ETAPA 3 | Televisión

Modo avión: sobre los celulares y los conciertos

24 de agosto de 2025 - 12:00 am
¿Qué perdemos cuando lo filmamos todo? En tiempos de vigilancia constante, grandes artistas como Tyler, The Creator prohíben los celulares en sus conciertos para recuperar algo esencial: la experiencia colectiva, el presente compartido.
Foto de Ollie Millington (Redferns).
Foto de Ollie Millington (Redferns).

Modo avión: sobre los celulares y los conciertos

24 de agosto de 2025
¿Qué perdemos cuando lo filmamos todo? En tiempos de vigilancia constante, grandes artistas como Tyler, The Creator prohíben los celulares en sus conciertos para recuperar algo esencial: la experiencia colectiva, el presente compartido.

Cuenta el rapero angelino Tyler, The Creator que les preguntó a sus amigos por qué ya no bailaban en público. Algunos de ellos le dijeron que era por el miedo de ser filmados. Tyler, entonces, se preguntó sobre nuestro espíritu como humanidad, y cuánto de él está muriendo lentamente por nuestro miedo de convertirnos en un meme.

Manifiesto de Tyler, The Creator

Tyler contó esto en un manifiesto publicado el 21 de julio de este año, el mismo día que salió su disco Don’t Tap The Glass. Para la listening party con la que lo presentó, añadió en el manifiesto, prohibió los celulares. Y ante la ausencia de cámaras y flashes, hubo mucho baile, litros de sudor, toda la libertad que él extrañaba.

Abundan los artículos, publicados sobre todo durante la última década, que critican el uso y abuso de los celulares en fiestas y conciertos. Grandes figuras como Bob Dylan, Alicia Keys, Mitski y Bruno Mars han prohibido los celulares en sus conciertos. «Ser el maestro de ceremonias se trata de poder leer la sala, entender la dinámica de lo que el público necesita. Esa conexión desaparece cuando levantas la cabeza y solo ves un muro de celulares. Con tantas cámaras, es como, “No sé si quiero intentar este paso hoy”, o te da miedo que alguna broma termine en internet», le dijo Mars a Los Angeles Times hace tres años. «Cuando estoy en el escenario y los miro, pero ustedes están viendo una pantalla, me hace sentir como si los que estamos en el escenarios somos consumidos como contenido en vez de poder compartir un momento con ustedes», tuiteó Mitski hace seis. 

Incluso ha habido críticas durante los conciertos. Beyoncé dijo una vez: «Tienen que guardar los celulares por un segundo y concentrarse en disfrutar este momento». No ha sido la única. «Estoy aquí, en la vida real. Pueden disfrutarlo en la vida real en vez de a través de sus cámaras», se quejó Adele. 

Lo que dice Tyler, entonces, no es novedad. Y, aun así, me llama la atención que uno de los artistas más gandes del mundo haga de la crítica al eterno circuito de vigilancia del que todos somos parte —un circuito efectivo en el que todos grabamos y somos grabados, una pesadilla foucaltiana de la misma forma en que en Instagram somos contenido y audiencia a la vez— un aspecto central del lanzamiento de su nuevo disco. El mismo título the Don’t Tap The Glass puede leerse como un imperativo: mientras suene la música, están prohibidos los celulares.

En julio de 2021 vi a Roc Marciano en vivo, en el teatro Sonny Hall de Nueva York. Desde entonces lo he visto en Barcelona y en Madrid, y en septiembre iré a su concierto de Bogotá. Pero en 2021 no podía creer que estuviera en el concierto de uno de mis raperos favoritos. Desde Colombia, mis amigos tampoco podían creerlo. Así que desde mi Instagram transmití una parte del concierto para ellos, que derramaban su emoción en los comentarios. 

Ese ha sido el mejor concierto de mi vida, una noche que atesoro. Aun así, casi no he vuelto a ver el video de más de media hora que grabé; ahora mismo ni lo encuentro, espero no haberlo borrado sin darme cuenta. Pero no necesito el video para recordar el abrazo que me di con el desconocido del Bronx que me ofreció un blunt del tamaño de mi mano y no dejaba de gritar y de sacudirse (y sacudirme) con cada tema, la elegancia certera con la que cada verso de Roc Marci perforaba el aire, su alegría al volver a tocar en su ciudad luego del parón de la pandemia. Recuerdo algunos temas, como «Fabio» o «Emeralds», pero recuerdo más las luces de Times Square que nos bañaron cuando subimos de ese sótano, o la pizza que me comí después, todavía bajo el cosquilleo que sugería que en esa ciudad, en esa noche, todo era posible. Todo esto lo llevo dentro de mí, ningún video me lo da ni me lo quita. 

«Saber que tenemos un video o una foto nos hace menos dependientes de nuestra memoria natural, porque se lo delegamos a nuestros celulares»,  le dijo a El País Jordi Isidro Molina, un psicólogo español. «A la larga, en el peor de los casos, estamos atrofiando nuestra memoria un poco. Confiamos en que funcionará autonomamente, pero es como un motor: si le damos un impulso, sigue funcionando Si no, se sigue deteriorando».

Es un buen punto. Pero para mí se trata de lo contrario. Ya tengo que recordar y registrar tantas cosas que me gusta poder olvidar, dejar que el concierto me atraviese y quedarme con ese efecto, con la cicatriz que queda. El sentido de mi memoria es distinto de la de un celular: aquella es la del almacenamiento masivo y total; la mía es caprichosa, privilegia detalles que todavía no comprendo, deja de lado otros que parecen importantes. Y en ese capricho, en los detalles aparentemente periféricos, encuentro algo que no podría obtener ni de la grabación de mejor calidad. Me gusta olvidar, entonces, y quedarme con los sedimentos, con la erosión que deja la ola cuando lame la orilla. 

Hay una parte de la discusión de los celulares en los conciertos atravesada por la etiqueta. Seguramente en el concierto de Roc Marci incomodé a varias personas a mi alrededor así como me han incomodado a mí, y eso que soy alto, los que graban todo un concierto. ¿Qué vas a hacer con tus cincuentas videos, hermanito, una serie para Netflix? No jodas. Está bien, graba tu tema favorito, hazle videollamada a tu novia para dedicarle esa canción especial, pero ya luego relájate y disfruta. Sobre todo, déjanos disfrutar. Hay conciertos en los que miro a mi alrededor y solo veo pantallas y pantallas, me siento en Matrix. Entonces sí, este tema tiene que ver con las buenas maneras, con no interrumpir la experiencia de los demás. Pero no es eso lo que me importa esta vez.

Uno se obsesiona con algo y empieza a verlo en todas partes. Y todo este año he estado viendo las grietas de nuestra relación con la música. Sobre todo a través del streaming y, en particular, Spotify. Cada vez más artistas están boicoteando la compañía sueca en busca de un modelo más justo y equitativo. Me parece bien. Y también me parece que si queremos fundar otro sistema económico y ético para la música, hay que ampliar nuestra mirada. ¿Acaso no se relacionan la lógica acumulativa de Spotify —la promesa de tenerlo todo al alcance, de poder armar una biblioteca infinita que, aunque no escuchemos, sabemos que está ahí— con el impulso de registrar todo —¡todo— lo que pasa en un concierto para guardarlo en nuestro celular? ¿Será que para transformar nuestros afectos musicales también podríamos replantear todas las imágenes que producimos, y cómo lo hacemos? Hablo de buscar el sustrato que sostiene todo esto que nos tiene cansados y que triunfa cuando lo naturalizamos, como si no pudiera haber otra forma.

Dos semanas después del lanzamiento de Tyler, otra leyenda del rap de California, el veterano productor The Alchemist, anunció su gira con Erykah Badu para presentar su nuevo disco. En una de sus publicaciones, lo primero que anunció era que los celulares estaban prohibidos en todos los conciertos. «Relájate de tu trabajo como camarógrafo profesional», escribió Alchemist. Al llegar al reciento, explicó, los espectadores tendrían que guardar sus celulares en un estuche de Yondr, y solo podrían abrirlos en zonas específicas y, obvio, a la salida. 

Un exfutbolista amateur de Estados Unidos, Graham Dugoni, fundó Yondr en 2014 luego de que viera, en un festival, cómo grababan a un borracho sin su consentimiento. Además de conciertos y obras de teatro, hay colegios que también lo están usando. 

«Vive el momento», añadió Alchemist en su publicación. Y aunque puede ser un cliché, uno de esos tatuajes en cursiva que envejecen mal, como los infinitos y los peces koi, también puede ser un llamado de atención que necesitamos. «Sin teléfonos, no hay miedo. Solo te queda vivir el momento de verdad. Y creo que hay algo bello en ver a alguien fallar y poder conversarlo con el público», añadió Bruno Mars. 

Leo en los medios que estamos viviendo una pandemia de soledad. Lo leo y pienso que los conciertos pueden ser el antídoto perfecto: como ir al estadio o al cine, nos sintoniza —y nos sincroniza— con decenas, cientos o miles de personas, concentradas en el espectáculo que tenemos al frente. Ya no hay monocultura: no vemos la misma telenovela por las noches ni escuchamos el mismo programa de radio por las mañanas. La música en vivo sí guarda ese potencial. Es un potencial que solo se cumple si le abrimos campo, si quitamos de en medio nuestros celulares en los que miramos nuestro reflejo. 

Hay conciertos que se conectan con nuestra individualidad de formas insospechadas para quienes nos rodean; nuestra historia profunda con ese disco, con esa canción, con la banda. Aún así, un concierto —como cualquier evento en el que nos juntamos tantas personas diferentes con un mismo fin— también se trata de dejar de ser individuos aislados. Como escribió Pedro Adrián Zuluaga en su última columna, se trata de reunirnos con la confianza de ser, por un momento, algo más que nosotros mismos. 

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