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Qué venganza

16 de junio de 2025 - 12:06 am
La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025), la nueva novela de la chilena Paulina Flores, despliega una voz feroz para narrar la turbulenta vida afectiva de una millennial migrante en la Barcelona postpandémica y precaria.
Paulina Flores. Foto de Angela Precht.
Paulina Flores. Foto de Angela Precht.

Qué venganza

16 de junio de 2025
La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025), la nueva novela de la chilena Paulina Flores, despliega una voz feroz para narrar la turbulenta vida afectiva de una millennial migrante en la Barcelona postpandémica y precaria.

La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025), la última novela de Paulina Flores (Santiago de Chile, 1988), llegó a las librerías con una enorme expectativa a cuestas. Yo mismo, después de haber leído prácticamente toda su obra, encontré difícil no crearme expectativas artificiales a partir de ese título, que ya es una historia en sí misma y que promete, de buenas a primeras, romperlo todo.

Cualquiera que ponga atención al panorama de la literatura hispanoamericana reciente encontraría difícil no reparar en la singularidad de Qué vergüenza (Seix Barral, 2016), ese primer libro de cuentos, tan tersos como complejos, desparpajadamente pop, con el que la chilena se dio a conocer hace diez años; el relato que da título al volumen le valió el premio Roberto Bolaño de cuento, y fue lo primero que cayó en mis manos. La expectativa en mí creció con la publicación de Isla decepción (Seix Barral, 2021), su primera novela, que, a mi parecer, obtuvo un recibimiento tan frío como inmerecido de parte de la crítica.

Isla decepción es una novela complicada. Un laberinto de nombres, de relaciones afectivas y familiares sinuosas, como lo son también muchos de sus cuentos. Un rompecabezas fascinante, satisfactorio de leer, al que cuesta abandonar gracias al uso de una voz narrativa aguda y memorable. Además, ofrece aquello que entonces pareció volverse la marca de la autora: contar las vidas de sus contemporáneos y contrastarlas con una forma de narrar casi clásica, bien pensada, de lenta digestión.

Este alto contraste resulta más difícil de hallar en La próxima vez que te vea, te mato. Con esto no quiero decir que sea una novela fácil. Sin embargo, es verdad que tanto Isla decepción como Qué vergüenza son libros que se leen casi a contracorriente: más que ofrecer narraciones directas, unívocas, nos lanzan a un ruedo lleno de gestos y sutilezas que tendremos que hilar poco a poco. En ellos, las cosas más importantes de la trama y de las vidas de los personajes se revelan en los momentos de quietud, cuando el lector baja la guardia, y no necesariamente en las escenas más álgidas.

Pienso, por ejemplo, en las aterradoras descripciones en Isla decepción de lo que Lee, coreano que naufraga en las costas chilenas, ve cuando aún se encuentra a bordo, en comparación con los cuadros de ternura silenciosa que protagoniza en Punta Arenas con Marcela y Miguel, hija y padre: aunque en estos últimos ejemplos el personaje apenas tiene uso de la palabra, sentimos que podemos entenderlo con mayor profundidad que antes, solo a través de la gestualidad y del tacto.

En La próxima vez que te vea, en cambio, hay pocos momentos de quietud: la voz de Javiera, su narradora, al igual que su vida, es un torbellino constante de intensidad y de inestabilidad. En ese sentido, una novela sobre la vida del millenial migrante en Barcelona, una de las ciudades más importantes de Europa, no podría tener una voz narrativa más adecuada.

Volvamos a la acogida de Isla decepción, relevante para entender este nuevo libro. Tan relevante que, de hecho, la narradora parece aludir a una situación similar para darle respuesta: Javiera también publicó su primera novela y la describe como una «partida falsa», un «nadar agónicamente por una idea que era un error desde el comienzo». Pero, nos dice, si ella confiesa su error, el de los críticos es el de ser incapaces «de comprender que hay muchas formas de partir además de la correcta».

Si ese error fue intentar controlar las inmensas posibilidades y los muchos retos de una historia como Isla decepción —es decir, poder apaciguar a ese monstruo de tres cabezas y lograr meterlo entre la tapa y contratapa de una primera novela—, entonces La próxima vez viene a ser la refutación de ese «error» en su expresión más libre y auténtica.

Recalco el uso de la palabra refutación, que no rectificación. Porque, en definitiva, no creo que ninguna de las dos novelas sea un error, o por lo menos, no representa un error más grave que el de ser un escritor joven, atreverse a publicar una primera novela y reincidir en el delito con una segunda. Más bien, una es el reverso de la otra. Si las historias de Marcela y de Lee eran contadas a ritmo lento, en un tono casi restringido, siempre en guardia para encontrar la forma justa —elementos que, tomando lo que la autora ha dicho a otros medios, podrían venir de la influencia de las literaturas y las culturas pop asiáticas, en especial de Japón y Corea—, la narración de Javiera es una fuga hacia adelante, atrapada entre la confusión y la crueldad, a medias entre la ternura y la inmadurez.

Por tanto, quien busque en La próxima vez una especie de regreso a la forma, quien espere de Paulina Flores una novela que continúe en toda literalidad el proyecto de su libro anterior, no lo encontrará del todo, y eso me gusta. Porque creo que esta novela es una especie de cachetada con guante blanco a todas esas expectativas impuestas.

Así, quien esperaba una novela inmensa y complicada se encontró con una intensa y breve. Quien esperaba un drama se encontró una sátira. Quien esperaba una narración dudosa, tímida, se halló frente a una voz dura, tan perdida como asertiva. Quien quería a Soseki describiendo paisajes halló un poema a lo beat sobre la precariedad urbana barcelonesa y la migración latinoamericana en Europa, tan bien conocida por el que escribe estas líneas. La autora se negó al anquilosamiento que pudieron traerle sus propios aprendizajes y eso me parece siempre encomiable.

La próxima vez que te vea, te mato, de Paulina Flores.
La próxima vez que te vea, te mato, de Paulina Flores.

La compleja trama de subjetividades que vemos a través del narrador de Isla decepción se responde, entonces, con la individualidad furiosa e incorregible de La próxima vez. Un sacrificio de la complejidad —aunque esto sea solo en apariencia— en pos de un vigor que, de tan directo y expresivo, da la impresión de ser un testimonio. La autora, en lugar de proponernos armar el rompecabezas narrativo de tres historias contadas al mismo tiempo, al tomar una sola —ya no un triángulo, sino más bien un poliedro amoroso de alta flamabilidad—, una sola voz —la de Javiera— y una sola ciudad —Barcelona—, no nos permite apartar la mirada del cauce que toma su incendio y no deja que nos perdamos de un solo detalle de los estragos.

La vida de los jóvenes en Barcelona, con sus apegos y desapegos, está siempre en el foco de esta novela, y Javiera nos la muestra con una honestidad casi naturalista. En este respecto, podríamos ver en la vida de Javiera una extensión de la de Marcela en Isla decepción. Y la de esta última también podría serlo de la protagonista de Eres buena y lo sabes (Neón, 2020), relato independiente publicado en diferentes medios después de Qué vergüenza, que vive los conflictos de enrollarse con un hombre casado, a la par que observa los conflictos propios de las otras mujeres con las que convive —compañeras de trabajo, la esposa y la hija del tipo—, todo esto mientras carga, además, con el estigma de haberse visto involucrada en los acontecimientos relacionados a la secta de Colliguay, en el Chile de la década pasada.

La próxima vez no abandona su proyecto de asumir la disección de las relaciones afectivas como vehículo para contar pedazos de la historia reciente, y viceversa: en ella, el retrato de las relaciones poliamorosas y plurinacionales de la Europa urbana se intersecta con la contingencia durante la pandemia de COVID-19, la crisis inmobiliaria española y la brutal gentrificación de la capital catalana.

Y esto se da, por supuesto, a través de una caricaturización que siempre está matizada por momentos de vulnerabilidad: Javiera ve una Barcelona a la que cabe llamar «boba y superficial», pero que en algún momento habita a través del filtro de la romantización de su faceta más decadente, con el Genet en el Raval de Juan Goytisolo bajo el brazo. Los vínculos que conforman su trieja —¿o cuatrieja?—, roomies, casialgos, situationships, son tan ridículos como honestos, tan profundos e intensos como discutibles.

Javiera, entonces, se enfrenta con una doble decepción: la promesa incumplida de igualdad relacional en el poliamor y la de la posibilidad de medrar económicamente que ofrece la migración. A estas podríamos sumar también la promesa incumplida que solo vio su excepción a través del Boom: esa que ofrece la posibilidad de ser escritor latinoamericano en Barcelona y no ganar una miseria con ello.

Porque parece que ese es el tema central en la vida de la gente de su generación y de la mía: el futuro que nos fue prometido nunca llegó. Nadie consiguió comprar, con esfuerzo o con estudios, ni esa deseada estabilidad, ni solidez. En la misma medida, nos defraudaron y parecemos condenados a defraudarnos a nosotros mismos. Y Javiera parece tener la misma posibilidad de responder definitiva y satisfactoriamente a estas preguntas como cualquiera de nosotros, es decir, ninguna. Pero en el espacio de estas decepciones, Paulina Flores encuentra su venganza: la de desafiar todas las expectativas. La de seguir escribiendo —y viviendo— bajo sus propios términos.

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