace falta la música de banda», dijo ella. «Pero saldría caro traer a las bandas, mejor hagamos un concurso», le contestó el hermano, quien también cargaba la preocupación de que las bandas de pueblo se estaban perdiendo.
La conversación que inició en 1982 se materializó en agosto de 1983 con la primera versión del Concurso Departamental de Bandas Musicales de Samaniego, que tuvo decreto, ordenanza y un respaldo ciudadano desde el primer acorde que sonó en la improvisada tarima, levantada sobre tanques llenos de agua y decorada con esteras de paja toquilla; se ubicó en el centro de la plaza de mercado, el punto de encuentro ciudadano. La antigua plaza luego fue reemplazada por el parque Sol Andino, epicentro de este encuentro musical, dancístico y festivo. Cinco municipios, los más cercanos a Samaniego, aceptaron la convocatoria que dio vida a un certamen que poco a poco se ganó un lugar en el patrimonio cultural de Nariño.
El concurso se interrumpió en 2023. Entre el 3 y el 22 de agosto de ese año —según las alertas de la Defensoría del Pueblo y los registros de la Procuraduría General de la Nación y la Unidad Nacional de Víctimas— más de mil familias fueron desplazadas desde la zona rural hacia el casco urbano de Samaniego por el recrudecimiento de la guerra planteada entre grupos armados, que desde la lógica de la cooptación territorial sembraron una ola de terror en la región. Una vez más, Samaniego, el wayco, la Región de Abades, volvía a ser señalada por el ruido de la violencia.
Sin embargo, la fuerza resistente de la música, la voluntad ciudadana y la política nacional y departamental por impulsar los Diálogos Regionales de Paz en el Departamento de Nariño, lograron que el concurso siguiera presente en su lugar de origen y destino, para que el arte, la cultura de paz, los nuevos acuerdos de convivencia y las negociaciones para la transformación territorial trajeran un aire nuevo, nuevas partituras, nuevos ritmos y un entusiasmo colectivo que hoy resuena en la atmósfera de Samaniego.
«Es que se siente. Desde que empezó todo este proceso de paz se siente más tranquilidad. Hasta la gente, nosotros mismos nos hemos vuelto menos violentos. Nos hemos vuelto más tolerantes. Y sobre todo, que se ha puesto la mirada en el territorio, en Samaniego, Tumaco, Guachaves, Sotomayor. Y lo que más me gusta es que la gente está respondiendo a ese proceso, la gente tiene esperanza», manifiesta Harold Jimmy Eraso, el heredero del legado musical, artístico y dancístico que sembraron sus padres, un tío y otros buenos compinches de su familia. El concurso se mantiene tan vivo como la esperanza de la paz.
Una madre no se cansa de esperar
A las siete de la noche del viernes 15 de agosto se apagan las luces de uno de los salones del Servicio de Pastoral Social de Samaniego. Sobre la pared ruedan las imágenes del documental Por cielo y tierra, realizado por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) que narra, con el corazón estremecido, la ruta de la búsqueda que se activó para dar con el paradero de más de ciento veinticinco mil personas que, en el contexto del conflicto armado colombiano, partieron sin pasaje de regreso, sin aviso, dejando apenas unas huellas que ahora sirven para ir tras sus pasos.
Mientras se escuchan los testimonios de las familias que han logrado recuperar a sus hijos, esposos, padres y madres, hermanos o amigas desaparecidas, al fondo, como una banda sonora repleta de melancolías y memorias colectivas, inicia la presentación de los tríos invitados a la versión cuarenta y uno del Concurso Departamental de Bandas Musicales de Samaniego.
Desde el parque Sol Andino llegan los ecos de los boleros, los valses y los sanjuanes. Dentro de la casa, entre la sombra de la proyección, se escuchan suspiros, se oye el susurro de quien aún llora y, tal vez, volverá a llorar cada vez que se evoque el esfuerzo de la búsqueda de las víctimas que fueron obligadas a abandonar su tierra, sus nidos o los corazones que los albergaban.
Finaliza el documental. La luz retorna a su espacio habitual y el silencio se queda como compañía. La exhibición del relato audiovisual responde a una de las diversas actividades promovidas en el contexto del Concurso Departamental de Bandas como acciones de visibilización de las distintas entidades, organizaciones y liderazgos, que dan testimonio de los resultados efectivos de los Diálogos Regionales de Paz.
Cerca de cuarenta personas asisten a esta presentación. Los desaparecidos siguen vivos en la memoria de sus familiares. Mientras en la plaza la música marca el rumbo de la noche, la catarsis y el desahogo se combinan en el discreto salón con voces de reconocimiento a la labor de la búsqueda, líneas de tiempo de quien recuerda cómo perdió sistemáticamente a sus tres hermanos y las palabras que seguirán reclamando justicia, ayuda y comprensión por su dolor. Las asociaciones de víctimas de desaparición forzada respaldan las más de mil doscientas activaciones pedagógicas que registró la Unidad de Búsqueda. Saben que así se tejen oportunidades de un nuevo hallazgo, una nueva solicitud de búsqueda, pistas para seguir un rastro o una voz de consuelo. Los requintos que retumban en el parque parecen unirse al ritual ceremonioso.
Horas antes, las veintinueve delegaciones que llegaron para participar del evento bandístico se preparaban para recorrer las calles de Samaniego en el desfile inaugural. Cerca de las once de la mañana, sobre uno de los pasillos de la Institución Educativa Simón Bolívar, una madre se dedica a reparar la camisa de su hijo, ultimando los detalles que facilitarán la primera presentación pública del joven trompetista.
Se llama Ana Moncayo y acompaña la delegación de la Banda San Pablo del Municipio de Ricaurte. Se pone nerviosa, como nervioso está su hijo Andrés, quien apenas se integró a la banda este año. Acercarse a la música significó para él y su familia un cambio rotundo. «Ahora es mucho más ordenado, es muy juicioso, colabora en la escuela. Es como que aparte de aprender la música, esto les abre mucho más la mente», explica Ana mientras admira a su pequeño de nueve años, quien sonríe al escuchar a su madre colmándolo de elogios.
Ana y Andrés provienen de Ricaurte, zona del piedemonte costero nariñense, otro territorio que conoce de cerca los impactos de la guerra. Por eso, para Ana resulta de altísima importancia que su hijo haya conocido el mundo de la música. Lo comenta con determinación: «es la mejor entrada hacia un momento de paz».
Ana continúa zurciendo, puliendo la camisa que lucirá su hijo en el desfile que está próximo a iniciar. Ella, como las otras madres, como las acompañantes, como las mujeres buscadoras, como la profesora Daniela Ruano que dirige la Escuela de Formación Musical San Pablo, aguarda el instante, acompaña con ilusión, espera, como solo las madres pueden hacerlo.
La memoria es volver a pasar por el corazón
Pasó el desfile, pasaron las bandas, pasó la bandera blanca de la paz, pasaron las niñas y los niños de Batuta vinculados a los proyectos de Artes para la Paz que impulsa el Ministerio de las Culturas; pasaron las autoridades, los invitados especiales, las delegaciones de los veintinueve municipios participantes en las categorías de básica, infantil, juvenil y fiestera tradicional; pasaron los tríos, el aguardiente, el humo del carbón asando choclos, carne, chuzos y choriza; pasaron la música ecuatoriana, los albazos, los sanjuanes, las baladas, los sonidos de las décadas pasadas.
Pasó la noche y llegó el sábado 16.
Luego del desayuno con caldo de costilla, café negro y empanadas de queso y guiso, también llegó la profesora Martha Andrade, guardiana de la memoria y sinónimo de resistencia y coraje. Su liderazgo ya superó los límites de lo local para convertirse en un referente de cómo, desde las aulas de la Institución Educativa Policarpa Salavarrieta, es posible gestionar la memoria histórica del conflicto armado local con la pedagogía del arte, la didáctica de la lectoescritura, la investigación de campo, la escucha activa y la sensibilidad por la humanidad y la naturaleza.
Martha —víctima, investigadora, escritora, portadora de recuerdos— lleva toda una vida construyendo a pulso el Museo Escolar de la Memoria Recuerdos de mi Wayco, diseñado con líneas de tiempo, murales, infografías, bitácoras, memorias, pinturas, tejidos y otros recursos propios de las manifestaciones artísticas que junto a cientos de estudiantes ha elaborado para contarle a Samaniego, a Nariño, a Colombia y al mundo, los relatos del conflicto armado, sus huellas, sus impactos y también sus esperanzas.
—¿En qué ha cambiado todo esto?
—En la tranquilidad. Nos quitamos los muertos. Ahora los niños pueden ir al parque. Antes ni siquiera podían salir a jugar.
La profe sonríe, respira, demuestra la emoción que le produce saber que Samaniego habita unos nuevos tiempos.
—¿Por qué esto vale la pena?
—Porque yo que llevo trabajando, luchando, más de treinta y cinco años por la paz, prefiero que se salve una vida. Una vida es más importante que muchas obras y aquí se han salvado muchas vidas. No ha habido secuestros, no ha habido personas que caigan en minas y esto es un resultado de estos diálogos.
—¿Y quién va a heredar todo esto?
Martha de nuevo lanza una sonrisa, pero cargada de cierta preocupación. Sabe que en ese sentido falta mucho trabajo por hacer. Los estudiantes se van, pero queda una red de maestros que se han sensibilizado con estos temas, con el museo, con la memoria. Para Martha este es un deber ético, una responsabilidad moral con el territorio y este pueblo que ahora sabe que la memoria es volver a pasar por el corazón.
Los caminos de la paz
A sesenta y dos kilómetros de Samaniego, en el municipio de Cumbal, pleno corazón volcánico de la zona andina nariñense, más de doscientos ciclistas se alistan para emprender una travesía por los caminos de la paz que unen a Cumbal con el Municipio de Mallama.
Por donde antes transitó la violencia, ahora es el deporte el que se toma la ruta sobre las bicicletas todo terreno, un símbolo de la transformación territorial que se vive en la zona de frontera desde que los Diálogos Regionales de Paz comenzaron a generar acuerdos y soluciones.
El alcalde de Cumbal, Andrés Tapie, quien también acompañó a su delegación en el Concurso de Bandas de Samaniego, saludó esta travesía como una conquista del gobierno nacional, departamental y local, que junto con la participación ciudadana, han trazado una ruta para llegar a acuerdos humanitarios, jurídicos y de acción militar, que se evidencian en el desescalamiento de la violencia.
Giovanny Albeiro Muñoz Burbano es el alcalde de Mallama, territorio indígena ubicado en la vía que conecta a Pasto con Tumaco, en la zona del piedemonte costero. Su testimonio es de optimismo dado que aquí no solo llegarán los aventureros del ciclismo: también se prepara para recibir, en el corto plazo, la Zona de Ubicación Temporal que albergará a los integrantes del Frente Comuneros del Sur que estén dispuestos a transitar de la guerra a la vida civil.
Los alcaldes de estas localidades, protagonistas de la Travesía de la Paz, coinciden en que este proceso de paz territorial debe ser la puerta de entrada para la inversión social y la presencia integral del Estado. En Mallama, cuenta Muñoz Burbano, hace más de un año que no se registra un muerto por causa del conflicto armado y por eso esta actividad deportiva es una señal de victoria sobre la guerra.
Coda
La fiesta continúa en el Concurso de Bandas. Las noches de Samaniego se convierten en un encuentro de convivencia, de fraternidad, de identidad sureña, de baile y trasnocho obligado. Las delegaciones continúan ensayando hasta lograr la nota perfecta de sus repertorios. Los ciclistas celebran el triunfo de su empeño personal.
Las mujeres esperan con paciencia el resultado final del certámen que se conocerá en la noche del domingo 17. Córdoba se lleva la categoría infantil; la categoría juvenil queda en manos de la Banda 7 de Septiembre del municipio de la Llanada; la categoría básica es para la Banda Salvador Marro de Los Andes; la Banda Corporación de Músicos del Municipio de Túquerres se lleva el primer lugar en la categoría de Banda Fiestera Tradicional; finalmente, la Banda Escuela de Música Semillas de Paz del municipio de Imúes celebrará como ganadora en la modalidad Fiestera Académica.
Las buscadoras llevan sus galerías de esquina a esquina, siguiendo las huellas de sus desaparecidos. La música, los pedales, la pedagogía, las bandas, los ciclistas, los niños, las niñas, los jóvenes, los músicos, la vida misma se expanden por estos municipios y ríos.
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