ETAPA 3 | Televisión

La mirada encendida de C. David Sánchez

29 de agosto de 2025 - 1:35 pm
El fotógrafo tolimense radicado en Manizales presenta Azote, el registro de su inmersión en el gravity. Hablamos con él sobre sus inicios en el punk, su método y su ética, y sus retratos de esa liberadora pulsión vital que habita los márgenes.
Foto de C. David Sánchez.
Foto de C. David Sánchez.

La mirada encendida de C. David Sánchez

29 de agosto de 2025
El fotógrafo tolimense radicado en Manizales presenta Azote, el registro de su inmersión en el gravity. Hablamos con él sobre sus inicios en el punk, su método y su ética, y sus retratos de esa liberadora pulsión vital que habita los márgenes.

«El que salta al vacío no le debe ninguna explicación a los que se paran a ver»
—Jean-Luc Godard

 

Antes de fotografiar el ardor de la escena punk, antes de adentrarse en el mundo del gravity para registrar su vitalidad temeraria, antes de estudiar trabajo social, a C. David Sánchez (Líbano, Tolima, 1999) ya le interesaba el margen. 

El internet llegó a su casa —papá metalero, mamá manicurista: una veta artística y artesanal que él reconoce— cuando tenía catorce años. Junto con sus amigos, su generación, descubrió todo lo que no veía en su pueblo: el graffiti, el skate, el rap. A los quince logró, por fin, que sus papás le regalaran una cámara y aunque intentó hacer películas —inspirado por las de Víctor Gaviria que veía por televisión— terminó tomándole fotos a la banda de punk que montaron sus amigos. «Venga y traiga la cámara», le decían, una frase que no ha dejado de escuchar desde entonces.

En 2016, David migró a Manizales para estudiar trabajo social en la Universidad de Caldas. Allí fue dónde consolidó su mirada, sus conceptos, ese juego híbrido de referencias, de contextos dispares, que se siente, incluso, en su acento. Allí entendió mejor cómo funcionaba una cámara, conoció distintos géneros y vivió dos momentos cruciales, dos puntos de inflexión. El primero llegó cuando se apasionó por el formato análogo. El segundo, cuando el fotógrafo manizalita Santiago Escobar-Jaramillo elogió su portafolio y le dio algunas recomendaciones para pulir su fotografía callejera, íntima, sagaz. Así recibió todo el impulso que necesitaba. 

Del trabajo social David recibió su enfoque comunitario, social, que también permea sus fotos. Hizo sus prácticas de la carrera en el barrio Bajo Andes de Manizales. Allí vio a los mancitos que se descolgaban por la carretera en sus bicicletas, a toda velocidad, una metáfora de lo que ya eran sus fotos del punk y las calles de Manizales. Era 2019 y él pronto supo que quería —tenía— que tomarles fotos. Lo llamaban gravity. Seis años después, David sigue inmerso en el registro de este mundo arriesgado, incomprendido, apasionado, vital. 

Y aunque el proceso continúa, el próximo miércoles 3 de septiembre —a las cuatro de la tarde, en el Museo de Bogotá (Casa Siete Balcones)— David presenta Azote, una exposición que hace parte de Fotográfica Bogotá, la bienal Internacional de Fotografía, cuyo tema este año es Significados Ocultos. Azote, como los que hacen gravity le llaman al descenso vertiginoso, según la página de la bienal, «se resiste a la cohesión: es una exploración visual de la ruptura. Refleja caminos inciertos que los gravity  trazan a través de las periferias de las ciudades y de los sistemas que intentan borrarles. Moldeado por las mismas fuerzas estructurales que siguen fracturando el futuro de los jóvenes en todo el país. Busca replantear la “gravedad” no como una desviación, sino como una práctica de supervivencia, fe y determinismo ante la vida». Azote estará expuesta hasta el 11 de noviembre. 

Sobre todo esto hablamos con C. David Sánchez.

Foto de C. David Sánchez.
Foto de C. David Sánchez.

Su punto de partida fue el punk. ¿Qué le enseñó?

El punk marcó un antes y después en mi vida. Ha sido todo un aprendizaje para lo que hago ahorita, tanto en la fotografía como en lo político, que para mí siempre van juntos. El arte y el artista para mí son la misma vaina. Fueron como cuatro años, desde 2018, metido en la escena, yendo a tours, viajando por el país, escuchando mucho ruido. Empecé a fotografiar esta escena por instinto, de forma superficial, porque estética y visualmente comunica un montón: hay parches, taches, CD, fanzines, un montón de cosas estimulantes. De hecho yo también hice un video y un fanzine. A la par empecé a conocer el mundo de la fotografía y a aplicarlo a mi metro cuadrado. Fue la primera vez que sentí que la fotografía iba a estar necesariamente anclada a mi vida. El punk fue la génesis de lo que soy hoy como fotógrafo. 

Yo conocí su trabajo por su fotografía callejera. ¿Qué fue lo que detonó esa mirada, ese estilo, esos temas? ¿Cómo fue su aprendizaje?

La foto de calle me llegó por toda esa oleada que hubo de la street photo gringa en Instagram. Yo ya venía fotografiando el punk, es lo que siempre me ha gustado hacer, pero empecé a ver a esos fotógrafos y cuadros aquí en Manizales, sobre todo en el centro, donde suceden la mayoría de cosas interesantes en la cotidianidad. Me fui metiendo, fui practicando. Lo que pasa es que la fotografía de calle se puede dominar solo con práctica. No tiene detrás una gran narrativa, sino que se valora que una sola foto sea muy buena, casi ligado con las normas pictóricas de un cuadro: que lo diga todo y cumpla con ciertos estándares.

¿Y eso no pasa en otros géneros fotográficos?

Por ejemplo, en el nuevo documentalismo, que se aleja del documentalismo clásico anglosajón que hace las fotos y chao, se implica más a las personas fotografiadas, de pronto pasándoles la cámara para que cuenten historia. En la foto de calle eso no existe, se retrata el instante. Aprendí esas reglas, a moverme en la calle, a ser perspicaz, a anticiparme, pero ya casi no lo hago. No me interesa seguir con esa foto gringa. Me interesa más el largo aliento, una fotografía más latina. Ahí se empiezan a borrar los límites autorales, y en la inmersión de la cámara se tienen en cuenta las emociones, los cuerpos. 

¿Cómo son esas exploraciones del centro de Manizales con su cámara? ¿Qué siente? ¿Cuál es la ética para circular en estos espacios?

Los nervios siempre están, pero no me paralizan: si los siento es porque está ocurriendo algo a lo que tengo que tomarle fotos. Cuando empiezo a mirar por el visor llega la calma. Y me digo: «Listo, usted se ganó ese espacio, ya hay una camaradería, unos procesos detrás, usted ya se ganó cierto tipo de confianza». Igual uno siempre va a ser un desconocido en esos espacios, ¿no? Puede que se establezcan vínculos, pero uno siempre va a tener un lugar aparte. Parte de lo que he aprendido con el tiempo es a respetarme ese lugar y a que me lo respeten. Si uno lo cruza y se mete más empiezan a aparecer cosas que uno no quiere. Lo aprendí en el punk: temas personales, amorosos. Pero el agite está todo el tiempo, es una señal de que estoy en el lugar correcto. Uno hace su proceso de inmersión, entra a profundidad, se aporrea. Pero con un lugar claro, porque si no uno se para en lugares que después no van a servir. Desde el principio uno debe tener clara la respuesta a ciertas preguntas. ¿Por qué estoy acá? ¿Para qué? 

¿Cómo ve la relación entre el trabajo social y su fotografía?

Lo chimba del arte es que se puede anclar con todo. Gracias a profesores que tenían una línea parecida a la mía, desde lo comunitario, me llegó la fotografía participativa, la investigación acción-creación y las metodologías para crear desde la investigación social. Todo ese conocimiento lo puse a disposición de un proyecto que se llamó Narrativas del Bajo Andes, otro mundo posible. Fue mi trabajo de práctica y cuando se expuso en un museo entendí que estas vainas sí se podían mezclar. 

Foto de C. David Sánchez.
Foto de C. David Sánchez.

¿Cómo fue el trabajo en el barrio Bajo Andes?

Es uno de los barrios más antiguos de este tipo en Manizales, de los que llaman de invasión, de apropiación de la vivienda. Y es extremadamente estigmatizado. Son como quinientas familias —cada una como de seis o siete personas— en estas laderas, tipo favela, muy laberíntico. Ahí está la fundación Cultura Viva, Arte y Corazón, fundada por Kevin, un joven del barrio que pagó servicio militar y se dio cuenta de las injusticias simbólicas, espaciales y de los juvenicidios: los jóvenes son perseguidos, tienen problemas de delincuencia y desnutrición. Y mi tema principal fue el acceso a los derechos culturales. 

Fue un proceso de un año conectándome profundamente con el territorio, con las personas, con los procesos de creación de jóvenes, adultos y niños. Sobre todo con los jóvenes, todavía soy uno. A la par empecé a tomar fotos y también les daba las cámaras para que ellos las tomaran. Así entendí más del lugar que tiene el método de la fotografía latina. Antes hacía foto de calle, parce, salía como un cazador, pum pum pum pum, no hablo, le hago la foto al instante decisivo y listo. Pero este proceso me cambió el chip. Y en el Bajo Andes fue dónde conocí el gravity. Cuando terminé la práctica, empecé a contactar a los chicos del barrio, y a algunos que ni habían estado en el proceso, pero que me conocían de tanto parchar allá.

Cuénteme entonces de su entrada en el gravity. ¿Qué era lo que lo llamaba de este mundo?

A mí el gravity también me hace sentir muy vivo. Fui un niño salvaje de pueblo, luego un joven punkero, luego un trabajador social universitario con ganas de comerse el mundo desde la academia y también cagarse en la academia. Me veo representado en ellos. Si hago este trabajo es porque hay mucho de ellos en mí, así ellos no lo sepan. Ese agite y ese azare representan cierta etapa de mi vida. 

Yo ya lo tenía en el mapa. La pandemia paralizó todo, pero cuando pasó yo seguía con la idea de entender a profundidad el gravity, y de retratarlo. Los chicos del barrio me contactaron con otros y empecé a conocer a todo el parche de gravitosos de Manizales. Hablábamos por Facebook. Había una fuerza juvenil muy bella ahí. Me imagino que como el skate en su tiempo, el hip hop en su tiempo: ahí hay vida. Uno como fotógrafo, pues paciencia y sinceridad. Les dije que estaba interesado en hacer fotos y me decían que fuera tal día a tal lugar a parchar. Antes de hacer fotos, empecé a conocerlos, y ellos a mí. Y ahí seguimos. Es lo que tienen los procesos de largo aliento. Usted no sabe cuánto tiempo vayan a durar. Pueden ser unos meses o dos años. Los proyectos nacen y mueren cuando ellos dicen.

Así como me veía reflejado en el punk, también me encontraba en el gravity. Y veía espejos entre ambos mundos. Vi que por ahí era el camino y me lo empecé a tomar más en serio porque ya tenía el tiempo y más recursos. Desde afuera, los que practican gravity son pelados que bajan en cicla a toda velocidad por las montañas. Pero es más complejo: ahí están el desarraigo, las injusticias espaciales, un grito de libertad. Condenados a vivir en sus barrios toda su vida, con sus ciclas pueden llegar a donde sea, a Medellín o al mar. Como dicen en la película, son los dueños del mundo. Se trata de adueñarse de los espacios, de las carreteras, que, obviamente, en Colombia son muy hostiles. Pero esos chinos tienen el fuego y el cuero para poder pararse duro con sus ciclas. Muchos de los gravitosos más duros viven junto a la carretera. ¿Qué más hacen si no es tirarse a conocerla? Así como los niños que crecen junto al mar se lanzan a nadar. Y de tanto recorrerla ya conocen los camiones, los policías acostados, los peajes. Hay una relación distinta con el entorno, eso me parece brutal. 

Foto de C. David Sánchez.
Foto de C. David Sánchez.

Me imagino que fotografiar gravity debe tener algo similar a la foto deportiva: capturar cuerpos atléticos a toda velocidad, cristalizar su gracia. ¿Cómo es ese método?

Yo simplemente voy con mi cámara, una Sony Alpha que compré hace poco. Me ha dado más comodidad. Y para tomar las fotos, es cuestión de anticipación. Seguro el fotógrafo que capturaba a Michael Jordan sabía qué iba a hacer y estaba preparado para lanzar la ráfaga. Acá pasa igual. Hay que conocer la carretera, qué tipos de curvas le gustan. Ellos a veces me avisan: ¡grábela, grábela! Y yo estoy preparado con la anticipación que aprendí en la foto de calle; es como hablar el lenguaje del enemigo para descomponer ese mismo lenguaje. Sin saberlo, me he estado preparando toda la vida para tomar estas fotos, desde que hacía fotos en un pogo o en una ella. Por eso se me facilita. Uno sabe cómo es la movie, cuáles son los códigos. Hay que respetarlos con la cámara. Por ejemplo: hay chinos que mantienen armados con severos machetes y cuchillos, todo el tiempo. Pero a la primera semana yo no podía decirles que los sacaran para tomarles fotos. Yo tenía que ganarme la confianza de a pocos, hasta que ellos me dijeran. Hay que respetar los tiempos. Como dicen en la calle, hay que aprender a hacer la fila, parce. 

Al principio, hablé con un parcero que tiene chimba de moto, que aguanta el azote. Así empecé a retratar. No me fue mal, a mí la velocidad me gusta. Mi tolerancia al peligro es mayor que la común. Y luego, parte del proceso de inmersión es sentir que las cosas me atraviesan el cuerpo para poder fotografiarlas como un acto político. Entonces empecé a irme de parrillero con ellos en las ciclas. Lo hice una vez y salió bien, una grabadita cortica. Me empecé a sentir cómodo. Vino un descenso por una colina, cortico, cinco minutos. La velocidad era diferente, pero me sentí bien. Y me ganó la confianza. 

Una vez le escribí a un parcero que se llama Obando. Yo quería hacer unas fotos y él me dijo que le llegara. El parcero de la moto estaba ocupado, pero dije chao, las voy a hacer. Ese día el recorrido era más grande porque había pega —subir agarrado del camión— y luego descenso. Los chinos se pusieron los poderes encima y fuimos a coger la pega. Yo iba lo más de parchado con el con el parcero Obando, a toda velocidad. Cuando el camión se dio cuenta de que íbamos pegados, empezó a chancletear pa’ arriba. Era la vía Panamericana, hacia Letras, Mariquita. Yo iba haciendo fotos con el celular cuando Obando no alcanzó a ver y cogió un hueco y nos fuimos pa’l piso duro. Ese chino cayó primero y yo caí encima de él, con la cámara entre ambos. Fue mero susto, dando vueltas en el piso, güevón, y viendo luces de carros. Me voló un zapato, las gafas, me raspé. Y entonces dije: listo, ya. Todo bien, la cámara se dañó solo un poquito. Yo me pelé, el parcero también se peló, pero pudo haber sido peor. Entonces ya: sentí mi limada, como ellos dicen. Y empecé a hacerlo desde la moto otra vez. Fue como una advertencia de la vida. Uno tiene que tener claros los límites de la inmersión. Pero ahora estoy haciéndome mi propia gravity, mi bici, para dejar que las cosas me pasen por el cuerpo, para conocer ese proceso. 

Foto de C. David Sánchez.

¿Qué ha descubierto sobre la vida y la muerte fotografiando el punk y el gravity?

La muerte es inherente a la vida. Parte de lo que soy es a raíz de un familiar que quería mucho, lo mató la guerrilla. Uno se reconoce como, no sé, víctima del conflicto armado y eso lo vuelve más cercano con la muerte. Y desde el trabajo social he trabajado con víctimas del conflicto armado. La muerte ha sido una constante; mi mamá tuvo un proceso muy tenso, cercano a la muerte. He ido creando cierto grosor en el cuero para verla e interpretarla de otra forma.

Las primeras personas a las que les tomé fotos y luego se murieron fueron punkis. Estaba el lado político, estético, pero también el decadente. Yo estuve sumergido ahí, no voy a decir que no. Hay una frase que escuché ahí y me gustó mucho: el punk no muere porque nació muerto. Existía una conciencia del fracaso, de hacer las cosas sin esperar el éxito. Era algo implícito en la escena, no se esperaban grandes conciertos. La muerte también está en uno como artista, uno aprende como a nacer y a morir todo el tiempo Uno nace cuando nacen los proyectos, y se muere cuando mueren. Yo he existido en muchos proyectos, en los lugares donde estoy.

Y en el gravity también hay una conciencia de la muerte diferente de la común. Yo no diría que es un no futuro, ellos tienen aspiraciones, saben qué les gusta y lo que quieren hacer de grandes. Pero ven la muerte más cercana, propia, hasta como amiga. Saben, en el fondo, que les puede costar la vida, pero se morirían felices, libres: no hay acto más chimba que morirse haciendo lo que a uno le gusta. Espero que la muerte me coja haciendo fotos. 

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