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Hot milk: amor y repulsión entre madre e hija

9 de septiembre de 2025 - 1:04 pm
Tras años como guionista, la británica Rebecca Lenkiewicz debuta con una película sobre trauma y deseo en la que tres mujeres lidian con heridas invisibles. Hablamos con ella sobre secretos, finales abiertos y cómo filmar el dolor de un cuerpo.
Rose (Fiona Shaw) es la madre de Sofía (Emma Mackey) en Hot milk, de Rebecca Lenkiewicz.
Rose (Fiona Shaw) es la madre de Sofía (Emma Mackey) en Hot milk, de Rebecca Lenkiewicz.

Hot milk: amor y repulsión entre madre e hija

9 de septiembre de 2025
Tras años como guionista, la británica Rebecca Lenkiewicz debuta con una película sobre trauma y deseo en la que tres mujeres lidian con heridas invisibles. Hablamos con ella sobre secretos, finales abiertos y cómo filmar el dolor de un cuerpo.

En su debut como directora, la británica Rebecca Lenkiewicz presenta Hot milk, una película que oscila entre la intensidad del sol de Almería, al sur de España, y la opacidad de los vínculos familiares. Esta adaptación de la novela homónima de Deborah Levy discurre como una corriente subterránea, siempre enigmática, con un exceso misterioso y sofocante de lo no dicho. Rose (Fiona Shaw) arrastra una enfermedad sin diagnóstico cierto y se aferra al cuidado de su hija Sofía (Emma Mackey), que a su vez parece condenada a sostener una vida prestada. En medio de esa parálisis irrumpe Ingrid (Vicky Krieps) como una fuga posible.

La fuerza de la película está en su respiración irregular, en lo que intuimos que pasa sin poder nombrarlo ni tocarlo. Rose, desde su silla de ruedas, vive su cuerpo como una jaula frente a la libertad esquiva del Mediterráneo. Sofia obedece a su madre, la cuida, pero se resiste a postrarse con ella. Sin saber cómo, busca vivir su propia vida. Y la costa andaluza, entre mariscos y pieles generosas, bronceadas, es el lugar propicio para su exploración. 

La fragilidad de Rose no es debilidad. Al contrario, Fiona Shaw interpreta a la madre de tal forma que su enfermedad es su poder. Mackey, por su parte, le da vida a una Sofía en movimiento, fluida, incierta. Así como se aman, no se soportan, y la tensión es eléctrica sin que tengan que decir ni una palabra en algunas de las escenas más potentes de Hot milk. Entre ellas, Krieps es un espejismo que, sin solucionar nada,  lo contamina todo con las preguntas que abre. 

Lenkiewicz filma una Almería llena de sombras y reflejos: el agua deforma, el horizonte deslumbra. Hot milk aborda las formas en que el trauma se enraiza en el cuerpo, y la posibilidad de una elección muy personal: dejar ese trauma atrás. La posibilidad queda abierta, en un final que puede ser cruel u optimista según como se mire. A la directora le gustan las películas ambiguas, llenas de secretos —un ejemplo claro es Ida, su primer guion, dirigida por Pawel Pawlikowski en 2013— y sin respuestas claras. 

En esa incertidumbre está nuestra agencia como público: ¿esta es una historia de encierro o de liberación?

Sobre esto hablamos con Rebecca Lenkiewicz, directora de Hot milk

Sofía (Emma Mackey) e Ingrid (Vicky Krieps) en Hot milk, de Rebecca Lenkiewicz.
Sofía (Emma Mackey) e Ingrid (Vicky Krieps) en Hot milk, de Rebecca Lenkiewicz.

Luego de ser guionista en muchos proyectos, esta es tu primera película. ¿Por qué ahora y por qué Hot milk?

Fue una mezcla de varios factores. Han sido muchos años de escribir guiones y sentía que quería seguir una película desde el principio hasta el final. La escritura puede ser muy solitaria: escribes el guion y recibes los comentarios del comité o del director. Es un formato brillante, pero estás tú sola. Quería trabajar con más personas, y, desde el principio, dirigir una película trajo un gran sentido de colaboración. Me encantó que fuera un esfuerzo en equipo. Lo necesitaba en este momento de mi vida. 

Con Hot milk, la productora Christine Langton me pidió que adaptara el libro de Deborah Levy. Apenas había salido hace unos años y había sido un best seller. Y cuando la leí, me enamoré. De repente pensé: «Solo la adapto si la puedo dirigir», porque era una historia brillante con tres protagonistas femeninas —no una, sino tres— de psiquis complejas e historias asombrosas. Pensé que sería increíble poder hacerla, porque se sentía muy cinematográfica cuando la leí. Podía ver cada detalle. Así fue como pasó. Eso fue hace siete años. 

¿Qué fue lo que te llamó la atención del libro y de sus personajes? 

Me fascinaba la relación entre la madre y la hija. Yo tengo una buena relación con mi madre, muy estable, pero tuve una relación muy complicada con mi padre, y creo que cuando cuentas una historia siempre terminas proyectando cómo te sientes. Así que esa parte refleja mi vida, esos enredos y cómo se desenredan, la influencia que puede tener tu padre o tu madre sobre ti. No creo que Sofía, la hija, sea inocente. Ha tenido que cuidar a la madre por mucho tiempo, pero también ha usado esa relación para no salir al mundo. Entonces están unidas por una codependencia frustrante; hay amor, admiración y repulsión. Y creo que casi no hablamos sobre la repulsión que puede surgir entre una madre y una hija. Fue muy interesante explorarlo en una relación tan cercana, junto con el trauma que vivimos y cómo lo podemos superar. Rose no puede caminar como consecuencia de su trauma. Y, más allá del libro, nuestra película propone que tu cuerpo se puede apagar si no lidias con tu pasado. Ingrid tiene el trauma de su infancia y Sofía el que le heredó su mamá. Entonces, ¿cómo lidias con todo esto?

Me fascinaba la resiliencia de estas mujeres. A veces es como: «Vale, acá está el amor que el mundo te ofrece de una forma libre. ¿Lo puedes recibir?». Es decir: ¿puedes amar si no fuiste criado en una situación de amor incondicional? Porque las personas que tienen la suerte de crecer en un contexto de amor incondicional se acercan al mundo de manera distinta de las que han tenido una vida más difícil. Todo eso me fascinó del libro. 

Hablabas del trauma, y en el caso de Hot milk es un trauma secreto, oculto. Ida, la película que escribiste y que dirigió Pawel Pawlikowski, también gira alrededor de un secreto. ¿Cómo es escribir y filmar alrededor de lo no dicho, de lo oculto?

Es fascinante intentar escribir o filmar una situación en la que las personas están desenredando su vida. Recuerdo que vi Sunset Boulevard cuando era joven y quedé en shock cuando resultó que el mayordomo era, en realidad, el esposo. Fue una gran revelación, y me encanta cuando el cine te sorprende. Supongo que el trauma construye ese shock, cuando nos damos cuenta de que estas personas no son quienes pensamos que son. 

Hay una frase de la película que me encanta: «Tienes que abrazar la vida, no puedes solamente soportarla». Para mí, va ligada a lo que Hot milk parece querer decir con respecto a la capacidad de cambiar nuestras vidas. 

Eso es lo que yo creo. He tenido traumas en mi vida y pienso, y espero, que uno puede superarlos, pero tiene que ser una decisión. No puedes simplemente dejar que los enredos sigan ocurriendo. No puedes quedarte encerrada en una habitación. Es difícil y te expone, pero hay que enfrentarlo y abrazarlo. Sí, creo que el final de la película, aunque mucha gente ha dicho que es ambiguo, para mí es esperanzador. Porque piensas: «Está bien, hay una oportunidad». La película le da a Rose la oportunidad de levantarse, de seguir adelante. Es esperanzador.

No lo había pensado así. Tienes razón, tiene algo de esperanzador. Una esperanza a la fuerza, quizás, como cuando tu papá te quita las rueditas de la bicicleta y te impulsa: te toca pedalear sí o sí. 

Exacto. Es una acción directa del corazón. Pero también es un poco como una prueba de personalidad. Es como ver el vaso medio lleno o medio vacío.

¿Consideraste otro final para la película?

De hecho grabamos un final mucho más suave: al principio ves a Rose, la madre, en un camión con una conductora, y al final cerrábamos el círculo mostrando que había subido a ese camión. Pero al final pensé: no, tiene que ser más duro. Tienes que dejar una pregunta, tienes que dejarlo abierto. Dejemos que el público decida si sobrevive.

Has hablado de tu gusto por los finales abiertos. ¿Cómo te acercas a esa ambigüedad desde la dirección?

De cierta forma, con un guion siempre estás esculpiendo, puliendo una y otra vez. Antes mencionaste Ida; fue la primera vez que trabajé con un director en un guion, y Pavel Pawlikowski repetía: «más simple, más simple». Y, de alguna manera, la simplicidad es la complejidad. Nada es lo que parece. Los actores lo toman y lo hacen volar. Estas actrices de Hot milk son increíbles: puedes darles una línea mundana y ellas la vuelven ambigua, dramática. Son artistas extraordinarias.

Hablabas hace un momento de que dirigir una película no es tan solitario como escribirla. Y bueno, para tu debut pudiste trabajar de cerca con estas tres actrices: Emma Mackey, Fiona Shaw y Vicky Krieps. ¿Cómo fue estar con ellas en el set y todo el tiempo del rodaje?

Fue increíble. Sí, fue maravilloso y no tuvimos ningún ensayo. Ellas no se habían conocido antes del rodaje. Entraron directamente. Sabes, la última toma de la película fue apenas la segunda que Emma Mackey y Fiona Shaw hicieron juntas. Estaban en un nivel altísimo de presión y tensión en esas escenas, y se lanzaron como amazonas. Me encantó trabajar con ellas: cada una con un proceso muy diferente, lo cual era interesante, y me preguntaba si esos tres procesos iban a encajar tonalmente en la misma película. Sentí que sí, y en una sinergia preciosa. Son mujeres impresionantes, generosas entre ellas y con todos. Había un espíritu increíble en el rodaje, aunque hacía 45 grados algunos días. Estábamos luchando, y siendo una película independiente y pequeña, todos levantábamos la bandera del cine independiente. Fue humilde y hermoso. Lo amé en cada minuto. Bueno, casi cada minuto. 

En el caso de Rose, su trauma atraviesa su cuerpo. ¿Qué decisiones técnicas y narrativas tomaron para mostrar ese cuerpo traumado, adolorido, en Hot milk?

Creo que sentimos que el apartamento era realmente el territorio de Rose, casi claustrofóbico. Y tuvimos a un diseñador de producción increíble, Andre Ponkratov, que hizo que el apartamento se sintiera así, de modo que en cuanto salías a la luz del día, todo era distinto. Andre hizo un trabajo bellísimo con sombras y estructuras en el apartamento. Además, Fiona Shaw se quedaba en la silla de ruedas todo el día, así que todos nos acostumbramos a moverla. Era como si tuviéramos a una actriz que no podía caminar. Christopher Baugh filmó todo de manera que, en algunas tomas, pareciera que estábamos a su nivel. Básicamente era esa sensación estática. Y luego está la hija que se marcha. Es como un cordón umbilical: cada vez que se estira, duele en el cuerpo de Rose, porque su hija se ha ido.

Luego de esta primera experiencia como directora, ¿qué te sorprendió?

Yo esperaba entusiasmo y talento, pero el nivel de arte de los jefes de departamento, el apoyo y la fe de todos, fue abrumador. Me sentí solo una parte de un equipo increíble, y eso me tocó profundamente. Fue la experiencia más colaborativa que he tenido y entiendo por qué puede volverse adictiva.

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